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Iniciador del debate 7 septiembre, 2026 15:07
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
CAPÍTULO X - Hembra
Siempre pensé, por todo lo que Padre me había repetido tantas veces, y por las expectativas que me habían creado sobre él las chicas, que el momento de mi sangrado marcaría un punto de inflexión entre nosotros. La primera prueba de que aquello no iba a ser así la tuve aquella misma madrugada, cuando yo regresaba a casa saciada y agotada después de haber luchado contra cinco mujeres mayores que yo, y haberlas logrado someter a todas ellas, una a una, hasta correrme en todas y cada una de sus caras y saciar todas y cada una de sus ansiosas bocas. Dirigir como una coreografía sus cuerpos, encontrándose y separándose entre ellos como una marejada sin fin, guiar su ansia sexual hasta mi sexo, al que solo le faltaba perder el virgo para convertirse en un verdadero sexo de mujer como el de ellas, había sido una labor extenuante pero plena y enriquecedora. Volvía a casa agotada pero satisfecha, sabiendo que había cumplido con creces las expectativas que Padre tenía depositadas en mí, y dispuesta por ello a encontrarme con él, por fin, para recibir mi premio. Volvía a casa deseando, como nunca, ser follada.
Y lo cierto es que, por primera vez en mi vida, vi follar de verdad a Padre. Sin disimulos, sin ocultaciones, sin vergüenzas ni censuras. Casi de igual a igual. Casi... No se había molestado en cerrar ni una puerta, ni una ventana, no se había preocupado en apagar ni una luz. Tenía a la bellísima joven de los Nardo empotrada contra el colchón de su cama, mientras él, como una furia, la sodomizaba violentamente desde atrás, debajo de la luz de la habitación y delante mismo de la ventana que daba al patio. Todo el mundo le había escuchado expulsar a mi madre, todos la habían visto a ella abandonar la vivienda, despavorida. Todos podían ver y oír ahora a Padre, despreocupado totalmente por lo que nadie pudiera decir u opinar, haciendo gozar a su joven vecina como si se estuviera follando a un animal. A una cabra. El Gran Cabrón...
Todo el mundo estaba viendo, también, que Padre no estaba conmigo. La llegada de la Marranita había corrido de voz en voz aquella noche por medio barrio, pero aquella nueva hembra que se había hecho carne en el patio no había sido capaz más que de someter a cinco chiquillas, sin despertar el más mínimo deseo en su Padre. Caí de rodillas en la puerta de su habitación contemplando aquella escena brutal. Jamás había visto nada parecido, y jamás después de aquello he vuelto a escuchar unos gritos de placer rompiendo la noche como los de ella, al tener a Padre dentro de aquella manera. Jamás he olido un sexo tan desbocado como el de mi bella amiga, ni siquiera el mío. No daba crédito a lo que veía, conocía el cuerpo de aquella chica como la palma de mi mano, y no entendía cómo su coño, su culo o su boca, podían estar siendo capaces de albergar el sexo erecto de Padre al completo, y menos teniendo en cuenta la manera tan desatada y bestial que estaba teniendo de follarla. Todo el patio sabía que él no estaba conmigo aquella noche, pero solo yo entendí que tampoco estaba realmente con la joven Nardo... aquella manera de joderle el culo, ¡ni todos los dioses juntos serían capaces de algo parecido!
Padre no se estaba follando a Nardo, sino que únicamente la estaba usando para descargar su furia, sus ansias de sexo, aquella necesidad tan visceral que tenía de hacerlo, de una vez por todas, con su Marranita.
Naturalmente, no pude dormir aquella noche. Demasiadas cosas en qué pensar, y aquel desenfreno sexual de Padre arrasando la casa constituía el peor entorno para poder hacerlo. Escucharle me impedía casi hasta respirar, aunque ¿dónde podía haber ido para escapar de aquella tortura? Padre no debió dejar dormir a nadie en el patio aquella noche. Pero ¿por qué si a quien quería estar empalando en su verga agigantada por el placer era a mí, a su Marrana, había mandado llamar a la joven Nardo como placebo?
A la mañana siguiente mi cuerpo estaba cansado, pero mi mente estaba inesperadamente serena. Entendía por fin que el regalo que Padre me había dado por mi sangre era con todo muy superior al que me iba a suponer perder el virgo. Antes de dar ese paso, que al fin y al cabo todas las mujeres dan antes o después, me había enseñado a someterlas a todas. Es más, me había demostrado que tenía el poder de hacerlo con mi madre, y luego me había enviado a que lo hiciera libremente con cuantas quisiera y a la vista de todos, sin límite ni supervisión alguna... Y, de vuelta a casa, me había enseñado, precisamente, aquel placer absoluto que solo es capaz de dar y recibir un auténtico dominante. Todas las mujeres acababan por perder antes o después su virgo, todas las niñas se convertían en mujer al hacerlo, y yo también lo haría, más pronto que tarde. Pero aquella noche, con la llegada de mi sangre, yo no me había convertido en mujer, pero me había convertido en hembra. En hembra fértil, para más datos. No era ya más una niña, pero todavía no era tampoco una mujer.
En aquel estado intermedio, no era más que un animal. Una gran cerda. Una Marrana lista para ser preñada. Al asumir mi condición de hembra antes que la de mujer sumisa, había afirmado mi poder entre las que solo un día antes eran todavía mis iguales, y hasta mis superiores. A partir de allí, cualquiera podía romperme el virgo, pero solo mi Padre había sido capaz de hacerme entender aquella noche quién era y cómo iba a ser en adelante mi manera de estar en el mundo. A follar se aprende fácil. Lo difícil es saber a quién follar y cómo hacerlo. Entendí que tenía que seguir esperando mi desvirgamiento con la paciencia de una buena Marranita.
Perdería mi virgo cuando y con quien Padre decidiera.
Y, sin embargo, al final fue cierto que mi vida cambió efectivamente de forma considerable a partir de aquel día. Pese a la gran diferencia de edad que me separaba de las chicas mayores de edad que se acostaban con los padres, me integré ya totalmente en el grupo de las mayores, y empecé a pasar más tiempo con ellas que con los chicos. Acreditada no solo por mi sangre y por el espectacular desarrollo corporal que había alcanzado a mi tierna edad del año previo al ciclo lunar, sino también por la experiencia sexual que acumulaba y que me era reconocida públicamente, había podido ganarme un puesto casi de igual a igual con chicas entre seis y ocho años mayores que yo, a las que, además, había conseguido incluso someter bajo mi voluntad y el poder de mi deseo. La única diferencia que todavía las ponía por encima de mí seguirían siendo las fiestas, en las que mi coño iba a continuar vedado para todos, más aún ahora que cualquier desliz podría hacer que me quedara preñada. Pese a todo, Padre fue permitiendo que sus amigos fueran poco a poco pudiendo empezar a disfrutar libremente de mi cuerpo y mis favores. Empecé a conocer otros cuerpos de hombre, otras pollas de verdad, otras bocas y otras maneras de tocar, otras miradas y deseos, otros sabores. Además, Padre empezó a empezó a invitar por fin a sus fiestas también a mis amigos más mayores. El joven Nardo fue el primero en incorporarse, y lo hizo llevado de mi mano, por supuesto. Pero luego llegaron muchos más. Ellos tenían todavía muchos más derechos sobre mi cuerpo que los mayores pero, como contrapartida, Padre no me permitió nunca más volver a tener juegos en público con ellos en los callejones o en los rincones abandonados del puerto y de los descampados de detrás del mercado, al haberles reconocido ya la condición de adulto. Todo lo que hacía con ellos me seguía permitido, pero ya solamente podría hacerlo en casa, y siempre cuando Padre estuviera presente. Entendí con ello que mis días de juegos callejeros habían llegado a su fin, pero sabía que no los iba a echar de menos con la perspectiva tan maravillosa que tenía por delante.
De alguna manera, la llegada de la fertilidad y el paso a la edad adulta lo tenía que cambiar todo para nosotros. Entrar a formar parte de las fiestas de Padre era una considerable compensación, que iba mucho más allá del paquete cerrado que solían admitir la gran mayoría de los habitantes de La Ciudad, y que venía a consistir en marido, mujer y familia de por vida, como los dioses mandaban. Lo que pasa es que para merecerse aquella Libertad que Padre nos ofrecía en bandeja, había que ganársela también. Y, como todo, tenía sus reglas... además de, naturalmente, un necesario periodo de adaptación para todos. Esa adaptación, en el caso de las chicas, incluía un año mínimo de forzada abstinencia coital, en la que sus coños quedaban vedados completamente a la penetración por cualquier persona. Y, para evitar tentaciones debidas al descontrol de la lujuria, aquella cuarentena quedaba extendida igualmente a la penetración anal. Como no podía ser de otra manera, que los amigos de Padre tuvieran prohibido taladrarme el culo solo podía funcionar si entonces tampoco los chicos podían hacerlo, en prevención de desigualdades que pudieran resultar imposibles de tolerar para los hombres adultos. Mi papel en aquellas fiestas debía ser, por lo tanto, mirarlo todo y aprender, además de tontear y hacer de todo con cualquier persona que estuviera participando de la fiesta, pero teniendo prohibido llegar ni llevarles al orgasmo bajo ningún concepto, excepto con los chicos jóvenes con los que sí podría llegar a acabar y a terminarles, lo que se nos permitía al menos como necesario desahogo. Padre sabía que forzarme a aquella continencia extrema iba a ser un suplicio para mí, pero me recordó que aquello no dejaba de ser una prueba más de mi entrenamiento como la Marranita fiel que era de mi papi. Me dijo también que no debía quejarme tanto, ya que al fin y al cabo era con diferencia la mujer más joven que había entrado a participar de las fiestas, y que mi único problema es que ya había disfrutado demasiado y hecho demasiadas cosas, pese a que casi no había tenido tiempo para ello.
A cualquiera que le parezca fácil esta prueba de adaptación para unos chicos y chicas que éramos, es cierto, todavía casi unos niños de acuerdo con las costumbres de tierras como las que se extendía al otro lado del Mar Cerrado, es que aún no ha entendido bien lo que eran aquellas fiestas de Padre. La primera vez que fueron invitados mis amigos mayores fue, precisamente, para una fiesta especial en honor a mi sangrado. Aquella noche el chico Nardo, absolutamente desatado por el deseo y la lujuria desenfrenada, terminó, medio borracho, rompiéndome el culo en mitad del patio, tal y como yo le había acostumbrado, pero aquella vez a la vista y ante el espanto de todos. No había terminado de correrse en mi interior cuando Padre agarró su cuchillo y le rebanó el falo aún duro junto con los cojones que todavía estaban bombeando el semen en mi interior. El sexo de mi amigo se desinfló como un globo cuando la sangre abandonó abruptamente su esponjoso relleno, siendo expulsado por mi culo con una sonora ventosidad. Mi padre lo recogió con su cuchillo y lo clavó con violencia y puntería junto a la cabeza del asombrado Nardo, cuya expresión congelada revelaba que todavía no había sido capaz ni de darse cuenta de lo que acababa de pasar. Aquel colgajo de piel y carne quedó ensartado en el cuchillo, cuyo filo aún temblaba por la violencia con la que había sido clavado en una de las columnas de madera que soportaban la galería del patio. Luego Padre vino hacia mí, metió su cara en mi culo y me lamió hondo dentro, limpiándome por completo de los restos de semen y sangre. Después me levantó en vilo y me cargó sobre su espalda, y me llevó a su casa, como la propiedad suya que era.
No volví a ver al chico Nardo. Los eunucos siempre habían sido unos parias en nuestra sociedad, y era aberrante imaginar que una familia de su posición pudiera soportar tener uno de ellos bajo su propio techo, si no era como el último de los esclavos en la más apartada y menos valorada de sus propiedades. En su caso con más razón, estaba claro también que, además, lo primero que había perdido cuando mi padre le arrancó la hombría fue su propio apellido. Su padre no volvió a pisar mi casa para buscarme y masturbarse conmigo, aunque seguía teniendo negocios con Padre y le seguía guardando hasta más respeto que antes, si cabe. Tampoco volvió a pisar una fiesta de padre, y es una pena porque reconozco que yo había llegado a valorar y disfrutar lo que significaba poder sentir sobre mí una de sus legendariamente poderosas corridas. Aunque no había tenido nada que ver, la vergüenza sobre su familia era tal que su hermana perdió también,y para siempre, la condición de favorita de Padre, aunque se le permitió a su criterio seguir frecuentando las fiestas, cosa que ella hizo sin dudar porque al final era tan puta como cualquiera. Sin embargo la gente ya no tenía tantas ganas como antes de disfrutar de ella, y tampoco yo volví a tratar con ella siquiera. Al poco tiempo dejó de aparecer por el patio, y solo se supo que se fue de allí cuando alcanzó la edad mínima para poder contraer un matrimonio decente.
Pero lo que tuvo de realmente bueno aquel dramático suceso fue que mi madre, que había estado observando todos los acontecimientos desde la galería del patio acompañada por la propia señora Nardo, entendió por fin que su mundo había cambiado definitivamente con aquel simple gesto de Padre de rebanar la virilidad del joven. Juntas, las dos viejas vieron cómo el joven Nardo me sodomizaba sádicamente delante de todo el mundo, y cómo padre defendía su propiedad cortando sin pensárselo aquella virilidad que tanto placer me había dado los dos años anteriores. Las dos mujeres contemplaron todo aquello con una mueca de disgusto, asumiendo que aquellas fiestas, aquel vecindario, aquella sociedad había cruzado todos los límites imaginables y ya no tenía más remedio que la autodestrucción, pero tanto una como otra se cuidaron de no decir ni una sola palabra. Sin embargo, para ellas el cambio ya se había empezado, y como tantas otras mujeres secas y sin vidas se enrolaron en un barco que acabaría por hacer descarrilar los caminos de la Historia. Aquella noche, cuando Padre me llevó a mi habitación, mi madre había abandonado definitivamente la casa y no volvería a ella hasta seis años más tarde. La señora Nardo la acogió en su hogar, y pronto todo el mundo habló de que Padre la había incluido como un elemento más en la negociación que él y el señor Nardo mantuvieron para zanjar aquel malentendido entre sus familias de forma amistosa y para siempre, si bien en aquel caso, por primera y única vez, Padre no había dirigido las riendas de la Vieja.
Lo que pasa es que nosotros, en plena euforia todavía ante la catárquica apoteosis total que la fiesta de mi sangrado había supuesto para la unidad familiar formada por Padre y yo, no estábamos tampoco para preocuparnos por menudencias como la que aquello aparentaba ser entonces. Que la noche había sido, pese a todo, un éxito para Padre, lo supe cuando le sentí volver a casa después de haber sellado su pacto con Nardo. En lugar de meterse directamente en su habitación, entró en la mía y acabó haciéndome la comida más divina que hubiera sentido jamás una hembra recién estrenada, mientras me pedía sincero perdón por cómo había acabado la fiesta de mi sangrado
De manera que las cosas no fueron a peor precisamente después de aquello. Es cierto que las fiestas de padre fueron perdiendo asistentes poco a poco, si bien eso nadie lo advirtió inicialmente, y todo pareció seguir igual durante mucho tiempo. Además, su acuerdo con Nardo era ventajoso y familiarmente las cosas nos iban mejor que nunca. Naturalmente, habernos deshecho del lastre en que se había convertido mi madre para nosotros era lo que más felices nos tenía a los dos. Yo me bastaba y me sobraba para cuidar de él y de la casa, y el resto del tiempo lo dedicaba a perfeccionar escrupulosamente mis prácticas y capacidades sexuales, cada día más dirigida por Padre y orientada hacia sus gustos, teniendo en cuenta también que cualquier hombre que me quisiera tocar tenía que hacerlo en todo momento bajo su supervisión directa. Inevitablemente, aquello hizo caer en picado el número de personas con las que yo podía mantener relaciones, pero a cambio mis encuentros sexuales eran cada vez más reales, más serios, más completos. Para compensarme, el propio Padre me dedicaba cada vez mayores atenciones, y tenerle a él solo para mí era algo que me resultaba preferible a un ejército de los mejores hombres de La Ciudad, dispuestos a follarme sin cuartel.
Mientras tanto, mi cuerpo seguía desarrollándose a toda velocidad y, en consecuencia, a él mismo cada vez le resultaba más difícil refrenar sus impulsos hacía mí. Mis mamadas le volvían loco, y ya no era capaz de hacer que me corriera sin que yo le hubiese sacado varias veces la leche a él antes. Era capaz de conseguir que su enorme tranca se pusiera alta con solo unas caricias de mis tetas, y había días que entraba en casa gritando que podía oler mi coño desde el patio. En proporción a mi continuado desarrollo físico, Padre cada vez se decidía a llegar un poco más lejos todavía conmigo, y pronto estuvimos practicando para tratar de conseguir que su gruesa polla fuera capaz de sodomizarme algún día. Por si aquello fuera poco, yo terminaba de saciar cualquier fleco de furor sexual que me quedara despierto a base de continuar una relación perversa y sádica con mis cinco amigas mayores, a las que poco a poco se fueron uniendo otras chicas del barrio. Me asombraba ver que, entre todas ellas, ninguna tenía la más mínima iniciativa o capacidad de querer controlar a las demás o decidir por sí misma cuáles eran sus gustos verdaderos e íntimos. Cuanto más me follaba a aquellos cuerpos llenos de belleza pero vacíos de alma y de poder, más admiración tenía por Padre y por aquellos hombres que se decidían a tomar lo que era suyo.
(lau.alma @yahoo.com)
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





