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El primer año en la Universidad: cibersexo

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Bastiann
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5 Pasaron otras dos semanas en las que no vi a Sergi, y mi amiga y yo apenas coincidimos debido a nuestros estudios. Presentar los trabajos y preparar los exámenes nos tuvo ocupados. Tampoco vi a Cris más que un par de veces, cuando se conectaban por skype, y volvió a sus típicos saludos de hola chaval y poco más.

Al tercer sábado estaba yo estudiando en mi cuarto cuando llamaron al timbre. Era él.

–Hola, Cristian, pasa. Perdona el desorden. ¿Quieres tomar algo?

–Hola, pequeño. No, gracias. Vengo de mala hostia. Se me ha jodido el coche.

–¿Qué ha pasado?

–Que olvidé ponerle agua y se ha recalentado. Ha explotado el depósito. Menos mal que ya había pasado Sagunto y estaba a la entrada de Valencia.

–Joder, que susto. ¿Habías quedado en recoger a Pau, no?

Paula estaba en casa de una amiga, estudiando, en la otra punta de Valencia.

–Sí, voy a llamarla por teléfono. El coche se lo ha llevado la grúa y hasta el lunes no me lo dan. Había pensado en dormir hoy aquí y mañana volver en tren a Castellón. O llamar a algún colega a ver si me puede hacer hueco en su casa.

–Quédate aquí –dije–. Llama a Pau a ver cómo quedas con ella porque está con una amiga de Picassent y el metro allí está fatal.

–¿Cómo es eso? No conozco nada de ese pueblo.

–Tiene la linea de metro más antigua y la frecuencia de paso es bastante mala, cada cuarenta o cuarenta y cinco minutos. No sé si a estas horas tendrá para volver.

–Ya le dije que como yo bajaba que no se fuera. Pero insistió en irse a estudiar allí. Bueno, la llamo y a ver cómo quedamos.

–Yo mientras voy a recoger la ropa del tendedero. Mira, ahí está la cocina. En la nevera hay coca-colas y algo de picoteo.

–¿Tenéis fruta?

–Algo habrá.

–Perfecto, pequeño. Voy a llamar a Pau a ver cómo nos arreglamos.

Salí del salón y me fui a la galería a recoger la ropa que teníamos tendida. Paula y yo no teníamos problema en mezclar nuestras ropas. Habíamos decidido hacerlo así para poner sólo una lavadora a la semana y ahorrar.

De las cuerdas colgaban mezclados calzoncillos, bragas, camisetas de todos los colores, vestidos de flores, varios vaqueros y algún tanga. Mi colada era más variada que un videoclip de Village People.

Hice un montón con las prendas limpias y lo llevé hasta mi cama donde lo dejé caer. Empecé a doblar la ropa separándola en dos montones, la mía y la de ella.

De fondo escuchaba a Cris hablar por el móvil, no entendía lo que decía pero el tono era serio, así que me esperé a que terminara de hablar para salir de mi habitación con el montón de ropa de Paula en brazos.

–¿Qué te ha dicho? –le pregunté.

–Hemos quedado en que mañana ella viene en metro y yo me quedo a dormir si a ti no te importa.

–Claro que no. Este apartamento es más de tu novia que mío. Si quieres comer algo o darte una ducha estás en tu casa.

–Perfecto, pequeño, gracias. Ya que estoy aquí aprovecho y me voy al gym un rato y me ducho allí. Me traje la bolsa por si tenía un rato mientras ella estudia.

–Como quieras. Llévate mi llave. Yo ya no voy a salir.

Al volver del gimnasio, le pregunté si le había molestado que Paula no estuviera el día que él había bajado a verla.

–No, tío, no estoy cabreado con ella. La putada ha sido lo del coche. Es sólo que la echo de menos y pensaba que la vería.

Estábamos cenando en el comedor, él un plato de arroz integral con atún y yo, después de esconder mis pizzas precocinadas tamaño XXL, una hamburguesa casera y una ensalada.

–A mí me hubiera molestado. Te haces más de una hora de coche y ella no está para pasar la noche contigo.

–Ella no tiene la culpa de mi despiste con el coche. Y por sexo no es. Tu amiga y yo follamos a todas horas y si no, nos pajeamos siempre que podemos. Ya nos has visto.

–Ya sé, ya –dije, rememorando el jueguecito de la webcam y lo del cine–. No he visto pareja más salida que vosotros.

–Es que está muy buena, la Paula –dijo, llevándose una cucharada de arroz a la boca–. Tiene unas tetas grandes y redondas. Y cuando se calienta el chocho le chorrea como un grifo. Así cómo no vamos a acabar follando. Si es que me lo pide a gritos. A veces literalmente.

Escuchar a este semental hablando de sexo, con ese desprejuicio y esa confianza, hizo que la polla me palpitara bajo la cremallera del pantalón. Decidí bajar un poco el nivel, mi rabo empezaba a tener vida propia en un momento inoportuno porque estábamos los dos solos.

–Bueno, Cris, voy a llevar esto a la cocina y a terminar de doblar mi ropa. He dejado la de Pau en la habitación.

–Vale. Yo llevo mi plato ahora. Estoy deseando pillar la cama porque vengo del gym reventado. Hoy hice piernas y ya empiezo a recuperar un nivel alto, mira – dijo, bajándose el chándal hasta las rodillas y dejando al aire unos muslos anchos y fuertes como dos torres. También me fijé en su bóxer de rayas blancas y azules que la marcaban la polla ladeada.

–¿Ya has cogido otra vez la rutina? –pregunté.

–Sí. Me lo dejé una temporada por falta de tiempo. Pero siempre me han gustado las pesas.

–Se ve que te estás recuperando. Son puro músculo –y me levanté con los platos en la mano con intención de llevarlos a la cocina.

–¿Tú no vas? Podrías apuntarte conmigo. Estás un poco flaco y te sentará bien ganar algo de volumen. Aunque de aquí no te hace falta –añadió y me soltó una palmada en el culo.

–No tengo constancia para eso, pero gracias. Si me decido te aviso. Voy a dejar esto en la pila.

Su cachetada en mi nalga con esa manaza me puso la polla a temblar. Si me hubiera vuelto a tocar no habría respondido de mis actos.

Fui a la cocina y dejé los platos sucios. Luego volví a mi cuarto a doblar y guardar el montón de ropa limpia que había recogido. Una braguita rosa de Paula y dos sujetadores habían quedado mezclados entre mi ropa. Los miré. En verdad que las tetas de mi amiga eran grandes.

Terminé de doblar la ropa y llevé las prendas íntimas de Paula a su habitación para guardarlas en su cajón. Ella sabía que no iba a planchar porque no me gusta pero siempre le dejaba la ropa limpia preparada.

Un vestido blanco con flores de colores se había caído a los pies de la cama.

Estaba recogiéndolo cuando la cabeza de Cris apareció por la puerta.

–Estoy hablando por skype con Paula. ¿Quieres venir a saludarla?

Con el vestido en la mano salí al comedor. Cristian estaba tumbado en el sofá, como la primera vez. Se había quitado la camiseta y se había puesto un pantalón de chándal blanco que le marcaba un buen bulto.

Me acerqué y vi en la pantalla del portátil a mi amiga.

–¡Amigaaaa! –grité–, ¿cómo estás?

–¡¡Cariiii!! –gritó ella–. Aquí, estudiando como una pringada y echándote de menos. Hemos terminado el trabajo, solo nos falta pasarlo a limpio. Va a ser un rato más pero lo más difícil ya está hecho. ¿Qué haces con mi vestido de Zara nuevo en la mano?

–Se lo estaba probando a ver cómo le queda –soltó Cris riendo.

–Amiga, tienes un novio muy tonto –le respondí con confianza, recostado en el brazo del sofá–. Estoy recogiendo la ropa limpia. Iba a guardártelo en el armario.

–Pues sabes que Cris tiene razón. Igual hasta te sienta bien.

–¡Qué dices, loca!

–¿Tú crees, amor – dijo, colocando el portátil de manera que en primer plano quedaba el canalillo de sus tetas bajo una camiseta negra de las Spice Girls–, que si se lo pone le quedará bien?

–Seguramente ya se lo ha puesto –respondió Cris en tono serio–. Está flaco pero tiene el culo grande. Seguro que lo que no llena de pecho lo llena de cadera.

–¿Por qué no te lo pruebas?

–Tía, de qué vas –dije yo, rojo como un tomate–. Y tú también, Cris –añadí, pero con un cosquilleo en los huevos.

–Enróllate, pequeño –insistió–. ¿Por qué no? Cuando quieras te lo quitas y ya. Pero nos gustaría verte, ¿verdad amor?

–Claro, cari. Y ponte unas braguitas debajo, no se vayan a transparentar esos gayumbos de abuelo que tienes. Seguro que irás más cómodo.

–Y sexy.

–¡Oye! Ya os vale a los dos.

La voz de mi cabeza decía hazlo, hazlo, hazlo, el momento es ahora.

–Estáis muy locos. Los dos –repetí.

–Venga, vete al cuarto de Pau y te cambias. Te esperamos aquí –me apremió, y se colocó un cojín del sofá en la parte de arriba del muslo, lo que puso tirante la tela del chándal a la altura de su paquete–. Solo vamos a estar de charla. Nada más.

–Está bien. Este es el plan. Me lo pongo, os reís de mí un rato y me lo quito –y luego os pajeáis a mi gusto, añadí mentalmente–. Cabrones...

–¡Qué bien, cari! –dijo el busto de mi amiga–. Y mientras, para que no nos dé el bajón voy a enseñarle a mi novio cómo me pongo crema hidratante sobre las tetas –y sus manos empezaron a sobárselas sobre la tela.

Si Mel C levantara la cabeza...

–Me gusta la idea, pequeña zorrita... Así nos divertimos mientras viene nuestro amigo.

Este juego que se llevaba la parejita a veces me calentaba y otras me daba una vergüenza que me moría. Cuando se juntaban se volvían muy guarros y yo tenía muchos más tabúes por superar que ellos.

Por un lado nunca me había vestido de mujer y no quería hacerlo, pero por otro tenía que reconocerme a mí mismo que me excitaba que él me viera así. Y ella... ¡anda que no se iba a reír!

Llevar una braguita no iba a ser cómodo: no iba a tapar la erección ni disimular la hinchazón de mis huevos, pero me ayudaría a evitar que en mitad del cachondeo vieran caer mi eyaculación muslos abajo... Porque alguna vez iba a pasar, seguro.

Escogí unas bragas negras que me parecieron más discretas que otras de colores claros y me puse el vestido. Me miré al espejo y muerto de pudor descubrí que no me sentaba tan mal de cintura para abajo. De verdad que mi culo era un buen culo. Claro que de pecho no lo llenaba ni de coña.

–¡Cris, tío! –grité–. Salgo ya. No te rías y dile a la loca de Pau que tampoco, ¿¿me oyes??

–Sal ya, tío –respondió–. Oye, que tampoco queremos hacerte sentir mal, coño.

Salí por el pasillo hasta el comedor. Cris seguía en el sofá, ahora desnudo, con las piernas abiertas y el slip y el chándal tirados en el suelo. Tenía tiesa la polla y los huevos le colgaban entre sus potentes muslos.

Tragué saliva. Mi polla palpitaba aprisionada contra mis pelotas bajo la escueta braguita. Creí que las palpitaciones se notarían sobre la tela del vestido, que se me ceñía a las caderas y al culo y me llegaba hasta medio muslo.

–Coño, Pau, mira a tu amigo. Si tuviera tetas le quedaba perfecto.

–Es que como toda pasiva es bien nalgón, ¿verdad? –dijo mi amiga aguantando la risa–. A ver, da media vuelta que te veamos bien ese cuerpo serrano.

–Eres muy graciosa, amiga –respondí asomándome a la pantalla del portátil. Estaba sentada sobre la sábana con las piernas flexionadas, y entre sus muslos asomaban los labios de su coño y la raja que le acababa en el agujero del culo–. Joder, tía, ni avisas ni nada.

–Sólo es mi coño. Es que nos hemos calentado un poquito esperándote...

–Ok, vale, creo que este juego ya va a ir acabando. Os dejo solos. Y no contéis nunca esto de hoy a nadie, ¿me oís?

–Espera pequeño. El otro día te incluimos en nuestro juego y no lo pasaste mal del todo.

–Hombre, es que la situación... y tú ahí empalmado... Fue un momento intenso.

–¿Y ha pasado algo? ¿O Pau ha dejado de ser tu amiga? ¿A que no? Y conmigo has cogido una confianza que antes no tenías.

–Mira cari –dijo mi amiga desde el ordenador–, lo que te queremos decir es una cosa que hemos hablado y es que le des tu culo a Cris mientras él me ve.

¡¿Cómooo?!

–Eso es. Me gustaría follarte el culo mientras Pau me muestra el coño. Hoy una paja no es suficiente para bajarme todo esto –se levantó del sofá y la tranca de Cristian se quedó tiesa hacia arriba. No era muy grande pero dudé de que me entrara completa.

¿Y si resultaba un mal polvo? ¿Y si yo no estaba a la altura? ¿Y si...? Tantas dudas me cruzaron por la cabeza y a la vez tantas pajas me había hecho desde que me incluyeron en sus juegos...

–Míralo por el lado positivo, cari. ¿Cuánto hace que no sientes una buena polla en tu culete? Y con quien mejor que con Cris, que es de confianza.

–Es como hacer un trío a lo moderno –dijo él.

–Sois muy modernos, vosotros.

Los dos callaron y me miraron.

Joder, tanto me estaban insistiendo...

–Amiga, ya lo teníais todo fríamente calculado, ¿no? ¿Y... qué es lo que tengo que hacer?

–¡Ay qué bien, cari! –dijo ella, y sus manos entraron en plano aplaudiendo–. Mira, lo que hemos hablado es que tú haces de mí y le das el culo a Cris. La cosa es que te pongas a cuatro y Cris te folle pensando que soy yo.

–¿Y tú nos verás por la cam?

–No. Yo solo le veo a él y él te la mete mirándome.

–¿Tú estás de acuerdo, Cris?

–Por mí perfecto siempre que tú lo tengas claro y no haya malos rollos. Pau tiene la mente muy sucia y me encantan las guarradas que se le ocurren.

Ay madre... No tengo escape. El grandullón me folla.

–¿Y por qué tiene que ser a cuatro?

–Porque me mola esa postura –contestó Cris–. Sujetar las caderas con mis manos... así... y pegar buenas embestidas. Joder, eso es una buena follada –añadió. Las pelotas se le encogieron. Un gotarrón de precum brotó de su glande y se deslizó por la polla como una baba brillante.

–Además, cari, así él te podrá poner el portátil sobre la espalda y verme.

Joder, era la cosa más rara que me habían pedido nunca. Por un lado aún tenía una sensación un poco chunga por ir vestido de mujer y con bragas, y por otro tenía el consentimiento de ella para que ese macizo de casi dos metros de altura me follara el culo.

Pensé en ese cuerpo detrás de mi y que me sujetaba con sus rudas manos varoniles por la cintura y de repente noté el vacío de mi culo. Supe que con él iba a dilatar fácil. Uno eso lo sabe.

Cris se acercó por detrás y me acarició los hombros. Yo estaba empapando las bragas.

–Ven, bonita –me susurró al oído y un calambre de gusto me sacudió el cuerpo entero–. Ven al sofá, déjame hacerte mi hembra.

Madre mía, cómo entraba él en el papel.

–Te va a tratar mejor que a mí, cabrito –dijo ella–. Hoy es tu día de suerte.

–Nunca voy a tratar a nadie mejor que a ti, mi amor –respondió él–. Pero también es verdad que esto no lo haría con cualquiera. Sí es tu día de suerte, pequeño.

–Vale –dije–. No sé si estoy preparado para este juego de rol pero hagámoslo ya.

Me apoyé con los brazos en el respaldo del sofá y levanté el vestido. Él puso el portátil sobre mi cintura.

–Pau, amor, ponte en cuatro. Enséñame tu chocho y tu culo, que quiero verlos...

Supuse que ella le obedeció porque él solo repetía joder, joder, con voz grave mientras me amasaba las nalgas. Luego retiró la tela de las braguitas y dejó mi culo al aire. Tiraba del hilo hacia arriba y hacia los lados, causándome un placer en los huevos que nunca había sentido. Se me salió la polla por un lateral y un chorro de precum cayó sobre el cojín. Pensé que era la primera vez que un masaje sobre mis pelotas podía hacerme correr. Me concentré en retrasar el momento.

–Acércate un poco más la pantalla –le oí decir–. Ahí lo veo perfecto, putita.

Entonces sentí la punta de su rabo sobre mi agujero, húmedo y caliente, y a mí el culo se me abrió solo. Joder con la sabiduría de la naturaleza.

Cris apretó y me la metió despacio, pero sin detenerse, hasta el fondo. Separé las piernas y arqueé la espalda para facilitarle la tarea y por mi comodidad.

–Tranquila pequeña, si necesito que hagas algo ya te lo pido.

Me ajustó un poco la falda del vestido sobre la cintura y puso el ordenador encima para que la tela no se moviera. Luego, sin sacarla de mi culo, jugueteó con la goma de las braguitas hasta que de un tirón las rompió y las tiró al suelo. Mis bolas y mi polla quedaron libres del masaje por lo que el peligro inminente de corrida por ahora había pasado. Recordé su postura cuando le vi en el sofá y agarré el mismo cojín para ponérmelo entre las piernas.

–Me encanta encularte, zorrita, encularte bien duro con mi rabo hasta vaciarme los cojones dentro de ti... Te voy a dar duro hasta que te preñe y luego voy a seguir follándote, cariño, hasta que te escueza todo el chocho...

Madre mía, Cris decía unas cosas muy guarras mientras se movía despacio sobre mí. Yo sé que se las decía a ella pero cerré los ojos y por primera vez deseé tener un hombre así en mi vida todas las noches, que me hablara con esa mezcla de amor y encabronamiento que él usaba. Y que me cogiera por las caderas con esas manos fuertes y masculinas...

–Huele sus bragas –oí decir a Paula.

Vi cómo las recogía del suelo y empezaba a olerlas y a pasárselas por la cara y el torso sudoroso. En ese momento me corrí sobre el famoso cojín.

–Ahora que las huela él.

Ladeando el portátil se echó sobre mí. Sentí su peso sobre mi espalda. Yo estaba relajado, con la iel de gllina. Podía perfectamente tener otra corrida. Cris me restregó la tela diminuta por la cara y me dijo:

–Las has dejado empapadas. Voy a poner tu leche en tu culo y en mi rabo. Nunca he usado lefa de otro tío como lubricante.

Feliz estreno, pues.

Cerré los ojos y traté de disfrutar la situación olvidando lo surrealista que era. La suerte es que ya había eyaculado una vez y que él se movía tan suave que ya solo sentía un intenso placer dentro del ano que me irradiaba a las nalgas y a los huevos. Encima empezaba a tenerla dura otra vez.

Cristian sacó la polla de mi culo y me restregó las bragas eyaculadas. Luego escuché que se restregaba la polla con ellas. Me las dio y yo esnifé toda la mezcla de aromas que tenía esa prenda.

–Qué bueno estás –oía gemir a Paula desde el portátil–, me encanta tu rabo y como follas... Quiero que me lo metas así...

Giré la cara y vi que su mirada de cabrón se dirigía a la pantalla. Decidí que no debía abrir la boca aunque me hubiera gustado añadir alguna guarrada sobre todo para mi ego personal. Siempre podría presumir de eso. Lo único que dije fue:

–Cris, súbeme un poco la falda, se me está bajando.

–Joder...

Y así estuvimos en el sofá un rato más, como diez o quince minutos, yo vestido de mujer y a cuatro patas, con el portátil sobre mi espalda y el novio de mi amiga dándome mientras la veía a ella pajearse en la pantalla. Ellos diciéndose cosas muy guarras y yo callado aguantando sus embestidas. La cosa más rara que había hecho en mi vida.

Al rato él empezó a jadear y repetir te preño, te preño, te preño y ella empuja fuerte, empuja fuerte (¿habrán estado en algún curso de preparación al parto?). Él me apretó las caderas con sus manos y noté que se le ponía la polla más dura, más gruesa, te preño, estoy llegando, yo también, mi culo se dilató más pero yo lo apreté, empuja, empuja, me corrí otra vez (reliquia de cojín), me corro tía, me corro tía, empuja fuerte cabrón, ya llego, ya llego, yo también, y yo, los dos hablando a la vez, yo que ya no entendía nada, y él entonces que empieza a berrear y me llena el culo de su leche y yo que lo aprieto y él bufando y más chorros de su lefa que noto que me caen por los muslos mientras no paran de gritarse cochinadas...

–Uf, pedazo de polvo, nena –dijo Cris dejando el ordenador a un lado del sofá y dejando caer su cuerpo cansado sobre mi espalda–. Tengo los huevos exprimidos.

–Yo también me he corrido –dijo Paula–. ¿Y tú cari cómo estás?

–Agotado –respondí. No sé ella pero Cris y yo estábamos chorreando sudor.

–Espero no haberte hecho daño... Me pongo un poco bruto cuando me caliento.

¿Un poco?

–Tranquilo. Voy a meter otra vez el vestido y las bragas en la lavadora.

–Y la funda del cojín –dijo. Se incorporó y con delicadeza sacó su miembro de mi ano–. Madre mía cómo la hemos dejado.

Esa funda no me la toca ni Dios.

–No te preocupes –dije levantándome–. De la limpieza me encargo yo.

–Ven aquí –dijo, y me pegó un abrazo que me subió en volandas y me dejó pegado a su torso unos segundos–. Te has portado como un campeón, pequeño. Eres un buen colega.

Sentí su cuerpo rudo, la piel tibia de sudor, los músculos acogedores, la respiración serena, y esas manos sujetándome... Era como si me abrazara un superhéroe.

–Sí, sí, pero me voy a la cama que me has dejado muerto. Pau, amiga, mañana hablamos.

–Hasta mañana, cari. Nosotros nos quedamos hablando un ratito más.

Y ahí los dejé a los dos, charlando de sus cosas.

Yo caí rendido en la cama con el vestido aún puesto, abrazado al cojín, prueba de mi momento de gloria... y del inminente final.

 

6 Aquello había sido demasiado para mí. Me gustaba ser algo parecido al juguete sexual de la pareja. Eso significaba que podía engancharme más de lo debido. Hoy yo era un capricho y mañana podía dejar de serlo. Me puse en la situación y me di cuenta de que lo pasaría mal. No iba a llevar bien verlos hacer estas cosas con otra gente y más con otro hombre. Serían celos, inseguridad, carencias afectivas... lo que quieras. Pero pensé que lo mejor era cortar por lo sano. Decidí que al acabar el cuatrimestre me mudaba. Aprovecharía que iría a visitar a mis padres en mi antiguo apartamento para buscar otro piso de estudiantes.

La última semana de clase antes de Navidad, como si me hubiera leído el pensamiento, Pau me dijo que en enero Cristian terminaba de trabajar en Castellón y por fin se mudaría con ella y querían un poco de intimidad (a buenas horas, pensé), pero que tenía un conocido que estaba buscando compañero de apartamento para compartir gastos en un piso de estudiantes y me podía interesar.

–Vivirías más cerca de la uni que ahora. Además creo que estarás más cómodo porque el chico es gay también y podréis hablar de vuestras cosas.

–Me parece perfecto. ¿Tienes el teléfono y le llamo?

–No hace falta, cari. Viene de camino con Cris en el coche. Es su hermano el mariquita.

Preveía un segundo cuatrimestre muy movido.


   
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