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Priscila, la sensual rubia en un pueblo remoto

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(@priscila)
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Esta es mi primera historia narrada en tercera persona, diseñada para ofrecer experiencias desde diferentes perspectivas.

Además debo aclarar tanto a mis seguidores más antiguos como a los nuevos, que todos mis relatos se basan en experiencias reales y personales, aunque tiendo a dejarme llevar por la imaginación desarrollando los detalles más explícitamente al final. Espero esta entrega les guste... Besitos

El sol brillaba intensamente cuando Priscila y su equipo llegaron a un pintoresco y remoto pueblo, enclavado en medio de la nada, un lienzo polvoriento, un espacio amplio y desolado, rodeado de humildes casas de adobe con techos de paja que parecían susurrar historias de tiempos olvidados. La atmósfera, cargada de polvo y de un aire casi etéreo, parecía detenerse en el tiempo, y el murmullo de la multitud formaba una sinfonía de curiosidad contenida. Los niños, con miradas chispeantes y risueñas, corrían en un torbellino de energía, mientras los adultos, agrupados en pequeños clanes de miradas inquisitivas, mantenían una atenta vigilancia sobre los recién llegados.

El comité de la ONG, compuesto por siete personas de diversos perfiles, se presentaba como una mezcla de profesionales y voluntarios dedicados a un nuevo proyecto de desarrollo comunitario. Al frente estaba Felipe, el líder del grupo, un hombre de mediana edad con un aura de autoridad y simpatía. A su lado se encontraban los demas profesionales bajo su mando, entre ellas, Laura, una coordinadora de eventos con un estilo pulcro y profesional. También estaba Javier, un joven encargado de capturar imágenes y videos de todo el trabajo del comité, cuyo rostro reflejaba una mezcla de emoción y concentración debido a su reciente entrada a la adolecencia. y finalmente Priscila, encargada de las entrevistas y relaciones públicas, se dedicaba a construir relaciones y recoger historias para promover el proyecto.

Priscila se destacaba en el grupo por su imponente belleza. Vestía ropa de viaje cómoda pero que, sin esfuerzo, resaltaba su figura esbelta. Llevaba una camiseta de algodón suelta, de color claro, que dejaba entrever su silueta curvilínea, y unos pantalones deportivos igualmente holgados pero que acentuaban sus piernas torneadas y su figura bien cuidada. Su cabello rubio estaba recogido en una coleta alta, y su presencia, aunque informal en vestimenta, era irremediablemente elegante. Los pobladores, acostumbrados a la simplicidad de su entorno, no podían apartar la vista de ella, atrapados entre la fascinación y el asombro ante su figura y el aura que la rodeaba.

Los hombres del pueblo, con rostros curtidos y manos callosas, la observaban con una mezcla de admiración y deseo apenas disimulada. Sus ojos se iluminaban con un brillo reverente, como si viesen a una diosa descendiendo desde el cielo. Las mujeres, vestidas con sencillez y con el cabello recogido en pañuelos, la miraban con una curiosidad palpable y una envidia apenas contenida. La belleza de Priscila era como un destello en medio de la monotonía, un faro de sensualidad y elegancia que contrastaba intensamente con la rusticidad del entorno.

El lugar en sí era un eco de tiempos pasados, un rincón apartado donde la tecnología parecía ser solo una fantasía lejana. La falta de internet y la ausencia de electricidad contribuían a un aura de melancolía, donde el silencio se mezclaba con el susurro del viento y el canto lejano de aves. Cada paso resonaba en el polvo de la plaza, y el Sol, implacable y ardiente, parecía ser el único testigo de la vida que se desplegaba en este rincón olvidado del mundo. La belleza cruda y la simplicidad del entorno creaban un contraste dramático con la presencia de Priscila, una figura casi mágica en medio de este escenario primitivo.

Mientras el comité era guiado hacia su alojamiento temporal, unas cabañas de madera situadas al borde del pueblo, Priscila sentía la intensidad de las miradas perspicaces que la seguían. Una chispa de excitación recorría su cuerpo al saber que los próximos días estarían llenos de oportunidades para explorar y jugar con la fascinación que había despertado en los habitantes del lugar.

La noche había caído, y el silencio del pueblo se envolvía en una calma profunda. Cada miembro del comité se había acomodado en su lugar asignado, y a Priscila le dieron una cabaña donde podría estar sola. El refugio era sencillo pero acogedor, con maderas rústicas que crujían levemente con el viento y techos de hojas de palma que murmuraban susurros en la oscuridad. La cabaña, aunque básica, ofrecía un rincón privado en medio de la naturaleza, un remanso de tranquilidad.

A medida que la noche se hacía más oscura, un grupo de cinco jóvenes del pueblo, de no más de veinte años, decidió seguir al comité. La curiosidad y el fervor que habían sentido al ver a Priscila desembocaron en una aventura nocturna. Los jóvenes, atraídos por la posibilidad de vislumbrar la belleza que los había cautivado durante el día, se aventuraron a seguir al grupo. Siguiendo las indicaciones y murmullos, descubrieron la cabaña donde Priscila se alojaba. Al encontrarla, se apostaron discretamente cerca, tratando de buscar un ángulo que les permitiera espiar.

A través de una pequeña ranura entre dos maderas, los jóvenes comenzaron a turnarse para observar. La respiración se les aceleraba a medida que la figura de Priscila, iluminada tenuemente por una vela parpadeante, se desnudaba lentamente. Cada uno de ellos contenía el aliento al ver cómo se deslizaba de su pantalón de viaje, revelando una tanga negra que resaltaba su figura esbelta y sus curvas bien definidas. La tela de la tanga abrazaba sus caderas con una sensualidad que hacía que cada movimiento de Priscila se volviera una visión embriagadora. Sus pechos firmes y sus piernas torneadas se mostraban en toda su gloria entre las prendas, creando una imagen de perfección que hacía que el deseo se desbordara en los ojos de los observadores.

Cuando Priscila, ajena a la vigilancia, se encontraba de espaldas a los jóvenes, comenzó a recoger su polera blanca desde la cintura para quitársela. La tenue luz de la vela proyectaba sombras suaves sobre su espalda baja, dibujando la silueta de su piel dorada con una elegancia sensual. Sin embargo, en el último momento, Priscila decidió mantener la prenda puesta, volviéndola a acomodar. El breve destello de su espalda expuesta, junto con la luz de la vela, fue suficiente para hacer que los jóvenes se estremecieran de deseo.

A medida que Priscila se movía para destapar las frazadas delgadas, su cuerpo parecía moverse con una sensualidad que no podía controlar. Cada movimiento de su figura, desde la curva seductora de sus glúteos hasta el contorno de sus pechos, era un espectáculo hipnótico. Los jóvenes, incapaces de contenerse, se empujaban y se estiraban para obtener una mejor vista, sus rostros enrojecidos de excitación mientras observaban el despliegue de erotismo que Priscila ofrecía sin querer.

Finalmente, Priscila sopló la vela, sumiendo la habitación en una oscuridad total. La sombra y la penumbra envolvieron el lugar, y el sonido de los insectos que rompían el silencio nocturno se hizo más prominente. En la oscuridad, los jóvenes se retiraron lentamente, temblorosos y agitados, sin decir una palabra entre ellos, llevándose consigo el recuerdo ardiente de Priscila en tanga y polera, que los acompañaría esa misma noche en sus sueños. Priscila, ajena a la excitación que había provocado, se dejó llevar por el cansancio del día y se durmió rápidamente, sin saber que ya había dejado una marca indeleble en los corazones y mentes de los habitantes del pueblo.

Al día siguiente, el Sol de la mañana doraba el pequeño pueblo, y Priscila se dirigió hacia la casa de una señora de avanzada edad quien era como la matriarca del lugar, lista para una entrevista. Llevaba un pantalón gris suelto que se ajustaba en la cintura, con bolsillos grandes a la altura de las rodillas. A pesar de la holgura de la prenda, la tela ceñida revelaba la parte superior de sus glúteos de manera irresistiblemente sensual. La blusa que acompañaba el conjunto era de un color azul claro, hecha de una tela ligera que se adaptaba a cada movimiento de su cuerpo, apenas cubriendo sus curvas mientras dejaba entrever la firmeza de sus pechos en un escote sutil pero provocador. Su pelo rubio estaba recogido hecho una media cola y cubierto con un sombrero de vicera.

Al entrar en la cocina de la anciana, el contraste entre la belleza de Priscila y el entorno rústico era evidente. La cocina era modesta, con una mesa de madera desgastada por el uso y sillas que habían visto mejores días. La matriarca, de cabello gris y rostro arrugado por el tiempo, la recibió con una sonrisa cálida y al ingresar, puedo ver a un anciano sentado en el otro ambiente que al parecer era el esposo. Ambas se acomodaron en pequeños bancos que eran un poco más bajos de lo habitual, la anciana con su experiencia y Priscila con su elegancia innata.

Durante la entrevista, mientras la señora, con dificultad, trataba de comunicarse en español, Priscila sacó su libreta y comenzó a tomar notas. En un momento de esfuerzo por acercarse más y hacerse entender, su bolígrafo cayó al suelo. Priscila, inclinándose para recogerlo, sin saberlo, reveló una imagen tentadora a través de su blusa. La tela se estiró y se abrió ligeramente, mostrando un escote que dejaba entrever la parte superior de sus pechos mientras se doblaba hacia un lado en busca del bolígrafo que no se dejaba encontrar. El anciano, que observaba, desde la otra habitación, quedó hipnotizado por la visión. Los pechos de Priscila, parcialmente revelados, eran firmes y exuberantes, sometidos por la gravedad, la escena provocó en él una oleada de emoción cruda y ansiosa. Su respiración se volvió irregular, y sus ojos, fijos en la escena, traicionaban un deseo innegable. Su mano temblorosa se llevó a la boca notando como se le había abierto mientras intentaba mantener la compostura.

Al levantarse, Priscila notó la mirada fija del anciano que ya se había acercado postrado sobre el regazo de la puerta, su mirada la recorría con intensidad y Priscila pudo darse cuenta de lo que ocurría y, aunque intentó mantener la calma, su bolígrafo volvió a rodar sobre la libreta. Se inclinó nuevamente, llevando una mano contra su pecho, tratando de ajustar su blusa para que no revelara más de lo necesario. Las miradas rápidas y nerviosas que lanzó hacia el anciano mientras recogía el bolígrafo mostraban una creciente incomodidad. La cara del anciano estaba iluminada pero tratando de fingir compostura. Sin embargo, el calor en sus mejillas y la intensidad de su mirada hacían evidente la excitación que sentía.

Priscila sintió un cosquilleo inquietante recorrer su cuerpo, una sensación extraña pero poderosa, de repente el pequeño pueblo parecía prepararle para fuertes emociones. Entonces sintió una emoción interna, ya se sabia que su presencia era irremediablemente cautivadora, pero solo hasta entonces concentró su atención en ello sobrepasando su responsabilidad laboral. Se ajustó el cabello y cruzó las piernas lentamente, esta vez cada movimiento estaba calculado para retar la atención del anciano. La sensación de ser observada la incomodaba y excitaba al mismo tiempo, creando un cóctel de adrenalina y ansiedad. Mientras la anciana seguía hablando, ajena al juego de seducción que se estaba desarrollando, Priscila trataba de mantener la compostura, sintiendo el peso de la mirada del anciano como una carga cálida sobre su piel. El contraste entre la tranquilidad de la anciana y la atmósfera cargada de deseo dejaba a Priscila con un incómodo pero electrizante cosquilleo, consciente de que había capturado la atención del anciano de una manera que difícilmente podría olvidar.

Después de la entrevista que dejó poco margen para anotar y muchas emociones a flor de piel, Priscila caminó rápidamente hacia su cabaña, sintiendo una excitante anticipación. El calor del pueblo la llamaba, y su necesidad de refrescarse la llevó a cambiarse a algo más acorde con el clima cálido y seductor del lugar.

Se puso unos shorts de mezclilla que apenas cubrían la parte superior de sus muslos, dejando al descubierto una piel blanca y perfectamente torneada La tela ajustada abrazaba sus curvas con un toque provocador, acentuando la redondez de sus glúteos cada vez que se movía. Encima, se colocó una blusa a botones de cuadros rojos y blancos, ceñida al cuerpo con un nudo coqueto en su ombligo. La blusa se desabotonaba ligeramente en la parte superior, revelando una sugerente porción de su escote sin llegar a ser excesiva. Cada movimiento hacía que sus pechos se balancearan con una libertad seductora, mientras la brisa cálida acariciaba su piel y la blusa dejaba entrever la definición de su vientre y la curva tentadora de su espalda baja. Sus botas vaqueras cortas añadían un toque atrevido y sensual, acentuando la blancura de sus piernas y el contraste con la tierra polvorienta del pueblo.

Mientras caminaba con paso seguro, su figura esbelta se movía con una gracia hipnótica, como si estuviera desfilando en una pasarela, al igual que lo hacia en su trabajo eventual como modelo. Sus caderas se balanceaban con una cadencia que atrapaba todas las miradas, y sus glúteos se movían arriba y abajo con cada paso, dejando a todos los habitantes del pueblo boquiabiertos. Los hombres del lugar la miraban con una mezcla de deseo y fascinación, sus ojos se desviaban de sus rutinas cotidianas para seguir cada uno de sus movimientos.

El anciano, esposo de la matriarca, al notarla nuevamente, experimentó una excitación intensa al verla en su nueva vestimenta. Recordando sus días de juventud vigorosa, sintió cómo algo palpitante en sus pantalones volvía a la vida. La visión de Priscila, con su piel blanca y sus curvas resaltando en contraste con el entorno rústico y áspero del pueblo, era simplemente demasiado estimulante para ignorar. Todos los ojos, tanto los del pueblo como los del comité, brillaban con un deseo inconfesable mientras la contemplaban con el pelo rubio que por primera vez desde que llegó al pueblo, decidió dejarlo suelto al viento

Priscila, consciente del efecto que tenía sobre todos, caminaba con una mezcla de gracia y seguridad, disfrutando del poder y la atención que su cuerpo de diosa provocaba. Se dirigía al centro del pueblo, donde la próxima actividad esperaba, ella ya ajena a su compromiso laboral, solo se concentraba en disfrutar el momento para jugar con el deseo que había encendido.

El trabajo había arrancado, y Javier, el joven encargado de capturar cada momento con su cámara, estaba completamente hipnotizado. Con cada clic de la cámara, su excitación crecía. Pasaba el lente de la cámara por Priscila una y otra vez, tratando de no perderse ni un solo ángulo de su impresionante figura. Su juventud, todavía cargada de hormonas rebeldes, estaba a punto de explotar, pues Javier acababa de salir de la pubertad. Los pobladores se habían congregado en el centro de la plaza con el comité, y los ojos de todos estaban fijos en Priscila. Incluso Felipe, el líder del comité, estaba tan desorientado que apenas podía coordinar su discurso. Pero a Javier poco le importaba, mientras más pudiera capturar los movimientos de esa diosa en acción, mejor.

Cuando llegó la tarde, todo el grupo se fue a almorzar. Después, en un pequeño descanso, Priscila y Laura, que se habían hecho amigas cercanas, decidieron explorar el pueblo. Se encontraron con niños y mujeres llevando agua del río con baldes de madera colgando de palos. Decidieron unirse a la tarea. Al llegar al río, Priscila se despojó de su blusa a cuadros, revelando un top blanco sin mangas que abrazaba sus pechos con una delicadeza casi obscena. El top se ceñía a su figura y apenas cubría sus curvas, pues había decidido no usar sujetador. Con la blusa atada a su cintura, intentó levantar los palos con los baldes, pero tambaleó, haciendo que el agua salpicara. El top se mojó ligeramente, volviéndose transparente y pegándose a su piel.

Mientras caminaban hacia la plaza, la falta de experiencia provocaba que el agua se derramara más y más. Laura, con una figura poco llamativa y algo descuidada, pasaba desapercibida. Pero Priscila, con cada paso, estaba simplemente deliciosa. La tela blanca de su top que ya se encontraba empapada, se volvió una segunda piel, revelando cada detalle de sus pechos perfectos. Al llegar a la plaza entre risas con Laura, Priscila notó cómo todos la observaban con un deseo palpable. La transparencia de su top dejaba poco a la imaginación. No podía cubrirse, ya que sostenía los baldes de agua con ambos brazos, lo que hacía que sus pechos se destacaran aún más.

Lejos de sentir incomodidad, Priscila comenzó a disfrutar la atención. Un cosquilleo ardiente en sus pechos la invadía, como si alguien la estuviera acariciando. La excitación la embargaba por completo. Dejó que el agua tambaleara aún más en los baldes e inclinándose, permitió que el agua la empapara nuevamente, sintiendo cómo el líquido descendía por su abdomen y se deslizaba hacia su short, humedeciendo sus piernas.

Los hombres, incapaces de resistir más, empezaron a rodearla. Era como un pacto silencioso; unos la seguían, otros se unían, y todos, jóvenes y mayores, se agrupaban en silencio, animándose entre ellos. El momento fue eléctrico, sin ningún disimulo. Al llegar a la plaza, Priscila y Laura dejaron los baldes en el suelo. Consciente de la tensión que había causado, Priscila se puso rápidamente su blusa, cubriendo sus pechos pero dejando su short ajustado a la vista. Sabía que había sido demasiado y que debía parar.

Ambas amigas se apresuraron hacia las cabañas. Priscila estaba temblorosa por la intensidad del momento. Su respiración era rápida mientras sentía su top mojado y sus pechos húmedos debajo de la blusa de manera provocadora. Aunque deseaba seguir disfrutando de la sensación, la situación se había vuelto un tanto peligrosa. Caminaba con la espalda hacia los pobladores, disfrutando del cosquilleo de ser observada, sabiendo que había dejado una impresión imborrable en sus mentes.

Solo quedaba un día para regresar a la civilización. La partida estaba programada para el mediodía del día siguiente. Esa tarde, siendo la última en ese lugar tan remoto, Priscila decidió tomarse un descanso. Se adentró en el exterior de la propiedad donde se encontraban las cabañas, alejada de las miradas curiosas de los pobladores, y encontró una silla de reposo reclinada, que parecía más una cama en miniatura. El día había sido largo y, aunque sentía el cosquilleo de buscar más aventuras, el cansancio finalmente la venció. Aprovechando su soledad, nuevamente se quitó su blusa y se acomodó en la silla, dejando que el Sol secara su top mojado y disfrutando de la cálida brisa y del canto relajante de los pájaros. Poco a poco, el agotamiento la envolvió y se quedó dormida profundamente.

Pero el silencio de la tarde fue interrumpido por una figura que se acercaba en sigilo. Felipe, el líder del comité, un hombre de entrado en años, bajo y de piel rojiza, observaba a Priscila con una mezcla de deseo y culpa. Recordaba la primera vez que la vio en la entrevista de trabajo. No necesitó revisar su currículum; desde el instante en que la vio, supo que la contrataría. No por su talento profesional, sino por la belleza deslumbrante que, en su mente, lo desarmó con el pensamiento de "lo rica que estaba". Aunque era consciente de la falta de ética de su decisión y de que otros candidatos parecían más adecuados para el puesto, sabía que no podía dejar pasar la oportunidad de trabajar con alguien tan hermosa. En todos sus años de experiencia, nunca había tenido tanta suerte y no podía desaprovechar esa oportunidad.

En el trabajo Felipe, a pesar de sus esfuerzos por disimular su interés, se sumergía en fantasías sobre ella. En sus pensamientos más oscuros, la imaginaba sometida a sus deseos, aprovechando su posición de poder para hacerla suya en su oficina de todas las formas posibles. Su corazón latía con fuerza al visualizar esas escenas, que solo existían en sus fantasías más retorcidas.

Después de la escena en la plaza, con el short y la blusa a cuadros que se había convertido en una obsesión para todos, Felipe no había podido sacarla de su mente. Mientras Priscila y Laura se fueron a pasear, él se había consolado en el baño, imaginándola. Luego de su pecado, se recostó en su rudimentaria cama en la cabaña cercana, tratando de dormir como lo hacían los demás miembros del comité. Pero el sueño no llegaba. Cuando finalmente el silencio reinó en el lugar, unas voces lo despertaron. Era Priscila y Laura conversando afuera.

Laura: —Priscila, ¿no te diste cuenta de lo que estaba pasando?

Priscila: —No, ¿de qué hablas?

Laura: —Te empapaste y se te notaba todo.

Priscila: —¿Qué?

Laura: —¿No te diste cuenta? Por favor, ten más cuidado y no te vistas de esa manera. Todos esos hombres te estaban mirando muy raro.

Priscila: —¿En serio?

Laura: —Si, ¿y no les viste las caras? Ay, ¿no te da asco?

Priscila: —No noté nada

Laura: —Todos esos indios te querían hacer no se que cosas

Priscila: —¿Indios?

Laura: —Bueno, por favor, no te vistas así. Sé más profesional.

Felipe observaba cómo Laura se daba la vuelta para entrar en su cabaña enojada, mientras Priscila se quedaba con una sonrisa traviesa en el rostro. Apenas Laura se había ido, Priscila ingresaba a su cabaña para tan solo unos segundos después salir nuevamente y dirigirse al área de descanso al aire libre.

El silencio volvió a apoderarse del lugar. Felipe, con la mente llena de fantasías y deseos reprimidos, sintió que la atmósfera lo invitaba a actuar. Aunque solía sentir inseguridad por su edad, a sus 57 años dudaba si Priscila, con sus 25 años, lo consideraría adecuado, además en la oficina ¿Qué pensarían de él? “Un viejo verde” pensaba. La situación actual, alejada de los ojos de los demás, avivó su impulso.

Con cuidado, para no despertar a Javier, el joven apenas salido de la pubertad que también ya soñaba con Priscila con una sonrisa en el rostro emocionado por llegar a la ciudad y revisar las grabaciones. Felipe salió de su cabaña siguiendo los pasos de Priscila, su corazón latía con intensidad. Al llegar al área de descanso, la vio recostada en la silla reclinada. Se acercó sigilosamente, maravillado por su belleza. Sus ojos recorrían cada detalle de su rostro, su cabello dorado y su figura esbelta.

El top mojado de Priscila demarcaba perfectamente sus pechos, y Felipe se sintió abrumado por una desesperación casi incontrolable. Se inclinó un poco más, acercándose a unos centímetros de ella. El suave y regular aliento de Priscila, mientras dormía, lo excitaba aún más. Su mano temblorosa se acercó a la blusa que colgaba sobre el respaldar de otra silla, mientras su mirada escaneaba el entorno con nerviosismo. Se llevó la prenda a su nariz e inhaló profundamente sintiendo el perfume a rosas que emanaba de la blusa, de inmediato su miembro empezó a levantarse dando pulsaciones hasta ponerse erecto.

Nervioso por la impactante escena, miró a todos lados para confirmar su soledad, dejó en su lugar la blusa, sacó su celular y empezó a capturar cada ángulo del momento, filmando y fotografiando a Priscila en su estado más vulnerable. Se sintió como un criminal, pero la excitación lo dominaba completamente. Observaba sus piernas cruzadas, con la derecha sobre la izquierda, resaltando más, sus botas cafés que aumentaban su feminidad infinita. El short de Priscila parecía rozar la gloria, Felipe se relamía, embriagado por la perfección de la rubia, su mente agitada por el deseo y el placer de la clandestinidad.

En un arrebato de nerviosismo y sabiendo que tal vez nunca más tendría una oportunidad como esa, Felipe acercó su mano temblorosa hacia la pierna de Priscila. A medida que sus dedos se rozaban contra la piel expuesta, el contacto era tan electrizante como prohibido. Con Priscila profundamente dormida, su confianza creció y comenzó a explorar. Sus dedos se deslizaron suavemente por la superficie de su piel, llegando lentamente a la unión entre el short y su piel.

La calidez de la piel de Priscila era hipnótica. El contraste entre el calor de los dedos de Felipe y la frialdad de la piel de Priscila, debido al aire fresco de la tarde intensificaba la tensión. El pulso de Felipe se aceleraba con cada toque, y su respiración se volvía irregular al ver cómo el top de Priscila, aún ligeramente mojado, delineaba sus pechos perfectos.

Al notar que Priscila no se movía, Felipe no pudo contenerse más. Sus manos, temblorosas y llenas de deseo, se dirigieron lentamente más arriba. Con una mezcla de ansia y delicadeza, reposó sus palmas debajo de la tela, sintiendo la forma redondeada y cálida de esos deliciosos pechos. La presión de sus manos empujaba suavemente los encantos de Priscila hacia arriba, embriagado por una sensación que lo envolvía en un éxtasis silencioso.

El sudor y la agitación se hacían evidentes mientras continuaba explorando. Soltó la presión sintiendo el suave roce de esas dos bellezas mientras volvían a su lugar. Entonces sus pulgares rozaron los pezones a través del top, y de inmediato, un suave "Ummm" escapó de los labios de Priscila, aún sumida en el sueño. Era un secreto de ella que sus pezones eran extremadamente sensibles, por lo que la sensación trascendía incluso su sueño profundo. Sin embargo, el gemido melodioso, hizo que Felipe diera un salto hacia atrás, su corazón latía desbocado al pensar que la había despertado.

Con el cuerpo tembloroso y el pulso disparado, Felipe decidió escapar rápidamente. En su huida hacia el baño, sus dedos aún sentían el roce de esos benditos pezones, y su mente estaba llena del intenso recuerdo de ese contacto prohibido. A cada paso, su mente se inundaba con la esencia de Priscila, y aunque el miedo de ser descubierto lo impulsaba, el recuerdo ardiente de su piel y el gemido sensual lo acompañarían como una memoria indeleble. Se encerró en el baño, la experiencia vivida y la sensación aún palpitando en sus manos, hacían que tome su miembro sintiendo la esencia de Priscila para consolarse efusivamente una vez mas.

Más tarde, Priscila despertó sin tener idea de lo ocurrido. Su top aún estaba húmedo, y el sol se ocultaba en el horizonte, haciendo que el frío aumentara. Se cubrió con su blusa y se dirigió a su cabaña para cambiarse.

Esa noche, solo quedaba una reunión para ultimar detalles. Después de la reunión, todos regresaron a sus cabañas, pero el sueño no llegaba fácilmente, debido a la siesta de la tarde. Como era de esperar, alguien llevó bebidas alcohólicas para animar el ambiente. Se reunieron todos en la cabaña mas espaciosa y las botellas se vaciaban rápidamente, y la conversación fluía entre risas y miradas cargadas.

Priscila, abrigada con unas chamarra rozada contra el inusual frio de la noche, decidió probar un trago a pesar de no ser aficionada al alcohol. La bebida la calentó, pero no de la manera que esperaba. Cada sorbo incrementaba su excitación, haciéndola recordar sus recientes aventuras con una intensidad inesperada.

Ya cerca de las 2 am, los demás estaban mareados y exhaustos, y pronto se retiraron a descansar, sus ojos pesaban con el sueño. Priscila se dirigió a la intimidad de su cabaña, sin embargo, se mantenía inquieta, su mente vibrante con la energía de la noche. Esperó pacientemente a que el silencio envolviera el lugar, y una vez que estuvo segura de que no se escuchaba ningún murmullo, se sumergió en un baile ligero.

Las sombras danzantes en las paredes reflejaban sus movimientos mientras se quitaba su chamarra y cada toque de su mano se sentía como una caricia de la brisa cálida sobre una delgada chompa de lana. Con cada suspiro, el deseo crecía dentro de ella, una necesidad intensa que se alineaba con el eco de sus pensamientos más oscuros y privados. La vela parpadeaba, añadiendo una luz suave y cálida a su piel, mientras Priscila se entregaba al placer en la serenidad de su cabaña.

A medida que la tranquilidad se asentaba, Priscila se envolvía en las frazadas, desnudó lentamente su cuerpo empezando por esa chompa que ya incomodaba quedando solo con el sujetador, luego se quitó su buzo deportivo que se había puesto por el frio, esta vez su tanga era de encaje rojo que le cubría la mitad de sus glúteos, se fue deshaciendo de sus prendas intimas disfrutando del roce de la tela sobre su piel. Con la vela aún encendida, su luz titilante danzaba sobre las frazabas. Comenzó a acariciarse suavemente, su respiración se hacía más profunda mientras exploraba cada rincón de su cuerpo, en complicidad con la noche silenciosa y la atmósfera cargada de sensualidad.

Apagó la vela de un soplo, saliendo de debajo de las frazadas y dejando que su desnudez se revelara por unos segundos antes de sumergirse en la oscuridad completa. Se cubrió de nuevo para que sus bajos gemidos no alertaran a nadie. Comenzó recorriendo sus piernas con las manos, encorvando su espalda sobre la rústica cama. Sus dedos se deslizaron lentamente hasta sus glúteos, que apretó con fuerza, y luego subieron para sostener sus pechos, entrelazando sus dedos entre sus pezones. Los fue apretando poco a poco, sus gemidos brotaron, una sensación de déjà vu la invadió, como si alguien más ya la hubiera tocado esa misma tarde. Mordió sus labios y rodeó sus pechos con un brazo, abrazándolos. El calor la sofocaba, así que pataleó para deshacerse de las frazadas, dejándolas caer al suelo. Estaba completamente desnuda, pero la oscuridad era tan densa que ni ella misma podía verse. Bajó su otra mano hasta acomodarla entre sus piernas.

Abrió la boca con placer, tratando de no hacer ruido, mientras los demás permanecían ajenos a lo que ocurría a solo unos pasos. La diosa de Priscila arremetía su cuerpo contra la rústica cama. Felipe, como llamado por un presentimiento, despertó con la vela encendida. Al girar, se dio cuenta de que Javier no estaba. Miró hacia el techo, pensativo y culpable por lo que había hecho, pero al mismo tiempo sabiendo que lo volvería a hacer sin dudarlo. Recordó cómo los hombres del comité insinuaban a Priscila a tomar más y fantaseó con la idea de embriagarla para hacerla suya. Pero sabía que todos pretendían lo mismo. Suspiró con alivio sabiendo que nadie había podido domar a Priscila.

Entonces escuchó un suave rechinar. Se levantó lentamente y abrió la puerta de su cabaña. El sonido venía de la cabaña de Priscila, el rechinar disimulado de su cama. No había duda. El corazón le latió con fuerza, los celos lo invadieron y una desesperación como nunca había sentido. ¿Quién era el desgraciado que había conseguido acceder a ella? Miró con rabia la cama vacía de Javier, sintiendo una ira desbordante. Felipe respiraba rápidamente como un toro, haciendo un puño mientras el disimulado rechinar de la cama de Priscila seguía un movimiento constante. Nervioso, volvió a su lugar, mirando hacia la nada, deseando que todo acabara, pero tratando de escuchar más,¿ mientras imaginaba la escena de Javier penetrando a Priscila. Su impulso le hizo levantarse de un salto, caminó en sigilo hasta la puerta de esa cabaña y escuchó con mas intensidad el rechinar de la vieja cama.

Mientras tanto, Priscila, en su soledad, se giró y se daba placer con una mano mientras con la otra sostenía la espaldera de la cama para que no se moviera mucho. Sus pechos se restregaban con cada movimiento sobre el colchón duro hecho de paja, y su trasero se empinaba hacia el techo mientras sus rodillas empujaban para seguir el ritmo. Mordía la almohada con firmeza para no emitir sonido, hasta que por fin el orgasmo llegó, dejándola temblando de satisfacción. Recordaba cómo todos esos ojos de los pobladores la devoraban con la mirada mientras llevaba su top mojado y su short corto.

Cuando la cama dejó de rechinar, Priscila se acomodó para dormir, una sonrisa inundaba su rostro por su travesura sin consecuencias. Felipe no cabía en sí mismo, celoso y con los ojos enrojecidos de frustración volvía a su lugar imaginando el dulce final del placer entre Javier y Priscila, envueltos en besos cariñosos y abrazos, acalorados y agitados, cansados mientras se acurrucan completamente desnudos, Felipe se torturaba imaginando la escena una y otra vez. Después de un rato, Javier volvió a la cabaña, habiendo pasado mucho tiempo en el baño debido a que el alcohol le había hecho daño. Pero Felipe, en su mente, estaba convencido de que se había acostado con Priscila. Esa noche, Felipe no pudo dormir, observando a Javier hasta que la vela se apagó, consumida por completo.

Era el último día en la población y el bus partiría al mediodía. Priscila decidió tomar un baño antes de irse, pero le indicaron que solo podía usar las duchas de la matriarca. Se envolvió en una bata que cubría su cuerpo y comenzó a caminar rápidamente por el pueblo, sabiendo que todos la notaban. Sentía que ya había tenido suficiente atención, pero llevaba consigo una toalla y todos se percataban de que iba a bañarse. En el pueblo, solo había una forma de hacerlo.

Al llegar a la casa de la matriarca, esta le señaló el lugar y Priscila se sorprendió al ver la ducha tan rústica al aire libre. Observó a una mujer del lugar bañándose, notando cómo las maderas que formaban una especie de barril no cubrían su cabeza por arriba y dejaban expuestas sus piernas desde los muslos hacia abajo. El agua salía por encima en un pequeño chorro proveniente de un tanque más arriba.

La mujer le dijo que no se preocupara, pues nadie iba a observar. A pesar de estar al aire libre, el lugar era silencioso y privado, propiedad de la matriarca. Priscila vio cómo la mujer salía cubierta con una toalla vieja envuelta en su cuerpo y se dirigía a un cuarto metros más allá para cambiarse.

Era su turno y, con cierto nerviosismo, caminó mirando a todos lados. Una vez dentro, notó que un pequeño seguro cerraba la madera que la bordeaba, pero no parecía tan seguro. Se comenzó a desnudar, quitándose la bata y quedando completamente desnuda. Al entrar, se dio cuenta de que debía agacharse un poco debido a su altura, pues la rústica ducha estaba construida para las mujeres del lugar. Si permanecía erguida, revelaría gran parte de sus pechos.

El agua fría comenzó a correr sobre su cuerpo, y Priscila sintió la frescura del aire libre por primera vez acompañándola en una ducha. La sensación le hizo sentirse libre y algo excitada. Fue tomando confianza mientras se enjabonaba, frotando su cuerpo lentamente. La brisa acariciaba sus piernas y su cuello, mientras el sol bañaba su piel blanca, haciéndola brillar. Priscila se dio cuenta de que era la primera vez que observaba sus pechos desnudos bajo el sol. Esa visión la excitó aún más.

Decidió enjuagarse el jabón para observar mejor su cuerpo desnudo con la luz del sol. Una corriente eléctrica la invadió, y sintió ganas de consolarse. Mientras debatía en su mente si debía arriesgarse a hacerlo en esa ducha rústica, sus dedos exploradores tomaron la decisión por ella. Miró a todos lados y decidió sumergirse en su fantasía. Comenzó a frotar su cuerpo con más entusiasmo, a pesar de estar ya muy aseada. Levantó las manos, moviendo las caderas en una danza sensual. Sus rodillas se frotaban una con otra de adelante hacia atrás, disfrutaba de su sensualidad al aire libre.

El atrevimiento del momento la impulsó a empujar suavemente la puerta. El pequeño seguro cedió, dejando su desnudez expuesta por unos segundos. Con delicadeza, volvió a cerrarla. Ella no lo sabía, pero todo el tiempo tenía un observador. El anciano, esposo de la matriarca, se había escabullido y la observaba desde un lugar oculto. Era del que menos sospecharía la matriarca, quien, como un perro guardián, se paraba en la puerta sabiendo que afuera había hombres del lugar merodeando.

Adentro, el anciano, con extrema excitación, se fue acercando hasta estar visible. Sin embargo, Priscila aún no lo notaba. Decidió apoyar sus pechos contra la madera calentada por el Sol y ponerse más erguida, revelando casi todo al exterior. El anciano, observando, la veía de espaldas y decidió moverse. Al rodear a lo lejos la ducha rústica, pudo tener un mejor ángulo y ver cómo sus pechos se aplastaban contra la madera.

La ducha le cubría justo hasta los pezones y continuó disfrutando de la sensual ducha mientras el agua resbalaba por su hermoso cuerpo. En un giro inesperado, al levantar la vista, Priscila pudo ver al anciano. Sus ojos se encontraron frente a frente. La boca del anciano babeaba y su gesto era como de cansancio. Priscila lo observó petrificada, una sensación extremadamente excitante la invadió mientras veía cómo el anciano tenía una erección que no tenía en muchos años.

Ese miembro envejecido y canoso habia encontrado la forma de salirse el pantalón remendado del anciano y la apuntaba mientras era frotado suavemente, el momento más excitante del viaje para ambos hasta ahora. Priscila se sumergió en una excitación extrema, impulsándose sobre las puntas de los pies. El movimiento hizo que sus pechos sobresalieran, revelándolos por primera vez a alguien del lugar, permitiendo que el anciano se deleitara con la vista gloriosa.

Priscila sintió una mezcla de poder y vulnerabilidad, el hecho de saber que había despertado en él algo que en años nadie pudo hacerlo la excitaba aún más. Decidió que este momento sería un tesoro privado, un secreto compartido solo entre ella y el anciano. La complicidad de sus miradas, el deseo palpable en el aire, crearon una tensión electrizante que ambos saborearon intensamente.

Lo que pasó después, quedará en la imaginación de quienes se atrevan a imaginarlo, pues algunos momentos están destinados a permanecer como secretos compartidos solo por aquellos que los vivieron...

El bus partía dejando a los pobladores con ganas de más, una estela de polvo y recuerdos en el aire. Todos se habían congregado para despedir al comité, una multitud silenciosa que observaba con ojos melancólicos, sabiendo muy bien por qué lo hacían, o mejor dicho por quien lo hacían. Priscila viajaba sola, su figura destacando entre los asientos vacíos, mientras Laura, aún enfadada, se mantenía distante. Nadie se atrevía a abordar a Priscila; su presencia era un campo de energía que repelía y atraía a partes iguales. Felipe, sentado en los asientos de adelante, la observaba con una mezcla de enojo y anhelo, su mente atrapada en el traumático recuerdo de la última noche.

La soledad en el bus parecía importarle poco a Priscila. Concentrada en sus notas, su entusiasmo palpable mientras anotaba lo que parecía ser el informe que debía presentar. Era como si el bullicio y las tensiones a su alrededor no la afectaran, su mundo interior un refugio impenetrable.

El lunes siguiente, Priscila presentó el informe con datos inventados, fruto de las pocas notas que había tomado. El proyecto siguió su curso, y el comité fue felicitado. Felipe, encargado de anunciar el día libre, no podía apartar la vista de Priscila. Vestida con jeans ajustados y una blusa roja que le descubrían los hombros, ella era un constante recordatorio de sus deseos insatisfechos.

Observó cómo se retiraba apresurada, con Javier diciéndole algo que provocaba una sonrisa en ella. Se fueron por caminos separados, y la ausencia de esa diosa dejó a Felipe en una agonía silenciosa. Sentado en su escritorio, no podía concentrarse. Desde que había llegado, su mente estaba atrapada en un bucle de pensamientos sobre Priscila. Consideró despedirla, pero sabía que no era justo. Sus ojos se perdían en el vacío, sus manos entrelazadas sobre el escritorio, su quijada descansando en ellas.

De repente, vio la libreta de apuntes de Priscila, olvidada en su prisa. Un rayo de esperanza lo atravesó: ¿podría ser una excusa para llamarla? ¿Para escuchar su voz? La emoción lo invadió, una corriente de adrenalina que no había sentido desde que la vió por primera vez. Se levantó de un salto y fue por la libreta como si se tratara de una competencia entre los que se encontraban trabajando, antes que alguien mas se percate. La tomó entre sus manos y volvió a su lugar, listo para llamarla. Pero se detuvo.

El pensamiento de leer sus anotaciones, de sumergirse en su mundo, lo sedujo. Abrió la libreta y notó la perfección de su caligrafía. Las entrevistas y las vagas informaciones no eran gran cosa, pero cada trazo despertaba en él una emoción profunda. Pasó las páginas con cuidado, como si tratara de una reliquia sagrada.

Fue entonces cuando notó más letras en el otro lado de la libreta, en las hojas de atrás. La giró con manos temblorosas y comenzó a leer:

“El ver a ese anciano excitado por mi figura mientras le mostraba los pechos fue un punto de inflexión en mi vida. No pude resistirme a continuar excitándolo. Se fue acercando mientras yo permitía que lo hiciera, y mi cuerpo sentía una excitación extrema. Al estar a solo unos centímetros fuera de la ducha, por su estatura, mis pechos ya no estaban a su vista, pero yo lo veía desde arriba, aún con su miembro endurecido. Me dejé llevar por el morbo extremo del momento, el Sol calentando mi piel y, en contraste, el agua fría que me refrescaba.

Me encontraba en un estado de éxtasis indescriptible. Mientras el agua fría resbalaba por mi cuerpo, una oleada de deseo me envolvía. Decidida a llevar la excitación a un nivel aún más intenso, me puse de cuclillas frente al anciano, sabiendo que mi trasero y piernas desnudas eran claramente visibles desde el exterior por debajo de la rústica ducha. Me quedé ahí un instante y me volví a levantar, en anciano babeaba sin control con la boca abierta. Con la mano temblorosa, abrí la puerta para que pudiera verme enjabonada y como vine al mundo, aunque por instinto me cubría con las manos.

El anciano, con la respiración entrecortada, se acercó más, hasta ingresar a la ducha conmigo. Cerré la puerta con un clic sonoro, liberando mi desnudez para él, que ya temblaba de emoción. Se quedó allí, inmóvil, sin saber qué hacer. Tomé la iniciativa y le fui quitando la ropa que se le iba mojando por las gotas que rebotaban de mi cuerpo hacia él. No me sentía atraída por él en absoluto, solo era el morbo del momento y sentía una curiosidad insaciable por cómo se vería desnudo.

Una vez hecho, lo observé con su barriga inflada y su piel maltratada. Su postura encorvada, las medias puestas y el gorro de lana colorido junto a su pene canoso lo hacían parecer algo cómico. En comparación, yo, completamente desnuda, impactaba la escena, llegando a ser grotesca en contraste, pero eso me excitaba aún más.

Sentía el calor del anciano sobre mí, y a medida que nuestras pieles se tocaban, el morbo se transformaba en una excitación palpable. Entonces, él, con manos temblorosas pero firmes, me tomó por la cintura, y noté que el roce de su cuerpo contra el mío se hacía más intenso. Comenzó a frotarme la cintura de arriba abajo, y me dejé llevar. Dando pequeños saltos, correspondí a sus movimientos, lo que hizo que mis pechos se movieran con más libertad. La sensación era eléctrica, un vaivén que aumentaba su ritmo, y él, al sentir mis reacciones, se emocionaba cada vez más, acelerando el movimiento hasta que  is pechos tambaleaban rapidamente.

Entonces hice que despegara sus manos de mi cuerpo, le hice girar y me incliné suavemente, apoyando mis pechos contra su espalda arrugada y caliente. El contacto de mi piel desnuda contra su espalda hizo que un estremecimiento recorriera mi cuerpo, y su respiración se hizo más agitada al sentir la suavidad de mis senos contra su piel. Mi cercanía le ofreció una intimidad que lo hizo gemir de anticipación.

Con una mano temblorosa pero firme, me deslicé lentamente por su estómago hacia su miembro endurecido, que seguía excitado y palpitante. Mis dedos deslizaron la piel que cubría su glande, y lo rocé con cuidado acariciando la punta con una suavidad calculada. Me concentré en cada movimiento, sintiendo cómo su cuerpo respondía a mi toque. Cada caricia era una promesa de más, un juego que me tenía completamente absorta.

Comencé a estimularlo con movimientos lentos pero intensos, mis dedos explorando su miembro con una cadencia deliberada. Cada roce y cada presión estaban diseñados para mantener su excitación constante. Podía sentir su piel arrugada bajo mis manos, mientras mis pechos se restregaban en su espalda en todas las direcciones siguiendo el movimiento de mi mano con todo mi cuerpo que vibraba con cada caricia que le ofrecía. Su respiración se volvía cada vez más irregular, y sus gemidos aumentaban en intensidad.

Cuando frené los movimientos, él siguió balanceando su pene entre mis dedos que se acomodaban con suavidad, sacó su lengua como sediento. Al sentir que con sus movimientos, mis pezones eran frotados contra su espalda sin que yo controle el movimiento en un acto de desesperación y deseo y rendida ante mi morbo me acerqué a su oído y le dije “Quieres chupar mis tetas” Giró la cabeza con gesto incrédulo, entonces  tomándolo de sus hombros lo giré nuevamente y sujeté mis pechos con ambas manos desde los costados juntándolos y se los acerqué a la cara mientras me reclinaba dibujando mi figura con la espalda arqueada

Sentí sus labios rozando la delicada piel de mis pechos. Primero fue un toque suave, casi un susurro con timidez, pero pronto sus labios se abrieron para tomar uno de mis pezones en su boca. La sensación de su lengua caliente y húmeda sobre mi piel me hizo estremecer, no pude evitar gemir. Cada succión era profunda, intensa, y me enviaba olas de placer por todo el cuerpo. El contraste entre la suavidad de mi pechos y la textura áspera de su lengua creaba una experiencia increíblemente excitante.

Mis pechos blancos parecían ser más imponentes frente a esa piel envejecida y morena, casi morada. Su succión se hizo más firme, y sus labios rodeaban mi pezón con una necesidad urgente. Lo sentía mordiendo suavemente, alternando entre lamidas y succiones que provocaban que mi piel se erizara en respuesta. Me moví ofreciéndole el otro pezón y los movimientos de su lengua y el ritmo constante de sus succiones me llevaban a un estado de éxtasis casi fuera de control. La humedad del ambiente y el calor de su boca combinaban con el agua fría que caía sobre mi cuerpo, creando una sensación que solo intensificaba el placer.

Sentí sus manos acariciándome las nalgas, aprisionando con desesperación, sus uñas rascaban mi piel. Entonces me erguí nuevamente apegandome a él y mis pechos quedaron por encima de su cabeza, miró hacia arriba y dejé que continue con su trabajo mientras yo miraba al horizonte, a la naturaleza y el silencio de afuera, el rustico pueblo que estaba siendo testigo de mi mas intimo morbo. Luego me separé y , entregándome completamente a sus caricias, permitiendo que su boca explorara cada rincón de mis pechos. Cada roce, cada presión, cada succión era un regalo para mis sentidos, y me dejaba llevar por el ritmo de su deseo. Su respiración se aceleraba mientras continuaba su ataque sensual, y yo correspondía moviéndome con él, sintiendo cómo el placer se acumulaba.

De repente, un impulso irresistible lo llevó a bajar su boca lentamente, dejando atrás mis pechos y dirigiéndose hacia mi entrepierna. Sentí su respiración cálida y el roce de sus labios en la piel sensible de mi abdomen, y mi excitación creció con cada instante que pasaba. Me apoyé con firmeza en la madera de la ducha, sintiendo la textura áspera contra mi piel desnuda. Mi cuerpo estaba tenso y anticipaba lo que estaba por venir.

Para intensificar el momento y darle a él una vista más clara, subí mis manos hacia el borde de la madera, estirando mis brazos completamente hasta que mi torso quedó suspendido, colgando del borde de la ducha. En una acrobacia perfectamente ejecutada, subí ambas piernas, abriéndolas en un equilibrio preciso. Coloqué mis pies al otro extremo de la ducha, creando una postura en la que estaba completamente expuesta y vulnerable.

Desde esta posición, el anciano tenía una vista sin obstrucciones de mi vagina. La debilidad y el deseo se entremezclaban en su rostro, se arrodilló sobre el charco de agua y se lanzó hacia mi centro con una pasión renovada. Sin reparos, comenzó a besar y lamer mi intimidad, su boca moviéndose con un ritmo ansioso y decidido. Su lengua se movía con una suavidad y sus arrugados labios chupaban con deseo incontrolable, pude bajar una mano para jalarle el ridiculo gorro de lana colorida y descubrir su escasa y blanca cabellera, la corona era calva y las canas bordeaban su cabeza dandole un nuevo aspecto que me causo mas excitante repulsión.

El placer que experimentaba era casi indescriptible. Sus caricias se sentían aún más intensas en esta posición, con cada beso y lamida enviando oleadas de éxtasis a través de mi cuerpo. Me dejé llevar por la experiencia, balanceándome ligeramente al ritmo de sus movimientos, y mis gemidos llenaban el aire en medio del sonido del agua cayendo. Tomaba su cabeza dirigiéndole mientras me sujetaba con fuerza con una sola mano.

Mi cuerpo, colgado y expuesto, estaba completamente a su merced, y la intensidad de la situación me llevaba a un punto donde el placer y la adrenalina se combinaban en una experiencia inolvidable.

En un momento de máxima excitación, me dejé llevar por la necesidad de complacerlo, bajé mis piernas e hice que se ponga de pie, era mi turno de ponerme de rodillas sobre el mojado piso

Una vez en esa posición, con mis pechos desnudos y firmes alcancé el pene del anciano, me incliné ligeramente hacia adelante, moviendo mi torso con una sensualidad provocadora. Cada movimiento que hacía, cada roce de mi piel contra el miembro del viejo, parecía incrementar la pasión entre nosotros.

El anciano, cautivado por la visión de mis pechos chocando con su pene en el resguardo de la ducha, comenzó a experimentar una excitación aún mayor pues sus pulsaciones incrementaron. Su miembro endurecido estaba al borde del clímax, y su respiración se volvía cada vez más agitada. Mientras me mantenía en esa posición, hice que mis pechos atrapen su miembro ayudados por mis manos entrelazando mis dedos sobre ellos

Consciente de que mi trasero y piernas desnudos estaban expuestas, me deleitaba con la sensación de vulnerabilidad y exhibicionismo. Mis pechos acariciaban su miembro de manera rítmica y provocativa, y él gemía de placer, incapaz de contener su excitación.

El contraste entre la frialdad del agua y el calor de la pasión que compartíamos creaba una dinámica casi eléctrica. Sentía la energía palpable del momento mientras aumentaba la velocidad. El viejo, enloquecido por la sensación, se dejó llevar completamente y comenzó a moverse arrítmicamente embistiendo mis tetas con pasión lo mas rápido que podía, mientras su respiración se volvía cada vez más errática. Yo dejé de moverme permitiendo que él tome el control.

Finalmente, el clímax llegó en una explosión de placer. Aún de rodillas, sentí cómo el anciano alcanzaba el éxtasis y rápidamente tomé su pene para que el calor de su semen contrastando con la frescura del agua cayera sobre mis pechos. Todo resbalaba por mi piel hasta mezclarse en el suelo, un olor intenso me rodeaba, era ese semen de viejo guardado por años

Y mientras el anciano se recuperaba, me levanté lentamente, sintiendo una mezcla de satisfacción y anticipación. Sabía que lo que acababa de suceder era una experiencia única, un secreto compartido que permanecería conmigo mucho después de que el agua dejara de fluir.

 

Ahora, mientras viajo de regreso, siento que esa experiencia ha dejado una marca profunda en mí. Es como si hubiera probado una droga adictiva, y la necesidad de volver a sentir esa excitación me consume por completo. Cada rincón del autobús parece recordarme el calor del momento y el deseo que me embarga. La realidad de que solo yo y el anciano compartimos ese secreto tan ardiente me hace ansiar más, buscando desesperadamente esa sensación indescriptible que me atrapó. No puedo evitarlo; esa adicción al placer que experimenté es como una llama que arde dentro de mí, y ahora, no puedo dejar de pensar en cómo volver a encenderla.”

Felipe se sumergió en la lectura de la confesión íntima de Priscila con una mezcla de incredulidad y creciente excitación. Cada palabra revelaba una faceta de Priscila que él nunca había imaginado, un morbo intenso y una pasión que traspasaban los límites convencionales. La idea de que un anciano tan decrépito pudo experimentar y disfrutar de lso encantos de esa bella rubia despertó en Felipe una intriga profunda. Dudaba si todo lo escrito por ella era real o solo producto de su imaginación enaltecido por su morbo.

De todas formas la emoción y el deseo se apoderaron de él mientras su mente empezaba a trazar planes. El descubrimiento del morbo que Priscila ocultaba, lo había estimulado de manera inesperada. Con una intensidad ardiente y una resolución creciente, tomó su celular. Cada pulsación temblorosa de los botones parecía un latido en sincronía con el deseo que le invadía. Felipe sabía que tenía una oportunidad, y estaba decidido a explorar hasta dónde podía llevar esa nueva y peligrosa fascinación. Mientras se llevaba el celular al oido, el timbre de marcado ya sonaba... "¿Hola?" se escuchaba al otro lado de la linea con la sensual voz de Priscila. En ese instante, Felipe fue invadido por una nueva emoción interna y una sonrisa malevola se le dibujó en el rostro...

Continuará...

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Si tienes alguna pregunta o comentario, no dudes en escribirme. Siempre estoy aquí para responder.

¡Besitos!

p****@gmail.com



   
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