Eugenio, 46 años, moreno, de ojos negros, espigado, con modales refinados y dueño de un bufete de abogados, había desayunado café con leche desnatada, sin azúcar, pan integral, tomate cherry y aguacate. Ahora comía a la mesa con su mujer y su hija espinacas con garbanzos, huevo poché y de postre le esperaba un kiwi. Esa noche no iba a cenar en casa, pues se iba una semana a Londres a dar unas conferencias. Iba una semana cada mes a una capital europea distinta y Clara, su esposa, tenía la mosca detrás de la oreja, pues se había casado con él dos años atrás y pensaba que se la estaba pegando con otra.
Clara, que era una cuarentona, rubia teñida y de muy buen ver, tenía una hija de diecinueve años, que se llamaba Dulce. La muchacha era morena y preciosa, tenía el cabello negro y largo, era alta, de ojos negros y todo curvas.
Dulce le iba a hacer de espía a su madre. Cuando Eugenio cogió el taxi para que lo llevase al aeropuerto la muchacha lo siguió a lo lejos en su auto. El taxi no cogió rumbo al aeropuerto, cogió rumbo a una montaña. Dulce pasó desapercibida hasta que el taxi salió de la carretera comarcal y se metió por un camino de tierra. Ahí por de muy lejos que hubiera seguido el taxi, el taxista se daría cuenta de que los estaba siguiendo. Así fue, el taxista mirando por el espejo retrovisor le dijo a Eugenio:
-Esta vez nos vienen siguiendo don Eugenio.
-¿Qué clase de coche es?
-Un Seat León último modelo.
-¿Azul?
-Sí.
-Seguro que es mi hija, bueno, hija de mi mujer, pero hija es.
-Pues daban nieve. Yo llevo cadenas y su hija no creo que las lleve. No podrá bajar de la montaña.
-Ella se lo buscó. ¿Dejaste todo lo que te dije en la cabaña?
-Si, don Eugenio, y le llené dos barriles de agua para que no tenga que ir a buscarla al río.
-Pues si quedamos aislados..., donde come uno comen dos.
Media hora más tarde y ya comenzando a nevar, llegaron a la cabaña. Dulce llegó cuando su padre bajaba del taxi. Bajó de su auto y le dijo:
-¿Ya está tu querida en la cabaña, papá?
Eugenio intentó sobornar a su hija.
-¿Qué te ofreció tu madre por la información que le lleves? Ofreciera lo que te ofreciera te doy el doble por no decirle nada de mi refugio.
Caminando con cuidado hacia él para no resbalar en la nieve con sus botas de plataforma le dijo:
-No estoy en venta.
El taxista se fue. Padre e hija entraron en la cabaña. Eugenio le dijo:
-Cómo puedes ver aquí no hay nadie.
Dulce sacudiendo la nieve de su abrigo miró para lo que había dentro de la cabaña y le dijo:
-Ya veo, ya.
La cabaña no tenía tabiques divisorios. En ella había una cama con barrotes de hierro a los pies y a la cabecera. Una chimenea, una cocina de hierro, dos sillas, y dos mesas, una pequeña sobre la que había una máquina de escribir y cantidad de folios, y otra más grande en la que se comía. Una despensa y un armario. El piso era de madera de pino, lo mismo que la cabaña, el armario... En la pared izquierda, según se entraba, colgaba un jamón y a un lado de la cocina sobre un cordel varias ristras de chorizos y en una esquina dos barriles. Eugenio viendo cómo su hija miraba para los chorizos, se quitó la gabardina, la puso en el respaldo de una silla y le preguntó:
-¿Qué le vas a decir a tu madre?
-En caso de que no tengas una querida, le diré lo que sé, que eres un fraude. Tú de vegetariano tienes lo mismo que tengo yo de monja. ¿Por qué la engañaste?
-Porque la quiero. ¡No te puedes imaginar el trabajo que me cuesta tragar la bazofia que coméis! Y vete quitando el abrigo que hasta que se despeje de nieve el camino te tienes que quedar aquí.
-¿Quedarme yo aquí? Tú alucinas, papá.
Eugenio se puso en cuclillas delante de la chimenea y con una piña encendió el fuego.
-¡Que remedio te queda! Sin cadenas te matarías por las pendientes.
Dulce volvió con la tontería de la querida.
-Tú lo que quieres es que no vea a tu querida. ¿La va a buscar el taxista?
Señalándole una vieja máquina de escribir Olivetti, le dijo:
-Esa es mi querida... Los chorizos y el jamón mis mejores amigos y....
-Y voy yo y me lo creo.
Eugenio levantó la voz.
-¡Me importa un bledo lo que creas, niña!
-No soy ninguna niña, y no me chilles.
Eugenio se fue a la cocina de hierro, metió leña en el fogón y con otra piña lo encendió.
Dulce se sentó en una silla, caviló y le preguntó:
-¿En cuánto tiempo se irá la nieve?
-Años antes de casarme con tu madre estuve una semana aislado.
-¡¿Tanto?!
-Sí, pero no creo que esta vez tarde tanto en derretirse. Si rompe a llover, en dos días ya el camino de tierra estará transitable.
-¿Y yo qué voy a comer?
-Lo mismo que yo.
-¡Nunca comeré carne!
-Siempre puedes salir de la cabaña, levantar la nieve y coger hierba. No tendrías ni que lavarla.
Dulce puso cara de perra enfadada.
-¡Muy gracioso!
Media hora después Eugenio se estaba metiendo entre pecho y espalada un bocadillo que había hecho con dos chorizos fritos. Comía y bebía vino tinto. Dulce tenía encima de la mesa su bocadillo y su vaso mediado de vino. Veía a su padre gemir y girar los ojos con el placer que sentía al comer y al beber y le entró hambre. Con cara de asco cogió el bocadillo, cerró los ojos y le metió un mordisco, masticó, abrió los ojos y le dijo a su padre:
-Ahora sé por el calvario que estás pasando ¡Qué bueno está esto!
-No hables con la boca llena.
-Ni que estuviéramos en el Ritz.
Echó un trago de vino y eructó.
Eugenio la reprendió.
-¡Dulce!
-¿Qué? Los árabes lo hacen.
-Tú no eres árabe.
La primera noche.
Como ya he dicho había una sola cama, Dulce, cómo es obvio, no había llevado pijama ni nada que se le pareciera y su padre no lo usaba, lo único que tenía era una bata de casa de color rojo que usaba por la noche cuando se ponía a escribir. Se la dio, y le dijo:
-Cámbiate que yo no voy a mirar.
Dulce no las tenía todas con ella.
-¿Y cómo vamos a hacer para no rozarnos en la cama?
-Tú te metes por debajo de la sábana y yo por encima.
Eugenio cogió una silla, dándole la espalda a su hija se sentó a la mesa donde tenía la máquina de escribir y comenzó a mirar unos papeles. Dulce se quitó la ropa, en bragas se puso la bata y luego se metió en la cama.
-Yo ya estoy, papá.
-Trata de dormir que yo voy a repasar unas cosas.
Dulce sintiendo el viento silbar sobre las copas de los árboles se sentía incómoda. Tardó en quedarse dormida. Una hora después, aproximadamente, debió sentir demasiado calor, ya que durmiendo se quitó las mantas y las sábanas de encima y se abrió de piernas y de brazos. El cinturón de la bata se le desató y los gordos pezones de sus tetas medianas, duras y casi piramidales quedaron mirando al techo. Su coño peludo lucía majestuoso. Cuando su padre se levantó de la silla para ir para cama y vio aquella maravilla la polla se le puso dura. Eugenio se acercó a un metro la cama para verla mejor, sacó la polla y comenzó a menearla mirando para su hija. Dulce, que tenía la cabeza girada hacia donde estaba Eugenio volvió a sentir al viento silbar sobre las copas de los árboles, entreabrió los ojos y vio lo que estaba haciendo su padre. Giró la cabeza hacia el otro lado, y al hacerlo descubrió que estaba destapada y desnuda. No se tapó. Al ratito volvió a girar la cabeza hacia su padre y con los ojos casi cerrados vio cómo la gorda cabeza de la polla aparecía y desaparecía bajo la piel. Su coño se empezó a mojar. Poco después Eugenio se corrió agarrando la cabeza de la polla.
Al acabar de correrse abrió la mano y mirando para el coño de su hija y lamiendo la leche de la palma la volvió a menear y se volvió a correr. Esta vez la leche cayó en el piso de madera.
Dulce no sabía donde se habían ido los modales refinados de su padre, pero el Eugenio cerdo le había encharcado el coño de jugos.
Al acabar de correrse limpió la leche del suelo con un pañuelo, lo guardó en el bolsillo y luego fue hasta la cama, le puso bien la bata a su hija, le ató el cinto, la tapó con una sábana, cogió una manta, la echó en el piso y vestido se echó a dormir sobre ella.
Poco después la mano izquierda de Dulce cogía su teta derecha y la apretaba. Dos dedos de su mano izquierda se metían dentro de su coño, luego salían del coño y mojados acariciaban su clítoris... Al ratito recordando cómo su padre lamía la leche de su palma y luego cómo salía leche de su meato imaginó que esa leche caía en su coño, que se lo lamía y empezó a correrse. Quitó la mano de la teta y tapando la boca se acabó de correr. La cama comenzó a moverse con los temblores de su cuerpo y Eugenio supo que su hija se estaba corriendo. La polla se le volvió a poner dura, pero no volvió a masturbarse.
Al despertar por la mañana a Dulce le llegó un olor que nunca había olido. Se incorporó y vio a su padre tomando una taza de café.
-¿A qué huele, papá?
-A café recién hecho y a cocido.
-Pues huele de maravilla. No mires que me voy a vestir.
Se vistió y al rato estaba tomando su primer café solo con azúcar y comiendo un par de huevos fritos.
No voy a pararme en lo que hicieron durante la mañana, pero no faltaron las peleas con bolas de nieve, ni las cosquillas sobre la nieve... Al mediodía se pusieron morados de cocido, un cocido que llevaba carne de ternera, costilla, cabeza de cerdo, chorizos, unto, verduras, patatas...
La segunda noche.
Dulce ya estaba en cama cuando su padre se quedó en calzoncillos y se echó a su lado por debajo de la manta y por encima de la sábana.
A los diez minutos de un silencio insoportable, por lo tensa de la situación, Dulce, que estaba de espaldas a su padre, le entró a saco:
-¿Jugamos, papá?
Lo primero que le vino a la cabeza fue tirar de ella y comerla viva, pero le dijo:
-Sería una anomalía, cariño.
Dulce se dio la vuelta, y con la boca a centímetros de la de su padre, le respondió:
-Una anomalía sería que no jugáramos estando juntos en una cama.
Le dio un pico y esperó su reacción. Eugenio ya no le dio más vueltas al tema, ,se destapó, destapó a su hija, le abrió la bata y volvió a ver su cuerpo divino.
-Eres la cosita más sexy que han visto mis ojos.
Dulce, con voz sensual, le preguntó:
-¿Y qué le vas a hacer a la cosita más sexi que has visto?
Con voz de loco y echándole las manos a las costillas le respondió:
-¡Cosquillas!
Dulce se retorció sobre la cama y rio sin parar hasta que su padre dejó de hacerle cosquillas. Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando se los besó. Dulce se puso sería. De sus ojos pasó a besar su cuello y después su boca. Se estuvieron dando picos, mordiéndose los labios, lamiendo y chupando las lenguas un porrón de tiempo. Mientras se besaban Eugenio acariciaba sus tetas y Dulce jugaba con la polla de su padre. Perro perdido le dijo en bajito:
-Me gustaría que te corrieses en mi boca, cariño.
Perra perdida, le cogió la mano con la que acariciaba sus tetas, se la puso encima de su coño, coño que había empapado las bragas, y le dijo:
-Y a mí llenarte la boca con mis fluidos.
Le metió la mano dentro de las bragas, la sacó pringada de jugos, los lamió de la palma y después la besó con lengua... De besarla pasó a lamer sus erectos pezones y a acariciarlos con las yemas de los dedos. Luego lamió y chupó sus oscuras areolas. Amasó sus tetas y después siguió bajando hasta su coño. Se lo olió.
-Huele a fruto prohibido.
Le quitó las bragas y le metió un dedo dentro de la vagina al tiempo que magreaba sus tetas con la otra mano.
-Haz que me corra, papá.
La masturbó muy lentamente hasta que Dulce le dijo:
-Me corro, papá.
Quitó el dedo del coño y se lo lamió hasta que acabó de correrse en su boca.
Al acabar de correrse le besó el capuchón del clítoris. Luego cogió un zapato, le quitó el cordón y le dijo:
-Quítate la bata y échate boca abajo.
Hizo lo que le dijo. La ató por las muñecas con un extremo del cordón y con el otro la ató a uno de los barrotes de la cama. Fue a la alacena y volvió con una tarrina de margarina. Dulce le preguntó:
-¿Qué vas a hacer, papá?
-Ya lo irás descubriendo, cielo.
Pringó sus manos de margarina y rascó su espalda y sus nalgas con las uñas. Cuanto más rascaba más le gustaba. Dulce le dijo a su padre.
-Es algo muy placentero.
-Lo más placentero está por venir, preciosa. Eleva el culo.
Dulce puso el culo en pompa. Eugenio jugó con un dedo en la entrada de su ojete y después se lo metió dentro del culo, luego lamió el periné, lamió el ojete y acto seguido se lo folló con la lengua. A la lengua le siguió un dedo, dos, tres, cuatro... Los dedos entraban dentro de su culo, giraban, salían, volvían a entrar, volvían a girar... Dulce cuando sintió que le venía se lo dijo:
-Voy a correrme de nuevo.
Eugenio sacó los dedos, quitó el calzoncillo, untó la polla con margarina, se la frotó en el ojete y luego cogiéndola por la cintura se la metió despacito hasta el fondo del culo. Dulce le dijo:
-¡Me encanta!
Le folló el culo con suavidad y tiempo después Dulce explotó:
-¡¡Me corro!!
Se corrió jadeando cómo una perra y queriendo romper el barrote de la cama con sus tirones.
Al acabar de correrse la desató del barrote, le dio la vuelta y le abrió las piernas. Tenía los pezones duros, las areolas le encogieran y su coño goteaba. Metió su cabeza entre las piernas y lamió de abajo a arriba. La lengua le quedó cubierta de jugos mucosos que se tragó. Le abrió el coño con dos dedos y lamió su labio vaginal izquierdo, luego lamió el derecho y acto seguido enterró su lengua dentro de la vagina. Al sacarla subió y lamió su clítoris erecto. Dulce le dijo:
-Si sigues así me vas a hacer correr otra vez, papá.
Eugenio chupó su clítoris, luego apretó su lengua contra él, lamió de abajo a arriba cada vez más rápido y Dulce, elevando su pelvis, se corrió de nuevo diciendo:
-¡Hostiassssss!
Al acabar de correrse le dijo:
-En mi vida me había corrido tantas veces seguidas
Eugenio se echó sobre su hija, frotó la polla contra el coño encharcado y luego se la metió hasta la trancas de una estocada. Dulce pasó sus manos atadas por detrás del cuello de su padre y lo comió a besos mientras la polla entraba y salía de su coño con una lentitud pasmosa. Mirándola a los ojos, le preguntó:
-¿Quieres correrte así, o prefieres que te lo haga de otra manera?
Se ve que le había gustado el sexo anal, ya que le dijo:
-Dame por el culo otra vez, papá.
La respuesta de Eugenio fue follarla a toda mecha hasta que Dulce se volvió a correr. Esta vez gritó:
-¡¡¡Falsoooo!!!
Eugenio se corrió con ella. Llenándole el coño de leche, le dijo:
-Este es el mejor polvo de mi vida.
Al acabar de correrse le dio un pico, besó sus tetas, metió la cabeza entres sus piernas, lamió el coño lleno de leche y jugos y Dulce se volvió a correr, diciendo:
-¡Me vas a matar de placer!
Después de follar Eugenio tenía más ganas de dormir que de hablar, así que poco más tarde se quedó dormido.
Dulce era curiosa, cómo casi todas las mujeres. Cuando su padre ya prendiera en el sueño fue a mirar que era lo que estaba escribiendo. Su sorpresa fue grande cuando lo primero que leyó de uno de sus relatos fue: Dulce, mi hija, mi amor, mi fantasía sexual. Leyó ese, leyó otro... En todos estaba ella de protagonista. Cuando se cansó de leer, cachonda otra vez, y de regreso a cama, dijo en bajito:
-Mañana sin falta voy a hacer realidad la fantasía que más mojó mis bragas, no vaya a ser que comience a llover y se derrita la nieve.
Ni que fuese adivina. Al día siguiente no paró de llover en toda la mañana y la nieve se derritió. Le quedaba una noche para gozar.
Tercera noche.
Dulce sentada en la cama con las piernas cruzadas, vestida con una camisa blanca de su padre y con los cordones de sus zapatos en la mano, le dijo a su padre:
-Desnúdate y ven para cama.
Eugenio se quitó la ropa y se echó sobre la cama. Dulce atándole una mano a los barrotes de la cama, le preguntó:
-¿Si hago realidad una de tus fantasías dejarás que sea tu única amante?
-¿Leíste mis relatos?
-Leí. ¿Seré?
-¿No te olvidas de alguien?
-Ni mamá ni mi novio se van a enterar de lo nuestro. No me has respondido.
-Sí, serás mi amante hasta que te canses de serlo.
Eugenio se echó boca abajo y acabó con la dos manos atadas a los barrotes de la cama. Luego Dulce le vendó los ojos, le amordazó la boca y le dio un cachete en el culo. Fue a por la margarina. Al regresar cogió una zapatilla debajo de la cama y la dejó al lado de la almohada. Le untó la espalda con margarina y se las masajeó, luego le untó las nalgas con la margarina, escupió en la mano derecha le dijo:
-No va a ser cómo tú lo escribiste, va a ser cómo a mí me gustaría que lo escribieras.
Estiró el dedo medio de la mano derecha y se lo clavó dentro del culo. Eugenio no se quejó.
-No, no te lo voy a follar con la lengua, te lo voy a follar así.
Le folló el culo con el dedo. Cuando a Eugenio le empezaba a gustar le cayó un zapatillazo en una nalga.
-¡Plassss!
-¿Es esto lo que querías que te hiciera, loco?
Le quitó el dedo del culo.
-¡Plasssss, plasssss, plasssss, plasssss!
Le echó una mano a la polla y vio que estaba empalmado.
-Eres masoquista, coño.
-¡Plassss, plassss, plasssss, plassss, plassss, plassss!
-Ponte a cuatro patas.
Se puso. Eugenio pensó que le iban a caer más zapatillazos en el culo, pero Dulce había tirado con la zapatilla. Le cogió la verga empalmada, tiró hacia atrás y se la mamó. Eugenio le duró poco más de un minuto. Dulce se fue tragando la leche calentita a medida que iba cayendo en su boca.
Al acabar de tragar le desató la mano derecha, dejó que se pusiera boca arriba, le volvió a atar la mano y le quitó la mordaza.
-Saca la lengua, pervertido.
Eugenio sacó la lengua. Dulce le pasó el pezón de la teta izquierda por ella, luego el de la derecha, después le pasó el ojete y más tarde, perra perdida, le puso el coño en la boca. Dulce no tardó en correrse en la boca de su padre.
-¡Traga, bandido!
A Dulce le iba la marcha y tener a un hombre atado y poder hacer con él lo que quisiera le ponía... Lo que le pedía el cuerpo en aquel momento era sexo anal, pero su padre tenía la polla morcillona y así no se podía. Volvió a la margarina. Pringó sus manos con ella. Con una mano le agarró la verga y se la masturbó y con un dedo de la otra le folló el culo. La verga se puso dura al momento. Echó margarina en el ojete, frotó la verga en el coño mojado, la pasó al ojete y se sentó sobre ella. La polla entró cómo un supositorio gigante. Dulce estaba crecida.
-¡Te voy a reventar!
Le dio duro. Su culo subió y bajó a toda pastilla. Cuando Eugenio comenzó a gemir Dulce aún no tenía el orgasmo cerca. No podía dejar que se corriera sin correrse ella. Sacó la polla del culo, la metió en el coño y apretando su cuello con una mano y el de su padre con la otra. Le volvió a dar caña. Al comenzar a correrse sintió la leche de su padre llenarle el coño. Dejó de apretar los cuellos y balbuceando y gimiendo, le dijo:
-Me corro en tu polla, papá.
Al acabar de correrse soltó a su padre. Eugenio quitó la venda de los ojos y le dijo:
-Fue mejor que en mis fantasías.
-¿Seguimos?
-Mejor otro día que ya no tengo veinte años y son dos noches seguidas.
Dulce puso morritos, y dijo:
-Solo un orgasmo más, por fa.
Eugenio iba a complacer a su hija.
-Te podría comer el culo y el coño...
-Come, come.
Esa noche Dulce casi acaba con su padre.
Quique.








