Eran otros tiempos, era otro modo de vida, era que se era una muchacha que se llamaba Engracia a la que metiera su padre en un internado de monjas porque era lesbiana.
Voy a ponerme en la piel de la muchacha.
Todo tiene un principio y un final, y yo voy a empezar por el final. Estaba sentada en el banco de los acusados y el juez me preguntó:
-¿Tiene algo que decir en su defensa?
-No, el veredicto ya estaba escrito antes de comenzar el juicio, para que perder el tiempo.
-Está faltando al respeto a este tribunal, señorita Engracia.
-A ver. ¿Usted cree que maté a mi padre, señoría?
-Yo lo único que sé es que estaba en casa esa noche.
-¿Y también sabe que si digo dónde escondí el cadáver me promete una condena más leve?
-Así es.
-¡Que no lo sé coño! Que yo no maté a mi padre.
En la sala había murmullos y la gente me miraba cómo a un bicho raro. Hasta mi abogado defensor pensaba que lo había matado yo.
Acabé en una celda de cuatro por tres, sentada en un catre que tenía un colchón llenó de pulgas. Cerraba los ojos y veía la sangre que había sobre la cama de mi padre mientras esperaba a que me llevaran a una cárcel de mujeres donde probablemente me pudría.
.
A vosotros os voy a contar mi historia desde que entré en el internado, os la contaré a grandes rasgos, pues toda la historia daría para un libro más largo que Guerra y Paz.
En mi primer día en el internado, sor Virtudes, una monja muy guapa que tendría unos veinticinco años, me dio el uniforme en el taller de costura. El uniforme constaba de una chaqueta y una falda gris que me daba por encima de las rodillas, una blusa blanca, unos calcetines blancos y unos zapatos negros con poco tacón. Además, me dio un sujetador y unas bragas blancas, y me dijo:
-Después de poner su uniforme la llevaré a confesar.
Hasta aquí todo bien, pero sor Virtudes no se fue del taller, se quedó a mirar cómo me desnudaba. Al quitar el sujetador y ver mis tetas redondas con areolas rosadas y pequeños pezones pude ver la lascivia dibujada en su cara, luego quité las bragas y pude ver cómo tragaba saliva. Mentiría si os dijera que no me excité, pues era tan bonita y aquel hábito, joder, cómo me puso el hábito.
Poco después estaba arrodillada delante del confesionario y el cura me estaba haciendo unas preguntas que se las traían... Os diré las que me acuerdan y las respuestas que le di.
-¿Te masturbas, hija?
-Sí, padre.
-¿Cuántas veces a la semana?
-Todos los días, y hay días que me toco tres veces, por la mañana, por la tarde y por la noche.
-¿En quién piensas?
-Depende de quien me provocara las ganas de tocarme, unas veces hombre y otra mujer.
-¿Cómo lo haces? Cuéntamelo con detalle cómo hiciste tú última paja.
Le conté cómo me masturbé pensando en una chica que había visto en el parque y sentí cómo se tocaba él. No sabía cómo era el cura, pero acabé mojando mis bragas nuevas.
El hijo de puta después de darse una alegría, me dijo:
-Ego te absolvo. Vete en paz.
El pajillero ni me puso penitencia.
Al ponerme en pie y darme la vuelta sor Virtudes vino hacia mí. Al estar a mi lado me dijo:
-Venga conmigo que le voy a enseñar la biblioteca.
La biblioteca era inmensa. Había miles de libros, divididos en secciones y ordenados de la A, a la Z. Sor Virtudes me iba ilustrando, pero yo no la escuchaba. Tenía las bragas mojadas y a mi mente venía una y otra vez su mirada de lascivia. Le eché las manos a la cintura y le di un besó con lengua que la dejé para allá. Besándola le agarré el culo, la apreté contra mí y sentí cómo temblaba. Luego me bajé las bragas, le puse la mano sobre los hombros y le llevé la cabeza hasta mi coño. Me levanté la falda, le llevé la boca al coño y la monja me lo comió con ganas. Su lengua entró y salió de mi coño, lamió los labios internos, lamió mi clítoris y luego con la ayuda le los labios me lo chupó. Comía el coño cómo los ángeles. Le duré poco más que un suspiro.
Al sentir que me iba a venir, me dijo:
-Córrase en mi boca.
Me corrí en su boca y sor Virtudes tragó mis jugos.
Al acabar de degustarme se puso en pie. Le quité el cordón. Le quité el hábito por la cabeza. No llevaba sujetador y quedó vestida con las bragas y la cofia. Le quité las bragas y vi que estaban encharcadas. Le comí de nuevo la boca, luego agarré las tetas, unas tetas medianas y duras cómo piedras. Le lamí los pezones y las areolas, se las besé y se las chupé antes de bajar a su coño, un coño peludo del que colgaban dos hilillos de jugos. Le clavé la lengua en el coño tal y como se la clavaba a mi amiga Maite. Luego envolví su clítoris con mi lengua y mis labios, chupé y en segundos me dio una corrida brutal, corrida que no acabé de tragar, ya que sor Virtudes con el placer tan grade que sintió terminó de rodillas en el piso de la biblioteca.
Por la noche me vi en un dormitorio en el que había cuarenta y dos camas y donde pude observar que mis nuevas compañeras hacían de todo menos dormir.
Aquel sitio más que un internado parecía una casa de putas donde las monjas en vez de enderezar a las alumnas hacían la vista gorda. Lo que yo no sabía era que la directora había sido operada de apendicitis y regresaba al día siguiente.
La directora era una monja de setenta años, mal encarada y con muy mala hostia. Con ella de vuelta despertábamos con música gregoriana y después había que rezar antes de levantarnos de cama, por las tardes y por las noches.
A mí una tarde se me hartó el coño de tanto rezo y me negué a rezar. La puta vieja hizo que me llevaran entre dos monjas a una celda. Allí, con un látigo en la mano me mandó desnudarme, luego las monjas me ataron las manos a la espalda y acto seguido me pusieron dos cilicios, uno en cada muslo. La vieja me dijo:
-Si no quieres rezar a dios vas a complacer al diablo. ¡Haz la señal de la cruz con la lengua en el piso.
Tenía tanto miedo que iba a hacer lo que me mandase, así que hice la señal de la cruz con mi lengua sobre el frío piso de piedra. Al hacerlo los cilicios se clavaron en mis muslos y comencé a sangrar, luego al levantar la cabeza vi a las tres con las bragas en la mano. La vieja directora me dijo:
-Lámele el ojo del culo a las hermanas.
Las putas se dieron la vuelta, levantaron los hábitos y yo les lamí los ojetes de sus culos blancos mientras sentía cómo mi sangre goteaba en el piso. La directora me dio un latigazo en las nalgas y ganas me dieron de cagarme en su puta madre, pero si lo hacía fijo que me daba con más fuerza. Apreté los dientes y seguí lamiendo los ojetes. La vieja me había dado el latigazo para intimidarme, ya que a continuación me dijo:
-Come mi coño.
¡Qué remedio me quedó! Pero, oye, las cosas no son cómo parecen, la vieja tenía un coño jugoso y rico, tan rico lo tenía que al lamerlo mi coño comenzó a abrirse y a cerrarse.
Luego de comerle el coño me soltaron las manos y les dijo la vieja a las monjas:
-Echar el colchón y las mantas en el piso y desnudaros.
Hicieron lo que les mandó y sin que les dijeran nada me echaron sobre el colchón, lo que me dijo que lo que me estaban haciendo a mí ya se lo había hecho antes a otras. Sor Lucía, que era una treintañera, alta, se puso a mi lado derecho encima de la manta de su lado y sor Carmen, que era una veinteañera, de estatura mediana a mi lado izquierdo encima de la manta del suyo. Sor Lucía me quitó el cilicio. La vieja, sor Casilda, me lamió la sangre del muslo y sor Carmen me besó con lengua. De estar en el infierno pasé a verme en el cielo. Luego sor Carmen me quitó el cilicio, sor Lucía me comió la boca y la vieja me lamió la sangre del otro muslo. Mi coño pedía a gritos acción y acción iba a darle sor Lucía. La monja metió dos dedos dentro de mi coño y lamió mi clítoris. Sor Carmen me puso su coño en la boca y la vieja me magreó y me comió las tetas. Yo saqué la lengua y dejé que sor Carmen se diera placer. La vieja y sor Lucía se estaban masturbando mientras comían mi coño y mis tetas, lo supe porque sus dedos hacían ruidos al entrar y salir de sus coños... Cuando sor Carmen se vino en mi boca, dijo:
-¡Me corro, hermanas, me corro!
Al comenzar a correrse dejó de meter y sacar los dedos de mi coño y de lamer mi clítoris. Le cogí la cabeza, apreté su cara contra él y frotándolo contra ella me corrí cómo una loba. Corriéndome sentí cómo se corrían sor Lucía y la vieja directora.
Al acabar me dijo sor Casilda:
-Si dices una palabra de esto a alguna de tus amigas sabrás lo que es una paliza con un látigo y me dio otro latigazo para que no osara delatarlas.
No se lo dije a ninguna de mis amigas, pero llegó el verano, y con él las vacaciones, y a mi padre sí se lo conté para que no me volviera a llevar allí.
-... Soy lesbiana, padre, y en ese internado, cómo no sea el cura, las monjas y mis compañeras van a incrementar mi deseo de estar con mujeres.
Mi padre, que era capitán de navío, retirado por enfermedad, me había estado escuchando con su perra Luna echada a sus pies, una perra de raza pastor alemán. Estaba en bata de casa, fumando en pipa, sentado en un sillón grande de cuero de color negro y recostado hacia atrás con las piernas abiertas. En el tocadiscos giraba un disco con música de Beethoven. Con la seriedad que lo caracterizaba, después de escuchar mi historia, me dijo:
-O sea que las monjas son lesbianas
Sentada en un sillón enfrente de él, le respondí:
-Así es, padre.
-Y tú siendo lesbiana no quieres volver al paraíso.
-Dicho así...
Mi padre se levantó y con él se puso en pie la perra.
-Mira, hija, sabes que soy católico romano apostólico, practicante y temeroso de Dios. Lo de ser lesbiana va contra la moralidad y no lo puedo consentir. Te meteré en un convento de monjas. Allí a base de castigos corporales acabarán con tu enfermedad.
-¡No serás capaz!
-Lo soy y lo haré.
Mi padre se fue a su aposento seguido por su perra. Le dije:
-No me puedes hacer eso.
Luna, que dormía a los pies de su cama desde que era un cachorro, giró la cabeza y soltó un ladrido, fue como si dijera:
-Lo hará.
Una hora más tarde estaba en mi cama y no podía dormir. Fui a ver si mi padre estaba despierto para implorarle que no me metiera en un convento de monjas. La puerta de la habitación estaba cerrada, pero se veía luz por debajo. La abrí con cuidado y me encontré a mi padre follando con la perra. La tenía agarrada por la barriga, y creo que la perra le había atenazado la polla con su coño, ya que mi padre no movía el culo. Lo sentí gemir al correrse dentro de la perra. Luna giró la cabeza y vi que tenía la lengua fuera y babeaba. Pienso que también ella se estaba corriendo. Enfrente de ellos había un armario con dos grandes espejos en las puertas, me vi reflejado en él y también la cara de mi padre que me estaba mirando. Cerré a puerta de su habitación, me fui a la mía y cerré la puerta con llave. Cogí miedo de lo que mi padre me pudiera hacer. Al momento recordé las palabras de mi madre antes de dejar a mi padre. "¡Enfermo, hijo de puta¡" Yo la odiaba por habernos dejado estando enfermo mi padre, pero era otra la enfermedad a la que ella se refería.
A la mañana siguiente, en la cocina, mi padre estaba desayunando sentado a la mesa y la perra en su cacharro del piso. Parecía avergonzado cuando me dijo:
-Siento que hayas visto anoche lo que viste, pero estoy muy solo, hija.
Poniendo la leche a calentar, y de espaldas a él, le dije:
-¿Dónde va el hombre temeroso de Dios?
-Todos llevamos una careta.
-Yo no, yo soy lesbiana y nunca te lo oculté..
Sin querer me había metido en un terreno pantanoso.
-Tú también la llevas, hija. ¿Has probado a hacerlo con un hombre?
Me di la vuela, lo miré a los ojos, y le dije:
-No, me daría asco.
Mi padre debía tener vocación de adivino.
-¿Asco o miedo?
-¿Miedo de qué?
Era adivino.
-De que te hagan daño al penetrarte.
-Ni que me fuera a dar por el culo.
-¿Es ese el miedo que tienes? De que llegues a amar a un hombre y te pida que le dejes meterla en tu culo.
No quería responderle, por eso le hice otra pregunta.
-¿Es que tú le das por el culo a Luna?
-A veces, cuando me lo pide.
-Si, hombre. ¿Y cómo te lo pide?
-Frotando su culo contra mi polla. ¿Crees que soy un degenerado?
Lo era, pero no se lo dije, lo que le dije fue:
-Usarás condón.
-Claro que sí. ¿Lo crees?
-Mira, papá, si dejas que viva mi vida yo dejaré que hagas con la tuya lo que te dé la real gana.
Me había olvidado de mi desayuno. La leche hace un ruido muy peculiar al caer sobre una plancha de hierro fundido, cuando lo oí quite el cazo de la plancha, pero ya estaba la cocina perdida.
-¡Me cago en todo! Ahora me toca fregar con la piedra pómez.
Mi padre estaba por complacerme.
-Lo haré yo, ya estoy acostumbrado a limpiar leche derramada.
Comencé a bromear con mi padre.
-Pensaba que la leche la derramabas en otro sitio y no tenías que limpiarla..
-Pullas no, eh, pullas no.
Mi padre dio la conversación por zanjada. Ya podía volver con mi amiga Maite, a escondidas, porque en aquellos tiempos en los pueblos si sabían que dos mujeres se amaban las corrían a pedradas.
Una semana después a las once de la noche regresó mi padre de una cena con altos mandos de la marina. Venía con su uniforme puesto. Ya era alto, pero aún lo parecía más. Yo, que no contaba que llegara tan pronto. Estaba sentada en el tresillo, vestida con una combinación transparente, sin sujetador y sin bragas, con las piernas estiradas y los dedos aún húmedos de saliva después de haber chupado los jugos de la paja que me había hecho. Miró para mis tetas y para mi coño. Se debió pensar que lo quería seducir, ya que acariciando la cabeza de la perra, que fuera a su lado, me preguntó:
-¿Quieres perderle el miedo a los hombres, Engracia?
Sabía lo que quería decir, pero me quise asegurar. Cruzando las piernas sobre el tresillo, le pregunté:
-¿Qué quieres decir con eso, papá?
Más claro no me lo pudo decir.
-Si quieres correrte con un hombre.
Aún le di una vuelta más a la cosa.
-¿Has hablado con algún amigo tuyo?
-Déjate de tonterías. ¿Quieres o no quieres?
-A ver, a ver. Mi padre, un hombre católico romano apostólico, temeroso de Dios... ¿Quiere cometer un incesto?
-Sarcasmo el justo. ¿Quieres o no?
Siempre había tenido la fantasía de echar un polvo con un hombre mayor que tuviese experiencia para disfrutar, lo que nunca imaginé es que ese hombre iba a ser mi padre. Le respondí:
-Pásate por mi habitación dentro de media hora y lo hablamos.
-Quiero un sí o un no.
Le dije que sí a mi manera.
-Encierra a la perra y ven con el uniforme puesto.
Mi padre entró uniformado en la habitación. Llegó a mi cama, se sentó en el borde y me dijo:
-¿Estás preparada?
Le cogí la gorra, me la puse, le eché los brazos alrededor del cuello, lo besé con lengua, luego lo miré a los ojos, sonreí y le dije:
-¿Usted que cree, mi capitán?
Mi padre me devolvió el beso y luego se desnudó. Me alegró ver que su polla no era ni gorda ni larga. Al estar desnudo me puse en cuclillas delante de él e hice mi primera felación. No tenía ni puñetera idea, pero yo la metí en la boca y la chupé hasta que mi padre me cogió por las axilas y me puso en pie. Luego me quitó la combinación, me besó en los labios, en el cuello, en los lóbulos de mis orejas y luego se inclinó para lamer y chupar mis tetas, mi ombligo. Después lamió mi coño, me giró, lamió mi ojete y yo ya me eché boca abajo sobre la cama. Me encantaba que me lamieran el coño, que subieran lamiendo mi periné y que lamieran mi ojete antes de meter y sacar la lengua de él. Todo eso hizo mi padre muy despacito. Yo levantaba el culo para que lo disfrutara cómo él quisiera. Al rato lamió mi coño, luego metió su dedo pulgar dentro, lo sacó mojado de jugos y me lo metió dentro del culo. Me gustó sentir como entraba y salía y cómo daba vueltas haciendo sitio. Sabía que me iba a penetrar analmente y me entró una mezcla de miedo y de deseo que se acrecentó al sentir la cabeza de su polla haciendo círculos sobre mi ojete. Pudo el miedo y le dije:
-¡Por el culo no, papá!
-Relájate, verás cómo no te duele.
Me volvió a lamer y a follar el ojete con la lengua, volvió a meter el dedo pulgar y a follarme el culo con él y poco a poco me fui relajando. Cuando su polla volvió a acariciar mi ojete, ya éste se abría y se cerraba deseando ser penetrado.
Me agarró por la cintura y me clavó la punta. Mentiría si dijese que sentí dolor o que me había gustado. La sensación fue extraña, fue cómo si estuviera haciendo de vientre. Luego, después de haber entrada toda, acaricio mi clítoris mientras la metía y la sacaba. Todo lo hacía despacito y despacito los dedos dejaron el clítoris y se metieron dentro de mi coño. Buscaron el punto G y haciendo el "ven aquí", me masturbó hasta que algo explotó dentro de mí, lo hizo en forma de cascada de jugos y a continuación me corrí cómo nunca me había corrido antes. Le dije a mi padre:
-¡Me matas de gusto!
Sentí a la perra ladrar en la otra habitación, pero para perra ya llevaba yo.
Al acabar de correrme me eché boca arriba y mi padre se echó encima de mí. Estaba empalmado a más no poder. Le di la vuelta, lo puse debajo y le dije:
-Ahora me toca a mí darte placer.
Cogí la polla y la puse en la entrada del coño y echando el culo hacia abajo la metí hasta el fondo. Había entrado apretada, no tanto como en el culo, pero le llegaba bien. Con toda la polla enterrada en mi coño le di las tetas a mamar. Mi padre seguía con su lentitud, era cómo si quisiera saborear cada instante, incluso cuando mordisqueó mis pezones tardó en hacerlo una eternidad. A mí me encantaba su calma. Su parsimonia contrastaba con la fogosidad de mi amiga Maite y la mía propia, ya que después le puse las manos en el pecho y lo cabalgué, lo cabalgué primero al paso y después al trote. Cuando comencé a galopar le dije:
-¡Córrete, córrete, córrete... ¡¡Me corroooo!!
Queriendo hacer correr a mi padre me había corrido yo en su polla.
Cuando sintió que se iba a correr, me dio la vuelta. Puso su polla en mi boca, se la cogí, mamé, se corrió en mi boca y me tragué su leche.
Así fue la historia y así os la conté. Esa fue la última noche que vi a mi padre.
En fin, cómo os había dicho estaba esperando la hora del traslado a la cárcel de mujeres. Un guardia abrió la puerta de la celda y me dijo:
-Es usted una persona libre.
Le pregunté:
-¡¿Apareció mi padre?!
-No, señorita, su padre está en busca y captura.
-¿Por qué?
-Por fingir su muerte.
Ya fuera de la celda, le dije:
-No entiendo nada.
-El analista había confundido los análisis. Los restos de sangre de la cama de su padre eran de un perro.
Luego supe que mi padre estaba cargado de deudas.
Quique





