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Mi cumpleaños 35 años Parte 1

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(@maryjo)
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Lo que leerás a continuación es un relato de un trozo de mi vida que espero te guste y excite. Para mí es un recuerdo que conservo con mucho cariño. Si es de tu agrado, puedo escribir otros muchos más.

Primero quiero presentarles mi historia general. Mi nombre es María José, mis abuelos fueron un español y una croata que se conocieron en Europa alrededor de 1920-1925 y decidieron viajar a Sudamérica en busca de mejores horizontes.

Heredé de mis abuelos, la estatura, mi complexión física y el color de mis ojos. De mi país capturé mi resistencia al frío, el tono de la piel, el color de mi cabello y un sentido del humor único.

Me casé muy joven, enamorada de un hombre 30 años mayor que yo, un fotógrafo profesional.

Este relato en particular lo titularé: Mi cumpleaños de 35 años

Para mi fiesta de cumpleaños de mis 35 años, mi esposo organizó una fiesta espectacular. Lo que yo ignoraba es que él tenía otros planes, otras intenciones. Desde hacía unos años atrás él había comenzado a insinuarme que tuviese sexo con un tercero.

Al principio sólo me pareció que era parte de nuestro juego sexual para excitarnos y divertirnos entre nosotros. A mí me gustaba fantasear con personas mirándome o exhibiéndome, pero nunca pensé llevar esto a la práctica. Sin embargo, me llamaba la atención que mi esposo cada vez hacía más recurrente estas fantasías durante nuestras relaciones sexuales.

Quizás me adelante a la historia, pero mucho tiempo después descubrí que mi esposo había planificado para la noche de mi cumpleaños, un amigo de él me sedujera y tuviese sexo con él mientras él observaba.

Mi esposo había seleccionado a un joven de 38 años, buen mozo, 1,80 metros de estatura, preciosa sonrisa y un trasero que marcaba en sus pantalones y que rápidamente acaparó las miradas y comentarios de las damas presentes. Yo ingenuamente nunca entendí las verdaderas intenciones de mi esposo. Así, esa noche pasó con normalidad, bailamos, repartimos y cortamos la torta, cantamos mi feliz cumpleaños, etc.

El pretendiente se acercó a mí en varias ocasiones, bailé un par de veces con él. Sentí su interés durante el primer baile que fue un twist “You Never Can Tell” de Pulp fiction, pero no me sedujo, fue entretenido, pero nada más.

La segunda vez fue un baile más tranquilo y cercano. Yo vestía un vestido de seda abotonado al frente. Por lo tanto, no me costó notar durante los acercamientos del baile un roce con su “dureza” en la parte inferior y su interés en apretarme a su cuerpo.

Mi fiesta continuó, durante la fiesta muchos amigos se acercaban para saludarme y conversar y recordar viejos tiempos. Sin olvidar a mi familia que también estaba presente permanentemente para demostrarme su cariño.

Relato todo esto porque estimo necesario explicar las razones del porqué no resultaron los planes de mi esposo y para que sirvan a ustedes lectores a reconocer cuándo una historia es real y no una fantasía. He leído algunas historias aquí e impresionan la facilidad cómo las mujeres ceden y se desencadenan los hechos.

Así avanzó la noche, yo lo disfruté todo, ajena totalmente a los planes de mi esposo, ya más tarde empezaron a retirarse los invitados, primero los menos conocidos. Luego se fueron algunos familiares junto a algunos amigos más “mareados” y entre los cuales se sumó el “candidato” de mi esposo.

Al final sólo quedábamos en nuestra casa, algunos familiares y muy pocos amigos cercanos.

Todos ellos organizaron la retirada y despedida con besos y cariños. La música y luces bajaron la intensidad y mi esposo y yo nos quedamos mirando todo lo que había que ordenar y limpiar, sólo al mirar lo que había que ordenar, nos dejaba exhausto.

Habíamos contratado el servicio de aseo y limpieza para todo el jardín exterior de nuestra casa y la vajilla y otros elementos que serían retirados al día siguiente. Nosotros debíamos ordenar y separar nuestras cosas del servicio contratado.

Fantasmagóricamente apareció entre las sombras el viejo amigo de mi esposo, Carlitos. Siempre sonriente y diligente. Un inocente y tímido niño de 10 años en un cuerpo de un hombre de 60 años, muy gordo y feliz.

Carlitos, era uno de los amigos de infancia de mi esposo, rondaba los 60 años. Ambos eran capaces de recordar toda la historia del barrio y cuando conversaban podía estar hora recordando personas del barrio.

Carlitos siempre estaba disponible para ayudar y colaborar en lo que fuese. Su ayuda y trabajo siempre era desinteresado. Todo lo que hacía era por amistad y porque se sentía parte de la familia.

Esa noche, después de ayudar a ordenar y limpiar todas las habitaciones de la fiesta, descansamos en un sillón y tomamos algunas bebidas, él tomó cerveza y mi esposo nos acompañó con una botella de ron abierta y por acabar, luego dijo que estaba muy cansado y se fue a dormir a nuestro dormitorio.

Me quedé con Carlitos y nos echamos a reír de algunos chismes que habían pasado durante la fiesta ...

Carlos era un hombre afable, muy amable y gentil con todos. A mí me molestaba que siempre le hicieran bromas machistas sobre su virilidad. Siempre se burlaban de él porque no se había casado y no le conocían alguna novia. Las bromas siempre iban dirigidas a que aún era virgen y no conocía a una mujer.

Carlos medía casi 180 centímetros y pesaba casi 120 kgs, era enorme, su sobrepeso lo mostraba en su panza y en sus enormes manos.

Esa fue la oportunidad por primera vez, en muchos años, de poder hablar de cosas muy personales con Carlos. Creo que notó mi interés real en saber más sobre él y me abrió su corazón.

Aproveché para ir a mi habitación a ponerme más cómoda. Mi esposo yacía sobre nuestra cama vestido sólo con su calzoncillo, hice esfuerzos para tratar de cubrirlo con la ropa de cama, pese a todo lo que lo moví, no se inmutó y continuó roncando como un tronco. Claramente había bebido demasiado y no despertaría sino hasta muy tarde al otro día.

Desabotoné mi vestido y desabroché mi sostén, seleccioné un pijama de satín de dos piezas, blusa y pantalón de color palo rosa, la noche era cálida y decidí no usar bragas.

Volví a la sala para retomar la conversación con Carlos ...

Cuando me vio en pijamas pensó que me quería ir a dormir, se disculpó, se puso de pie y me dijo que era demasiado tarde y que prefería irse a su casa.

Le dije que él había bebido mucho y sería muy irresponsable conducir su auto en esas condiciones, le propuse que durmiera en la habitación que teníamos para las visitas.

Al principio se resistió, pero luego creo que se dio cuenta que no estaba en condiciones para conducir. Además, creo que recordó las innumerables veces que ya había dormido en ese dormitorio.

Entonces, aceptó la invitación y fue a buscar más cerveza, me preguntó si quería tomar algo más ... acepté un trago de espumante para que no se sintiera incómodo bebiendo solo ...

Buscó entre las numerosas y dispersas botellas de espumantes abiertas y halló un par sin terminar, me las mostró y seleccioné un espumante de cepa Moscato.

Seguimos conversando, me contó asuntos de su trabajo y de su rutina diaria, todos los años que tuvo que cuidar a su anciana madre y padre y el placer de disfrutar ser invitado a nuestras fiestas familiares.

La conversación fue muy entretenida, a pesar de las bebidas y las horas ninguno de los dos estábamos cansados ni teníamos sueño.

Carlitos me conocía desde cuando yo me casé con mi marido. Hace unos largos 13 años atrás.

Ambos estábamos sentados en un amplio sofá, sólo el cuerpo de Carlos ocupaba la mitad y a mí me quedaba espacio suficiente para sentarme sobre mis pies y alcanzar mi copa que estaba en una mesita de centro.

Sin ninguna intencionalidad, cada vez que yo quería beber mi espumante, debía inclinarme y estirar mi brazo hasta la mesita de centro. Entonces ocurrió, al momento de llevarme la copa a mis labios y mientras miraba a los ojos a Carlos, noté que interrumpió su relato y guardó silencio.

Carlos mantenía fija su mirada en mi pijama y mi vientre.

Bajé la mirada y comprendí por qué su mirada apuntaba a esa parte de mi pijama ...

Había perdido un botón de mi blusa y cada vez que hacía el movimiento de tomar mi copa, dejaba ver parte de mi cuerpo, de seguro Carlos había visto mi vientre, ombligo y al menos la base de mis senos.

Al principio me sonrojé, me tapé la boca con mi mano y con la otra cerré el espacio donde la blusa se abría. Pero mi cuerpo me traicionó y un estremecimiento me recorrió de los pies a la cabeza y mis pezones se endurecieron, crecieron y luchaban con la seda del pijama por sobresalir.

El roce con la tela me ruborizaba aún más.

La situación era ridícula, incómoda para ambos y hasta cómica. El silencio inicial que pareció eterno lo rompimos con una risotada de niños que nos tranquilizó a ambos.

Luego Carlos me señala con su mano que lo más probable es que el botón de mi blusa de pijama, se me haya caído recién. Nos pusimos de pie y empezamos a buscar el botón en el sofá y en la alfombra.

Carlos se agachó a mirar en la alfombra y debajo del sofá. Yo buscaba en la superficie del sofá, retiré los cojines y los sacudí esperando que el botón cayera y Carlos lo viera.

Claramente no fue una buena idea, Carlos no sólo estaba mirando si caía el botón de mi blusa, también ahora estaba disfrutando con las vistas desde abajo que proporcionaba mi pijama abierto.

Pero ahora yo capté lo que ocurría y fui cómplice en este juego, mis pezones incontrolados, se ponían más duros y rasgaban la seda del pijama y ahora mi sexo se sumaba con un leve cosquilleo y sentía las primeras gotitas que lo humedecían y lubricaban. En ese preciso instante recordé que no me había puesto bragas….



   
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(@maryjo)
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