Ya pasé los cincuenta hace un tiempo y, si algo aprendí, es que la rutina no llega de golpe. Se instala de a poco, casi sin pedir permiso. Un día descubrís que las semanas se parecen demasiado entre sí y que los años empiezan a pasar más rápido de lo que uno quisiera.
Laura, mi esposa, acaba de cumplir cuarenta, aunque la historia que narraré empezó mucho atras. Siempre digo que el tiempo parece correr distinto para ella. Mientras yo empiezo a notar el cansancio en la espalda después de una jornada larga, ella parece tener una energía que no se termina nunca.
Va al gimnasio varias veces por semana. También hace natación, clases de fitness y cualquier actividad nueva que le despierte su curiosidad. Siempre tiene algún desafío por delante: una carrera de cinco kilómetros, una clase diferente o un entrenamiento que encontró en internet y quiere probar.
A veces la miro y me pregunto de dónde saca tanta energía.
Yo, en cambio, soy más simple. Disfruto de una buena cena, de una película un viernes por la noche o de sentarme en el patio con un vaso de vino cuando termina el día. Ella necesita moverse; yo necesito descansar.
Y, sin embargo, nos seguimos queriendo.
Claro que los años cambian las cosas. Las conversaciones ya no son las mismas que cuando nos conocimos. Las sorpresas son menos frecuentes y muchas veces sabemos lo que el otro va a decir antes de que abra la boca.
No es algo malo. Es, simplemente, la vida.
Si alguien me hubiera preguntado entonces si era feliz, habría respondido que sí. Tenía un trabajo estable, una mujer a la que seguía admirando y una vida tranquila.
Tiene una belleza imposible de ignorar. Es de esas mujeres de curvas generosas, con una presencia que llena cualquier lugar al que entra. El gimnasio, la natación y el entrenamiento constante le dieron un cuerpo firme, pero sin perder esa feminidad que siempre la caracterizó.
Lo sé porque también veo cómo la miran los demás.
En el supermercado, en un restaurante o cuando salimos a caminar. Algunos apenas disimulan; otros creen que nadie los nota. Yo sí los noto.
Y, para sorpresa de muchos, nunca me molestó.
Al contrario.
Con el paso de los años descubrí que había algo en mí que no terminaba de comprender. Saber que otros hombres la encontraban atractiva despertaba una mezcla extraña de orgullo, curiosidad y una emoción difícil de explicar.
Con el tiempo esas ideas empezaron a transformarse en fantasías.
Me imaginaba situaciones que nunca habían ocurrido. Escenarios inventados que solo existían en mi cabeza y que, por alguna razón, me resultaban intensamente estimulantes. Me preguntaba cómo sería verla despertar el interés de otro hombre, cómo reaccionaría ella, qué sentiría yo.
Eran solo pensamientos. Nada más.
Lo curioso era que no me los guardaba.
Una noche, mientras conversábamos sin apuro después de cenar, terminé confesándole lo que pasaba por mi cabeza. Esperaba que se riera o que cambiara de tema.
Laura hizo exactamente eso.
Se rió.
—Vos estás loco —me dijo entre sonrisas.
A partir de entonces, de vez en cuando, volvía a sacar el tema. Siempre como un juego, como una conversación imposible que jamás abandonaba el terreno de la imaginación.
Ella nunca compartía esas fantasías, al menos en esos días
Me escuchaba, negaba con la cabeza y terminaba diciendo que esas cosas no eran para ella. Que prefería no darles importancia.
Sin embargo, también empecé a notar que ya no cambiaba de tema tan rápido como antes, a veces me hacía una pregunta, otras, simplemente sonreía con esa expresión que nunca lograba descifrar.
En ese momento pensé que solo estaba siguiéndome la corriente para divertirse un rato, no tenía idea de que, sin buscarlo, esas conversaciones estaban sembrando una semilla que más adelante cambiaría nuestras vidas.
—Llegó un compañero nuevo a natación. Es colombiano.
No le di demasiada importancia. En las actividades que hacía siempre aparecía alguien nuevo y, por lo general, el comentario terminaba ahí. Pero esta vez fue distinto.
Los días siguientes volvió a mencionarlo. No porque fueran amigos, sino porque, según ella, era imposible no notarlo. Tenía un acento pausado, amable, de esos que convierten cualquier frase en algo agradable de escuchar. Además, su presencia llamaba la atención desde el primer momento.
Era un hombre de piel negra, alto, de físico trabajado por años de entrenamiento y con una tranquilidad que, según Laura, hacía que todos terminaran hablándole.
Nadie sabía demasiado de él, algunos decían que había llegado hacía poco al país por trabajo. Otros aseguraban que había vivido en distintas ciudades antes de instalarse allí. Lo cierto era que nadie conocía realmente su historia. Y a él tampoco le gustaba contar de su vida
Solo era Carlos, el colombiano nuevo de natación.
Yo nunca lo había visto.
Todo lo que sabía de él era porque Laura me lo contaba al regresar de entrenar. A veces mencionaba alguna anécdota del grupo y él aparecía entre los nombres. Otras veces comentaba que había ayudado a organizar una clase o que había hecho reír a todos con alguna ocurrencia.
No había nada extraño en eso, al menos, eso me repetía, y sin embargo, me sorprendía esperando que volviera a nombrarlo. Cada detalle que Laura contaba iba dibujando en mi cabeza la imagen de un hombre al que ni siquiera conocía. Y cuanto más escuchaba, más curiosidad sentía por él.
No era desconfianza, era algo difícil de definir.
Como si, sin darme cuenta, una de aquellas fantasías que tantas veces había imaginado estuviera encontrando, por primera vez, un rostro y un nombre, y eso despertó en mí una sensación completamente nueva, una mezcla de inquietud, curiosidad y expectativa que no supe interpretar... o quizás preferí no hacerlo.
Su nombre empezó a aparecer con demasiada frecuencia en las conversaciones de Laura. No era porque buscaran verse fuera del grupo ni porque existiera una amistad especial. Simplemente coincidían en los entrenamientos y él tenía una personalidad imposible de ignorar.
—Es muy seguro de sí mismo —me dijo una noche mientras preparábamos la cena—. Habla con todo el mundo como si conociera a la gente de toda la vida.
También me contó que solía halagarla sin demasiados rodeos. Comentaba que estaba en excelente forma, que irradiaba energía y que llamaba la atención cuando llegaba al natatorio.
Laura siempre le respondía con distancia, aunque admitía que aquella forma tan directa de expresarse la sorprendía.
En el grupo, Carlos era motivo de bromas constantes. Los demás lo cargaban por su confianza y por las historias, probablemente exageradas, que circulaban sobre él. Nadie parecía tomarlas demasiado en serio, pero alcanzaban para convertirlo en el centro de muchas conversaciones. Es que Carlos, segun decian, tenia una pija terrible, y esas cosas no se mantienen ocultas
Yo escuchaba cada relato con una atención que ni yo mismo entendía.
Lo que para cualquier marido habría sido una simple anécdota, para mí despertaba algo distinto. Mis viejas fantasías comenzaban a mezclarse con una persona real, con alguien que existía y que formaba parte de la rutina de Laura.
Una noche, después de un largo silencio, me animé a decirle:
—¿Creés que podrías conseguirme su número? Me gustaría hablar con él alguna vez.
Laura dejó de hacer lo que estaba haciendo y me miró como si no hubiera entendido la pregunta.
—¿Hablás en serio?
Asentí.
Ella negó con la cabeza y soltó una risa incrédula.
—Cada día me sorprendés más.
Durante varios días el tema quedó ahí. Pensé que lo había olvidado.
Hasta que una tarde, al volver de natación, dejó su teléfono sobre la mesa, me miró con una mezcla de curiosidad y resignación, y dijo:
—Al final... conseguí el contacto. Ahora decime qué pensás hacer con él.
Ni ella misma parecía convencida de haber dado ese paso.
