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Amor en Guerra - Preámbulo

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(@paco-martin)
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El 18 de Junio de 1935 era martes.  En casa no fue un día especial, aunque madre me felicitó efusivamente nada más levantarme, llenándome la cara de besos y tirándome de las orejas repetidamente, hasta alcanzar el número exacto de mis años, y, consiguientemente, dejándome las orejas rojas por los estirones. Ya estaba de vacaciones, acababa de terminar mi primer año de Bachillerato en un Instituto, el de mi pueblo, que cerraría ese mismo curso sus puertas por una reestructuración de Centros que el Ministerio de la República había considerado y que no mantenía más que algunos en la comarca.

Así las cosas, mis padres decidieron que, para continuar con mis estudios, y como, en cualquier caso, tendría que desplazarme, siguiera el Bachillerato en Madrid, en casa de mis tíos Luis y Paqui, hermana mayor de madre. De esa forma, concluído el ciclo, estaría habituado a la ciudad y sería todo más cómodo y más fácil a la hora de matricularme en Medicina, como era mi intención.

Mi relación con mis tíos Luis y Paqui era casi inexistente. Habían ido alguna vez por el pueblo, pero de eso ya hacía muchísimo tiempo. Sabía que tenían un hija, Marta, unos diez años mayor que yo, maestra de escuela sin ejercicio, que mi tío era contable en una siderurgia, que su economía era desahogada. Poco más.

El traslado, desde luego, no era algo que me entusiasmara mucho. Significaba dejar el pueblo, donde me sentía cómodo, algunos amigos, aunque no saliera mucho, mi casa, a madre, con la que me unía una especial relación. Por mi padre no me preocupaba, la verdad. No nos habíamos llevado nunca especialmente bien, sobre todo al haber sido un niño con una infancia problemática en cuanto a salud, lo que hacía que mi madre estuviera muy pendiente de mi.

- Maria, estás mal educando a este niño, siempre tan encima de él...tendrá que acostumbrarse a hacerse las cosas por sí mismo, a valerse por sí mismo

- Pero es que está tan débil...está tan indefenso…

Tuve unas fiebres que me mantuvieron en cama muchos meses, casi cinco. Ningún médico supo dar con la causa y la razón, pero ahí estaban, y de la misma manera que vinieron, se fueron. Quizás por ello mi desarrollo fue más lento. Era un niño enclenque. Afortunadamente no perdí el curso. Me gustaba estudiar y, como no salía de casa, leía mucho, muchísimo, escuchaba la radio también, sobre todo la retransmisión de los partidos los domingos.

Madre, en esos meses de cama, si de por sí me cuidaba, me mimaba y se mantenía pendiente de mi, se desvivió completamente, cosa que a mi padre, como he dicho, no le hacía gracia alguna.

Algunas noches, me despertaba sudando, posiblemente fuera por la fiebre que me subiera, que dicen que al atardecer y durante la noche es cuando más castiga. Eso pensaba yo. Pero curiosamente, en esos despertares, mi llenaba una intranquilidad completa y mi pito se ponía duro, como el hierro. Tenía ya algunos pelillos que me habían crecido en el pubis. No era tonto, había oído hablar -y leído incluso- de sexo, tampoco gran cosa, lo suficiente como para saber que el hombre y la mujer, como los animales, se apareaban, que, en soledad, se masturbaban, y todas esas cosas...pero muy de pasada, la verdad.

Cuando el miembro se enrabietaba a veces me lo tocaba. Con sinceridad debo decir que ese manoseo me provocaba cierto alivio, incluso una excitación especial, pero solía cansarme al rato o me vencía el sueño y me quedaba dormido.

Mi padre era impresor y además tenía una librería, papelería y vendía la prensa. Era un hombre con inquietudes políticas, seguidor incondicional de las doctrinas de José Antonio Primo de Rivera y partidario de José Calvo Sotelo, al que tenía por un gran intelectual. Un hombre de derechas, en un pueblo de Extremadura, con una precariedad social tan marcada, empresario pudiente, no es que tuviera muchos amigos, conocidos, sí, y aquellos que se le acercaban por su puro interés. Su tiempo lo pasaba trabajando o en el casino, en tertulia con el sargento de la Guardia Civil, el señor cura y el Alcalde, a la sazón elegido por la CEDA, cuyo líder y máximo dirigente era José María Gil Robles, por entonces Ministro de la Guerra y Diputado a Cortes, antes y después.

Mi padre, Román Martín, era un hombre adusto, serio de trato, recto de carácter, conservador. Sin embargo, y por contrario, mi madre, María Torrejón, era extrovertida, cantarina, siempre de buen humor, dulce y cariñosa y muy guapa, extremadamente guapa. A sus 40 años mantenía una figura estilizada, que no había sido castigada por repetidos partos, porque solo me había tenido a mi. Morena, de pechos considerables, para mi la mujer más guapa del planeta. Mi madre era una mujer cultivada, aunque no tuviera estudios -que por aquella época estaban bastante vetados para ellas-, y se había siempre preocupado en aprender, leyendo por libre, en avanzar, hasta crear sus propias ideas, tan alejadas de las de su marido, que, para evitar discusiones domésticas, incluso para evitar insultos, reprimía como buenamente sabía o podía.

El pueblo se encontraba en la comarca de la Siberia extremeña, y, casi como su propio nombre indicaba, los inviernos eran secos y fríos y los veranos muy calurosos. Fue precisamente una noche de mucho calor, abochornada, que no podía dormir, era imposible. Por eso me levanté con la intención de llegar hasta la cocina y refrescarme con un buen trago de agua del botijo, que siempre estaba fresquita, quizás también mojarme la cara para aliviar el sudor.

Nuestra casa era grande, de una sola planta, pero bastante grande. Una galería distribuía las habitaciones, tres: la mía, la de mis progenitores y una tercera, reconvertida en despacho. Luego estaba el salón, con dos ambientes diferenciados: un comedor, con una mesa larga de caoba y seis sillas dispuestas a su alrededor, y otra zona más de estar, donde solíamos hacer vida habitualmente. La cocina, desde la que se accedía a un patio, con parras y una higuera, y un retrete, igualmente en la zona exterior. Los aseos personales los hacíamos en el patio, en verano, y en la cocina en invierno, utilizando unos barreños grandes, de zinc, y para el frío unas cacerolas con agua caliente.

Salí de mi habitación hacia la cocina. Iba descalzo, casi desnudo, solo con los calzoncillos. Nada más abrir la puerta de mi cuarto escuché un ruido, como de cuando alguien se mueve en la cama. No me extrañaba que mis padres tampoco pudieran dormir con el calor que hacía, que era insoportable. El ruido se volvió a repetir, una vez más, luego otra y a partir de la tercera o cuarta vez con un ritmo cadencioso. Yo seguía avanzando despacio. La puerta estaba entornada, la luz apagada. Me asomé, aunque no pude ver nada. Todo era oscuridad. Pero el ruido seguía. Supe que era producido por los muelles del somier. De pronto escuché a mi madre hablando bajito

- Contrólate Román, por Dios...aguanta un poco

Puse más atención. Ahora oía a mi padre bufar, como un toro. Resoplar. Gruñir. Y a mi madre se le escapaba algún gemido

- No te muevas tan deprisa, que te vas a ir...por favooorrrr más despacio…

Pero el somier estaba loco, hacía un ruido increíble, porque mi padre debía de moverse a una velocidad completa

- Espera, Román, para...paraaaaa

Y Román, mi padre, justo en ese momento, gruñó aún más alto. Se había corrido. La voz de María, su mujer, mi madre, sonó desolado, a la vez que sofocada

- Joder, te lo había dicho, que pararas...y ahora qué?

- Ahora a dormir, que mañana hay que madrugar

- Y me vas a dejar así?…

Era impotente la voz de mi madre. Me mantuve pendiente, sin moverme, aunque temía, y mucho, que cualquiera de los dos se pudiera levantar. No lo hicieron. Los muelles de la cama ahora sonaron al girar un cuerpo, que supuse que sería el de mi padre, al que, al poco, escuché bufar de nuevo, pero en esta ocasión con los primeros ronquidos. Me iba a ir ya, en dirección a la cocina, cuando escuché un leve jadeo. Hice por poder ver algo, pero era imposible ante tantísima oscuridad. Ese jadeo primero dio paso a un gemido. Era mamá. Quizás estuviera llorando, pero no parecía. El sonido que me llegaba desde dentro del cuarto no era nítido, como si fuera amortiguado aposta, como si mi madre, que era la que lo emitía, no quisiera que se escuchara, como si lo quisiera silenciar. Estuve por abrir más la puerta, pero era arriesgado. Muy arriesgado. Cuando los gemidos se callaban me parecía llegar el sonido de un frotamiento, como cuando alguien se rasca o mueve su mano rápido por alguna zona de su cuerpo. Yo no tenía mucha experiencia, ninguna para decirlo bien, pero no cabía duda que mi madre, Maria, se estaba masturbando. Y cada vez de una forma más desesperada, porque ya casi no podía reprimir el aire que salía de su boca y que se mezclaba con el roncar constante de mi padre

- Me corro...aaahhhhh…

Fue casi un susurro, pero que llegó hasta mi con una claridad absoluta. Y yo allí, junto a la puerta, sin moverme, estático como una estatua, con más calor aún, respiraba muy fuerte, y note un picor extraño que venía de mi polla puber, pero que se marcaba claramente en mi calzoncillo, haciendo una especie de tienda de campaña en vertical. Instintivamente metí una de mis manos por dentro de la tela y agarré mi miembro, que estaba triunfantemente duro y algo mojado, como si me hubiera hecho pis. Desestimé el ir a la cocina, aunque ahora era cuando necesitaba más el agua, no tanto por el calor, sino por la sequedad en mi garganta. Me fui directo a mi dormitorio. Cerré la puerta con mucho cuidado para no hacer ruido. Me tumbé en la cama y me quité el calzoncillo. Completamente en pelotas volví a cogerme el miembro y moví mi mano hacia arriba y hacia abajo, despacio. Esa sensación extraña, que otras ocasiones había sentido cuando me acaricié, ahora era un gusto desconocido, que me invitaba a seguir y con mayor rapidez. En mi cabeza retumbaban la exclamación con sordina de mi madre “me corro” y la ansiedad entonces se hacía mucho mayor. Aceleré el movimiento, mi cuerpo se tensaba, mis piernas estaban completamente estiradas y entonces estallé, sin poderlo evitar de ninguna manera. De mi polla surgió un disparo de líquido blanco, caliente, que me llegó hasta la cara. Luego algunas gotitas se quedaron en mi tripa y otras en la incipiente vellosidad de mi pubis. Supe que yo, como madre, me había corrido. Y como madre mi respiración estaba ahora descontrolada, pero, a cambio, tenía una sensación de felicidad casi completa.

Con curiosidad recogí con mis dedos parte del líquido que había caído en mi cara y lo que tenía en el abdomen. Me lo llevé a la boca y probé. Era un sabor raro, no reconocible, un poco agrio, me pareció. No me dio asco, sinceramente. Ninguno asco.

Me quedé dormido enseguida, no tardé nada. Quizás esa noche descubriera que, contra el insomnio, una paja era un buen remedio. Me desperté al día siguiente sudando por el calor. Era temprano y ya la temperatura amenazaba. Salí a la cocina a desayuna, una vez me hube vestido. Allí estaba madre, lavando unos cacharros, canturreando. La veía feliz, contenta. Pensé en sus ruidos, en sus palabras finales. Me acerqué y la di un beso en la mejilla, como todas las mañanas. Ella sonrió. Me dio los buenos días. Pensaba yo que hubiera sido mejor que se hubiera corrido siendo follada por mi padre, aunque mejor no. Mejor que se corriera sola, sin deberle nada a su marido, a ese egoísta y rudo hombre. Definitivamente, creía, era que ella hubiera obtenido su placer por ella misma, pero, a la vez, me hubiera provocado el motivo necesario para el mío. Así mucho mejor.

Salí al patio a lavarme. En la puerta del retrete había un cesto de mimbre, como siempre, con la ropa sucia, para lavar. Nunca había husmeado ese cesto, no le había dado valor. Pero ese día, con cuidado y disimulo, me acerqué y descubrí la tapa. No había muchas prendas: alguna camisa de mi padre, mías un par, unos pantalones, un vestido y unas bragas de algodón, blancas. Tal vez fueran las que en el día de ayer llevara puestas mi madre. Lo más seguro. Las cogí y me las guardé en el pantalón. Entré en el retrete y eché el cerrojo. Las saqué y las olí. Ese olor...era un olor suave, nada repulsivo, embriagador, excitante. Las bragas tenía una pequeña marca. Me di cuenta que, con esa prenda en mis manos, después de analizarla y olerla, mi colita de adolescente se convertía en la polla de un hombre. Volvía a estar erecta, desafiante, poderosa. Estuve tentado a tocarme otra, como en la cama, pero escuché a madre gritarme que ya estaba el tazón de leche preparado. Me sacó de esa pequeña ensoñación que tenía en ese momento. Salí y volví a dejar la braga de mi madre en el cesto. No sería la última vez que las cogiera, a partir de ese día.

Desayunando daba vueltas a mi cabeza, mientras observaba moverse por la cocina a madre, si tocarse era pecado, que había dicho el cura en unos ejercicios espirituales, a los que acudí antes de Semana Santa, que los tocamientos propios estaban penalizados por Dios, además de acarrear enfermedades y ceguera. Pero yo esa mañana me encontraba mejor que nunca y madre, que también se había gozado, también. Lo mismo el señor cura no tenía la información precisa o no era tan grave la cosa como la pintaba...



   
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