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3 julio, 2026 17:50
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
INTRODUCCIÓN - La República
Me llamo Lau, y siempre he odiado la Revolución. Acabo de cumplir cuarenta años, y llevo la mitad de mi vida recluida en esta pequeña granja cercana a ese lugar infecto y odioso llamado Puebla del Sur, al que he llegado a maldecir casi tanto como a la propia República de las Mujeres. Aunque hace años que no piso el pueblo, hace años en realidad que no salgo del amplio terreno que constituyen las propiedades de la granja. ¿Por qué habría de hacerlo? Aquí está todo lo que necesito ya, abarcando desde el inicio de las vastas praderas, en este terreno fértil en el que se asientan la casa, su huerta y sus campos, y de allí hasta las primeras estribaciones de la sierra que avanza hacia la Puebla, donde tengo a mi alcance el bosque, el río y las cuevas de las cumbres peladas de mis dos pequeñas colinas, a las que siempre he llamado "las dos tetas" porque nunca supe su nombre real. En realidad no conozco el nombre de nada ni nadie por aquí: la granja y sus tierras son generosas, no necesito más. Mi pequeña patria, mi lugar de exilio, mi oasis. No piso el pueblo porque no se me ha perdido nada allí; no salgo casi de la granja porque sé que no soy bien recibida en ningún lugar de los alrededores, por lo que salvo mis merodeos nocturnos para cazar o conseguir alimentos u otros productos de los bosques y los montes cercanos, he aprendido sobradamente que poner un pie fuera de mi hogar solo puede significar problemas. A Ciudad Atenea no quiero volver, antes dejaría que me mataran. Y, aunque siempre he deseado escapar más allá de los confines donde se extiende el poder de su República de las Mujeres, sé bien que una mujer sola no tiene ninguna oportunidad de atravesar las Tierras Salvajes, una vez fuera de la protección de Ciudad Atenea y las aldeas limítrofes como Puebla del Sur que, poco a poco a lo largo de los últimos años, han acabado por caer bajo su lamentable influjo.
Entre la vida sin ley de las Tierras Salvajes, donde los desesperados hombres esclavos escapados de la Ciudad Atenea rumian su rencor sin futuro -condenados a desaparecer, sin espacio para crecer ni posibilidad de reproducirse- y las salvajes leyes de la República que rigen la vida de la propia ciudad con mano de hierro, el único espacio para mantener mi vida en libertad han sido mi propio cuerpo y mi soledad. Estar sola y renegar de todo contacto humano es el precio que he tenido que pagar por no querer ser doblegada.
A ver, no es cierto que me llame Lau, pero así es como siempre me llamó Padre. Desde que empezó a llamarme con un nombre, quiero decir, porque durante años yo fui por completo invisible para él. Se supone que mi nombre real es Laura, o lo era. "Te llamas Laura, que es nombre de mujer, y debes sentirte orgullosa de ello", me repetía siempre mi madre tras el triunfo de la Revolución. Así me había bautizado ella al nacer, con aquel extraño nombre que había inventado, o encontrado en quién sabe qué escondidos escritos. Se suponía que era una trancripción de Lau-r'ha, que significaba literalmente "mujer grande" en lengua antigua. Pero eso era algo que solo madre debía saber, en realidad. De todas formas cuando nací yo todo era tan distinto en Ciudad Atenea... Para empezar, ni siquiera ése era tampoco su nombre: todo el mundo la llamaba La Ciudad, sin más. Al fin y al cabo, era la única ciudad de aquel extremo remoto y aislado del Continente, un rincón tan inaccesible como carente de recursos, motivo suficiente para haber sido siempre olvidado y despreciado tanto por los Territorios Libres como por los pueblos lejanos del otro lado del Mar Cerrado. ¿Por qué se iba a acordar el mundo de nosotros, si éramos el culo del mundo? Tanto que no teníamos ni nombre para nuestras tierras... Tampoco para sus habitantes, en verdad, ya que en lugar de nombres solían ser reconocidos por apodos vinculados a su rango o posición, oficio, lugar de origen o de domicilio, parentesco... Así, a Padre todo el mundo lo conocía como "Cabra Grande" o, más generalmente, "El Cabrón" o "La Gran Cabra", debido a su temperamento poderoso, dominante e indómito. Mi madre era la única persona que utilizaba la lengua antigua para referirse a Padre, aunque jamás en su presencia. Todavía recuerdo su forma de pronunciar aquella traducción literal de cabra grande, R'ha-Mm'on, como si fuera una arcada, como si nombrar a Padre fuera algo que le provocaba el mayor de los ascos... Pese a todo, no me quedó otra que obedecerla y utilizar mi nombre completo, Laura, una vez que la Revolución se alzó y acabó con todo. ¿Qué otra cosa podía hacer que pretender ser capaz de fingir que asumía mi papel de mujer orgullosa?
Por lo demás, es que ninguna otra persona me había llamado jamás Lau. Salvo aquel amigo suyo dueño de esta granja que habito ahora, uno de los más grandes artesanos del Continente, tan genial como desconocido, por otro lado. Sin embargo aquel tiempo que Padre y yo pasamos con él en esta granja fue uno de los momentos más dichosos de mi, por lo demás, desafortunada existencia. Por eso echaba de menos que me llamasen así, precisamente por eso: porque echaba de menos aquellos tiempos, cortos pero intensos y rabiosamente felices. Y, sobre todo, echaba de menos a Padre, que continuó llamándome Lau hasta el final. Hasta su muerte, claro. Aunque no solo me llamaba Lau... pero aquel fue el nombre que me gustó llamar delante de otras personas, porque me conectaba a Padre y hacía ver que yo era suya.
Del mismo modo, cuando huí de Ciudad Atenea, olvidé para siempre el nombre de Laura por el motivo opuesto y complementario: porque quería olvidar a mi madre, a quien odié a muerte. Y porque no quería tener un nombre de mujer. Necesitaba saber que no era una de ellas, necesitaba sentirme limpia de esa ideología antinatural que la aquella aristocracia recién nacida en Ciudad Atenea había impuesto con el único fin de hacerse con el poder a costa de todo. La decisión de tomar, tras mi huida, el de Lau como único nombre, fue obvia: quería recordar así a Padre, quería poder sentirme otra vez cerca de él. Es curioso cómo un nombre puede condicionar el temperamento y la propia vida de una persona.
Ah, hablando de lo que es cierto y de lo que no... tampoco es cierto que siempre haya odiado la Revolución. Pero eso es obvio, porque la Revolución no ha existido desde siempre.
Parece que hace milenios de eso ya, pero recuerdo bien que nací libre. Libre no como ese título vacío y falso de "mujer libre", que representa bien toda la hipocresía de una república clasista, sádicamente discriminatoria y fundada en un implacable e injusto sistema de castas. Sé que me castigarían severamente por el mero hecho de expresar en público estas ideas, y que hasta sería socialmente condenada con la repulsa social si no llevara ya media vida siendo, de hecho, socialmente repudiada... Ciudad Atenea es cruel, y no tolera ni la más pequeña amenaza a su poder. Un poder fundado en la sumisión real de toda una sociedad a un pequeño grupo de sádicas incapaces. A pesar de todo, reconozco que puede ser un buen lugar para quien tiene esa capacidad de sumisión a personas que seguramente no lo merezcan. Puede que haya traído progreso, bienestar, estabilidad. Seguridad también, desde luego, pero siempre a su peculiar modo, como cualquier dictadura (porque eso es en realidad la República, aunque se disfrace de pretendida democracia gobernada en forma de oligarquía). Pero la Revolución nos arrebató la Libertad, y sin libertad no puede existir verdadera vida humana. Cuando no hay libertad los seres humanos se convierten en animales.
Animal. Así me llamaban en el pueblo, cuando todavía me dejaba ver entre ellos. Pero sé bien que soy más humana que cualquiera de esos miserables, pobres animales domesticados, sin vida y sin horizonte. Y no, no es posible comparar el sometimiento impuesto por Ciudad Atenea con los tumultuosos y desordenados gobiernos anteriores, por mucho que durante la era de la Anarquía pudieran existir también la injusticia y el horror... Existirían, sin duda. Sin embargo, nunca fueron absolutos, también hubo gente digna que, aunque con mano de hierro, supo gobernar con justicia real en su pequeño círculo. Como Padre... Pero es que justamente ahí estaba la diferencia, la grandeza de la Anarquía: en Ciudad Atenea somete quien tiene el Poder, según la arbitraria jerarquía establecida por unas pocas de sus mujeres sin alma. Antes de la República, por el contrario, solo sometía quien realmente era poderoso, quien por su propia naturaleza tenía el derecho y el deber de hacerlo. Como debe de ser. Porque ésa es la única forma en que la libertad y la igualdad son realmente alcanzables. Por mucho que traten ahora de reescribir la historia, antes de la República ya daba igual ser hombre o mujer: quien era poderoso y quería someter, sometía. Quien decidía ser sometido, servía como tal. Solo los cobardes y las falsas no tenían acomodo en aquel sistema social. Otra cosa es que, mayoritariamente, las mujeres hubieran tomado voluntariamente el papel sumiso y servil que de manera natural siempre preferimos, pero... ¿una sociedad machista? ¡Qué enorme absurdo! ¿Pero cómo iba a ser nuestra sociedad? ¿Y quiénes eran los únicos merecedores de asumir el poder, sino los hombres los que luchaban por él? Las mujeres, mientras, voluntariamente decidimos entregarnos al placer. Eso simplemente era así, la vida es así, y no significaba ni significa nada más. ¿Por qué mezclar una cosa con la otra? Si yo misma, que no era más que una niña... yo he mandado, yo he tenido mujeres sumisas a mi alrededor, porque así lo quería. Pero sabía entregarme a un hombre cuando él decidía ejercer su poder sobre mí. Era fácil. Era simple. Era perfecto.
Aquellos fueron buenos tiempos.
Ya que, inevitablemente, acabo de rozar el tema, creo que debo profundizar sobre esto antes de seguir. Hay quien lo achaca al clima, extraordinariamente cálido y húmedo. Hay quien interpreta que es tan solo una caracterísitica de sus gentes; hay incluso quien habla de posibles mutaciones genéticas, un rasgo distintivo con el que la evolución habría bendecido a quienes nacimos en este lugar por lo demás maldito, como tratando de compensarnos por ello. Lo que está claro es que nuestra sociedad era, y es, una sociedad definitivamente promiscua. Una sociedad fuertemente sexualizada. Involuntariamente he mencionado el placer, físico, sexual, por supuesto, en el párrafo anterior, hablando de sistema político de mi tierra antes del advenimiento de la República. Pero cualquiera que describa hoy día Ciudad Atenea, acabaría por fuerza empleando la misma palabra. ¿Revolución de género? Una mierda. Lo que nos hicieron comernos fue una puta revolución sexual, sin más. Lo que pasa es que decir sexo en esta parte del Continente es decirlo todo. Pero que no nos vengan con milongas de "revolución liberadora de género". Fue una revolución sexual, simple y llanamente, y ni siquiera para todas las mujeres. Porque ¿qué mierda de revolución sexual hacía falta en un lugar en el que el sexo siempre lo ha sido todo? Que ya lo he dicho antes: quienes elegíamos ser libres, lo éramos, ya fuera dominando o dejándonos someter. Quienes queríamos follar, follábamos. Follábamos todo el día, follábamos sin parar... ¡joder!
¡Que yo llevo ahora más de una década sin nadie que me folle! ¿Qué tipo de Libertad es esta?
Ciudad Atenea solo trajo la liberación sexual para ese maldito grupo de frígidas, malparidas sin el menor poder personal, sin siquiera el más mínimo como para hacer disfrutar a su hombre como las devotas sumisas que siempre debieron ser. Putas estériles refugiadas en el odio al sexo y a la vida, en la envidia y el rencor. No creo que fuera precisamente una casualidad que tal cantidad de escoria humana se concentrara, precisamente, en aquel reducido grupo que tenía el mayor poder económico, mediático, familiar. A la sombra del mayor poder nació la mayor miseria: mujeres sin capacidad propia, sin alma, sin fuego interno, sin poder personal para imponer su voluntad a nadie. Ni siquiera a través del sexo... Hembras resecas refugiadas en la religión, la historia y las tradiciones. Ratas de templo y de biblioteca que, ignoradas por una sociedad vital y apasionada, impermeable a sus grises vidas, se convirtieron sin que nadie fuera consciente de ello en una casta intelectual y espiritual que fue extendiendo su veneno inadvertidamente, hasta tejer una red tan sólida y tupida que nadie iba a ser capaz de escapar de ella cuando decidieron acabar con todo. Mujeres no poderosas que se valieron de poderes externos, inmateriales, para someter a mujeres realmente vigorosas y decididas y, lo que es más imperdonable, también a aquellos hombres fuertes, viriles y llenos de poder natu, que habían estado generosamente dispuestos a regirnos. Odio con toda mi alma la Revolución y a sus dirigentes.
Pero basta ya de palabrería: estaba explicando cómo esa maldita República destrozó mi vida, no tratando de escribir un ensayo sociológico y político. Además, que si esto tuviera que ser un ensayo de algo, tendría que serlo más bien sobre el placer. Sobre el sexo... Porque para hablar de mí y de mi vida resulta plenamente necesario que haya empezado tan pronto hablando del placer y del sexo. Y no es solo porque, como he dicho, si voy a hablar de Ciudad Atenea resulta evidente que tengo que hablar de sexo, sino que si voy a contar mi vida es ya de por sí como decir que lo que voy a contar es realmente una historia de sexo.
Lo aviso ya para que los que vayan a hacerse los ofendidos abandonen la lectura cuanto antes: la de mi vida es una historia erótica, pornográfica, sin paliativos. De las de verdad. De las que disfrutaban antes de la Revolución nuestros verdaderos hombres y mujeres. No sobre ese sexo uniforme, prefabricado, repetitivo y normalizado que están tratando de imponer desde la Dirección General de Normalización Sexual de su infame Ministerio de la Igualdad. Es cierto que la Revolución ha sacado el erotismo a las calles de la República haciéndolo visible y valorado, pero no es menos cierto que antes de su triunfo cualquiera podía abandonar las asépticas calles de la ciudad sabiendo bien en qué callejones oscuros y abandonados iba a encontrar el sexo más verdadero y salvaje. Que el sexo sea más visible, que no sea socialmente perseguido, no quiere decir que sea mejor, y esto es una dura verdad que ha traído Ciudad Atenea. En mi caso concreto es todavía peor, porque no se trata ya de que Ciudad Atenea haya hecho el sexo más o menos visible, sino de que, sencillamente, me lo ha arrebatado. Creo que con esto que acabo de decir ya empezaréis a entender hasta qué punto esa maldita república ha destrozado mi vida...
(lau.alma @yahoo.com)
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...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





