Todavía me acuerdo de esa costumbre medio tonta que teníamos. Cada vez que llegaba a su condominio y pasaba frente a su ventana, raspaba apenas el vidrio con las uñas para avisarle que ya estaba ahí. Era nuestro pequeño código. Una tontería mínima, pero que siempre me hacía sonreír.
Y esa tarde todo había empezado mucho antes de verla.
Yo iba en el taxi camino al trabajo, demasiado temprano para estar pensando esas cosas, pero bastó empezar a hablar con ella para que se me desordenara completamente la cabeza. Hay personas que simplemente saben cómo encenderte sin siquiera tocarte, y ella tenía ese talento de manera natural.
Recuerdo decirle que quería desnudarme para ella.
Que quería llegar y encontrarla sin calzón.
Que tenía unas ganas absurdas de hacerla mía ahí mismo apenas la viera.
Y ella, tranquila, casi divertida, respondió:
—A ver pues, te espero.
Esa frase me acompañó todo el camino.
Cuando abrió la puerta sentí que me comió vivo con la mirada.
Llevaba un vestido corto de verano, hasta la rodilla, y tenía el cabello cayéndole sobre los hombros de esa forma un poco salvaje y hermosa que siempre me volvía idiota. Pero creo que lo peor eran sus piernas. O la forma en que me miraba. O la actitud. Honestamente no sé. Todo en ella esa tarde parecía hecho para arruinarme cualquier intento de calma.
La besé apenas entré.
Y ella me respondió igual de rápido, igual de necesitada. Como si los dos hubiéramos pasado demasiado tiempo imaginando exactamente ese momento.
Después cerró la puerta lentamente.
Pero no vino hacia mí.
Yo terminé sentándome en el sofá intentando recuperar algo de compostura mientras ella seguía parada ahí, observándome con una tranquilidad peligrosísima. Esa clase de mirada que una mujer pone cuando sabe perfectamente el efecto que está teniendo sobre ti.
Hasta que terminé preguntándole:
—¿No vas a venir?
Y jamás voy a olvidar cómo sonrió antes de responder.
—Estoy esperando que hagas lo que me dijiste que harías.
Dios.
Creo que ahí terminé de perder la cabeza.
Así que me puse de pie y empecé a quitarme el cinturón sin dejar de mirarla. Después la camisa. La camiseta. Los botines. El pantalón cayendo al suelo mientras ella seguía ahí, observando cada movimiento con esa mezcla de lujuria y ternura que solo le he visto a ella.
Y cuanto más me desnudaba, más intensa se volvía su mirada.
Como si estuviera disfrutando cada segundo de espera.
Hasta que finalmente quedé frente a ella prácticamente sin nada encima.
Entonces recién se acercó.
Lenta.
Segura.
Hermosa.
Me besó despacio, sonriendo contra mi boca, y me dijo casi en un susurro:
—Y yo no tengo calzón.
Todavía puedo recordar el escalofrío que me recorrió entero cuando dijo eso.
Porque no era solo la frase.
Era verla así.
Tan tranquila.
Tan deseosa.
Tan segura de nosotros dos.
Entonces levanté apenas la tela del vestido para comprobarlo.
Y sí.
La muy maldita había cumplido su promesa.
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2 junio, 2026 23:12





