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Iniciador del debate 11 septiembre, 2026 17:41
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
CAPÍTULO XIII - Revolución
Una vez alguien me dijo que mi vida era digna de uno de esos largos relatos que cuentan los viejos alrededor del fuego, una de ésas con grandes personajes heroicos y malvados, multitud de aventuras, situaciones inesperadas y desesperadas y sorpresas continuadas en la trama. Seguro que si me hubiera visto ahora aquí, sola y abandonada durante años en una pequeña granja del entorno más rural, apartado y olvidado del Continente, no pensaría lo mismo. Menudo acabar nefasto, menudo devenir lamentable en una historia aburrida, monótona e insoportable, pesadamente igual palabra tras palabra... hasta el desastre final. Porque desde luego que el final que me auguro no va a ser épico, sino más bien fatídico. Pero a estas alturas ya me conformo con poco. En realidad, cuanto más lo pienso, más deseo que cualquier final llegue pronto, con tal de que sea lo más rápido posible. Para nada quiero ningún final épico, además. Si pudiera elegir, me gustaría en realidad que fuera sádico; e ineludiblemente sexual, por supuesto.
A los trece años Padre inició mi preparación espiritual como servidora de la Orden de la Sumisión Total. En aquella época feliz, la Orden estaba reservada únicamente para los especímenes más selectos de toda La Ciudad, y yo superé todas las pruebas de admisión con las mayores alabanzas. Él fue el mejor Maestro, y yo la alumna más devota posible, claro está. En tan solo los cinco años que pasamos juntos, yo conseguí escalar uno tras otros los 5 Niveles. Padre me entregaba a otros maestros para perfeccionarme, y todos quedaban siempre sorprendidos conmigo. Lo que aprendía en mi cuerpo lo repetía luego con mi grupo de adeptas, mis esclavas, mis amigas. Vivir una misma experiencia desde las dos orillas enfrentadas te da siempre una perspectiva única para seguir avanzando.
Echo de menos a padre. Echo de menos a cualquier Amo capaz de llevarme al placer a base de castigar mi cuerpo podrido por el olvido y el abandono, por la falta de deseo y el vaciamiento de la lujuria. Por eso no imagino mejor final que la violación, la tortura y el martirio hasta la muerte. Al fin y al cabo, ése y no otro es el verdadero sueño de cualquier buena sumisa. Aunque en mi caso, mi sueño había sido siempre morir a manos de Padre. Si hubiera justicia en este mundo, él debería haber sido mi principio y mi final. Sin más.
En cualquier caso, que mi vida haya sido o no materia para una historia o leyenda, poco importa ya. Partiré en cuanto termine estas líneas, con la práctica seguridad de que mi propio camino pondrá fin a mis días en breve. De mí sólo quedarán estas páginas, y en ellas no quiero extenderme en hablar de lo que pasó el día de mi decimoctavo cumpleaños, ni en los dos años siguientes: el tiempo transcurrido entre el Día del Triunfo de la Revolución y el periodo necesaria para la consolidación de la infame República de las Mujeres que cambió para siempre La Ciudad en pos del surgimiento de la nueva Ciudad Atenea.
Los recuerdos de aquella época son vívidos, en realidad mucho más que los de mi feliz infancia o, incluso, los de aquellos años de perfección pasados junto a Padre. Puede parecer paradójico, pero la ira y el odio son capaces de marcar nuestra alma de una manera mucho más fuerte y definitiva que el placer y la alegría, por completos que estos hayan sido. No es por falta de memoria, por tanto, que no quiera recordar esos acontecimientos.
No. En realidad el motivo de ello es tan simple como que la soledad que arrastra mi alma, y la sequedad forzada que soporta mi cuerpo, no son capaces de asumir hoy por hoy el peso de aquellos recuerdos malditos.
Y, sin embargo, soy consciente de que debo pasar siquiera someramente por el relato de lo que supusieron en verdad aquellos días, para mí y para la mayor parte de la sociedad callada y atemorizada, que fue derrotada y sometida y sufre hoy la dictadura de Ciudad Atenea, como yo sufro su destierro. El relato de lo que la inmensa mayoría de la gente vivimos realmente, y no esa historia oficial prefabricada y dirigida, que no es posible que la crean ni las Dirigentes que la escribieron. Disculpe mi posible lector las manchas de tinta emborronada con la sal de mis lágrimas, que de seguro encontrará en las siguientes páginas. Trataré de hacer su penosa lectura lo más breve posible.
La Revolución fue rápida, gracias fundamentalmente a su perfecta sincronización y a una crueldad extrema y completamente desconocida hasta entonces. Sé que eso es lo primero que han querido borrar de la historia, y que de hecho han conseguido hacerlo con acertada precisión de cirujano. La República de las Mujeres se ha vendido al exterior como un espacio totalmente libre de cualquier violencia física, y eso es algo casi totalmente cierto... en la actualidad. Pero algo así solo es posible gracias a que la violencia desatada durante la larga jornada revolucionaria fue tan total y perfecta, que luego ya no les ha hecho falta para seguir imponiéndose más que una violencia mental desmedida e implacable. Violencia mental que, como sabe de hecho cualquier persona iniciada en los misterios de la Sumisón, solo es posible alcanzar gracias a una violencia física real, sutil y consentida, brutal pero de guante blanco, que nunca deja huellas en los cuerpos pero sí en las almas. No voy a negar que eso es hoy casi completamente cierto (aunque sé que en algún momento tendrán que salir a la luz, de manera inevitable, las brutales torturas que el Régimen todavía ahora lleva a cabo, ininterrumpidamente, en lo más profundo de los enormes edificios institucionales que separan el barrio noble de Ciudad Atenea de la ciudad popular donde se hacinan cientos de miles de almas sometidas por el terror).
Con todo esto, quiero dejar claro que si la Revolución triunfó en un solo día, no fue precisamente gracias a la inteligencia y al poder y superioridad moral de las nuevas dirigentes, como siempre han querido hacernos ver... su única arma para asegurarse un éxito tan fulgurante fue, simple y llanamente, desplegar un terror absoluto, alimentado por el sufrimiento extremo e inesperado, y consolidado para muchos años mediante la muerte violenta de cientos de miles de hombres.
Porque el día de mi mayoría de edad, fue un día de sangre y de fuego.
Naturalmente, aquello no fue precisamente lo que yo esperaba para mi decimoctavo cumpleaños. Pero su capacidad de sorprendernos a todos fue lo que les permitió a esas zorras poder golpear tan solo una vez, sin tener que hacer el esfuerzo de rematar al enemigo, que quedó plenamente destruido al primer golpe. Y, además, ¿de verdad podría alguien habernos advertido de algo así? ¿Habernos preparado para ello, haber asegurado una anticipación, una posible respuesta coordinada? Todo habría sido inútil, porque no se trató solo de que llegara todo por sorpresa, sino que consiguieron avanzar a una velocidad inaudita que les permitió tomar el control absoluto sobre todos los barrios en cuestión de una jornada. Tal determinación fue posibles gracias a que, sobre todo, para aquella gente el día de la Revolución fue, fundamentalmente, un día de venganza.
Recuerdo con el máximo dolor, pero sobre todo con el máximo odio, el cuerpo sucio, destrozado y decapitado de Padre nadando en un charco de sangre en la tierra embarrada del patio. A su lado, su cabeza y su miembro viril con sus enormes testículos se alzaban vacíos de vida, inertes sobre sendas pértigas, a modo del más ominoso de los avisos. Pese a todo, la polla muerta y vacía de Padre seguía luciendo descomunal aún en aquella siniestra situación, revelando todavía un tamaño mayor que el de su cabeza desfigurada ahora que, por primera y única vez, todos teníamos oportunidad de contemplar las dos a la misma altura. Yo seguía rendida a sus pies, con el cuerpo lleno de heridas y quemaduras, encadenada y doblegada, sollozando de rodillas, abrazada en todo momento a aquella pértiga que soportaba los restos del falo al que yo pertenecía, sintiendo en mi cuello y mi espalda el continuo gotear de la sangre que seguía vaciando aquel miembro majestuoso, aquella verga de dios que tantas veces me había llenado de vida, un falo al que no podía dejar de venerar como el único Dios verdadero que había sido siempre para mí. Pero mi Dios había muerto, y la propia Marranita había desaparecido para siempre al desaparecer su dueño, que era por sí mismo su único motivo de vivir.
Para mi desgracia, sin Padre a mi lado yo volvía a ser solo Lauh', una simple mujer, una cualquiera, ahora tan vulgar y miserable como tantas.
El patio y las galerías de los edificios estaban plagados de cuerpos destrozados, y de un lado para otro se apresuraban grupos de mujeres, y algunos hombres también -esclavos o prematuros vendidos, renegados de su virilidad y su poder-, empujando a golpes de sus armas a los relativamente escasos grupos de hombres que no habían sido asesinados o sometidos brutalmente desde el inicio. Pronto todas supimos que aquellos hombres habían sido conducidos a campos de reeducación, a burdeles para mujeres, a cárceles, o directamente al matadero. Poca gente sabe, o poca quiere reconocer, que en los banquetes de los largos festines de celebración que siguieron al Triunfo de la Revolución se sirvió fundamentalmente carne de hombre, y en cantidad. Se dice que las Grandes Dirigentes celebraron cenas secretas en las que se servían exclusivamente platos cocinados con los órganos sexuales de los mejores ejemplares masculinos de la ciudad. Al final siempre es lo mismo. El perro sometido lame los genitales al que lo sometió. La mujer somete a la mujer posando su coño en la cara de la otra. El hombre somete a la mujer haciéndole comer su verga. De igual modo, las nuevas dirigentes de Ciudad Atenea asumieron el poder de los vencidos alimentándose de sus prodigiosos aparatos sexuales, tratando de apropiarse así físicamente de un poder que no les correspondía, y que sabían de hecho que no estaban capacitadas para ejercer. Comiendo las pollas de los hombres derrotados, cómo no... justo aquello que en realidad las mujeres siempre más envidiamos y deseamos. ¡Putas comepollas! Pero comer una polla, aunque sea en sentido literal, no va a hacer que a ninguna mujer nos crezca una polla ni, del mismo modo, puede ser algo que te haga poderosa. Vuelvo a repetir, para aviso de futuras generaciones, si es que alguien quiera acaso perder su tiempo en leer estos desvaríos de loca que hoy escribo: la persona que tiene poder lo tiene porque sí; y la que no lo tiene de por sí, no lo tendrá nunca. Esto no es solo una teoría, una visión del mundo que yo he tenido clara desde siempre, sino que es algo que ya han demostrado bien las propias Dirigentes de Ciudad Atenea.
Porque, por otro lado, hasta la mujer más poderosa sabe que siempre deberá doblegarse ante un hombre poderoso. Porque cuanto más poderosas somos las mujeres, en realidad más deseamos y merecemos las pollas. Yo hace años ya que deseo tener polla. Es mi sueño recurrente cada noche, despertarme siendo yo, Lauh', la mujer bella y completa, pero tener colgando entre mis piernas además el miembro poderoso de Padre. Porque sé bien que si tuviera esa verga entre mis piernas, tendría el poder suficiente para destruir a todas esas zorras que han arruinado mi tierra.
Entre el desorden de los grupos de hombres que eran encadenados y conducidos fuera del patio, pronto empezaron a verse también por la arena, así como por las galerías, a aquellos pocos que habían sido protegidos y salvados por las mujeres de sus familias, escondidos y atemorizados ahora detrás de sus hembras como niños desvalidos. Demasiados de ellos habían sido desnudados por completo y, despojados de toda dignidad, se arrastraban como perros, andando efectivamente a cuatro patas al ritmo que marcaban los tirones de las correas con las que los conducían las que apenas unas horas antes eran sus esposas, hijas u otros parentescos, y que habían pasado ya a ser sus dueñas. Las mujeres paseaban a sus maridos como si fueran perros; las hijas, a sus hermanos. La humanidad había desaparecido de aquel espacio donde todos habíamos convivido desde siempre, y la hombría se había esfumado de tal manera que pareciera no haber existido nunca.
Toda aquella escena dantesca la contemplábamos envueltas en un olor nauseabundo a muerte y carne quemada. En dos enormes piras en sendos extremos del patio, ardían mezclados indiferentemente cuerpos de hombres y restos de mobiliario, ropas y objetos personales que habían pertenecido a aquéllos. Pero, ocupando el centro mismo de aquel espacio en el que me desarrollé como hembra, y luego como mujer, junto al cuerpo sin vida de Padre, tan grande y pesado que no habían sido capaces de alzarlo todavía, se erguían las ominosas pértigas con sus despojos y, a una altura menor, una enorme lanza en la que se descomponía el cuerpo empalado del señor Nardo. El poder real de Padre y el poder económico y social de Nardo, quedaban así exhibidos para demostrar que un Nuevo Orden se había adueñado de nuestro patio, de La Ciudad, de toda nuestra tierra, de nuestras vidas mismas. A los pies de aquellos hombres seguía yo, sola, encadenada, y deseando morir cuanto antes para poder acompañar a Padre a donde quiera que estuviese.
Tenía a mi lado el cuerpo roto del otro Nardo, mi perro. La mujer que fue mi madre lo había arrojado con desprecio desde la galería superior cuando me sacaban, cargada de cadenas y resbalando por aquel pasillo empapado con la sangre de Padre. Veía ahora acercarse su figura de Vieja odiosa, acompañando siempre como una sombra a la señora Nardo: aquella mujer vengativa se había convertido, gracias al dinero del hombre a quien ella misma había dado muerte, en el poder máximo en nuestro patio, y pronto lo sería en todo el barrio. Desaparecidos los hombres poderosos, el poder quedaba inevitablemente en manos de esas mujeres de las familias pudientes de La Ciudad, aquella sección femenina de la oscura aristocracia y la alta burguesía ociosa, que había sido capaz de urdir aquella traición absurda y sanguinaria para tratar de curar sus despreciables traumas y su miserable inferioridad vital, utilizando además el dinero acumulado por los hombres de sus familias durante años para levantar aquella insurrección, y alimentar una verdadera Revolución capaz de instaurar un nuevo Régimen firme y duradero. Pobres de ellas. Tener el poder temporal no iba a impedir que siguieran siendo siempre seres inferiores, incompletos, incapaces. Por ello supe desde el primer momento que la Revolución no iba a traer más que desgracia a mi tierra.
La Vieja se arrastraba detrás de la señora Nardo, queriendo hacer valer el recién adquirido estatus de Dirigente de la Revolución de quien había sido su encendida amante durante los últimos cinco años (nunca en secreto, porque siempre había sido prácticamente imposible guardar ningún secreto en el patio, y en realidad porque al señor Nardo había dejado de importarle lo que hiciera el resto de su familia desde que Padre cortara el pene de su hijo: que su mujer se follara a la loca de su repudiada vecina no podía añadir ya más oprobio a una reputación que, de no ser por su inmensa fortuna, cualquiera habría considerado hundida sin remedio).
La Vieja había tratado de matarme una vez que Padre fue separado de su cabeza por las amazonas armadas y ya nadie podía defenderme. Devastada por el dolor que me produjo el asesinato de Padre delante mismo de mí, aquel enjambre de jovencitas armadas hasta los dientes que había asaltado nuestra casa, fue por fin capaz de reducirme. Cuando la Vieja sacó un cuchillo de entre los pliegues de su pesado vestido y se abalanzó sobre mí, la señora Nardo la detuvo, asegurando que una mujer libre como yo siempre había sido no podía ser asesinada sin más en la nueva República de las Mujeres. Según dijo, mi cuerpo y mi capacidad sexual eran demasiado valiosos e iban a hacer falta para construir la nueva sociedad.
Ordenó que me bajaran al patio y allí estuve durante horas contemplando la desaparición violenta de todo lo que había sido mi vida a manos de aquellas sádicas salvajes. Ahora que todo parecía haber acabado por fin, Nardo se acercaba de nuevo a mí. Maniobrando siempre detrás de ella, pude ver cómo la Vieja cogía el cuerpo de mi perro muerto y se lo llevaba hacia una hoguera. La señora Nardo la detuvo, le quitó el collar y la correa a mi perro, al que Padre había llamado Nardo en honor al eunuco del hijo pequeño de aquella bruja, a quien el mismo Padre había castrado después de haberme violado el culo en público en mi primera aparición en el patio como participante de una de las fiestas de adultos. Sin mediar palabra y con un gesto de lleno de vanidad en su boca torcida y sus ojos pequeños y taimados, vino hacia mí y me puso aquella correa de perro al cuello, no sin antes intentar arrancarme el delgado collar de cuero que Padre me había puesto con sus propias manos cuando me creó como su Marranita.
Sin embargo, fue incapaz de romper aquella fina tira de cuero, ni a base de tirones con los que casi consigue ahogarme, ni tratando de cortarlo con los cuchillos que le entregaron sus sirvientas. El collar de una verdadera sumisa no puede ser destruido, porque es símbolo de su entrega total al Amo. Durante mi aprendizaje con Padre de las artes de la Sumisón me hice experta en la fabricación de aquel tipo de artesanías cargadas de poderes incomprensibles para el resto de la gente, objetos creados expresamente para concentrar la capacidad de dominio de unas personas sobre otras. Descubrí además que tenía una habilidad especial para ello: según Padre, yo estaba especialmente dotada para el poder, y eso se notaba en mi capacidad para fabricar objetos destinados, precisamente, a acumular ese poder, a arrancarlo de unas personas para facilitar su dominio y sometimiento, siempre con fines sexuales, evidentemente. Disfrutaba fabricando esos objetos y trabajando y aprendiendo con los mejores artesanos. Nardo se vio obligada a desabrochar mi collar, debiendo utilizar para ello toda su paciencia y habilidad. Cuando lo consiguió, por fin, lo arrojó despectivamente al suelo y me abrochó con fuerza la ruda correa de perro en torno al cuello. Cuando la Vieja llegó finalmente a donde estábamos, su amante le entregó mi correa con gesto triunfal.
"Arrodíllate y levántate el vestido, mi amor", le ordenó a la Vieja.
La que antes había sido mi madre obedeció y se dejó caer de rodillas ante mí, con las piernas abiertas e inclinada hacia atrás como si fuera a parir. Nardo me obligó a postrarme ante ella, poniéndome su coño gastado de vieja a escasos centímetros de mi cabeza. Lo tenía surcado de arrugas y con la piel apergaminada de tanto afeitárselo, tanto que diría que ya ni lo llevaba rasurado, sino que su cuerpo demacrado hacía tiempo que había renunciado a producir más vello para aquella mujer desagradecida. Olía a perfumes, jabones y cremas que no conseguían tapar su olor rancio de vieja. Nardo me agarró del pelo y apretó mi cara contra ese coño. Los labios de la Vieja se abrieron al instante, revelando que su cuerpo hecho para el vicio no había perdido, pese a todo, el ardor sexual con el paso de los años.
"En la República de la Mujeres no hay nada que sea más sagrado que nuestras sagradas vulvas," gritó para hacerse oír por encima del tumulto, "vulvas santas, vulvas dadoras de vida... Por ellas se adquiere y se entrega el poder." Sentí su mano tirar fuerte de mi pelo buscando sujetarme la cabeza lo más fuerte posible, mientras clamaba: "¡¡Lau-r'ha!!", se dirigió a mí, usando para ello el nombre que la Vieja me había dado al nacer en su forma de la lengua antigua, "Lau-r'ha, ¡eres Mujer Grande y mereces vivir por ello, a pesar de la traición a tu género que has cometido! Por eso, si quieres vivir, Laura, contempla y honra ahora la vulva de la que viniste a este mundo, ¡y ríndele pleitesía en señal de arrepentimiento!"
Zorra... me dije, ¿por qué llamaba arrepentimiento a lo que no era más que una sanguinaria venganza?
Traté de girarme para escupirle a la cara a aquella puta, pero antes de poder siquiera menear mi cabeza escuché como el batallón de amazonas armadas de Nardo levantar sus armas contra mí. Había podido escuchar que la Revolución había reclutado a aquellas mujeres en las Tierras Salvajes y las habían armado hasta los dientes para crear el ejército más implacable y letal que aquella parte del Continente dejada de las manos de los dioses hubiera conocido jamás. Joder, aquellas putas locas habían debido dejar las Tierras Salvajes despojadas de hembras. Y si aquí también pretendían acabar con todos los hombres, ¿qué tipo de futuro tenían preparado para nuestra especie? Comprendí rápidamente que no tenía la más mínima capacidad de oponerme a aquellas bestias sedientas de sangre en aquel instante.
Aunque todavía no entiendo qué tipo de instinto vital me hizo sacar la lengua en un momento como aquel en que, en realidad, yo solo quería morirme. Incomprensiblemente para mí, el coño seco de la Vieja reaccionó al instante, mojándome con un zumo inesperadamente sabroso en cuanto mi lengua abrió sus labios para penetrarla y mis labios comenzaron a succionar un considerable clítoris rotundamente empalmado. Un potente orgasmo, afortunadamente sin nada parecido a una eyaculación, la alcanzó sorprendentemente rápido, sin que hubieran sido necesarias más que apenas unas pocas tímidas lamidas con la punta de mi lengüecita en el fondo de su vagina, acompañando a dos o tres potentes succiones de aquel sabroso botón endurecido que había brotado entre sus pliegues. Jamás habría imaginado que comerle el coño a aquel ser de sombras podría no llegar a causarme la más posible de las repugnancias.
Mientras todas estaban pendientes y envidiosas de mi comida a la Vieja, que se retorcía de gusto entre potentes convulsiones, yo pude aprovechar para recuperar discretamente mi collar de sumisa del suelo, y lo escondí metiéndolo en el fondo de mi vagina.
(lau.alma @yahoo.com)
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





