Mi tía y yo aprendi...
 
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Mi tía y yo aprendimos a follar juntos

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José
(@quique)
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Iniciador del debate   [#2038]

                                                            La fuente

En Galicia, en los sesenta, si en domingo te tocaba ir a apastar a los animales, tenías que ir sin rechistar porque si rechistabas te podían caer las del pulpo, tuvieras seis, dieciséis o veintiséis años; si vivías en casa, claro. 

El animal que teníamos nosotros era un caballo percherón que por la semana tiraba de una carroza, ya que el negocio de mi padre era el transporte de mercancías.

Ese domingo de septiembre me había tocado a mí. Montado sobre Rufino, lo llevé a pastar a un lugar donde había muy buenos pastos. Al lado de esos pastos estaba un lugar al que le llamaban las Acacias, que tenía entre ellas una fuente con el agua más pura y fresca que he tomado en mi vida.

Pero vamos al turrón.

Estaba junto a la fuente escuchando los partidos de futbol en una pequeña radio y fumándome un Camel, cuando llegó a mi lado mi tía Rogelia, que había venido a apastar a sus dos ovejas y a su carnero.

Mi tía Rogelia era una mujer morena, de veinticuatro años, estatura mediana, tenía el cabello negro y muy largo, ojos color verde aceituna... Era muy parecida a Sara Montiel. Había tenido seis novios y los seis la habían dejado. Las malas lenguas decían de ella que era muy puta. Se sentó a mi lado con su vestido de los domingos y me preguntó:

-¿Cómo va el Madrid?

-Ganando.

-Dame un pitillo.

-Si tú nunca has fumado.

-No, pero ese pitillo huele bien y quiero probar.

Le di un cigarrillo, le di fuego, chupó y se tragó el humo. Comenzó a toser y casi echa las tripas. Al toser, vi cómo se le subían y se le bajaban sus grandes tetas.

Cuando pudo hablar, apagó el cigarrillo en la hierba y me dijo:

-¿Cómo puedes fumar ese veneno?

-Uno está acostumbrado.

Fue a la fuente a beber y yo la acompañé. Se resbaló en la pequeña cuesta que llevaba a ella y cayó dentro de la charca que hacía la fuente. Sentada en la charca, me miró, vio que me estaba riendo y no le sentó bien.

-¡Todos los falsos se ríen de las desgracias de los demás!

Mirando cómo se le marcaban las tetas en el vestido, me puse palote. Eché la mano derecha a la bragueta para que no viera el bulto, y le dije:

-Esa no es una desgracia. Te estás dando un baño, y con el calor que hace, viene de maravilla.

-Dame una mano para salir de aquí.

Le di la mano izquierda, tiró de mí y acabé en la charca con ella. Sonriendo, me dijo:

-Con este calor, un baño siempre viene de maravilla.

Me puse en pie y vio el bulto de mi empalme en el pantalón.

-Andas caliente, carallo.

Quise salir del apuro, y solo se me ocurrió decir:

-Es por el frío. 

Entre las acacias hacía fresco, y más junto a la fuente, pero mi tía no era tonta.

-Sí, es por el frío, y me miras para las tetas porque eres bizco. 

-Es que parece que las tienes muy bonitas.

Levantó la mano derecha.

-¡Cállate, cállate, que no respondo!

No sé cómo me atreví, pero le cogí la mano y le besé la palma. 

—Y las manos también las tienes muy bonitas.

El ruido que hizo la hostia que me pegó con la mano abierta causó otro ruido más grande, el que hicieron al echarse a volar los pájaros que se resguardaban del calor entre las acacias. No le consentía a nadie que me tocara, así que la amenacé.

-Si me vuelves a dar, te meto mano.

Me largó otra hostia que me puso la cara del revés.

-¡A ver si tienes cojones a meterme mano!

Le eché la mano derecha al coño y se lo cogí en su totalidad. Ella se encogió, se echó hacia atrás, resbaló y volvió a quedar sentada en la charca, charca que tendría unos cincuenta centímetros de profundidad por tres metros de largo y dos de ancho y de la que comenzaron a salir las ranas porque corrían peligro.

-¡Te mato!

Hice lo mismo que las ranas porque yo también corría peligro. Salí de la fuente con la ropa empapada y los zapatos llenos de agua; los saqué y eché fuera el agua. Luego saqué la camisa, los pantalones y los calzoncillos, ya que pensaba que al verme desnudo no se iba a acercar a mí. Estaba escurriendo los calcetines cuando llegó mi tía al campo. Venía con las ropas y los zapatos encharcados y, sacudiendo las manos, al verme en pelotas, dijo:

-¡¿Qué haces desnudo?! Si viene alguien por ahí y te ve, va a pensar lo peor.

-Que piense lo que le dé la gana. No voy a secar la ropa encima; dicen los viejos que es la mejor manera de pillar asma.

-¡Solo piensas en tu culo!

Me las ponía botando y tenía que rematar.

-Ahora mismo, en el único culo que pienso es en el tuyo.

-¡Se está rifando otra hostia y llevas todas las papeletas!

Seguí erre que erre.

¿Por qué no piensas en ti misma, quitas el vestido y lo pones a secar?

-A ti no te llega la sangre a la cabeza.

-Ya he visto a muchas mujeres en bragas y sujetador y desnudas también.

-Tú, si has visto a algunas mujeres en bragas y sujetador, o desnudas, ha sido en esas revistas guarras.

-Haz lo que te dé la gana; yo voy a tomar el sol.

Me puse boca abajo sobre la hierba.

-¡Ala, culo en pompa y aquí me las den todas!

-Para preocuparse, ya estás tú.

Giré la cabeza y vi que se quitaba los zapatos, les vació el agua y los volvió a poner. Luego vi cómo se metía detrás de un pino. Se quitó las bragas y el sujetador, los puso a secar sobre la hierba; después arrimó la espalda al pino y, mirándome, me preguntó: 

-¿Tienes un peine, culo blanco?

Eché las manos al pantalón, cogí mi peine negro en el bolsillo de atrás, me puse boca arriba. Estaba empalmado y se lo lancé porque llevárselo era arriesgarme a atrapar otra hostia voladora. 

-Ponte boca abajo, no empeores las cosas.

Me puse boca abajo. Después me acordé de la cajetilla de Camel y de las cerillas que tenía en el bolsillo delantero. No creo que haga falta decir cómo estaban.

-¡Allá van veintitrés pesetas!

Mi tía, de pie, con la espada apoyada al pino y peinándose, me dijo:

-Más se perdió en la guerra de Cuba.

Me puse boca arriba.

-No me vaciles que te quito el vestido y te dejo en pelotas.

Me retó.

-Si quieres morir, inténtalo.

-Tú no matarías ni a una mosca.

Me puse en pie y me siguió amenazando.

¿Estás confesado?

-Anda y que te den morcilla.

En pelotas, fui a cambiarle la estaca al caballo para que no le faltara pasto. Al regresar, con mi polla colgando, vi que mi tía se seguía peinando. Le dije:

-Viéndote, me acuerdo de lo que le dije a una chavala en el río mientras se peinaba el cabello mojado con ese mismo peine.

-Seguro que os habíais bañado juntos y estabais en pelotas.

-No te equivocas.

-¿Y qué le dijiste, Casanova? Sí lo puedes inventar, claro.

-¿A que no tienes lo que hay que tener para peinar los pelos del coño?

Se puso de uñas.

-¡A que te plancho otra hostia!

-Fue lo que le dije a ella; no te lo estaba preguntando a ti.

-No sé si creerte; a mí me pareció una provocación, encubierta, pero una provocación.

-Tú no harías lo que hizo ella. ¿Quieres saber lo que hizo?

-No.

-Te lo diré igual. Lo que hizo fue peinar el coño hacia los lados para dejar la pepitilla despejada.

-Suponiendo que eso fuera cierto. ¿Tú qué hiciste?

-Eso sí que no lo quieres saber.

-Eso sí que lo quiero saber. ¿Qué hiciste?

-Le comí el coño para que me diera una corrida en la boca.

Mi tía no se creyó ni una palabra.

-¡Qué fantasma eres!

Me senté sobre la hierba.

-No te miento.

-Ahora va a resultar que te has follado a media aldea.

 -He tenido ocho novias, pero en el amor soy un desgraciado. Ninguna de las chavalas con las que he estado me ha querido, ni me ha dejado meter. Solo querían besos, comidas de tetas, pajas y comidas de coño y, cuando se cansaron de mí, me dejaron por otro, pero si te digo la verdad, después de llorar por la primera, ya no quise a ninguna.

-¿Estabas enamorada de Rosa?

-Sí.

-Yo tampoco he tenido suerte en el amor. Los novios que he tenido venían a lo que venían. Querían follar a Sara Montiel, se encontraron conmigo, y me dejaron los seis porque no les permití ni besarme.

Su confesión me causó sorpresa.

-Y los seis presumieron de haberte follado. ¡Hijos de puta!

-Ahí le has dado, eran unos hijos de puta.

-Eran y son. 

-O sea, que después de Rosa, te dejabas liar.

-Sí, siempre es mejor que se la chupen a uno que hacer una paja. ¿Tú te haces pajas, tía?

-Vamos a dejar esta conversación, que no nos va a conducir a ningún lugar.

-No, pero porque tú no quieres.

-No quiero porque soy tu tía y parece que tú lo has olvidado.

-En este momento, para mí eres una mujer a la que comería viva.

Mi tía Rogelia me miró con cara de mala hostia.

-¡¿Qué acabas de decir?!

No me achanté.

-Que te comería viva.

-¡A ti te hizo daño el sol!

-Pensar que debajo del vestido no llevas nada me pone perro perdido.

Mi tía se puso seria.

-¡Ya te vale, respétame, que soy tu tía!

No perderías...

No me dejó acabar la frase.

-¡Perdería la decencia, descarado! 

Oli sangre y me tiré a matar.

-Y a esta.

Eché la mano a la polla empalmada y comencé a menearla. Mi tía miró cómo me la pelaba.

-Deja de pelarla si no quieres que lluevan hostias.

Hice como que no la oía. 

-Levanta el vestido, peina el coño y deja la pepitilla despejada.

-Tú ya no vas a parar hasta que te corras si no te doy de hostias. ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas.

Pensé que iba a venir por mí y me iba a hostiar, pero había más sangre de la que yo había olido.

-Si viene alguien y te ve haciendo una manola delante de mí, me vas a arruinar la vida, así que cuanto antes termines, mejor para los dos.

Me vine arriba.

-¿Vas a peinar el coño para mí?

-¿Ayudaría a que te corrieras antes?

-Claro que ayudaría.

Mi tía levantó el vestido y comenzó a peinar la tremenda maraña de pelos negros hacia los lados. Al tiempo que miraba cómo yo la pelaba, miraba por si venía alguien. 

-No me creo que esté haciendo esa locura.

Quien no se lo creía era yo. Llegué a gatas a su lado, y me dijo:

-Mira, pero no toques.

A medida que el peine llevaba los pelos hacia los lados, el coño se le fue abriendo. No llevaba ni un minuto pajeándome y mirando, cuando el coño de mi tía comenzó a gotear. Puse la lengua debajo de él y probé sus jugos.

-Estás muy rica, tía.

-¿Vas a acabar?

-Acaba tú primero.

Le lamí el coño de abajo arriba, apretando la lengua contra los labios vaginales y contra el clítoris. A mi tía se le cayó el peine de la mano, echó la pelvis hacia delante, me cogió la cara con las dos manos y frotó el coño contra mi lengua. Segundos después, con todo su cuerpo sacudiéndose, se corrió en mi boca.

Cuando le pasó el tembleque, me dijo:

-No sé qué me pasó.

Le puse las manos sobre los hombros e hice que se pusiera en cuclillas. No tuve que decirle nada. Cogió mi polla con su mano izquierda, la metió en la boca, chupó seis o siete veces y ya me corrí en su boca. Ni una gota dejó que se derramara.

Al ponerse en pie, me dijo:

-Tu leche sabe a rayos.

-No tenías que tragarla.

-¿¡No?!

-No.

La ropa ya había secado. Nos vestimos y unos diez minutos más tarde vino mi madre a traerme un bocadillo de jamón y una botella de vino con gaseosa.

                                                              Aprendiendo a follar

Me quedaban unos meses para hacer el servicio militar y en la marina no había sueldo; lo que había era una paga simbólica que no llegaba a las doscientas pesetas, por lo que me tenía que poner a ahorrar. 

Mi tía se enteró de que necesitaba el dinero y, como ella necesitaba pintar la casa, pues me pidió que se la pintara. Tendría comida gratis y, la mayoría de los cinco o seis días que me iba a llevar el trabajo, iba a estar solo. Así fue los dos primeros días, pero el tercer día amaneció lluvioso. 

Estaba preparando la pintura y me dijo mi tía:

-Voy a darles de comer a los animales.

Se fue y, en las cuadras y en el corral, les dio de comer a las ovejas, al carnero, a los cerdos, a los conejos y a las gallinas. 

Del corral a la casa había pocos metros, pero la pilló un chaparrón y la dejó calada. Al entrar en casa, mirando para sus ropas, dijo:

-¡Tiempo de mierda!

Puse la brocha en el cubo, la miré y le dije:

-Y aún acaba de empezar el otoño.

-Sí, bueno, por lo menos aquí tengo privacidad y ropa limpia para cambiarme.

Se fue a su cuarto a cambiarse. Le di dos minutos y fui a su habitación, abrí la puerta y la vi desnuda, de lado, con las tetas colgando. Inclinada, secaba su pierna izquierda con una toalla. No se sorprendió al verme.

-Me daba el cuerpo que ibas a venir.

Me quité el mono y quedé en pelotas con la polla colgando y palpitando. 

-Es que a este animal no le has dado de comer.

Fui a su lado, le eché las manos al culo, apreté sus grandes y esponjosas tetas contra mi pecho y, con la polla entre sus piernas, le metí la lengua en la boca. Giró la cabeza, me miró y dijo:

-Esto no está bien, Quique.

Le di un pico y moví mi polla hacia atrás y hacia delante entre sus labios vaginales.

-No estará bien visto por la gente, pero para ti y para mí va a estar bien.

-No sé si quiero follar; podría quedar preñada.

-Eso lo decidirás después, pero si aprendemos a follar juntos, te juro que no me voy a correr dentro de ti, y si no me corro dentro de ti, no puedes quedar preñada.

Le volví a meter la lengua en la boca, y poco después  me comía la boca ella a mí. Cuando dejamos de lamernos y de chuparnos las lenguas, ya su coño había engrasado mi polla.

La iba a echar sobre la cama, pero se me adelantó, se puso en cuclillas para hacerme una mamada. Vio el coño pringado de jugos y me preguntó:

-¿Todos estos fluidos son míos?

-Ahora son míos.

-No, siguen siendo míos. 

Metió la polla en la boca, cogió con su mano derecha mis huevos y me echó la izquierda a una nalga. Acariciando mis huevos y mis nalgas, me mamó la polla. No le di mucho trabajo, ya que poco después las piernas se me pusieron tiesas como la polla y me corrí en su boca. Rogelia se tragó la leche.

Al ponerse en pie, limpió la boca con el dorso de su mano izquierda y me dijo:

-Sabe a rayos.

-¿Por qué los has tragado?

-Para no tener que limpiar el piso.

La cogí de la mano, la eché sobre la cama y le dije:

-Te toca pasarlo bien.

-Estoy pasándolo bien desde el momento en que sentí tu cuerpo desnudo pegado al mío.

Me eché a su lado, besé su cuello y con mi mano izquierda masajeé sus tetas, unas tetas con areolas oscuras, enormes y con gruesos pezones. 

-Tienes unas tetas preciosas.

-Me alegra que te gusten.

Besando su boca, le metí dentro del coño el dedo medio y el dedo anular de la mano derecha y comencé a masturbarla. 

Luego de comerle la boca, de besar y lamer su cuello, de besar sus ojos y su mentón, recorrí cada milímetro de sus tetas con mis labios y con mi lengua. Rogelia gemía en bajito... Mamando su teta derecha, arqueó su cuerpo y se corrió como una bendita.

Al acabar de gozar, le quité los dedos de la vagina y fui a por su coño con mi boca. Lo abrí con dos dedos. Lo lamí lentamente y fui saboreando sus jugos, jugos inacabables, ya que cuanto más iba lamiendo, más jugos iban apareciendo. 

Hago un pequeño inciso para decirle a las que me preguntaron por privado cómo les comería el coño, y a ti también, sí, a ti, a la que está leyendo esto, pues os lo comería como se lo comí a mi tía, lamiendo los labios vaginales, primero uno, después el otro, lamiendo los dos juntos, metiendo y sacando mi lengua en la vagina, lamiendo y chupando el clítoris, y añadiría algo que no le hice a ella, comeros también el culo. Puede que os corrieras en mi boca como se corrió ella, entre potentes gemidos y tremendas convulsiones.

Luego de dedicaros un momento, vuelvo con mi tía, que después de correrse y de coger aliento, me dijo:

-Tengo que hacer la comida.

-Aún son las once.

-Es que...

-Es que no quieres llegar hasta el final.

-Quiero, pero. ¿Y si duele tanto como dicen?

Me arrodillé y le puse la polla en la entrada del coño.

-Si te duele, la quito y lo dejamos.

-Vale, empuja.

Empujé y entró la mitad de la cabeza.

-¿La quitó?

-No, de momento va bien.

Le clavé la cabeza.

-¡Coño!

La polla había entrado muy apretada.

-¿La quito?

-No, sigue metiendo.

Le eché las manos a las tetas y, tirándole de los pezones, le metí la mitad de la polla. Esta vez cerró los ojos y no dijo nada, pero yo le pregunté:

-¿La quitó?

-No, sigue metiendo.

Se la metí toda.

-Ya está, cuando quieras comienzo a sacar y a meter.

-Métela un poquito más.

Como no le metiera los huevos, lo que es polla, ya le había metido los dieciséis centímetros. La quité un par de centímetros y empujé con fuerza.

-¡Ay, que me corro!

Volví a sacar y a meter con fuerza tres veces más. Mi tía abrió las piernas hasta donde le daban y luego, al correrse, rebotó en la cama, lo que hizo que también rebotara yo.

La estaba viendo y me parecía un ángel que quería emprender el vuelo. Tuve que hacer un esfuerzo brutal para no correrme dentro de su coño.

Luego de descargar mi tia, la saqué despacito, y una vez que la tenía fuera, comencé a menearla para correrne en sus tetas. Mi tía me dijo:

-En la boca, dámela en la boca.

Se la metí en la boca, me la mamó y en unos segundos me corrí en su boca.

Al acabar de tragar la leche, me dijo:

-Sabe a rayos.

Conocías su sabor. ¿Por qué la tragaste?

-Por no manchar la cama.

-Entiendo.

Ahora voy a hacer la comida.

Malditas eran las ganas que tenía de pintar, pero tuve que ponerme el mono y regresar al curro. 

Mi tía peló unas patatas, luego le quitó la piel y la grasa a un pato, le echó sal y pimienta, lo puso en una fuente junto a las patatas y dos naranjas cortadas a la mitad y lo metió en el horno de su cocina de hierro.

Vi cómo cogía el paraguas y le pregunté:

-¿A dónde vas ahora?

-Voy a la taberna. ¿Qué quieres de postre?

-Lo que te guste a ti.

-¿Te gustan los melocotones en almíbar?

-Me encantan.

-Pues traigo melocotones.

Regresó con los melocotones, el pan y dos botellas de vino. Puso cada cosa en su sitio, miró el pato y luego me dijo:

-Deja de mirar para mí y atiende a lo que estás haciendo.

Seguí a lo mío y no la vi venir. Me metió la mano izquierda por detrás, agarró mi polla y, con su boca al lado de mi oreja, me dijo:

-Tengo ganas de echarte un polvo.

-¿Aquí?

-No, en mi habitación.

Se fue contoneando las caderas, cosa que no había hecho en su vida, y que hacía bien. Me lavé las manos en el fregadero. La pintura era de agua y salió de mis manos con facilidad. Luego fui a la habitación de mi tía. Antes de entrar, me quité el mono, los zapatos y los calcetines para darle una sorpresa. Cuando entré en la habitación, la sorpresa la llevé yo. Mi tía estaba desnuda, arrimada a la pared de la cabecera de la cama, con las manos en la nuca. Sonrió y me preguntó:

-¿Te gusta lo que ves?

Mis ojos se fueron a los pelos de sus axilas, a los pelos de su coño y a sus grandes tetas. 

-Me encanta.

Había dicho que me quería follar, pero estaba en posición para que la empotrara contra la pared. Fui a su lado y la besé; sus manos dejaron su nuca y se pusieron en la mía. Luego de unos besos, se posaron en mis hombros y llevaron mi cabeza a sus tetas.

-Haz eso que sabes hacer tan bien.

 Le mamé y le magreé las tetas, pero no todo el tiempo que yo quisiera, porque poco después siguió empujando mi cabeza hasta su coño.

-Come como tú sabes.

Se lo comí, bien comido, pero no me dejó rematar la faena. 

-Ya estoy que reviento.

Me cogió por las axilas, me puso en pie y luego me echó sobre la cama, y me dijo:

-Cuando te vayas a correr, avisa para quitarla.

Se puso a horcajadas sobre mí, pilló la polla empalmada con su mano izuierda, la puso en la entrada de su vagina, echó las manos a las tetas y amasándolas y bajando el culo, la empezó a meter lentanente. 

-Entra tan apretada que, que, que...

Los ojos se le pusieron vidriosos, su cuerpo comenzó a temblar y balbuceó entre suspiros:

-Me corro.

Al acabar de correrse, tenía mi polla enterrada en el coño. Se echó hacia delante, me besó y comenzó a darle al culo, con lentitud; luego le fue cogiendo el gusto a la cosa y su culo me machacó la polla como si fuese un martillo pilón. Tuve que avisarla.

-Para tía, para que me corro.

Ella también estaba llegando.

-Aguanta un poco, aguanta un poco.

Sentí cómo su coño apretaba mi polla, cómo lo soltaba y cómo la iba bañando con una inmensa corrida. Vi su cara de placer, vi cómo se convulsionaba y oí cómo gemía. Mi polla latía como el corazón de un caballo desbocado. Aguanté hasta que acabó de correrse, pero luego ya no pude más.

-¡Quítala, quítala!

Quitó la polla del coño. Se metió entre mis piernas cuando la leche salía de mi polla. La metió en la boca y de nuevo, se tragó la leche; al acabar de tragar, dijo:

-Sabe a rayos.

Esta vez no le pregunté por qué la tragaba si le sabía a rayos, más que nada porque al acabar de hablar volvió a meter la polla en su coño y volvió a follarme.

-¿Follo bien, diablillo?

Me gustó que me llamara diablillo.

-De maravilla, pero ahora me toca a mí.

La puse debajo, la follé con delicadeza y la besé con ternura. Al rato me dijo:

-Apura un poco más.

Hice lo que me dijo, pero como no la sentía gemir, le di más aprisa. No  le llegaba.

-¡Duro, dame duro!

Le di a romper y ahora, sí, ahora gemía con ganas. Lo malo fue que me iba a correr yo.

-¡Más fuerte, más fuerte!

Si le daba más fuerte, no sabía si iba a aguantar, pero le di y se corrió como una loba.

-¡Me matas de gusto!

Al acabar de correrse, saqué la polla y me puse boca arriba. Mi tía, aún tirando del aliento, volvió a meter mi polla en la boca y acabó tragándose la leche.

-Sabe a rayos.

Le pregunté:

.¿A qué saben los rayos, tía?

-A ti, diablillo, a ti.

Después de comer seguimos aprendiendo a follar. Los días lluviosos invitan a follar, y aquel era un día lluvioso.

Quique.

 


   
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