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¡Qué morbo da agarrarle la tranca a un burro

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José
(@quique)
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Registrado: hace 7 años
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Iniciador del debate   [#2070]

 Eugenia era una veinteañera, soltera, rubia, de ojos verdes, alta, delgada y adiestradora de perros. Solía ir mucho a la casa de su abuela, en la que había animales para aburrir; allí había desde gallinas a un burro, pasando por cerdos, una vaca y conejos.

Una noche de verano, cenando en la cocina. Dando buena cuenta de un pollo asado con patatas, le decía su abuela Carmen: 

—Los animales entienden; los cerdos, por ejemplo, cuando los van a matar, quieren escapar. El gallo defiende a las gallinas, y los burros, ya no te digo lo que entienden. 

—Los burros son burros, abuela, ya lo dice la palabra. 

La vieja se mado una taza de vin tinto que si la bebe Eugenia, se cae de culo.

—Eso es lo que cree la gente. Mi Paquito entiende y reacciona con lo que ve. 

—Lo que pasa es que usted le tiene cariño y ve cosas que no son. 

—Tócale la verga; ya verás si entiende. 

Eugenia las pillaba por el aire.

—¿¡Le toca la verga al burro?! 

—Sí, pero es porque es muy terco, y cuando no quiere ir ni para delante ni para atrás, se la toco y echa a andar. Fue un consejo que me dio el veterinario viejo con un burro que tenía en aquellos tiempos. Me había dicho que para poner a andar a un burro no hay mejor cosa que agarrarle la verga.

A Eugenia le dio la risa. 

—¿Y no querría que se la agarrara a él? 

—Quería, y se la agarré, pero también funciona con los animales.

Eugenia no paraba de sonreír.

 —Fue una mujer adelantada a su tiempo. 

—¿Adelantada? De viuda, lo que fui es muy puta. Es lo que tiene tener una polla y quedar sin ella.

Al día siguiente, Carmen fue de compra al mercado y Eugenia fue a las cuadras a darles de comer a los conejos. Vio cómo un conejo montaba a una coneja; le daba a mil por hora y luego se caía de espaldas. La mujer volvió a sonreír y le dijo al conejo:

—Me recuerdas a un novio que tuve.

Allí olía a excrementos y a orina; era un olor muy fuerte. Aquel olor la excitó, ya que llevaba casi un mes sin nada de nada. Luego de echarle de comer a los conejos, se arrimó a la pared, bajó las bragas, subió el vestido y comenzó a darse dedo. Miró para Paquito y vio que tenía la verga estirada, verga que subía y bajaba mientras miraba para ella. 

—Aún va a entender más el burro de lo que yo pensaba. ¿Y sí? No, aunque tocar esa verga... ¡Qué coño! Quiero saber qué se siente al empuñar una herramienta de ese calibre.

Cogió una banqueta que allí había, se fue junto al burro, se sentó en la banqueta y le agarró la polla. El burro se quedó quieto. Lo único que movía era el rabo, y para matar moscas. 

—¡Qué morbo da agarrarle la tranca a un burro! 

El burro, matando moscas con el rabo, subió una pata trasera, la miró, sacudió las orejas y ya no hizo nada más.

 —Vamos a ver a qué sabe esta tranca.

Le lamió la punta de la verga, que parecía uno de sus cascos. Metió dos dedos en el coño y se volvió a masturbar. 

—Bueno, ya que empecé, a ver si hago que se corra.

Metió la punta de la verga en la boca, pero como se la llenaba mucho, tuvo que quitarla. Siguió lamiendo. Al rato volvió a meter la verga en la boca y chupó. Poco después, el burro descargó en su boca y la leche comenzó a salir por la comisura de los labios. Eugenia sacó la verga de la boca y un torrente de leche salada, amarga y con un toque alcalino, cayó en su vestido.

Al acabar de gozar, el burro ni la miró; él siguió a lo suyo, que no era otra cosa más que matar moscas con el rabo. 

Eugenia se había puesto tan perra que se desmadró. Se giró, se inclinó y puso el culo hacia el burro, levantó el vestido, cogió la tranca, tiró de ella y la frotó en el coño. 

—La voy a meter dentro aunque me reviente.

Fue frotando y apretando la polla contra el coño. 

—Colabora, orejudo.

El burro seguía sin mover más que el rabo.

 El coño se fue dilatando y al rato acabó entrando la cabeza. 

—Joder, cómo llena.

El burro empezó a mover el culo para meterla más adentro, pero Eugenia no le dejó meter más que tres o cuatro centímetros.

Poco después decía Eugenia: 

—Me viene sí, sí, síííí. ¡Me corro!

Al correrse ella, también se corrió el burro. El coño se le llenó de leche al momento; la verga salió y la leche cayó en cascada, luego de pintar su coño.

Cuando se incorporó, colorada como una gran, vio leche en sus piernas y en el vestido. 

—Tengo que quitar el vestido, lavarlo y bañarme antes de que vuelva mi abuela de la plaza.

Salió de las cuadras y se encontró de frente con su abuela, que se había olvidado la cartera. Al verla, la vieja la miró y le dijo: 

—A mí, la primera vez me pasó igual que a ti.

Eugenia, con la vergüenza que cogió, se fue de la casa de su abuela esa misma tarde, y no volvió por allí.

                                                         Un mes más tarde

Un día que Eugenia fue a tirar la basura al contenedor, sintió los quejidos de un cachorro de perro. Miró en el contenedor y se encontró con los ojos llorosos y la cara de pena de un cachorro de perro de color blanco, que resultaría ser un samoyedo. Lo cogió de entre unas bolsas y dijo: 

—¿Qué clase de persona le puede hacer esto a un animal?

Sabía que por el tamaño aún no comía solo, así que lo llevó a casa, compró un biberón, y lo fue alimentando hasta que llegase el momento de darle algo sólido.

Tres meses después, una noche que se estaba haciendo un dedo con el perro echado en la alfombra, el animal sintió curiosidad, se puso en pie y le olió el coño. Quitó los dedos de la vagina y, con ellos mojados, le tocó la nariz. 

—Samo, malo.

El perro, dándole al rabo, le lamió los dedos y Eugenia, que ya estaba excitada, se excitó aún más. Habló sola. 

—¿Y sí? Dijiste que nunca más harías nada con animales, Eugenia, aunque bien mirado, aquí no hay posibilidades de que me vea nadie.

Salió de la cama, abrió una lata de comida húmeda, la puso encima de la mesilla de noche para hacerle ganas al perro y volvió a masturbarse.

El perro daba vueltas y se desesperaba; le lamía los brazos, le lamía la boca, le lamía lo que pillaba por delante.

Eugenia cogió la lata, metió un dedo dentro, untó comida sobre los pequeños pezones y las rosadas areolas de sus tetas medianas y le dijo:

—Sube.

 El perro subió encima de ella y le lamió los pezones, las areolas y, de paso, le lamió las tetas. 

—¿Te gusta, Samo?

La respuesta del perro fue darle al rabo... Eugenia siguió untando comida sobre los pezones al tiempo que se masturbaba.

Le dio un poco de comida con un dedo y después la untó sobre su clítoris. Cuanta más comida untaba, más rápido lamía y al final Eugenia logró lo que buscaba, correrse como una perra.

Al acabar de correrse, fue a la cocina, le echó de comer en el comedero y después se fue a duchar. Luego durmieron toda la noche de un tirón, ella en la cama y el perro en una alfombra que había a su lado derecho.

Durante seis meses se corrió con su perro (quitando los días que andaba con la regla) y no quiso tener relaciones con ningún hombre ni con ninguna mujer. En ese tiempo lo adiestró para lamer sus tetas y luego su coño hasta que se corría.

Aquella tarde estaba Samo lamiendo su coño, con las piernas a ambos lados de su cuerpo, y desenvainó parte de su polla. Al verla, le dijo: 

—Ya has llegado a la pubertad.

Se puso a su lado, le echó la mano a la funda, tiró de ella para atrás y la polla salió en su totalidad. Sonriéndole, le preguntó: 

—¿Qué tienes aquí, bandido?

El perro giró la cabeza y lamió la polla, una polla gordita que debía medir unos 12 centímetros y que era rosada, tirando a roja. Eugenia dijo: 

—Ya quisiera yo llegarle así a mi coño.

Le hizo una paja como se la haría a un hombre; comenzó lento, dándole, echando finos; luego le dio rápido, después a toda mecha y el perro se corrió echando finos chorros de semen blanco grisáceo. 

—¿Te gustó?

El perro volvió a lamer la polla. 

—Apuesto a que te encantó. Ahora me toca.

Eugenia salió de la cama, se sentó en un sofá, se echó hacia atrás, separó las piernas y le dijo:

 —Tetas.

Samo le dio un tremendo repaso de lamidas, yendo de teta en teta y lamiendo entre ellas.

Cuando tenía el coño empapado, le dijo: 

—Chocho.

El perro lamió el coño de abajo arriba y hacia los lados, moviendo la cabeza sin parar. Y sin parar, aquella tremenda lengua la llevó hasta un brutal orgasmo que dejó a Eugenia temblando. Samo no dejó de lamer hasta que le acarició la cabeza. 

—Eres maravilloso, nunca un hombre o una mujer serán capaces de comer un coño como lo comes tú. 

Samo se echó en la alfombra y Eugenia se fue a dar una ducha.

Eugenia estuvo unos días dándole vueltas a la idea de si follar con su perro o si no follar, y ganó el sí.

La noche que decidió follar con su perro, le dio un paseo para que hiciera sus necesidades y, al llegar a casa, se bañó ella y secó el pelo con el secador, secador que también iba a usar con Samo después de bañarlo.

Cuando se desnudó en la habitación, Samo, que estaba perfumado, le dio al rabo y esperó órdenes. 

—Sube.

El perro se metió en la cama. 

—Ponte de lado.

El perro se puso de lado y, con la punta de la polla fuera, le dio al rabo. Eugenia le echó la mano a la polla, la sacó de la vaina, tiró ella hacia atrás, la agarro por encima de la bola, la metió en la boca y se la mamó, al tiempo que lo pajeaba y le acariciaba el vientre. Estuvo mamando con ganas un rato largo.

El perro estaba más quieto que un ladrillo, aunque sus ojos eran de sorpresa y su contento infinito.

Los perros, como es obvio, no avisan al correrse. Cuando Eugenia sacó la polla de la boca, ya tenía la mitad de la corrida dentro.

Al acabar de correrse el perro, acercó el coño a la polla, empujó y la metió hasta que su mano hizo tope. Luego le metió una impresionante follada, y digo impresionante porque el perro ya se había corrido dos veces dentro del coño cuando se corrió ella.

Quedaron jadeando ella y el perro.

Samo no hacía nada sin que le mandaran, así que se quedó de lado.

Eugenia abrió el cajón de su mesilla de noche y cogió cuatro calcetines para perros, con agarre. 

—Te voy a poner guapo. Ponte boca arriba.

Samo se puso boca arriba y Eugenia le puso los calcetines. Su idea era que la follara a cuatro patas, pero al verlo con media polla fuera, se la sacó de todo, puso las rodillas a ambos lados del perro y el coño sobre la punta de la polla, le cogió las patas delanteras y fue bajando y subiendo el culo hasta meterla toda. Luego lo follo como follaba a los hombres, a su aire. 

—Estás buenísimo, Samo. Tu polla sin piel se siente deliciosa.

El perro la miraba y se relamía.

—Yo también estoy buena. ¿A que sí?

Estaba buena y estaba cachonda, ya que sus jugos empezaron a mojar la bola desde el primer minuto.

Fue acelerando las clavadas y poco después el perro se corrió dentro de su coño. Esto hizo que acelerara las clavadas, más, más y más, y pasó lo que tenía que pasar, que se volvió a correr como una perra. 

—¡Qué corridaaaaa! —dijo echando la cabeza hacia atrás y convulsionándose—. ¡Qué corridaaaa!

Antes de quitarse de encima, le acarició el vientre y le dijo: 

—Muy bien, Samo, muy bien.

Ya no le quedaron ganas de que la follara a cuatro patas. Salió de la cama y le dijo: 

—A comer.

El perro bajó de la cama y la siguió hasta la cocina. Allí le echó de comer en el comedero su comida favorita y ella se mandó un zumo de naranja.

Al volver a la habitación. Eugenia se metió en la cama y el perro se echó sobre la alfombra.

Eugenia apagó la luz. Boca arriba, cerró los ojos, pensó en todo lo que había hecho con su perro y, sin querer, queriendo, echó las manos a las tetas y comenzó a amasarlas; luego su mano derecha bajó al coño y se dio dedo. Samo estaba con las orejas levantadas y oía cómo los dedos entraban y salían del coño. 

A Eugenia no le llegaban los dedos. Encendió la luz, se puso a cuatro patas y dijo: 

—Chocho y culo, Samo.

El perro le lamió el coño, las nalgas y la raja del culo. Eugenia no quería correrse así. 

—Monta, Samo.

El perro la montó, la agarró por el vientre con las patas delanteras y esperó. Eugenia le cogió la polla por encima de la bola, le llevó la punta de la polla a la entrada del coño, empujó con el culo y le dijo:

—Dame.

Le dio como dan los perros. En nada se corrió dentro de ella y se quedó quieto, y con la lengua fuera babeó en su espalda. Eugenia quitó la mano sabiendo que iba a quedar enganchada, pero quería correrse a lo bestia. Samo le dio otra vez a mil por hora y acabó metiéndole la bola. 

—¡Hostia, cómo duele!

La polla latió dentro de su coño dolorido.

 —Me acabas de romper el coño, y me gustó.

Samo jadeaba y le lamía la espalda. Eugenia quería correrse. 

—Dame, Samo, dame.

Con toda la polla dentro, le volvió a dar al culo. Cuando paró de machacarle el coño, se volvió a correr; y no se corrió él solo, también se corrió su ama, que más que ama era su perra, ya que al acabar de correrse, le dijo:

—Dame, Samo, dame.

Media hora después, cuando le sacó la polla del coño, una cascada de jugos y semen cayó sobre la cama.

Diez veces se había corrido Eugenia y el perro; del perro ya perdí la cuenta.

Quique.

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