Me llamo Javier, tengo 45 años, y mi vida siempre ha sido una rutina predecible: trabajo en la oficina, cenas familiares, fines de semana en el sofá con una cerveza. Mi hijo, Alex, de 19, es el típico chico atlético, con ese cuerpo esculpido por horas en el gimnasio y partidos de fútbol. Su amigo, Marco, es igual: alto, moreno, con una sonrisa que derrite a cualquiera. Mi mujer, Laura, es la que mantiene todo en pie, con sus curvas maduras y esa forma de mirarme que aún me pone la piel de gallina después de 20 años de matrimonio. Y luego está mi hija, Sofía, de 18 recién cumplidos. Es menuda, delgada como un junco, con pechos pequeños que apenas llenan una copa A, y un cuerpo que parece detenido en esa frontera entre niña y mujer. Siempre ha sido así: poco desarrollada, frágil, con esa inocencia que me hace sentir protector... y, a veces, algo más que no me atrevo a nombrar.
Era un sábado por la tarde, uno de esos en los que el sol de octubre filtra las cortinas como un susurro. Laura y Sofía habían salido de compras al centro comercial, algo sobre un vestido para la fiesta de fin de curso de Sofía. "Volveremos en un par de horas", me dijo Laura al salir, dándome un beso rápido en la mejilla. Alex y Marco habían llegado temprano para "estudiar" para un examen, pero yo sabía que eso era código para jugar videojuegos y devorar pizzas. Subí al piso de arriba para cambiarme de camisa, sudado después de cortar el césped, y entonces lo oí.
Gemidos. Bajos al principio, como un ronroneo ahogado, saliendo de la habitación de Alex. Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué coño pasaba? Me acerqué sigiloso, la puerta entreabierta lo suficiente para espiar sin ser visto. Y allí estaba: Alex, desnudo sobre la cama, con las piernas abiertas, y Marco encima de él, embistiéndolo con un ritmo furioso. El culo de Marco se contraía con cada empujón, y Alex... Dios, Alex gemía como una puta en celo, arqueando la espalda, sus manos clavadas en las sábanas. "Joder, Marco, más fuerte... sí, así...", jadeaba mi hijo, su polla dura rozando el estómago de su amigo, goteando precum como un río.
Me quedé paralizado en el umbral, el calor subiendo por mi cuello. No era ira lo que sentía. No era sorpresa. Era... hambre. Una erección traicionera creció en mis pantalones, apretando contra la tela. Había fantaseado con cosas así, en la ducha, solo, imaginando cuerpos jóvenes retorciéndose. Pero esto era real. Mi hijo, follando con su amigo. Y yo, el padre, el protector, sintiendo que mi polla palpitaba al ritmo de sus jadeos.
No sé qué me impulsó a empujar la puerta. Tal vez el alcohol de la cerveza de mediodía, o el tedio de los años. Entré, y el crujido del suelo los alertó. Marco se detuvo a medio empuje, su polla aún enterrada en el culo de Alex, ambos girando la cabeza hacia mí con ojos como platos. "Papá...", susurró Alex, rojo como un tomate, pero no se movió. Marco intentó apartarse, pero Alex lo sujetó por las caderas. "No pares", le dijo, mirándome a mí con una mezcla de miedo y desafío.
"¿Qué hacéis, chicos?", pregunté, mi voz ronca, cerrando la puerta tras de mí. Me acerqué a la cama, mi erección ya evidente bajo los vaqueros. Marco tragó saliva, su pecho subiendo y bajando. "Señor Javier, nosotros... lo siento, no queríamos...". Pero yo levanté una mano, silenciándolo. Miré a Alex, su cuerpo expuesto, sudoroso, con esa polla tiesa que había heredado de mí, gruesa y venosa. "No hay nada que sentir, hijo. Solo... curiosidad".
Me quité la camisa, sintiendo sus ojos sobre mí. Mi torso no era el de un veinteañero, pero años de gimnasio lo mantenían firme, con vello oscuro bajando hasta el ombligo. Desabroché el cinturón, y cuando mi polla saltó libre, pesada y curvada hacia arriba, vi cómo Alex lamió sus labios. "Papá...", murmuró de nuevo, pero esta vez sonó como una invitación. Marco, aún dentro de él, se movió un poco, probando, y Alex gimió, cerrando los ojos.
Me arrodillé en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso. "Déjame ver", dije, y Marco, obediente, se retiró lentamente, dejando un hilo de lubricante y saliva colgando entre su polla y el agujero rosado de mi hijo. Alex se abrió más, exponiéndose para mí. Toqué su muslo, la piel caliente, y subí la mano hasta su polla, apretándola con firmeza. Él jadeó, arqueándose. "Joder, papá, eso...". Marco me miró, inseguro, pero yo le guiñé un ojo. "Únete, chico. Hay sitio para tres".
Lo que siguió fue un torbellino de carne y sudor. Me incliné sobre Alex, besando su cuello mientras Marco volvía a penetrarlo, esta vez más despacio, como si supiera que ahora era un espectáculo para mí. Mi lengua trazó la línea de su mandíbula, bajando a su pecho, chupando un pezón endurecido. Alex se retorcía, sus manos en mi pelo, tirando. "Sí, papá, lame...". Mi polla rozaba su estómago, dejando rastros húmedos. Me enderecé un poco, y Marco, entendiendo, se inclinó para lamer mi eje, su lengua torpe pero ansiosa. "Buen chico", gruñí, empujando en su boca. Alex, desde abajo, estiró el cuello para unirse, sus labios rozando los míos en un beso torcido, padre e hijo compartiendo saliva mientras Marco nos chupaba a ambos.
Cambié de posición: Alex a cuatro patas, Marco debajo de él, follando hacia arriba mientras yo me ponía detrás. Escupí en mi mano, lubricando mi polla, y presioné contra el culo ya abierto de mi hijo. "Relájate, Alex", murmuré, y él lo hizo, empujando hacia atrás. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo la calidez apretada, el roce de la polla de Marco a través de la delgada pared. "¡Oh, Dios!", gritó Alex, pero era placer, puro y crudo. Embestí, sincronizándome con Marco, un ritmo brutal que hacía temblar la cama. Sudor goteaba de mi frente, cayendo sobre la espalda de Alex. Marco gemía debajo, sus manos en las caderas de mi hijo, y yo me incliné para besarlo sobre el hombro de Alex, nuestras lenguas enredándose en un beso salado.
Duró lo que parecieron horas, pero fueron minutos intensos. Alex se corrió primero, su polla explotando sobre el pecho de Marco sin que nadie lo tocara, chorros blancos salpicando. "¡Papá! ¡Marco!", aulló, su culo contrayéndose alrededor de mí, ordeñándome. Marco lo siguió, llenando a Alex con un gruñido animal. Yo aguanté, prolongando, hasta que saqué mi polla y eyaculé sobre la espalda de mi hijo, pintándola de blanco caliente. Nos derrumbamos, un enredo de cuerpos jadeantes, risas nerviosas escapando de nuestros labios.
"Esto... esto ha sido increíble", dijo Marco, aún recuperando el aliento, su cabeza en el regazo de Alex. Yo asentí, acariciando el pelo de mi hijo. "Nuestro secreto, chicos. Pero... si queréis repetir...".
No tuvimos tiempo de más. El sonido de la puerta principal abriéndose nos congeló. "¡Ya estamos en casa!", gritó Laura desde abajo, bolsas de compras crujiendo. Sofía rio algo, su voz ligera como una campana. Mierda. Corrimos a ponernos ropa, Alex y Marco vistiéndose a toda prisa, yo abrochándome los vaqueros con el corazón en la garganta. "Bajad vosotros primero", susurré. "Yo me encargo".
Bajé al salón, fingiendo normalidad, el olor a sexo aún pegado a mi piel. Laura entró, radiante, con un vestido nuevo ceñido a sus caderas generosas, pechos plenos balanceándose bajo la tela. "Cariño, ¿has visto qué bonito? Y Sofía se probó uno...". Se calló, olfateando el aire. Sus ojos se entrecerraron, esa mirada astuta que siempre me desarma. "¿Qué pasa aquí? Huele a... hombre".
Sofía entró detrás, cargando bolsas, su figura delgada envuelta en una sudadera holgada que ocultaba sus curvas mínimas. Llevaba el pelo suelto, rubio y liso, cayendo sobre hombros estrechos. Sus pechos, pequeños como botones, apenas insinuados bajo la ropa, y sus caderas angostas, piernas flacas que terminaban en zapatillas desgastadas. Me miró con esos ojos grandes, inocentes, y sentí un tirón en la entrepierna de nuevo. "Hola, papá", dijo, dejando las bolsas y viniendo a darme un abrazo. Su cuerpo contra el mío era frágil, plano casi, pero cálido, y por un segundo recordé la escena de arriba, imaginándola allí, expuesta.
Alex y Marco bajaron, fingiendo cansancio por el "estudio". Laura los miró, luego a mí, y una sonrisa lenta se extendió en su rostro. "Estudiar, ¿eh? Venid, chicas, subamos a guardar esto". Pero antes de girarse, se acercó a mí, su mano rozando mi entrepierna disimuladamente. "Más tarde me cuentas", susurró, mordiéndose el labio. Joder, ella lo sabía. Siempre lo sabe.
La cena fue tensa, un baile de miradas. Alex evitaba mis ojos, pero Marco me guiñaba cuando nadie miraba. Sofía parloteaba sobre su vestido, describiendo cómo le quedaba "demasiado ajustado en el pecho", y yo imaginaba quitándoselo, revelando esa piel pálida, pezones rosados y diminutos. Laura, bajo la mesa, rozaba mi pie con el suyo, subiendo por la pantorrilla.
No aguanté más. Después de que Sofía subiera a su habitación a "hacer deberes" y Alex y Marco se excusaran para "ver una peli" en el sótano –sé que no era una peli–, tiré de Laura hacia nuestra habitación. "Dime que lo sabes", gruñí, cerrando la puerta.
Ella rio, suave, quitándose el vestido en un movimiento fluido. Sus tetas cayeron libres, pesadas y perfectas, pezones oscuros endureciéndose al aire. "Te vi, Javier. Por la ventana del jardín. Entrando en la habitación de Alex". Se acercó, desnuda, su coño recortado rozando mi muslo. "Y no me enfadé. Me mojé".
La besé con furia, manos en sus nalgas, apretando. "Quieres unirte", jadeé, y ella asintió, mordiendo mi cuello. "Pero no solo yo. Sofía... ella es curiosa. La oí hablando con sus amigas por teléfono. Sobre chicos, sobre... experimentar".
El mundo se inclinó. Sofía. Mi niña de 18, con su cuerpo menudo, poco desarrollado, pechos como peras verdes. "¿Estás loca?", pero mi polla decía lo contrario, dura como piedra.
Bajamos al sótano sigilosos, Laura en una bata fina, yo en boxers. La "peli" era porno en la tele, y allí estaban: Alex y Marco, semidesnudos en el sofá, manos explorando. Pero se congelaron al vernos. "Mamá...", empezó Alex.
Laura se acercó, dejando caer la bata. "Shh, hijo. Papá ya jugó. Ahora nosotros". Sofía... ¿dónde estaba Sofía? La llamé mentalmente, pero entonces oí pasos arriba. "¡Papá! ¿Dónde estáis?", su voz, dulce e ingenua.
Subí a por ella, el corazón martilleando. La encontré en el pasillo, en pijama corto, el top ceñido marcando sus pechitos planos, shorts que dejaban ver muslos delgados. "Ven, princesa. Tenemos una sorpresa familiar".
La bajé de la mano, su palma pequeña en la mía. Entramos al sótano, y el aire se cargó. Sofía jadeó, cubriéndose la boca. "¡Oh, Dios! Alex... mamá...". Pero no huyó. Sus ojos, grandes y azules, se clavaron en las pollas de su hermano y Marco, luego en la mía, asomando por el boxer.
Laura se acercó a ella, suave. "No pasa nada, cielo. Somos familia. Mira". Se arrodilló ante Alex, tomando su polla en la boca con un slurpeo húmedo. Alex gimió, cabeza echada atrás. Marco, animado, se acercó a Sofía, pero yo lo detuve. "Es mía primero".
La senté en el sofá, entre los chicos. Sus piernas temblaban, flacas y suaves. Levanté su top, revelando esos pechos diminutos, pezones como puntitos rosados, apenas un montículo bajo la piel. Los besé, uno a uno, sintiendo su respiración acelerada. "Papá... esto es... raro", susurró, pero arqueó la espalda, ofreciéndose. Mi lengua trazó círculos, chupando suave, y ella gimió bajito, un sonido virgen y puro.
Bajé sus shorts, y allí estaba: su coñito lampiño, labios delgados y rosados, apenas una rendija húmeda. Poco desarrollado, sí, pero perfecto, apretado. Deslicé un dedo, y ella se tensó. "Duele un poco...", pero Laura estaba allí, besándola en la boca, madre e hija enredando lenguas por primera vez. "Relájate, amor. Papá te cuidará".
La penetré despacio, mi polla gruesa abriéndose paso en esa estrechez imposible. Sofía lloriqueó, uñas en mis hombros, pero pronto jadeó placer. "Sí... papá, más...". Alex se acercó, su polla en la mano de Sofía, y ella lo masturbó torpemente, aprendiendo. Marco follaba a Laura por detrás, sus tetas balanceándose, mientras yo embestía a mi hija, sintiendo su calor virgen envolviéndome.
El sótano se convirtió en un caos de gemidos y carne. Cambiamos posiciones: Sofía sobre mí, cabalgando lenta, sus caderitas huesudas moviéndose, pechitos rebotando mínimamente. Alex la besó, hermano chupando sus pezoncitos mientras yo la llenaba. Laura montó a Marco, pero luego se unió, lamiendo el coño de Sofía alrededor de mi polla, lengua en mi huevos. "Joder, familia...", gruñí, y todos reímos entre jadeos.
Sofía se corrió primero, un chillido agudo, su cuerpo convulsionando, apretándome hasta doler. "¡Papá! ¡Voy a...!". Líquido caliente mojó mis muslos. Alex eyaculó en su boca, ella tosiendo pero tragando, ojos lagrimeando de placer. Marco llenó a Laura, y yo, al final, saqué y rocié el vientre plano de Sofía, marcándola como mía.
Nos quedamos allí, exhaustos, enredados. Sofía acurrucada en mi pecho, su cuerpo menudo temblando aún. "Te quiero, papá", murmuró. Laura sonrió, besando mi hombro. "Esto es solo el principio".
Han pasado horas desde entonces, pero el reloj marca solo 20 minutos en mi mente, un eterno bucle de descubrimiento. Mañana, quizás, repetiremos. O the next day. La familia, unida de verdad. Por fin.
Corto y al grano, pero muy morboso ummm ¿Habrá continuación?





