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Iniciador del debate 29 octubre, 2026 11:09
Soy un hombre de 65 años y hace dos que satisfago a mi mujer con masturbaciones y sexo oral, ya que no consigo la suficiente erección como para penetrarla.
El viernes 31 de marzo del 2017, mi esposa se fue a Irlanda porque mi hija había tenido a nuestro primer nieto. Yo tuve que quedar para atender nuestro negocio.
Una sobrina de mi mujer que tenía 18 años y que era alta, morena, delgada, que tenía una larga melena negra y una carita preciosa, se quedó a cargo de las tareas de la casa que hacía mi mujer.
Cerré la joyería a las 9:30 y me fui. Al entrar en casa, me llegó el inconfundible olor a cordero asado.
Elisa me recibió en la sala con una sonrisa en los labios, una minifalda, una camiseta blanca, apretada, en la que se marcan los pezones de sus tetas medianas y unas chanclas blancas.
—¿Saco el cordero, tío? —me preguntó.
—Saca, yo voy a buscar el vino a la bodega.
Unos minutos más tarde estábamos cenando en la mesa de la cocina.
—¿Cómo le fue el día, tío?
—Mal, casi no hay ventas. ¿Y a ti cómo te fue?
—Bien.
Cambié de tema.
—Está muy bueno el cordero, cocinas muy bien. ¿Al final te vas a quedar a dormir aquí o vas a volver a tu casa?
—Ya la tía me preparó la habitación de invitados?
—Es bueno saber que uno no está solo.
Sonrió y luego me dijo:
—¿No estará pensando en verde?
—No te preocupes. Ya no estoy para esos trotes.
El cordero estaba tan bueno que acabamos la botella de vino tinto y fui a buscar otra a la bodega, botella que también acabamos. Tomamos café (cosa que yo nunca tomo de noche) y un chupito de coñac. La verdad es que ella acabó contentilla. Le ayudé a recoger la mesa y luego nos fuimos a mirar la televisión.
Estaban con crónicas de un pueblo. Elisa se recostó en el sillón. Puso la cabeza. Sobre uno de los brazos del sillón y los pies en mi regazo.
—¿Echamos un polvo, tío? —me preguntó como si fuera la cosa más normal del mundo.
Mirando para sus bragas blancas, le respondí:
—Te vas a llevar una desilusión, flaca, ya te he dicho que no estoy para esos trotes.
—¿Se te murió la polla?
--Muerta, lo que se dice muerta, no está, pero agoniza.
—Hay otras formas de echar un polvo.
La había, claro que la había. Le saqué las chanclas, besé y lamí los dedos y las plantas de sus pies. Después fui masajeando, besando y lamiéndole las piernas. Región de los tobillos. Región de las rodillas, y región de los muslos. Le subí la minifalda, le aparté las bragas y le metí el dedo pulgar de mi mano derecha en la vagina, vagina que ya estaba empapada de jugos. Luego le metí dos dedos, busqué el punto G y se lo acaricié. Poco después sentí que una especie de corriente de agua nacía en el interior de su chochito, y cuanta más agua aparecía, más apretaban mis dedos las paredes de su vagina. Del silencio total en que estaba, comenzó a gemir. Sus gemidos se aceleraron, su pelvis subió y bajó, y exclamó:
—¡Me corro, tío, me corro, me corro!
Se corrió sacudiéndose y entre gemidos. Yo la miraba. La polla se me había puesto morcilona. ¡Pena que no me pusiera dura, coño!
Al acabar de correrse, se sentó en el sillón y, sonriéndome, buscó con su mano derecha mi polla, abrió la cremallera del pantalón, la sacó, la empuñó, me besó con lengua y comenzó a menearla. La frescura de sus labios y de su lengua junto al meneo de su suave mano lograron el milagro, y por primera vez en años, mis 17 centímetros estaban en erección.
—Yo creo que estás para muchos trotes.
Siguió pelándomela y mamándomela, y aunque no era experta en felaciones, llegó un momento en que me iba a correr y, si me corría, no se me iba a levantar otra vez. La aparté con delicadeza. Le quité la camiseta y vi sus tetas con areolas rosadas y generosos pezones. Las tetas estaban duras como piedras y su tacto era muy suave, como sus muslos, como todo su cuerpo. Acaricié, lamí y chupé sus areolas y sus pezones, pezones que se habían puesto duros y que estaban de punta.
Se echó hacia atrás. Le saqué la minifalda y las bragas blancas, bragas que estaban mojadas por el orgasmo que acababa de tener. Su chocito estaba rodeado de vello negro. Me arrodillé. Lamí desde el periné hasta el clítoris, parando en medio para meter y sacar mi lengua de su vagina. La miré, me miró con sus ojos color avellana, sonrió y luego me acarició la cabeza. Sin dejar de mirarnos, le lamí los labios inferiores y superiores, le follé la vagina con la lengua la tira de veces. Luego chupé su clítoris con movimientos ascendentes y descendentes, laterales y en círculos. Al cerrar los ojos y hacerse más intensos sus gemidos, supe que se iba a correr. Me lo confirmó.
—Me voy a correr otra vez, tío.
—Sigue tú.
Aplasté mi lengua contra su chochito. Comenzó a mover la pelvis alrededor, hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo. Le metí la mitad de mi lengua dentro de su vagina y la otra mitad la dejé sobre el clítoris.
—¡Qué gusto!
Siguió frotándose y, al rato, exclamó:
—¡Me corro!
Empezó a correrse gimiendo y entre sacudidas. Su flujo calentito fue cayendo en mi boca. Fue una corrida deliciosa.
No necesito descansar. Después de correrse, me preguntó:
—¿Me follas o te follo, tío?
—Te follo, Elisa, te follo.
La puse a cuatro patas sobre la alfombra de la sala. Mi lengua entró y salió de su ojete. Con tres dedos de la mano izquierda le acaricié el clítoris y con dos de la derecha le follé el chochito.
A los diez u once minutos de estar jugando con su chochito y con su culo, me dijo:
—¡Metémela en el culo, tío!
Saqué los dedos de su chochito, subí uno encima del otro, se los metí en el culo, se los saqué y les di vueltas alrededor... Elisa no paraba de gemir. Al sacar los dedos, le froté la polla en el ojete y luego se la fui metiendo despacito, y despacito acabé metiéndosela hasta que mis huevos hicieron tope.
Elisa metió dos dedos dentro del chochito y se dio dedos al compás de los míos. Poco más tarde me decía:
—¡Dame fuerte!
Le di cera en el chiquito y, antes de un minuto, comenzó a correrse.
Quiso hablar y no pudo, y mientras se sacudía como una vara verde azotada por un temporal, de su boca solo podían salir gemidos. Vi que tenía los ojos en blanco, la besé, me chupó la lengua y sentí en ella la fuerza de su corrida. Fue una corrida maravillosa.
Era mi turno. Se la saqué del culo. Vi dos regueros de jugos bajando por el interior de sus muslos, los lamí, lamí su coño y después se la metí en el chochito. A pesar de tenerlo empapado, entró apretada porque mi polla era gruesa, pero sin dificultad. La agarré por las tetas y le di despacio; quería disfrutar viendo cómo mi polla entraba y salía de su chochito cubierta de jugos, pero llevaba mucho tiempo sin meter, y me iba a correr antes que mi sobrina. Me salvó la campana. Su vagina apretó mi polla y supe que se iba a correr. Me quedé quieto, y me folló ella moviendo su espectacular culo, moviéndolo hacia atrás y hacia delante. Al sentir que le venía, me dijo:
—¡Correrte conmigo, tío, correrte conmigo!
Soy un cabrón, pero no tanto; dejé que se acabara de correr y luego me corrí yo en su espalda.
Estuvimos follando hasta que regresó mi mujer de Irlanda.
El relato fue modificado hace 2 horas por José





