El bus avanzaba lento por la carretera, lleno de gente medio dormida, cabezas apoyadas en las ventanas y esa luz azul tenue que tienen los viajes largos de madrugada. Afuera no se veía casi nada. Adentro hacía un poco de calor y el aire olía a ropa, sueño y carretera.
Ella llevaba ese vestido de verano ligero que siempre recuerdo demasiado bien. Cada vez que el bus se movía, la tela subía apenas sobre sus piernas y yo tenía que hacer esfuerzos ridículos por parecer tranquilo.
Me acerqué a decirle al oído lo que quería que hiciera y soltó esa risa bajita suya, esa que siempre aparecía cuando sabía que estaba a punto de meterse en problemas conmigo.
—Estás loco —susurró.
Pero igual se levantó.
La vi caminar por el pasillo angosto hacia el baño mientras yo intentaba mirar cualquier otra cosa para no volverme todavía más loco. El ruido del motor parecía más fuerte mientras esperaba. Como si todo el bus supiera algo menos nosotros.
Cuando volvió, se acomodó delante de mí, de espaldas, lentamente. Natural. Demasiado natural para lo que acababa de hacer.
Y entonces, casi sin girarse, metió una mano por debajo del vestido y sacó ese diminuto hilo negro. Lo dejó caer sobre mi mano como quien pasa una nota prohibida en plena clase.
Todavía recuerdo el calor de la tela atrapada en mi palma.
Creo que fue ahí cuando entendí que ya no había vuelta atrás.
Después empezó a acomodarse contra mí despacio, con movimientos pequeños, disimulados. Desde afuera probablemente parecía que solo estaba intentando ponerse cómoda para dormir un rato, pero yo podía sentir perfectamente lo que estaba haciendo. Y creo que ella también podía sentir cómo me temblaba un poco la respiración cada vez que se movía más cerca.
El bus seguía avanzando, la gente dormía, alguien roncaba unas filas atrás y nosotros ahí, fingiendo normalidad mientras ella se iba pegando a mí centímetro a centímetro debajo de ese vestido.
De vez en cuando giraba apenas el rostro para mirarme por encima del hombro, con esa sonrisa mínima y peligrosa que siempre me desarmaba.
Y honestamente, creo que eso era lo peor.
La tranquilidad con la que hacía todo.
Como si compartir conmigo ese secreto en medio de toda la gente fuera lo más natural del mundo.





