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4 julio, 2026 11:17
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
CAPÍTULO I - Lau
Hasta para los estándares de este rincón del Continente he sido siempre una mujer extremadamente sexual. Esta vez no he usado el "siempre" como una expresión genérica, ni se puede decir que su empleo contenga un solo gramo de exageración. Puedo decir que "siempre" he sido una mujer extremadamente sexual, porque aunque para los estándares de promiscuidad de la Ciudad fui una niña casi relativamente inocente hasta alcanzar la edad lunar (y eso a pesar de haber comenzado a menstruar un año antes), no puedo negar que desde que perdí el virgo a esa edad mi deseo de sexo se volvió tan constante e irrefrenable que enseguida comprendí que mi único objetivo vital iba a ser buscar el placer físico, porque sabía que fuera de eso la vida solo podría ser gris y vacía. Puede ser cierto que hasta entonces, aunque el año lunar se considerase todavía la puerta de entrada a la edad adulta, la mayoría de los habitantes de la Ciudad no dejaban de ser vírgenes hasta bastante después, pero para mí aguantar trece veces trece lunas para conseguir aquello que estuve ansiando tantos soles y tantas noches como una desesperada, fue un auténtico martirio. Y eso que no, que cuando he dicho que fui una niña "casi relativamente inocente" no significaba tampoco que me hubiera quedado quieta esperando precisamente...
Pero ya que he dejado de hablar de Ciudad Atenea y he empezado a hablar directamente de mí, antes de seguir creo que debo presentarme adecuadamente... o describirme, más bien, pensando que quizás algún día alguien llegue acaso a leer estas líneas. Sé que lo habitual en toda descripción es empezar con los rasgos físicos más obvios, los datos identificativos que podrían figurar en la ficha personal de cualquiera de nosotros. Pero debe ser que yo no soy habitual. Debe ser que quizás tienen algo de razón quienes me han señalado siempre diciendo que yo no era "normal".
No sé. Lo que tengo claro es que la única forma lógica que veo de empezar una descripción sobre mí es hablando de mi olor. Siempre he tenido un olor corporal fuerte, intenso. No estoy diciendo desagradable. Eso, que además es algo que no deja de ir en el gusto personal de cada persona, acaba dependiendo también de muchos factores externos, entre los cuales el tiempo que lleve sin lavarme o la manera de resolver mi higiene corporal, además de mi propia actividad física y sexual, puede que sean los más importantes, pero ni mucho menos son los únicos, y tampoco todos ellos pueden depender de una misma. Por descontado también que las circunstancias externas pueden variar mucho también de un caso a otro. Por ejemplo, lo de lavarme y la higiene lo digo ahora porque desde que mi vida en la granja quedó restringida a la más cruda soledad, mis hábitos en general han cambiado mucho, y entre ellos la higiene. Y no es que estar sola te haga repensar la necesidad de lavarse a diario, incluso varias veces. Es que estar sola te hace centrarte más en ti misma, en tu cuerpo. Te hace entender qué es lo que necesita y qué le hace daño. Te hace descubrir que los jabones y productos de limpieza personal dañan la piel, el cabello. Te queman. Pero la sal curte y el barro limpia. El sudor protege, y el vello corporal es hermoso y erótico y, por descontado, no supone ningún obstáculo al sexo como sabe bien cualquier mamífero. Naturalmente antes no era así. Desde niña fui extremadamente pulcra, y con el advenimiento de la República las mujeres de Ciudad Atenea intensificamos nuestros cuidados personales hasta límites irracionales, además de insanos, por descontado. Quizás por eso también he desarrollado esa aversión hacia la higiene normalizada.
Ahora, en la granja, llevo semanas sin lavar mi cuerpo, pero he nadado un par de noches en la charca cuando salió la luna. La luz de la luna sobre la piel desnuda y húmeda rejuvenece. Mi piel no necesita más agua. Claro que el olor de mi cuerpo se intensifica cuando acumula días sin ser lavado. Trabajo duro en el campo, en la huerta, en la fragua, en la cocina, con los animales. Aunque ya casi no tengo animales, pero igualmente paso todavía mucho tiempo en el establo, que se ha quedado inevitablemente grande, porque es con ellos de la única manera que puedo sentir algo de compañía. Por eso hoy huelo a sudor reseco y a establo. Además estoy en celo y huelo a coño, a hembra caliente, a cuarto cerrado después de follar durante horas. Aunque siempre he olido un poco de esa manera. Padre siempre decía que mi fuerte olor a coño era natural, y que además era un olor que gustaba a los hombres. A él le encantaba. Sin embargo, mi madre se empeñaba en tratar de enmascararlo con perfumes y cremas. Pero a coño siempre he olido, y siempre me ha olido mucho el coño, y me refiero a siempre en sentido literal, no solo a cuando estoy caliente. Y tenía razón Padre, como en todo: eso es algo que siempre ha gustado a los hombres. También a muchas mujeres, claro. Ahora solo los animales vienen a meter su cabeza entre las piernas cuando tengo ganas y me sienten el olor.
Por lo que respecta a mi olor corporal en general, más allá del que pueda desprender mi sexo, como digo es intenso y fuerte, y eso es así incluso cuando acabo de ducharme. Pero, con todo, hasta ese olor queda enmascarado cuando mi cuerpo se enciende, porque entonces el olor de mi coño se hace algo físico, espeso, casi palpable, que lo envuelve todo en una atmósfera densa e intensa capaz de golpear los sentidos con la fuerza de una fiera en celo. Pero sé que mi realidad física ahora tampoco concuerda ya con la realidad real, desde hace ya muchos años. Supongo que desde la última vez que follé con un hombre, con aquel viejo loco que se escondía en la montaña. Si desde entonces he tenido que apagar inevitablemente mis ardores en el establo de la granja, ¿cómo no voy a oler como una animal? Cada día soy más animal y menos mujer, cada vez más Marrana y menos Laurana, pero a estas alturas ya hace mucho que entendí que me basta con poder seguir sintiéndome hembra. Eso es mucho para mí, dada mi situación sin futuro, eso lo es todo. Eso y el recuerdo, claro. Por eso he tomado la determinación que he tomado al cumplir los 40: porque entendí, cuando ya estaba a punto de cumplir 10 años sin que mi cuerpo se uniera al de otro ser humano (yo, que lo he probado todo y me he dejado probar todo en el sexo, todo y por todos) entendí que, cuando mi último animal llegue a abandonarme también (y sé que el último en partir, al último que me arrancará también la muerte será, estoy segura de ello, mi noble caballo Niko), y ya solo me quede el recuerdo, habrá llegado el momento de poner fin a mi vida. Porque no soporto pensar que llegará un día en que tampoco Niko pueda ya llenarme, y sabiendo que nada ni nadie más llegará para hacerlo ¿qué sentido tendrá seguir entonces? Padre me hizo así, y yo ya no sé ser de otra manera. No quiero ser de otra manera. Por eso debo partir ahora, si quiero evitar ese final, si quiero evitar desaparecer en el viento como si nunca jamás hubiera existido.
En cuanto a mi cuerpo, soy corpulenta, mido 1,83 m de alto y tengo hombros anchos, complexión fuerte, anchas caderas y pechos todavía abiertamente generosos (que además se mantienen básicamente firmes gracias a mi decisión de implantarme la protección de manera permanente hace ya muchos años para evitar quedarme embarazada: odio sinceramente a los niños, pero odio todavía más sus efectos devastadores sobre el cuerpo de la mujer), piernas fornidas de muslos rellenos y pantorrillas con marcadas formas angulosas. Supongo que tener estas características físicas es lo me hace sudar tanto. Siempre he sudado mucho, pero eso ha sido también porque siempre he permanecido activa: de niña jugaba y exploraba el mundo sin freno. Mi adolescencia me la pasé follando sin límite. Ahora la edad adulta me ha obligado a entregar mi trabajo constante a la lucha diaria de permanecer con vida. Pero temo lo que pueda venir, porque siento que mi vida sin sexo se ha convertido en un páramo vacío, y eso me hace estar cada vez más tiempo pensativa, renunciando a mi actividad. ¿Para qué seguir luchando si mi coño está cada día más seco? La falta de perspectivas me paraliza, y estar quieta me deja fría. Y a mí me gusta el calor, me gusta sentir su peso pegajoso sobre mí, me gusta notar el sudor en mi cuerpo, sentirlo correr sobre la piel desnuda: el sudor me hace sentir, el sudor refresca y tonifica, pone mi piel húmeda y brillante; el sudor es reflejo de la actividad, es símbolo de vida, y no sudar es como estar muerta.
Quizás debería advertir que esta intensidad en mis sudores y en mis olores fuertes no se traduce en algo desagradable, por lo general. En realidad, es más bien al contrario, o lo era al menos cuando podía follar con gente. La mayoría de la gente me recordaba siempre por una característica que me hizo llegar a ser conocida y reclamada por muchos: mi olor puede ser potente, pero no como para producir rechazo. De hecho, siempre han dicho de mí que tengo buen sabor... Aunque yo creo que en eso no influye solo mi olor, sino que también el particular tacto de mi piel tiene bastante que ver en ello; evidentemente, quien se pone a lamerme o a comer mi cuerpo no solo estimula conmigo su gusto y su olfato, sino también su tacto.
Más allá de esto no sé qué puedo decir de mí que sea reseñable. Aunque sé que hay gente que valora otros datos en las descripciones físicas, así que trataré de satisfacer su posible curiosidad por esos aspectos. Si hay algo que me gusta, además del sexo en sí, es desnudarme y mostrarme desnuda. Mi exhibicionismo natural era algo que siempre molestó a mi madre (otra de tantas cosas de mí que le molestaban, debería decir), aunque bien que se aprovechó de ello mientras pudo. Pues bien, trataré de desnudarme ahora lo más explícitamente que sea capaz.
Que tengo cuarenta años, ya lo he dicho, pero siempre he parecido más joven de lo que soy. Ni veinte años de trabajo en la granja han podido con eso. Al revés, diría que el trabajo físico y la vida natural han conseguido congelar mi imagen haciendo que parezca que no han pasado por mí los últimos diez años... por mucho que los sienta pesando como la muerte en mi interior: fue ayer cuando cumplí los cuarenta, y eso significa que ayer cumplí también diez años de forzada abstinencia sexual con cualquier hombre o mujer. También fue ayer cuando decidí poner fin a todo esto, y emprender mi huida para tratar de alcanzar de una vez los Territorios Libres que se encuentran más allá de las Tierras Salvajes que rodean Ciudad Atenea y su área de influencia. Es algo que debería haber hecho cuando escapé de la Ciudad, en vez de pensar que podría tener algún futuro aquí, sola y por mi cuenta. Ahora esa huida hacia delante se me antoja un intento vano. Sé que no tengo posibilidad de éxito yendo sola, pero no tengo a nadie con quien ir. En realidad sé que me dirijo a la muerte, pero no quiero seguir adelante en esta vida sin sexo, así que no temo a la muerte si al menos me va a permitir sentir, por última vez, a un hombre de verdad, gozando de la brutal violación del primer salvaje que me encuentre y decida darme muerte. Es precisamente por eso que escribo ahora, porque quiero que se sepa lo que significa realmente Ciudad Atenea, y espero que mi testimonio pueda llegar lejos de aquí algún día. Qué tonta... como si creyera realmente que lo que yo pueda decir puede tener alguna influencia. Como si yo también creyera en la Profecía ésa que rumian los esclavos de la República, sobre todo los huidos a las Tierras Salvajes, como si algo de esto pudiera servir para hacer venir a la Folladora de Hombres que esperan que venga a liberarlos a todos para acabar con la República y devolver el orden y la libertad a La Ciudad.
Supongo que lo que pasa es que no sé realmente para qué escribo. Quizás lo único que esté buscando con estas letras, con este divagar inconexo, sea simplemente tratar de evitar que mi memoria se pierda, sabiendo como sé que hace ya mucho tiempo que fui olvidada por todos y habiendo decidido más bien ir a buscar el que quizás sea mi último encuentro sexual con un hombre de verdad. Habrá quien se sorprenda de que la única esperanza que me queda a estas alturas sea echar un último polvo, un último buen polvo. Pero qué otra cosa me queda, sabiendo que ya es imposible que recupere mi Libertad.
Debo seguir escribiendo antes, claro. Debo conseguir que me leáis y me conozcáis para poder llegar a ser escuchada y creída.
Yo soy Lau, y a mis cuarenta años cumplidos no aparento ni de lejos treinta, por la vitalidad de mi cara y la fogosidad de mi cuerpo lujurioso, por el fuego y la ira que todavía me arden dentro. Tengo ese fuego en mi interior desde que nací, pero la ira me quema tan solo desde los últimos veinte años, alimentada en exclusiva por mi odio contra las mujeres de Ciudad Atenea. La madurez de mi físico sumada a la juventud de mis formas debería permitir a una mujer como yo gozar de su cuerpo en libertad, como necesito. No poder hacerlo me está matando. Yo, que siempre he sido pura carne entregada al deseo, al placer. Mi piel morena se ha vuelto todavía más oscura, curtida por el sol y la intemperie. Mi gusto por moverme libre, como un animal por la naturaleza, ha hecho que ese tono de miel oscura y brillante se haya extendido por todo mi cuerpo, sin interrupción alguna. Mi pelo, que se mantiene negro como la noche, ha crecido estos años hasta empezar a rozar con sus puntas el nacimiento de mis nalgas, pudiendo envolverme casi por completo en esa cabellera cuando siento frío. Una cabellera que disfruto llevando siempre desgreñada y revuelta, salvo cuando salgo al bosque o de caza y me la recojo en anchas y lustrosas trenzas.
Siempre me han dicho que mi cara es dulce, y en ella destacan unos labios de un color rosa eléctrico brillante que siempre están húmedos, siendo el inferior suficientemente generoso como para que muchos desearan atraparlo entre sus dientes... Bueno, no solo dulce: en realidad, siempre me han dicho que soy bella, que tengo una bonita cara. De nariz destacable en su forma por ser firme y con personalidad, pero no excesivamente llamativa. Porque lo que realmente ha destacado siempre en mi rostro, especialmente cuando me mantengo con la piel morena como ahora, han sido mis ojos, llenos de vida hasta que la vida me privó del sexo, de un azul profundo como de fondo de un mar vibrante en un día soleado, grandes, con sus arrugas ya quizás, que me dan ese toque de madurez a la vista, de mujer sensual, sexual y penetrante en contraste con la juventud que mantienen el resto de mis miembros y facciones. Como mi cuello, que destaca más por ser algo grueso que por su longitud nada exagerada, y que sobre todo se mantiene terso, firme, con personalidad. Tengo la espalda ancha, como ya dije, y los hombros fuertes aunque delicados. Las clavículas se me marcan claras bajo el cuello, indicando claramente cuál es el camino que siempre he querido que sigan las miradas y las manos que alguna vez se han posado sobre mí. Mantengo la piel de los brazos firme y suave. Me mantengo ágil y fuerte, aunque siempre he tenido mis tríceps más desarrollados que los bíceps. Más allá de los codos, mis brazos se vuelven finos y sensibles, con manos de dedos largos, delgados, hábiles, fuertes y sensitivos, capaces de los más profundos placeres...
Mi torso es firme y sensible, potente y delicado, y en él destacan mis grandes pechos con sus formas todavía perfectas y voluminosas, blandas y apetecibles a cualquier mano. Jamás pensé que seguirían desafiando tan orgullosamente la ley de la gravedad a mis cuarenta años, ni que pese a haber crecido en tamaño sin cesar desde mi pubertad, mantendrían todavía aquella perfección en sus formas que revelaron ya en mi más temprana juventud. Culminando esas dos montañas sedosas y blandas se ofrecen mis potentes areolas, de color solo un poco más oscuro que el resto del pecho (aunque esto también es algo que depende del momento, y a veces revelan aún el tierno color rosado que tenían cuando todavía no pasaba mi vida desnuda en la naturaleza). Tengo las areolas abultadas, voluminosas como si de una pequeña teta superpuesta a la principal se tratara, y están además rematadas por esos enormes pezones que se me marcan siempre aún sin tenerlos completamnete empalmados... cosa que, por otro lado, en realidad ha sido desde siempre su estado habitual: el más pobre estímulo me ha bastado desde niña para endurecerme los pezones desde que empezaron a tomar forma más allá de la forma de las areolas. Y con tales pezones y tales areolas, desde que me empecé a desarrollar bastó para convertir mis pechos, entonces todavía discretos, en dos protuberancias grandes, escandalosamente duras y firmes, que parecen siempre a punto para ser chupadas y mordidas por cualquier paladar capaz de saber disfrutar convenientemente de ese manjar completamente excitado... o para otros juegos más deliciosos aún, pero esos sé bien que solo los paladares más exigentes están preparados para reclamarlos.
Quizás en lo que más se note mi edad sea en el vientre. Aunque nunca he tenido un abdomen particularmente marcado y firme, sino más bien algo de blanda barriguita con su forma, con su saliente bonito, apetecible y que invita a ser cogida para sobar con la mano, con su ombligo profundo, oscuro y de forma achinada como si fuera una honda herida en mi carne blanda. Supongo que eso de la tripita se debe realmente a que siempre me ha gustado mucho comer, y no solo pollas y coños... La verdad, no sé qué habría sido de mi pobre cuerpo si me hubiera quedado embarazada, porque dudo mucho que la misma Naturaleza que me ha bendecido con un cuerpo colmado de erotismo y exuberancia me fuera a regalar también una de esas milagrosas recuperaciones que se compran las arpías ricas que dirigen la Ciudad Atenea. Porque yo ni aún estando allí en su lugar habría sido capaz de ceder ante semejantes artificios; de hecho, desde que nací solo la naturalidad se marca en mi cuerpo, y eso me ha hecho sentirme siempre bien como soy, con mis curvas y todas mis alegrías. Si estuvieras ahora detrás de mí, mirando como voy soltando estas palabras como hormigas negras correteando sobre el ajado papel, comprobarías cómo es la columna vertebral el único hueso que podrás encontrar dibujándose en mi piel, siempre ahí, siempre indicando el camino al placer más real y descarnado, un camino a lo largo del cual solo se ve piel y carne para poder ir agarrando, manoseando. La anchura y fuerza de mis hombros y espalda contrastan con una cintura estrecha y delicada, bajo la que se despliegan unas caderas anchas y generosas, sensuales al dibujar en mis costados esas curvas tan bonitas con forma de reloj de arena y que invitan siempre a ser recorridas...
Continuando este viaje por los territorios de mi cuerpo, tengo el pubis de natural hinchado, protuberante como el paquete de un hombre cuando lo encierra en su pantalón, con una vulva voluminosa y prometedora cuya curvatura parece iniciar ya en el bajo vientre, y continúa hasta llegar a mi preciada raja. Siguiendo ese sabroso camino, en la apertura misma de esa raja destaca, apenas cubierto por unos pliegues delicados y cortos de la piel de mi olorosa vulva, el dios de los dioses: de una generosidad una considerable, como si de un garbanzo redondo y duro se tratase, y con la sensibilidad de una pluma desde el minuto cero (siempre, claro está, que mi deseo esté encendido convenientemente antes de empezar a tocarlo). Un diabólico instrumento de placer con el que cualquier persona decidida a hacerme gozar, o a hacerme sufrir, podría conseguir que se retorciera hasta el último rincón del cuerpo de la pobre Lau. Algo que podía alcanzar los extremos más descontrolados si se centrara además en el resto de zonas sensibles de mi coño, que son muchas. Junto a ese prodigioso órgano que es mi clítoris, y bajando a los lados de mi siempre húmeda rajita, envuelta en generosas piezas de carne que dan forma a mis labios exteriores, se encuentras dos membranas como dos colgajos de piel, largos y anchos, tersos e increíblemente delicados, vibrantes como la preciada carne de una ostra y tan sabrosos o más que ésta. Solo hay que saber tocar un coño para ponérmelos a aletear sin control cuando me tengas en mi máximo estado de placer, ese que siempre me alcanza justo en ese instante previo a empezar a soltar chorros y chorros de mi delicioso manjar líquido, ríos de flujo mezclado con orina, cuajo y todos los más brutales olores y sabores de mi sexo, desplegándose más y más intensamente para aquella persona que sea capaz de reclamarlos, y hasta donde pueda y quiera llegar a conseguirlos. Porque tengo que aclarar que mi coño, además de ser capaz de eyacular y expulsar una tremenda variedad de líquidos cremosos y olorosos flujos, es maravillosamente multiorgásmico...
Pero dejando mi coño a un lado, a sus lados precisamente, y no menos prometedoras para quien sepa disfrutar del cuerpo de una mujer, se extienden mis ingles, dos pliegues hondos en los que encontrar otra enorme fuente de placer, y que todavía marcaban acaso los mejores caminos para saborear mis partes más ocuras y sudorosas cuando aún tenía gente que buscaba recorrerme. Eso sí, has de saber que comer mi coño significa comer pelo. Evidentemente he llevado el sexo arreglado, incluso totalmente rasurado, en muchas etapas de mi vida. Siempre me ha gustado sentir el frío filo de una cuchilla raspando mis pliegues más sensibles para entregarme libre y pura a la boca de un hombre refinado y exquisito en sus gustos. Pero no engaño a nadie, la pasión que siento hacia hombres rudos, groseros y sucios, hacia el sexo cerdo y natural, hacia los cuerpos libres y plenos, hace que prefiera mantener mi vello, y el de las personas que me follan, donde corresponde. ¿Por qué perder el derecho a una sensación que la naturaleza nos ha regalado? El placer de sentir el dolor de esos pelos duros arrancados a bocados cuando te están comiendo el coño no tiene precio. Que la obsesión de mi madre en afeitarme dolorosamente y la imposición normalizada en Ciudad Atenea de llevar el coño rasurado y aséptico, sin olor y sin más humedad que la mínima necesaria para su hidratación elemental, hayan acentuado ese gusto mío por el vello púbico en hombres y mujeres, es algo que no puedo negar. Pero yo siempre he sido de ir con un buen matojo de pelos, negros, duros, rizados, sabrosos y apetecibles de lamer y tragar, cubriendo ampliamente todo mi pubis, desde mi ombligo y mi bajo vientre, casi hasta rozar los extremos de las caderas, sobresaliendo de forma difusa desde las ingles hasta el comienzo de los muslos cuando renunciaba por completo a arreglarlo o a recortarlo lo más mínimo siquiera (y ese recorte, por lo general bastante exagerado, es algo que en Ciudad Atenea se considera ya un mínimo imprescindible de etiqueta social). Putas frígidas afeitadas... A Padre, en cambio, le había gustado mi peluchito desde que, poco antes de mi primera regla, mi tierno bollito impúber se cubrió de una pelusa todavía gris oscura, suave y espesa, de pelos largos, lisos y delgados. Creo que fue en esa época cuando noté que, por primera vez, él empezaba a fijar su atención en mí, que hasta entonces había sido invisible a su mirada. Pero cuando empecé a ser consciente de aquella débil capa de pelo y de aquel amago de hinchazón en mi torso, me di cuenta por primera vez de lo maravilloso que era que los ojos de Padre se quedaran detenidos en mi cuarpo desnudo. Y para cuando, una vez finalizado mi desarrollo, tenía el vello púbico más negro, abundante, espeso, rizado y duro, ya no fue capaz de apartar sus ojos de mí.
Cómo le echo de menos, más que a ninguno; solo Padre ha sabido verme tal cual soy de verdad. Pelo libre, libre y mojado de mí, sudado y cubriendo por debajo los labios de mi coño y llegando sin freno hasta el agujero del culo: ésa soy yo, y así me quiso Padre.
Siempre que me acuerdo de él me pongo triste y tengo deseos de dejarlo todo. Pero debo seguir escribiendo, y describiéndome.
Sé que hay gente que valora, por encima de todo, el culo de una mujer. Yo fui en mi adolescencia y juventud una chica con un culo de esos por los que los hombres más rudos eran capaces de llegar a la sangre para conseguirlos. Los piropos, las miradas y las manos que se posaban en él continuamente, no hacían más que recordármelo una y otra vez. Creo que por eso siempre he disfrutado tanto esa parte de mi anatomía, que no obstante se ha desarrollado también con el paso del tiempo, aunque creo que en el fondo lo ha hecho para bien. Sé que el tiempo no pasa en balde, y pese a mi aparente eterna juventud sé bien la edad que tengo, y esa edad se ha dejado sentir en mis nalgas más que en ninguna otra parte de mi anatomía. Pero también hace mucho que aprendí que el mejor culo para follarse o comerse es el de un chico joven, apenas alcanzada su fertilidad, si bien en segundo lugar cualquiera que entienda lo que hace elegiría el de una mujer madura. Efectivamente, mis glúteos son moldeables al tacto, blandos incluso, aunque no excesivamente. Un culo bien redondo y algo más grande de la media, aunque en realidad creo que destaca más como deseable remate del conjunto que forman mis anchas espaldas, mi cintura delgada y ese considerable ensanchamiento que, iniciado en mis caderas, es recogido generosamente por el culo.
Pero, como sabéis, la verdadera belleza está siempre en el interior... Pues bien, para quien se atreva a abrirme la cálida rajita de piel clara que separa mis nalgas, podrá arrancarme mi aroma más impactante, denso y profundo, con un sabor sudoroso a tierra y a vida, que le conducirá hasta ese pozo de placer oscuro situado en la parte más honda, y a la vez tan cercana a mi coñito. Arrugado y elegante como si se tratara de una estrella de azabache, negro en el centro pero evolucionando rápido del terroso marrón grisáceo hasta el rosado más tierno en su explosiva llegada al exterior. Ahí podrás, lector, encontrar mi aroma y sabor más embriagador si te decides a abrirme y explorarme, y si tu alma es valiente y lujuriosa podrás llegar al fondo mismo de mis esencias, hasta dejarme ensuciarte de mí y esparcir en ti mi aroma más especial, con ese toque de mierda tan apetecible con el que poder marcar tu piel... para siempre.
Por acabar cuanto antes, porque ya no veo sentido a seguir hablando sin más de mi cuerpo, diré rápidamente que tengo unos muslos voluminosos, prietos, poderosos, con los que aseguro siempre buen cobijo a quien quiera meter su cabeza entre ellos para zambullirse en mi interior. Su amplia forma redondeada según avanzan hacia los pies, da lugar a unas piernas delgadas y de piel deliciosamente tersa, suave y firme, con un tacto tan sedoso como el del resto de mi cuerpo, pero con unos gemelos fuertes y muy marcados en su musculatura que terminan en unos tendones, tobillos y talones bonitos, suaves y elegantes. Al final de todo, mis pies, imperfectamente perfectos, con un empeine marcado por los tendones de los dedos, un pulgar exageradamente largo, pero igual de deseable de ser lamido y comido como si fuera un caramelo que el resto de sus compañeros. Las plantas, naturales y algo sucias siempre por mi irremediable costumbre de andar descalza, aunque bien cuidadas, han adquirido una consistencia elástica, después de años en la granja, que las hace casi más parecidas al cuero joven (y, pese a todo, con sus partes blandas y suaves que sé que, aún ahora, podrían ser estimuladas por una lengua y unas manos hábiles de tal manera que sería posible llevarme hasta el borde mismo del orgasmo sin necesidad de prestar atención más que a estas extremidades).
Me he estado mirando en el espejo mientras escribo esto. Desnuda, como estoy absolutamente siempre que puedo, lo que ya he dicho que es fácil aquí en mi retiro en la granja. He ido examinando una a una las diferentes partes de mi cuerpo para describirme, queriendo en lo posible ser lo mas sincera y cercana a la verdad. No me interesa ya ser deseada, lo cual me resulta extraño porque la necesidad de ser deseada ha sido algo que he sentido desde niña. Pero qué sentido tiene eso ahora, convencida como estoy de que, si alguien llegara a leer esto algún día, lo más seguro es que hace mucho que yo haya muerto. Lo que me interesa es ser creída. Si de verdad es cierta esa Profecía, si de verdad ha de venir la Folladora de Hombres a destruir la República de las Mujeres y liberar La Ciudad, haciendo estallar los eslabones que mantienen sometidos a sus esclavos, espero que el eco de mis palabras pueda ayudar a señalarle acaso el camino... aunque seguramente yo ya no esté en este mundo para verlo. La pérdida de mi propia esperanza en el futuro, junto a la determinación de no permitir que nuestra tierra caiga en el olvido es lo único que me guía mientras escribo, y por eso lo hago sin miedo y con un respeto desapasionado pero absoluto por la verdad.
Por eso no me importa insistir en un rasgo físico que he mencionado ya, pero que ahora que lo veo destacando tan brutalmente en el reflejo del espejo delante de mí, acabo de darme cuenta de que quizás sea el único resto de mi Libertad que todavía se mantiene en pie. Y, por lo mismo, quizás sea el que hoy más me define. He pasado la mitad de mi vida manteniéndolo con determinación, pese a que sé que es algo casi prohibido en Ciudad Atenea, pese a que sé que es el motivo por el que muchos habitantes de Puebla del Sur me han llamado bruja desde mi llegada hace veinte años, y por lo que todavía hoy escupen al suelo cuando me ven en la distancia (o, al menos, uno de los motivos...) Pero a mí me parece bello, realmente es algo que siempre me ha resultado hermosamente natural, y que hace mucho que aprendí a apreciar como agradable y hasta erótico y morboso. La verdad es que ya antes de huir de Ciudad Atenea fui criticada por no arreglarme el coño. Sin embargo, según pasaban los años, aquí en Puebla del Sur, y ante la práctica imposibilidad de mantener relaciones sexuales con nadie, dejé de preocuparme por completo de aquello. Si ya era una apestada, eso no iba a cambiar por afeitarme el sexo. Sencillamente, lo dejé crecer y crecer, sin depararle el menor cuidado. Alguna vez hasta jugaba a intentar trenzarme ese pelo, pero siempre lo he tenido tan revuelto que era misión imposible, o desde luego lo era hacerlo yo sola y sin la ayuda de jabones y aceites.
No sé bien en qué momento decidí que era absurdo seguir depilando o rasurando el resto de mi vello corporal. En realidad creo que fue muy pronto. En mi juventud ya había experimentado con esa sensación que tan excitante me resultaba en otras mujeres. Aquí, estando sola en una granja perdida en el límite entre los confines de las Tierras Salvajes y las poblaciones deudoras de la República, supongo que me debió parecer lo más normal. Y además, me di cuenta de que estando cubierta de vello desde los tobillos al ombligo y, sobre todo, en las axilas (en las que me crece unos provocadores mechones de pelo negro, fuerte y liso, siempre húmedo de sudor), viéndome así me encontraba bella, excitante, deseable. Aquello me hizo sentir bien, porque era algo que mi cuerpo no me transmitía desde que llegué a la granja: estaba tan destrozada anímicamente que me consideraba escoria, basura. Lo que se dice un verdadero despojo social. La actitud del resto de habitantes del pueblo no hacía más que confirmarme aquella sensación, y así me fui hundiendo y hundiendo sin remedio. Solo cuando me vi cubierta de vello y me excité de tal forma que inicié una jugosa masturbación con la que acabé orgasmando repetidas veces, como hacía meses que no me sucedía, y empecé a recuperar mi orgullo y mis ganas de vivir.
En fin, hoy simplemente encuentro cómodo, agradable, sencillo y natural no quitarme ni un solo pelo de los que crecen en mi cuerpo. Ni siquiera me molesto en quitar esos pelos duros y despistados que a veces aparecen por tetas y pezones. En el bigote o la barbilla jamás me ha crecido vello, pero creo que quizás ése sí que no lo soportaría: en la dulzura de mi cara, en mis tetas y en mi sexo se encuentra depositada mi esencia como mujer. Por eso que todo lo que no es mi cara se cubra de pelo no me molesta, es más, lo prefiero así. Y más ahora, que tras años de dejarlo crecer lo noto más largo y vigoroso en axilas, piernas y coño. Eso me gusta.
Me siento bella.
Aunque sé que sentirme bella no va a servirme de nada ya. De hecho, a estas alturas ni siquiera va a servirme para alimentar mi propia autosatisfacción. Siempre he sido una practicante fervorosa de la masturbación, mis manos han sido el único amante al que he demostrado verdadera fidelidad en mi vida. Al margen de Padre, claro está. Pero Padre ya no está conmigo, mientras que mis manos siguen vivas y sensibles al final de mis brazos. Y, sin embargo, hace tiempo que ni en ellas consigo encontrar alivio. Quiero dejar claro que todavía soy capaz de encontrarme los orgasmos, uno tras otro, hasta caer rendida de placer si es preciso. Pero ya no me basta con correrme: la necesidad de ser recibida por un cuerpo humano, de sentir su calor, su vigor, su empuje. La necesidad de sentirme aplastada, inmovilizada, abierta y penetrada, rota por un falo duro como una piedra, sometida por un hombre sediento, violento, ansionso. Esa necesidad me golpea ya con tal rigor, que no me veo capaz de aguantar. Llevo aguantando diez años, y lo he probado todo. Pero Ciudad Atenea me quitó lo que yo más quiero, mi única y verdadera necesidad. Al privarme del sexo con otros humanos me arruinó la existencia, y ya he comprendido que terminará por quitarme una vida que, por otro lado, yo ya no quiero seguir viviendo así. Al final, para mí éste ha sido un castigo peor que la cárcel, peor que la tortura, peor que cualquier otro. Creía que solo había sido exiliada de la República. He comprendido demasiado tarde que lo que me han hecho ha sido exiliarme de mí misma.
(lau.alma @yahoo.com)
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...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





