Alicia era una mujer hermosa y esbelta; su piel era pálida, sus ojos verdes, su cabello largo lo llevaba recogido en una trenza, su cintura era fina, sus nalgas generosas y tenía una sonrisa encantadora.
A Alicia la había abandonado su marido años atrás con un hijo pequeño, hijo que ahora tenía sobrepeso debido a su sobreprotección.
Pedro, el hijo, estaba sentado en el borde de la cama, inclinado, con las manos en la cara y llorando. Alicia estaba sentada a su lado.
—Cuéntame qué te pasa, hijo.
—Que no lo soporto más, madre, que no soporto más seguir siendo virgen. Mis amigos se ríen de mí.
—Esos no son tus amigos; si se ríen de ti por ser virgen, no son tus amigos.
—Pero tienen razón, madre, moriré virgen; es tan grande mi timidez que me impide acercarme a una mujer, aunque sea una mujer de las que cobran.
—Vas a tener que ir a un psiquiatra.
Sacó las manos de la cara y levantó la cabeza.
—Sí, si no voy, me acabaré suicidando.
Alicia, viendo su rostro lloroso, se asustó.
—¡Eso no lo digas ni en broma!
Pedro empezó a entrarle a su madre.
—Si alguna mujer me dejara meter la puntita, ya dejaría de ser virgen.
Alicia se puso a la defensiva.
—Sé por dónde vas, pero yo no puedo hacer eso, hijo.
—Tú tampoco me quieres. ¿Quién va a querer a un gordo seboso?
—Claro que te quiero, pero una madre no puede hacer ciertas cosas con su hijo.
—Está visto que ni siquiera voy a poder ver una teta.
—De mí no vas a conseguir nada, pero te traeré una chica de pago y dejarás de ser virgen.
Pedro volvió a levantar la cabeza. No era lo que él quería, pero le dijo:
—¿¡Harás eso por mí?!
Le acarició la cabeza.
—Claro que sí, hijo, claro que sí.
—Que sea una mujer de tu edad, o algo mayor.
—Será, cariño, será.
Alicia se fue.
Al día siguiente, Alicia hablaba con su prima Sonia en una cafetería delante de una humeante taza de café.
—Si no le llevo a una mujer como me ha dicho, puede cometer una tontería, Sonia.
—¿Vas a buscarle una puta?
—No veo otro camino.
—Llevársela será muy arriesgado; le puede transmitir una enfermedad venérea.
—Con condón...
—Los condones se rompen.
—No había pensado en eso. ¿Tú...?
—Yo follo con quien me gusta.
—Sería un favor muy grande.
Sonia ató cabos.
—Nunca pasó por tu cabeza pagarle a una puta, Alicia. Por eso me has llamado. Tú has venido a por mí. ¿Verdad?
—La verdad es que tú eres como a él le gustaría, de mi edad, con buen cuerpo y guapa.
—Y además sabes que le metí los cuernos a mi marido muchas veces..
—Por eso creo que eres la adecuada.
Sonia quiso sacar provecho.
—Os haré el favor, pero favor con favor se paga.
—¿Con qué favor?
—Me tienes que comer el coño.
—No me pidas eso.
—Es eso o no cuentes conmigo.
—Antes eras tú la que me lo quería comer a mí.
—Y te lo voy a comer, pero antes me lo tienes que comer tú a mí.
—Eso es algo que yo siempre he considerado inmoral, y...
—¿Y no sería inmoral que una mujer casada desvirgase al hijo de su mejor amiga con su consentimiento?
—También, pero...
—No hay, pero que valga, o me la comes tú primero, o te buscas a una puta, con lo que eso conlleva.
—Tú ganas. ¿Cuándo quieres que te lo haga?
—¿Está tu hijo en casa?
—No, se iba a ir al cine...
—Pues vamos para allá.
Llegaron a casa de Alicia y Sonia.
Sonia llevaba puesto un traje clásico con chaqueta y pantalón gris y blusa del mismo color con transparencias, cinto negro y zapatos negros de tacón de aguja. Dejó caer al piso el pequeño bolso gris que llevaba en bandolera y, sin quitarse las gafas de sol de cristales redondos, se arrimó a una pared del pasillo, se puso las manos en la nuca y le dijo:
—Cómeme.
Pedro, que estaba en su habitación, asomó la nariz, vio el panorama y retiró la cabeza.
Alicia, que también llevaba traje gris, aunque el suyo era oversize, la camisa blanca, y no llevaba cinto, echó su bolso al lado del de su amiga, le quitó las gafas, las puso sobre el mueble que había a su izquierda y juntó sus labios pintados de rojo con los labios pintados de rosa de Sonia, que luego de besarla le dijo:
—He soñado muchas veces con este momento.
Alicia comenzó a besar a Sonia con un poco de reparo. Abría y cerraba los ojos para mirar a su amiga, pero una vez que las lenguas entraron en acción, cerró los ojos y la besó con pasión. Se dio cuenta de que se estaba mojando y paró de besarla. Le desabotonó la blusa mientras Sonia le daba picos.
Pedro volvió a asomar la cabeza y comenzó a grabarlas con su teléfono móvil. Al tiempo que comenzaba a hacerse una paja, oía cómo decía Sonia:
—He estado con tantas mujeres que puedo decir sin lugar a dudas que no has fingido tu pasión al besarme.
—Llevo mucho tiempo sin besar a nadie, y por un momento me he olvidado de que eras una mujer.
Sonia no llevaba sujetador, y al abrirle la blusa vio sus tetas medianas, con areolas marrones, picudos pezones y que estaban algo decaídas. Le echó las manos por debajo, las levantó y, palpándolas, fue lamiendo y chupando de teta en teta.
—¿Te gustan?
A Alicia comer aquellas tetas le estaba encharcando el coño, pero le dijo:
—No me desagradan.
Llevaba un tiempo comiéndole las tetas cuando Sonia abrió la hebilla del cinturón, luego la presilla del pantalón, bajó la cremallera, el pantalón cayó y tapó sus tobillos.
Pedro, que se había retirado varias veces para que no lo descubrieran, volvió a grabar.
----Cómeme el coño.
Alicia se puso en cuclillas, le quitó el tanga negro, tanga que estaba bañado de jugos. Le echó las manos a la cintura y lamió su coño gordo, pelado y encharcado. Sonia le dijo:
—Lame de abajo arriba, como si tu lengua fuese una brocha.
—A ver si sé hacerlo.
Lamió como le había dicho y Sonia comenzó a gemir. Poco después, le dijo:
-Mete todo el coño en la boca y entiérrame la lengua dentro de la vagina.
Metió el coño en la boca y le enterró la lengua dentro. Sonia la agarró por el cabello con las dos manos y movió su pelvis a toda pastilla, y cuando se iba a correr, le dijo:
----¡Me voy a correr en tu boca, me voy a correr en tu boca, me corro en tu boca!
Sonia se corrió en su boca y Pedro, que estaba grabando, se corrió en el piso.
A Sonia, al correrse, le fallaron las piernas y acabó con el culo en el piso del pasillo.
Alicia se había levantado. Sonia miró hacia arriba y vio que el pantalón de su prima estaba mojado.
—¿Te has corrido mientras me comías el coño?
—No.
—Pues tal y como tienes el pantalón, lo parece. No puedes negar que te ha gustado.
Alicia echó la mano al coño y le quedó húmeda.
—No, no puedo negarlo.
—¿Dónde quieres que te devore?
—En mi habitación.
Se fueron para la habitación y cerraron la puerta. Pedro, sin hacer ruido, se fue a tomar unas copas.
En la habitación, Alicia se arrimó a una pared para que su amiga la devorara. Sonia le dio un pico. Alicia le rodeó el cuello con los brazos y comenzaron a comerse las bocas.
Calientes como perras, se desnudaron (lo hicieron con prisas); luego Alicia se echó sobre la cama. Sonia la volvió a besar con lengua, y después le comió las tetas, unas tetas grandes con areolas oscuras y tremendos pezones, pezones que lamió y que chupó junto a las areolas. Luego bajó besando y lamiendo su vientre. Cuando besó su pelvis, Alicia flexionó las rodillas y abrió las piernas de par en par.
Sonia lamió su coño y después lamió solo su clítoris; lo lamió con la punta de la lengua, despacito, muy, muy despacito. Al rato, Alicia movía la pelvis buscando el orgasmo; la movía cada vez más rápido. Los gemidos le dijeron a Sonia que su prima se iba a correr. Le aplastó el clítoris con la lengua, lamiéndolo a mil por hora, y Alicia se corrió a raudales entre sacudidas y gemidos.
Luego de correrse, Sonia le levantó la pierna izquierda, juntó los coños y, chupándole los dedos del pie, los frotó hasta que se corrieron juntas, para lo que tuvo que hacer paraditas, ya que si no las hubiera hecho, se hubiera corrido sola.
Después se puso en paralelo, le llevó el coño a la boca para que se lo comiera y ella puso su boca en el coño de su prima.
Alicia se echó al monte y le comió con voracidad el coño a su prima. Sonia no quiso quedarse atrás y también se lo devoró a ella.
Parecían dos locas apareándose y, como locas, se corrieron.
Al acabar de correrse, le dijo Alicia a su prima:
—Será mejor que te vayas, podría llegar mi hijo.
—Como quieras, pero dime: ¿Te gustó más que cuando follabas con tu marido?
—Sí, con mi marido no me corría tantas veces.
Sonia le dio un pico.
—¿Cuándo quieres que desvirgue a tu hijo?
—Ya te avisaré.
Sonia se vistió y se fue.
Al día siguiente, Alicia se levantó de la cama y, en combinación, se fue a desayunar a la cocina. Pasó por delante de la habitación de su hijo y oyó la voz de Sonia.
—Lame de abajo arriba, como si fuese una brocha.
Luego oyó la suya.
—A ver si sé hacerlo.
Abrió la puerta y vio a su hijo desnudo sobre la cama haciéndose una paja mientras miraba su teléfono móvil. Alicia le dijo:
—¡Estabas en casa!
Pedro dejó de menearla y de mirar el móvil, pero siguió empuñando la polla al decirle:
—Ven aquí y acaba de hacerme la paja.
Alicia fue a su lado, pero luego de quitarse una zapatilla. Pedro se asustó, guardó la polla y se tapó con una manta para que no le dolieran los zapatillazos.
Le iban a doler, ya que Alicia le levantó la manta y le largó en una pierna.
—¡¡Plasssss, plassss, plasssss!
—¡Dame ese teléfono!
Pedro se puso boca abajo y ahora los zapatillazos le cayeron en el culo.
—¡¡Plassss, plassss, plassss, plasss, plassss!!
—¡Que me des ese teléfono!
Pedro parecía que nunca había sido tímido, ya que en vez de avergonzarse, la amenazó.
—¡Si me vuelves a dar, aprieto el botón y envío el video a YouTube!
A Alicia la invadió el miedo.
—¡Ni se te ocurra!
—Tú dame otra vez; ya verás si se me ocurre.
La mujer paró de darle. Pedro se destapó y se puso boca arriba. Alicia le dijo:
—Borra eso.
—No lo voy a borrar, y aunque tú lo lograras borrar, he hecho tres copias.
La pregunta era obligada:
—¿Qué buscas, Pedro?
—Que me desvirgues tú, no quiero que me desvirgue la puta de tu amiga, ni ninguna otra puta.
—Razona, hijo, razona, no puedo hacer eso, sería condenarme al infierno.
—En el infierno ya estoy viviendo yo por cebarme como a un cerdo.
—Yo no...
—Tú sí, y tú vas a acabar de hacerme la paja.
Alicia casi le implora:
—No me pidas eso, hijo.
La paliza a Pedro lo había hecho aún más cabrón de lo que ya era.
—No te lo pido, te lo ordeno, y si no lo haces, atente a las consecuencias.
Alicia cedió. Se sentó en el borde de la cama, empuñó la polla, que era un buen ejemplar, y comenzó a meneársela mirando hacia la puerta.
—Míra la polla.
La mujer miró la polla mientras masturbaba a su hijo.
—Bésame.
Lo besó en la mejilla.
—En la boca y con lengua.
—No voy...
—Sí vas, o es la boca o es el culo.
La elección era fácil de tomar. Besó a su hijo en la boca y con lengua. Luego de besarlo, le dijo:
—Ponme una teta en la boca.
La mujer bajó una asa de la enagua y le puso la teta izquierda en la boca. Pedro se la magreó, se la lamió y se la chupó.
Alicia le meneó la polla a mil por hora para que se corriera, pero Pedro era duro de pelar.
—Dame la otra teta.
Se bajó la otra asa y le dio la teta derecha a mamar. Como no se corría dándole duro, lo masturbó lentamente, pero Pedro no se iba a correr así, quería otra cosa.
—Mámamela.
Se la mamó para acabar con aquella barbaridad, pero a pesar de que lo masturbó y de que se la mamó, no se corrió, ya que tampoco se quería correr con una mamada.
—Desvírgame con tu coño.
Alicia ya se había resignado a su suerte.
—¿Destruirás todo si te desvirgo?
—Sí, tienes mi palabra.
—Te desvirgaré.
Se quitó la enagua y las bragas, lo montó, agarró la polla, la puso en la entrada de la vagina, bajó el culo lentamente y la metió hasta el fondo del coño.
—Ya estás desvirgado.
—Fóllame, quiero correrme dentro de ti.
Alicia lo folló pensando en el fuego del infierno para no correrse, pero estaba tan cachonda que, al correrse Pedro dentro de su coño, también se corrió ella.
Al acabar de correrse, le dijo:
—Borra el video y las copias.
Pedro le dio el teléfono móvil.
—Bórralo tú, y no te preocupes, que no hay copias.
Alicia se desahogó.
—Eres un hijo de puta, Pedro.
—No te digo yo que no, mamá.
Quique.





