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La Marranita - CAPÍTULO VIII - Los Nardo

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laualma
(@laualma)
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Iniciador del debate   [#2052]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
 
CAPÍTULO VIII - Los Nardo
 
Los meses siguientes transcurrieron rápidos y sabrosos. Aprendí mucho y follé un montón, con mis amigos y también con las chicas. Ellas me fueron contando, además, todo tipo de cosas sobre Padre, de sus gustos en general, de sus gustos en el sexo, y sobre todo de su forma de follar y de cómo las trataba cuando estaba a solas con ellas en la cama. Todas se pusieron muy contentas al saber que pronto yo participaría también con ellas en las fiestas, dando placer a los padres, pero no pudieron evitar confesarme que envidiaban la preferencia evidente que sabían que Padre iba tener conmigo, después de saber que en nuestra primera experiencia él ya me había tomado como sumisa. Además, solían decir que las iba a superar a todas en la capacidad de dar placer a los hombres, aunque se reían al ver la atención que ponía siempre que me contaban alguna nueva forma de jugar con los chicos. Yo luego ponía en práctica todo lo que ellas me explicaban cuando me encontraba con mis amigos. Dejé de verme por completo con los chicos de mi edad fuera de la escuela, eso sí. Mis amigos de verdad eran ya únicamente los del círculo de los mayores, siempre aquellos que andaban en el entorno de su mayoría, habiendo incluso superado unos cuantos ya la edad de la ciudadanía; aunque jóvenes todavía, lo cierto es que buena parte de ellos se habían convertido ya en unos verdaderos hombres. Sin embargo, dado que aún no habían sido realmente incorporados al mundo de los adultos, gozaban todavía del beneplácito de Padre para poder estar conmigo, y yo les hacía las mejores mamadas de sus cortas vidas y empezaba con ellos mis investigaciones sobre el sexo anal, enseñándoles a prepararnos para que pudieran follarme por fin el culito y con ello, como me había advertido Padre, poder redirigir también sus cada vez más efusivos impulsos de meterme sus pollas dentro de mi coñito. 
 
Todo aquello podía parecer permisividad por parte de Padre, después de haberme prohibido dejarme tocar por ningún adulto, pero hay que tener en cuenta que las leyes de la Ciudad eran prácticamente inexistentes en cuanto a regulaciones de edad, y los usos y costumbres de aquella parte del Continente no podían ser más laxos en este aspecto: más allá de unos mínimos derechos de acceso a la representación y a determinados oficios regulados, todo ello reservado a los hombres en exclusiva, en realidad cualquier persona podía contraer matrimonio, poseer esclavos, mantener relaciones, siempre heterosexuales por supuesto, o responder con su vida hasta con la muerte, virtualmente desde el mismo día de su nacimiento, por lo que la mayoría de edad en realidad no significaba absolutamente nada, y la condición de adulto en toda su expresión únicamente se alcanzaba por la propia fuerza de los hechos, cuando se empezaba a actuar como tal y el resto del grupo así lo aceptaba. Así que, a pesar de que aquellos hombres jóvenes y yo mantuviéramos abiertamente relaciones sexuales de casi todo tipo, todavía no podíamos llamarnos adultos porque nadie nos reconocía aún como tales, si bien tanto ellos como yo empezábamos a tener muy claro que aquel reconocimiento iba a estar ligado, precisamente, a la consumación de los juegos que nos habían movido durante toda nuestra infancia, con la unión definitiva entre polla y coño que todos empezábamos a ambicionar.
 
Tratando de prepararme al máximo para cuando llegar por fin aquel momento, en las fiestas aprendí a mover mi cuerpo como lo hacían las chicas. A contonearme y deslizarme alrededor de los hombres exhibiendo mi cuerpo cada vez más desarrollado, y jugando a excitarles delante de Padre. Los dos disfrutábamos viendo cómo ellos trataban de hundir sus dedos entre la maraña cada vez más densa y espesa que cubría mi pubis, buscando deslizar sus manos por mis glúteos duros y redondos hacia mi coñito, o intentando tomar entre sus manos aquellos apetecibles frutos que me maduraban en el pecho, y que ya eran más que capaces de dar el placer total a las vergas de mis amigos más desarrollados, a los que hacía cubrirme de semen caliente y abundante de hombre joven aquellas protuberancias que, con todas las letras, podían por derecho propio recibir ya el nombre de tetas.
 
En la casa las cosas mejoraron algo. Mi madre pasaba cada vez más tiempo en el piso de los Nardo, nuestros vecinos de siempre, que vivían en la casa de al lado a la nuestra, aunque la suya era casi un pequeño palacete que destacaba sobre todas las demás en nuestra manzana, ocupando varias plantas y habiendo crecido a base de anexionar partes de los pisos colindantes al suyo. El señor Nardo tenía mucho dinero, lo cual le confería un cierto poder, y por eso Padre siempre había consentido su amistad. Como todo hombre con poder (que no hombre poderoso), el señor Nardo admiraba y temía a Padre. Pero como era un pusilánime y un incapaz, a la vez que un taimado e inteligente cobarde, desestimó de raíz la posibilidad de enfrentarse a él y prefirió hacer uso de sus amplios recursos buscando con ello afianzar su posición como apoyo de Padre, para lo que le otorgó todos sus favores y confianza hasta asegurarse de tenerle de su lado. Estaba tan podrido de dinero que nunca le importó parecer un calzonazos a su lado, mientras con su riqueza se afanaba en tejer una tupida red con la que asegurarse el control de un poder que él no era capaz siquiera de entender. Claro que, al lado de Padre todos los hombres parecían unos calzonazos, pero al fin y al cabo a nadie le interesaba dejar en evidencia al señor Nardo: antes o después la mayor parte del vecindario tenía invariablemente que acudir buscando su ayuda económica para hacer frente a alguna dificultad. 
 
Mi madre tardó unos días en regresar después de la paliza que le dio Padre el día que quiso obligarme a usar su ropa. Cuando volvió, me vio más desnuda, más descarada y, sobre todo, más mujer que nunca. Al ver las incontenibles formas de mi cuerpo y la falta de pudor con que disfrutaba exhibiéndolas, tuvo que comprender a la fuerza que ya era tarde para intentar siquiera cambiar nada. Acariciando mi collar con la yema de sus dedos, asumió el irresistible triunfo de Padre y, sin pronunciar palabra, se encerró en su habitación durante días. Padre prefirió evitar cualquier contacto con ella, y se instaló sin más en mi cuarto, por lo que me pidió entonces que me fuera yo esta vez a casa de los Nardo, porque decía que no era conveniente que él y yo durmiéramos juntos en mi habitación todavía, ya que prefería no tener que enfrentarse aún a mi madre "de una manera que pudiera resultar inevitable", según me dijo. "No todavía", insistió. A mí aquello me dio rabia, claro, porque efectivamente me había hecho ilusiones de que Padre compartiera conmigo mi cama y mi habitación cada noche, después de que mi madre se encerrara en la suya. Yo me sentía más desarrollada cada día, y moría de ganas porque padre dijera de una vez que por fin estaba preparada, pese a que no tenía muy claro lo que eso supondría para mí. 
 
Pero, como siempre, obedecí a Padre sin rechistar. 
 
Además, la hija mayor de los Nardo era una de mis amigas favoritas de las fiestas de Padre, y reconozco que también me excitaba la idea de tener que compartir habitación con ella. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando estaba saliendo de casa Padre me ordenó que le dijera al señor Nardo que me pusiera a dormir con su hijo. Éste era uno de mis amigos más mayores, y él y yo llevábamos jugando en la calle desde que ambos empezamos a descubrir aquel tipo de juegos, pero jamás se nos habría ocurrido hacer nada en nuestras casas ni en el patio o cualquier otro rincón de la manzana. Se veía, de todas formas, que por muchas precauciones que hubiéramos tomado, dada nuestra particular condición de vecinos, no habían sido suficientes para mantener nuestros juegos en secreto: la orden de Padre me dejó claro que al menos él sabía perfectamente lo que yo hacía con el joven Nardo cuando estábamos a solas. 
 
"Y asegúrate de que su padre os vea cuando te lo folles", me despidió.
 
Sin duda fue raro, porque a pesar de lo violentamente que Padre había expresado su deseo, lo que pasó en realidad es que todo fue demasiado fácil. Entrar yo sola a casa de los vecinos, hablar con ellos, exponerles nuestro problema y la petición de Padre delante de toda la familia. Padre me había ordenado que no llevara nada de ropa conmigo, ya que debía estar en casa de los Nardo como si fuera mi propio hogar, y no comportarme nunca como una invitada que viviera de prestado. Así pues, les vine a decir, desnuda de pies a cabeza a pesar de mis turgencias y olores ya más que evidentes ahí a la vista de todos, que el plan era que yo me encamara con su hijo cada noche que pasara allí, sin pensar en ponerme siquiera un braguero para simular un mínimo de compostura. Su hijo se puso rojo al escuchar todo aquello, y salió corriendo hacia su habitación. La madre se despidió diciendo que tenía que salir a hacer unos recados, maldiciendo a Padre por lo bajo cuando se iba, y mi amiga se ofreció a acompañarla, aunque en su caso sin poder parar de reír. Yo sabía que ella era una de las favoritas de Padre, y estaba convencida de que su actitud valiente y significativamente despierta era el motivo de ello. Resignado y sin ser capaz de articular ninguna palabra más que una convulsa repetición de "sí, sí... sí", el señor Nardo me acompañó directamente a la habitación de su hijo, aunque todavía no era más que media tarde y en aquella habitación, teóricamente, un joven y una chiquilla como yo no podríamos hacer nada más que dormir. Teóricamente...
 
"Solo hay una cama" le dije, queriendo señalar la evidencia de lo que iba a pasar inmediatamente después.
 
"Bien lo sabe tu padre", me contestó Nardo, tragándose un suspiro.
 
"Igual que usted sabe que debe quedarse aquí mientras lo hacemos", le dije con una voz que reflejaba una autoridad nueva que yo misma desconocía. Era como si el poder de Padre estuviera haciendo fruto en mí de repente. Me acaricié el collar mientra le miraba fijamente, y el pobre diablo se echó a temblar. Aquel miserable podía ser muy rico, pero no llegaba ni a medio hombre: su actitud cobarde y sumisa frente una simple niña, siendo un hombre hecho y derecho y con bastante poder, me resultaba tan repulsiva que hablarle con autoridad era casi como una obligación natural. Al igual que el invertido de mi escuela había dejado de ser un hombre, también el señor Nardo había antepuesto su bienestar personal a su hombría. Sería todo lo rico que pudiera ser un hombre en aquel desastrado rincón del mundo en el que nos encontrábamos, pero para mí era menos que la última de las mujeres de toda La Ciudad, e incluso de los pueblos amigos y las Tierras Salvajes que la rodeaban. Pese a ello, me cuidé mucho de evidenciarle mi desprecio, limitándome a desempeñar el papel que Padre había dispuesto para mí.
 
El señor Nardo se quedó en la puerta mirando, y yo entendí bien lo que tenía que hacer entonces. Entré allí y me tumbé con mi amigo. Él parecía molesto al principio, pero para mí su cuerpo era territorio conocido e, incluso, deseado, así que aquello me generaba de todo menos molestia. El hecho de que su padre nos estuviese mirando no hacía sino estimular mi apetito, hasta el punto de que al sentir su mirada ávida sobre mi cuerpo desnudo noté cómo se me hinchaban las areolas y se me endurecían los pezones, mientras que mi raja se abría comenzando a mojar. Una vez le hube desnudado, el joven Nardo asumió la situación y se dejó hacer, y pronto conseguí calentarle. Al fin y al cabo, aquello podía ser una vergüenza para sus padres, pero para él no era más que el regalo de un rato agradable con una amiga de toda la vida. Traté de hacer uso de todo lo que había aprendido con las chicas, queriendo conseguir satisfacer los deseos de Padre lo mejor posible, pese a no entender ni conocer realmente el propósito de todo aquello. 
 
En cualquier caso, cumplir aquella orden de Padre no constituía una tarea difícil para mí. Aquel chico era uno de mis amigos más mayores y, por ello, uno con los que más había experimentado. Si no me equivocaba, el pobre debía ir ya para la veintena, y su físico así lo evidenciaba, pero en una familia tan patriarcal como la de los Nardo tenía pocas esperanzas de que nuestro entorno llegara a verle como un adulto hasta dentro de mucho tiempo. Pero lo bueno de aquello es que a Padre esa condición la valía para permitirme follármelo, y a mí me fascinaba la posibilidad de poder hacerlo con un hombre ya tan mayor. Además, como nuestros cuerpos se conocían ya tan bien, en una situación tan eléctrica como aquella solo tocarnos bastó para encendernos, así que enseguida nuestros cuerpos desnudos estuvieron rodando por la cama. Incluso el hecho de que alguien tan despreciable como señor Nardo se estuviera pajeando en la puerta por la excitación que le producía ver como me follaba a su hijo no hacía sino facilitar todavía más la tarea que Padre me había impuesto. Porque descubrí que, en honor a la verdad, me ponía muchísimo aquella nueva experiencia de llevar mi exhibicionismo un paso más allá y empezar desde ya mostrarme como una pequeña putita para los amigos de Padre y otros hombres adultos. Si hacer aquello con el joven Nardo ya era agradable de por sí, poder sentirme por fin como una de las chicas mayores delante de un adulto multiplicó mi excitación hasta extremos insospechados (el hecho de que el joven Nardo fuese además casi un adulto también ayudaba,porque, la verdad, hasta los adolescentes empezaban también a quedárseme pequeños). Comprendí de pronto que, por encima de todo, ya no era solo que me excitara que me vieran desnuda follando, sino que me moría de ganas de que aquello se supiera, que se extendiera el rumor por todo el patio... hubiera matado por asegurarme de que Padre supiera con detalle cómo follaba su Marranita. 
 
Por ese motivo, apostando todo a la incapacidad del señor Nardo para mantener su bocaza cerrada, me las arreglé para convencer a mi amigo de que me taladrara por fin el culito por primera vez. Seguramente hubiera sido mejor lanzarme a la prueba definitiva para eso con uno de mis amigos más pequeños y que tuviera una verguita más manejable que el magnífico cimbel del joven Nardo, pero no quería defraudar a Padre, y él me había ordenado directamente que me follara a aquel joven así que... Mi único límite era la prohibición de que su polla entrara en mi coñito, pero para todo lo demás prefería pasarme y asombrar a Padre que quedarme corta. Además, os aseguro que lo gocé como no había gozado nada antes. Salvo comerle la tranca a papi, claro...
 
La segunda paja del señor Nardo cayó allí mismo, justo siguiendo a la primera, mirando con cara de salido cómo su hijo, aquel hombretón al que estaba sofocando su derecho a vivir como adulto, se bebía su propio semen metiéndole la lengua hasta el fondo del ojete a una cría como yo, que apenas se acercaba todavía a acariciar su primer ciclo lunar, aunque estaba indiscutiblemente casi tan desarrollada como la mayor adolescente. Alguna vez escuché a los amigos de Padre preguntarle si no estaría equivocado con mi edad, porque les parecía imposible que no fuera mucho mayor de lo que declarábamos. Pero Padre siempre se reía a gritos, asegurando que lo único que querían todos era "trincarse a su Marranita". Escuchar aquellas conversaciones sin importarles lo más mínimo que yo estuviera allí entre ellos, completamente desnuda, me hacía mojar tanto que era imposible disimularlo, y todos en el patio se daban cuenta de que yo también me moría de ganas de que ellos me "trincaran". 
 
Sin embargo, mientras gemía de placer en la cama de Nardo, me preguntaba en aquel momento si mi primera experiencia con un adulto no sería, contra todo pronóstico, allí mismo siendo violada por aquel viejo gordo y desagradable. Aquel cerdo no se privó de comerme con la vista cada día y cada noche mientras estuve en su casa, pajeándose sin disimulo cada vez que su polla vieja respondía a ese estímulo incontrolable que suponía para él tener a la hija pequeña de su vecino en casa, machacándosela sin importarle ser visto, detrás de mí en cualquier sitio y en cualquier momento, hasta el punto de que no distinguía si yo estaba en la cama follándome a su hijo o si su mujer o su hija estaba presentes en la habitación donde nos encontráramos en aquel instante. Pude comprobar así que, en casa de los Nardo, el padre de familia mantenía el orden de una manera más ordenada, o al menos con más tranquilidad que en mi casa, si bien de una forma inesperadamente efectiva y total. Sin embargo, de puertas para fuera, el señor Nardo y toda su familia estaban tan sometidos a Padre como cualquiera, y hasta yo misma podía comprobar a mi tierna edad el poder que él tenía sobre ellos, por lo que ni la lascivia provocativa con la que me regalaba sus incesantes masturbaciones ni aquel poder soterrado pero real que emanaba su persona, contra todo pronóstico, en el ejercicio de su condición de cabeza de familia, consiguieron hacer que cambiara mi opinión de que aquel pobre diablo no era más que, simple y llanamente, un mierda. 
 
En cuanto a mi desdichada y hermosa amiga, la pobre estaba que se subía por las paredes viendo cómo me levantaba varias veces al día a su hermano pequeño allí en su misma casa y sin molestarme en disimular lo más mínimo, mientras que ella tenía que escuchar mis gritos masturbándose a escondidas en el baño, sin poder ofrecerme su coñito para que le diese cariño como tanto ella deseaba. Por lo que respecta a su padre, al final mi temor (o deseo oculto) de que pudiera perder la cabeza conmigo hasta el punto de tomarme por la fuerza desapareció por completo al segundo día. Estaba claro que, si de él dependiera, me hubiera violado incluso delante de su familia si hubiera sido preciso, pero yo no había errado lo más mínimo en mi diagnóstico y el tipo se reveló como un auténtico incapaz que jamás se atrevería a llevar la contraria a Padre en nada. 
 
Fue todo aquello que viví en casa de los Nardo lo que me demostró el acierto tan tremendo de aquella intuición clara que siempre había tenido, desde que no era más que una niña, respecto a que el verdadero poder solo lo tienen quienes son en verdad poderosos por sí mismos, pero no quienes acceden a un poder exterior a ellos gracias a la fuerza o a su capacidad para comprarlo. Y que, puestos a enfrentarlos, el poder de la hombría sería siempre superior al de la razón, igual que el poder de la fuerza era superior al poder del dinero. Sin embargo, tuve que aprender allí también la limitación de aquella revelación, evidenciada por el esfuerzo que hacía Padre por tener contento a un ser tan miserable como el señor Nardo, dado que de esos equilibrios dependía también el bienestar económico de mi propia familia. Consciente de que yo había pasado a ser una pieza fundamental de ese equilibrio, me esforcé por satisfacer en la misma medida el apetito sexual del padre tanto como el del hijo en aquella casa, siempre dentro de los parámetros establecidos por Padre para ello. Hasta cierto punto tuve que pensar que aquello me convertía un poco en una puta, pero si te digo la verdad, me encantaba poder ser una buena puta al servicio de Padre.
 
Transcurrida una semana, mi madre salió por fin de la habitación de Padre en la que se había encerrado. Demacrada y sucia como una vagabunda tras días sin comer ni beber, la paliza que le dio Padre al salir la mandó esta vez directa al hospital. Todos los vecinos declararon que la pobre mujer se había caído por las escaleras debido a la enajenación que le había producido su encierro voluntario. Yo añadí que antes de aquello había pasado varios días borracha y que me había abandonado, teniendo que ser asistida por mis vecinos, cosa que ellos corroboraron, con especial énfasis del señor Nardo en su convencimiento de que aquella mujer arrastraba una enfermedad mental motivada por su embarazo de mí. Todo el mundo añadió que Padre estuvo de viaje visitando a un familiar enfermo en la Puebla del Sur hasta que le avisaron de la desgracia. Nadie movió un dedo cuando mi madre fue advertida por el juez distrital de que quedaba bajo vigilancia permanente a efectos de determinar si estaba en condiciones mentales adecuadas para mantener mi custodia, quedando mientras tanto bajo la exclusiva potestad de Padre. 
 
Aquel día fue para mí mi segundo nacimiento. El primero había sido cuando Padre me convirtió en su Marranita. Antes de aquello, yo ya llevaba años renegando de la posibilidad de haber salido alguna vez al mundo del coño de mi madre. Para mí, mi única ascendencia posible era Padre y, a pesar de que tuve que volver a casa, no quise saber más de aquella loca.
 
A partir de entonces, fue mi madre quien comenzó a pasar largas temporadas en casa de los vecinos. A mí eso me encantaba, porque me permitía perderla de vista sin necesidad de tener que pasarme el día fuera de casa. Aquello estaba bien cuando encontraba amigos para follar, o a alguna de las chicas con las que descubrir cosas nuevas sobre los hombres y sobre Padre, o comernos la cocha cuando conseguíamos algún lugar tranquilo para hacerlo. Pero el resto del tiempo prefería estar en el patio y en casa si estaba Padre, algo que con mi madre por el medio era, sencillamente, imposible. Sus desapariciones en casa de los Nardo, en cambio, me permitían pasar tiempo a solas con Padre e, incluso, disfrutar de sus atenciones sobre mi cuerpo, que gracias a aquellos momentos poco a poco empezaron a ir en aumento. Además, yo es que era feliz sencillamente pudiendo cuidar de él, y me encantaba servirle, hacerle la comida, limpiar la casa para él. Besaba el suelo por donde pisaba y hasta el agujero del retrete donde meaba, y eso a él le gustaba más que nada. 
 
Lo único malo era que por las noches yo no podía dormir con él. Era algo que teníamos hablado y que yo sabía que tenía que respetar, aunque me resultara casi imposible aguantar las ganas de pedírselo, de nuevo, cada noche. Pero, al menos, siempre nos sentábamos juntos a hablar y a comentar el día antes de dormir, los dos en las alfombras con cojines del salón, como siempre completamente desnudos. Cuando él estaba caliente, o cuando me notaba a mí en celo (ya por entonces empezó a ser terriblemente evidente mi fuerte olor corporal y, sobre todo, el olor que desprendía mi coño cuando estaba caliente o o se me ponía con ganas de follar), Padre empezaba sin más a acariciar mi cuerpo, y después casi siempre me acababa metiendo su mano por detrás para sobar mi raja, que se encontraba siempre mojada. Era capaz de ponerme a temblar con uno solo de sus dedos, y tenía una habilidad enorme para hacer que me corriera solo a base de caricias de su manaza. Decía siempre que no quería penetrarme ni con sus dedos por miedo a estropearme el virgo. Yo no sabía todavía qué era el virgo, pero entendía que era una especie de tesoro que Padre guardaba en mi coño y que, fuera lo que fuera, a mí cada noche que pasaba con él me entraban ganas de pedirle que lo tomara de una vez para sí. 
 
Mientras él me manoseaba, a veces se empalmaba por completo, con mi ayuda o no, y entonces solía dejar que yo le masturbara y que le chupara la polla entera. Hacer aquello con Padre era algo forzosamente violento, puesto que con un pene de sus colosales dimensiones siempre resultaba difícil mantener la compostura. Como él siempre conseguía que yo me corriera primero, al sentirme mojar y ronronear en su regazo como un perrito él me quitaba mi juguete de la boca y las manos, y terminaba rápidamente su trabajo por sí mismo, aunque ya no me hacía irme ni se escondía para masturbarse, sino que le gustaba que le mirara mientras lo hacía, y yo le ayudaba a excitarse dejándole que me tocara el cuerpo para conseguir que su verga explotara. A veces se corría sobre mí, otras veces me pedía que le limpiara todo con la lengua, aunque lo normal era que terminara sin más sobre los cojines o la alfombra, que yo me ocuparía de limpiar al día siguiente. Con el paso del tiempo fui cogiendo práctica, y alguna vez empecé a conseguir que se corriera en mi boca mientras yo lograba aguantarme mi explosión entre las piernas. Entonces Padre me premiaba dejándome tragar su semen, que disparaba en mi estómago en cantidad suficiente como para asegurarme la alimentación correspondiente a la más copiosa y deliciosa cena, y entonces yo podía pasar el resto de la noche cubierta de su esperma y él me dejaba quedarme recostada sobre su regazo como una perrita hasta que se recuperaba y se iba a dormir. 
 
Aquellas veces, el nombre de Marranita debía escucharse por todo el patio.
 
Sin embargo, cuando Padre tenía urgencias verdaderas, claro está, no le quedaba otra que hacer llamar a mi madre. Después de forzarla en su cama o en el baño la devolvía a los vecinos, y yo recuperaba la paz que me daba tenerle solo para mí. Mi madre se dejaba violar por él cuando tocaba, y obedecía todas sus órdenes sin rechistar, pero sin entusiasmo. A mí aquello me parecía buen arreglo para todos, y lo que menos me importaba era si a mi madre le gustaba o no. Escuché rumores de que el señor Nardo también estaba teniendo sexo con ella, como pago por su alojamiento y manutención. Nunca me preocupó saber si aquello fue cierto o no, pero siempre pensé que el concepto de puta barata le encajaba a la perfección a mi madre. Lo cierto es que, con el tiempo, la señora Nardo la acabó tomando bajo su protección y hasta se hicieron amigas. Su marido también tuvo que empezar a frecuentar más mi casa desde entonces. Solía venir con la excusa de presentar sus respetos a Padre, de ofrecerle regalos o de proponerle negocios fastuosos. Padre le permitía encerrarse conmigo en mi habitación, y yo me desnudaba y me pajeaba para él hasta que se sacaba su gordo cipote y se lo masturbaba delante de mí. A veces Padre me permitía incluso dejarle que me tocara, o hasta ayudarle con su masturbación. Siempre cosas muy suaves para no darle pie a grandes expectativas, pero que al pobre hombre le hacían volverse loco, porque yo le hacía creer que hacía aquello por gusto personal hacia él e, incluso, a espaldas de Padre, y aquella especie de deseo realizado a él le hacía eyacular como un caballo. Pese al desagrado personal que me inspiraba su presencia, he de decir que es uno de los hombres que he conocido con mayor capacidad de eyaculación, tanto en cantidad como en tiempo de recuperación, aspecto que me facilitaba enormemente cumplir los objetivos que Padre me marcaba con él.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)
 

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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