En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo.....
Me llamo Aldonza Lorenzo. Pero creo que vuesas mercedes me conoceréis mejor por el nombre que me puso el caballero de la triste figura, Dulcinea del Toboso.
Quiero dejar constancia aquí de mi primer encuentro con Don Quijote. Y corregir de paso algunos de los, no quiero decir errores, sino embellecimientos que el Señor Cervantes tuvo que hacer en su biografía de Alonso Quijano.
Desde mocita fui moza de posada. Serví en varias casas de postas y paradas en los caminos de estas tierras de la Mancha. Para cuando Rocinante y Rucio y sus jinetes entraron por el portalón de la venta en la que servía cerca de la villa del Toboso yo tenía mucha experiencia.
Lógicamente me refiero al asunto de la jodienda. Desde mis propios patrones a los arrieros y carreteros que pasaban por allí habían solicitado mis favores. Y si el pretendiente me agradaba solía concederlos. Incluso más de un cura, caballero, alguacil habían compartido mi jergón de paja. Tampoco es que fuera muy escogida si además había algún favor o regalo de por medio.
Asombrada me dejó cuando aquél Señor ataviado con un peto, espaldar oxidados y la bacinilla de babero como yelmo hincó la rodilla en tierra y apoyado en una lanza de más de dos metros se inclinó ante mí.
Por mí apariencia aquel día toda desastrada, despeinada, con una falda rota por la que enseñaba las rodillas y una blusa fina que mostraba mis pechos hasta casi el pezón nadie me habría tomado por una dama. Él debía ver un vestido fino de sedas y muselinas. Descalza pero supongo que él pensaba que llevaba zapatos de alto tacón y medias. Me vería con un peinado lleno de tirabuzones mientras que mis guedejas sudadas me caían por los hombros.
Pero los ojos de aquel hombre veían las cosas de diferente manera. Y a través de ellos casi todos teníamos una mirada diferente. Lo que en otra persona habría sido ridículo para él solo era un gesto de galantería.
Durante unos momentos todo en el corral se paralizó. Los muleros, carreteros, jinetes, el mozo de cuadras y hasta un alguacil con su ballesta a la espalda quedaron congelados. Incluso los animales notaron algo extraño en el aire y quedaron en silencio.
Ni siquiera yo que suelo ser una desvergonzada ante los requiebros de los hombres supe cómo reaccionar. Solo me quedé con cara de pasmo mirando a aquel caballero que por cierto no era mal parecido.
- Yo soy Don Quijote, defensor del débil, tormento de malandrines, matador de gigantes y monstruos.
Desde luego era enjuto pero por lo que el peto permitía ver tenía una musculatura dura como maromas de carabela. Era difícil calcular su edad debido al polvo del camino que lo cubría pero para nada podría ser un anciano. Ningún viejo hubiera podido pasar las penalidades que él estaba pasando y no haber muerto la primera semana de su viaje. El rostro era noble, de afiladas facciones, estaba segura de que cualquier dama hubiera quedado prendada de ellas.
Ni siquiera pude fijarme en Sancho en ese momento. Pero después me di cuenta que desmerecía por completo su apellido, de Panza nada. Había sido trabajador del campo toda su vida y de arar detrás de mulas, cavar con azada, cargar con sacos de grano y paja o cestos con racimos su cuerpo daría envidia a cualquier guerrero o soldado de la época. Además podía ver su peludo torso por la camisa abierta. Hacía mucho calor aquel día.
Por lo pronto conseguí sacarlos del corral y llevarlos dentro, al salón de la posada. Ya era bastante bochornoso el espectáculo que estábamos dando.
- Mi señor, ¿Qué necesitáis?.
- Acomodo y una charla con la dama de mis sueños.
- ¿Y quién es esa?.
- Vos, mi señora Dulcinea.
- Puedo daros la mejor habitación de la posada. Pero yo no soy esa que decís.
Por fin tuvo que intervenir Sancho. Estaba claro que la conversación con su señor no nos llevaba a ningún sitio. Me hizo a un lado para hablar más tranquilos.
- Señora. No le haga demasiado caso. Hemos pasado por mucho en los caminos. Nos vendría bien una estancia y algo de buen yantar.
- Eso es fácil de proporcionar. Venid por aquí mis señores.
La llevé a una mesa en un rincón para no montar más escándalo. Pero notaba los ojos de ambos clavados en mi trasero mientras me movía por la sala sirviendo platos y llevando jarras de vino.
La actitud del caballero me tenía intrigada además de cachonda por esos dos cuerpos. Así que en cuanto podía les enseñaba algo más de mí piel. Pero solo a ellos. Bajaba el escote de la blusa en su mesa o al girarme hacía que la falda se ajustara a mis posaderas. Sabía que ellos no perdían detalle.
En un aparte conseguí hablar con Sancho sobre su señor. Necesitaba alguna explicación sobre su extraño comportamiento. Desde luego el escudero era mucho más sensato que el caballero. Aunque desde luego no conseguía que me mirara a los ojos, los tenía clavados en mis pezones. Por cierto bien marcados y duros en la fina y raída blusa que apenas los tapaba.
- Sancho, buen amigo. ¿Qué le ocurre a Don Quijote?.
- Ya habéis oído el discurso del patio. Mi señor es un gran caballero. Pero, cómo podría decirlo, a veces confunde las cosas. Nadie puede ver el mundo como él.
- Que está mal de las entendederas. Quieres decir.
- Nunca se me ocurriría decir eso. Pero esta noche cuando termines tus deberes si puedes pasar por nuestra alcoba te lo podría agradecer.
La promesa de algunos maravedíes para aumentar mi pobre pecunio término de convencerme para darle algo más de coba al caballero. Y eso que el atractivo de los dos hombres ya me tenía interesada. Nunca me había follado a un caballero.
Los ojos de Don Quijote no me perdían de vista por todo el comedor y lo hacían con admiración. Nadie me había mirado así. Los de Sancho en cambio eran más hambrientos. A posteriori sabiendo que durante sus aventuras pudo tener dos esposas Juana y Teresa seguro que yo no fui la única con la que se acostó. Al fin y al cabo era un buen mozo.
Ellos se recogieron primero. Yo intenté terminar con mis quehaceres lo más pronto que pude. Para entonces la taberna ya estaba casi en silencio y no quedaba más que un arriero borracho durmiendo la tajada en una esquina. Sus ronquidos competían con los de los animales de la cuadra.
Un suave toque en la puerta y Sancho me permitió el paso a su alcoba. El caballero estaba de pie en medio de la estancia solo con la camisa y los calzones, con un libro en la mano. Supongo que repasando un manual de cortesías para las damas. El escudero detrás de mí solo con los pantalones marcaba una buena coquilla.
- Pasad bella dama. No os quedéis en el umbral.
- Algo así pensaba decirte yo, moza.
Sancho es bastante más basto que su señor y me arreó un azote en las posaderas que me echó en brazos del caballero. Él libro terminó por los suelos y Don Quijote agarrando mis abundantes encantos para no terminar en el mismo sitio que el panfleto. Además de ponerse más rojo que la grana.
Yo iba a lo que iba, a disfrutar de dos pollas así que no le dejé pedir disculpas. De hecho fui yo la que aprovechó para palpar los atributos que más cerca tenía. Puedo dar fe que también eran abundantes y tan duros como su espada de damasco. Para no dejarle decir nada de inmediato metí la lengua en su boca. Su intención sería la de cortés pero con la sin hueso ocupada, mis tetas clavadas en su pecho, mi cadera frotando su carajo y las manos en mi pandero las galanterías se quedaron en la parte trasera de Rocinante, valga la grosería, en la mierda.
Sancho tampoco había perdido el tiempo. Se había librado de los pantalones y su verga dura y majestuosa apuntaba directa hacia nosotros. Como buen escudero en cuanto le hice sitio le quitó la camisa a su señor y aunque a mi me costaba separar el jardín de su árbol también le quitó los calzones. En esas yo era la más vestida.
- ¿Buen Sancho, como escudero de tu señor querrías prestar el mismo servicio a su dama?.
Estaba claro que si dejábamos hacer al caballero no íbamos a terminar nunca. Así que los dos patanes tuvimos que tomar las riendas del asunto. En un santiamén la falda, la camisa y el corpiño terminaron encima del libro. No hacen falta cortesías cuando todos quieren follar. Sujeté el nabo de Alonso, en pelotas era menos caballero, y deslicé el glande por los encharcados labios de mi boca inferior. Tuve a bien soltar un fuerte jadeo que terminó en la boca de mi amante.
Mientras Sancho se me había arrimado por la retaguardia y deslizaba su garrote por el canal entre mis nalgas. Él mozo no era primerizo en esas lides. Empezó a besar mi cuello mientras sujetaba mi cadera para empujarla más hacia la verga de Don Quijote. Notaba su velludo torso en mi espalda. Estaba aplastada entre los dos poderosos hombres.
- Mi señor, si os tumbáis en el lecho la maniobra será más sencilla.
Tampoco le di mucha opción, solo lo empujé hasta recostarlo en el jergón. Ya he comentado que una tiene tablas en el asunto de la jodienda y estaba tan cachonda que no necesitaba más preliminares. Aún así noté los dedos de Sancho acariciando el conejo. Aunque no sé si era para excitarme o para recoger los jugos de la fuente y lubricar el agujero negro. Enseguida noté sus dedos explorando ese orificio, abriéndome.
Mientras yo me subía sobre la verga de Alonso su criado empezó a hurgar en mi puerta trasera. Estaba en la gloria con esos dos ocupándose de mí. Su lanza en astillero me estaba llegando al estómago cuando las fuertes manos del escudero sujetaron mí cadera. Me tenía que estar quieta el tiempo suficiente cómo para que él entrara por detrás. Esa puerta ya había sido explotada con anterioridad pero nunca había probado el tener dos rabos a la vez en mi interior.
- Vamos, mi señor. Agarre los cántaros de miel. Son suyos.
Cada vez que Don Quijote intentaba decir algo me inclinaba sobre él y le metía la lengua en la boca. Lo último que yo quería era un discurso. Y era muy capaz de soltarlo si le dejaba.
- Buen Sancho agárrame las posaderas.
Empecé a moverme, sin prisa. Quería cada sensación que pudieran darme. Me apoyaba en el pecho del caballero. Por fin empezó a amasar mis tetas cómo si lo hiciera con masa de pan. Pero me gustaba, cada roce de piel, cada caricia, cada entrada y salida de sus rabos. No solo me iba a correr, sería lo más fuerte que había notado en mi vida.
Creo que le llené a Alonso la boca con mi saliva a la vez que manchaba con mis jugos toda su cadera. Desde luego no se quejó. Sobre todo porque él también se estaba corriendo. Su lefa dentro de mí hizo que apretara el culo con lo que Sancho me lo llenó con su leche.
Caí agotada sobre el pecho del caballero y el escudero detrás de mí. Seguía empeñada en no dejarle hablar. Cuando empezaba era imposible pararle.
- Descansad mi caballero. Lo necesitáis para las siguientes batallas.
Seguí besando un rato su poderoso y velludo pecho. Chupando sus pezones. No tenía muy claro el papel que yo tenía en su locura pero no quería influir de ninguna manera en ello. Así que seguí acariciándolo durante un rato para evitar que pensara o que hablara. Solo quería que descansara. Lo necesitaba. En un rato se durmió.
Sancho, mientras, con paciencia, nos había estado mirando a un lado. Fui junto a él que desde luego seguía desnudo. Empezó a besarme con mucha lengua y muchas babas mientras le agarraba la verga y él echaba mano a mi conejo lleno de la leche de su señor.
- Agáchate que te voy a comer la breva.
- ¿Seguro?.
Ya no se molestó en contestar, con más ternura de la que había demostrado hasta el momento me tumbó en el otro jergón. Levantó mis piernas hasta mis generosos pechos y se arrodilló entre mis muslos. Sancho también tenía experiencia. Su carnosa lengua me hizo gozar otra vez. Dos cuando llegó con ella a mí puerta trasera. No le importaba que tanto del coño como del culo rebosaba lefa.
- Sancho. ¿Acaso eres brujo?. Nunca he gozado así.
- Nada de eso. Solo me gusta hacer disfrutar. Si te parece bastante ambos deberíamos descansar.
Pero ni por esas me dejó del todo. Decidió ayudarme a ponerme mis ropas igual que lo haría con Don Quijote. Poniéndome la camisa aprovechó para amasar y chupar mis tetas. Y me dio unas últimas caricias a la breva mientras me ayudaba con la falda. Por último aflojó los nudos de la bolsa y me llevé mi recompensa en maravedíes.
A la mañana siguiente temía que el caballero diera otro espectáculo como el de su llegada. Pero desde luego tampoco podía evitarlo. Así que en la madrugada, el caballero no dormía mucho, vi a Sancho enjaezar sus monturas en la cuadra. Cuando me acerqué a el volvió a besarme con esa lengua poderosa. A la vez me agarraba el culo y las tetas.
- Ve a despedirte de Don Quijote. Le vendrán bien una palabras de su dama. Y si además le haces un favor yo tendré algo de calma los días que vienen.
- Creo que podré hacerlo.
Le contesté con mi mejor sonrisa. Alonso aún estaba en su alcoba casi vestido. Eso sería mejor o al menos más tranquilo que si hubiera estado en el comedor. Me acerqué deprisa para volver a besarlo. A la vez que tenía la lengua en su boca le abría las calzas. Él mástil no tardó en reaccionar poniéndose muy duro y era una gran verga. Se ve que las atenciones de su dama le causaba un gran efecto.
Le empujé al jergón y me acomodé entre sus muslos. Le tuve que dedicar un buen rato a lamer su nabo, a chupar sus cojones, a ensalivar todo aquello.
- Mi señora Dulcinea no es necesario que hagáis todo esto.
- Mi señor Don Quijote. Dejad que vuestra dama os de consuelo y ánimo para las venturas y desventuras que os esperan por los caminos.
- Pero...
A esas alturas alturas ya tenía claro que a Don Quijote le gustaba tanto escucharse a sí mismo como las batallas en las que que podría batirse. Así que le metí los dedos en la boca para que los chupara un rato y así poderme dar gusto a mí misma. Llegué a correrme acariciando la pepitilla aún antes de que el caballero me llenara la boca con su leche.
Esa vez fui yo la que le ayudé a vestirse y armarse prestándole el servicio de un escudero. Le abroché el pantalón que yo misma le había soltado un rato antes. Ajusté la camisa y le puse el jubón acolchado sobre el que iba el peto y el espaldar que le protegería el cuerpo. Usaba una gorguera sencilla y unos codales que le daban cierta protección a los brazos. Hasta le ceñí la espada. Incluso llevé la bacinilla de barbero que usaba como yelmo hasta el corral donde Sancho esperaba con Rocinante y Rucio ya ensillados. Tenía la lanza en la mano esperando a su señor.
Su discurso de despedida fue tan florido como él de su llegada. Pero eso ya me lo esperaba. Yo y todos los arrieros y demás gentes que había esa mañana en la venta.
Volví a verlos un par de veces más en los años siguientes. Regresaron al Toboso. Al fin y al cabo yo era la dama de Don Quijote, Dulcinea.
Larga y próspera vida





