Para las fiestas de Agosto, antes del día 15, mis tíos Luis y Paqui, mi prima Marta y su novio, un chico muy alto, con el pelo rubio, llamado Carlos, aparecieron, de buena mañana en casa. La alegría de madre fue de aúpa. Reecontrarse con su hermana, a la que no veía en tiempo, supuso para ella una satisfacción enorme.La relación de mi padre con mi tío Luis era mala, inexistente. Los dos tenían ideas antagónica en lo social y en lo político. Mientras mi padre era vehemente defensor de un espacio nuevo que aniquilara de raíz -según él- los males endémicos de la República, controlando la libertad, el pensamiento, adoctrinando en los principios de la Santa Iglesia Católica, estableciendo clases, en un estado de orden y rigor; mi tío Luis, por contra, con afiliación a la Unión General de Trabajadores, aún siendo un ejemplo de la burguesía de la capital, defendía todo lo distinto: mayor integración de la mujer, por ejemplo, distribución equitativa de la riqueza, opinión plural, un estado no protector y sí polivalente. Grandísimas diferencias entre ambos que reflejaban, sin duda, la realidad de un pais en quiebra en aquel 1935.
Ese distanciamiento al que me refiero, el choque frontal entre ellos, quedó patente ese mismo día de su llegada a la hora de comer. Por cualquier comentario de uno de los dos, que ahora no recuerdo, se encendió la mecha y los reproches, escondidos, pero muy a flor de piel, salieron a la luz de manera inmediata. La cosa no fue a más porque madre, conociendo el percal, y mi tía Paqui, intermediaron efectivamente. Marta no decía nada, mantenía la cabeza baja. Y la cara de Carlos, su novio, era todo un poema. Yo no tenía una opinión clara, pero si debía de decantarme por alguna, sin duda, me pondría del lado de mi tío Luis, que argumentaba con mayores datos, con mejor planteamiento, sus ideas y que me parecían, en cualquiera de los casos, más coherentes que las de mi padre.
La rudez de mi padre era notoria, pero no solo su rudeza, también su prepotencia, su concepto de altura, su manera de ser, su poca empatía y su “ante todo lo que yo diga”, que en mi creaba una indisposición contra él que nunca fui capaz de superar.
Desde aquella noche, en la que fui testigo de la intimidad, por llamarlo de alguna forma, de mis padres, el egoismo absoluto de Román y la insatisfacción completa, acotada en parte por una masturbación clandestina, de María, mi madre, que, a su vez, hizo que yo me pajeara por primera vez, que probara mi propia leche, les había estado espiando casi continuamente, con resultados, por otra parte, muy desastrosos. Esos encuentros sólo se producían a disposición de mi padre, aunque alguna noche, que yo oyera, madre intentara tener un acercamiento carnal con su marido, que, si no era de su apetencia, hacía oídos sordos y no tardaba en roncar, abatido por el sueño. Entonces madre repetía lo mismo de la noche primera. Y con cautela, con sigilo más bien, se destapaba, se tocaba y se corría, casi en un suspiro, cubriendo ella misma las carencias que el hombre que dormía de lado junto a ella, no era capaz de satisfacer, o simplemente no le daba la gana.
Pero a mi me resultaba tremendamente excitante que madre se acariciara. No hubo una sola que no fuera consciente de tal acto, que no terminara yo también mojado, con mi leche haciendo regueros a lo largo de mi tripa o llenando mi mano.
El conato de pelea en la comida fue la excusa perfecta para que mis tíos no se quedaran a dormir en casa, cosa que, de otro lado, hubiera sido un engorro por la falta de habitaciones disponibles. Abrieron la antigua casa de mis abuelos, junto a la plaza del pueblo, y yo mismo, con madre, les acompañamos y estuvimos adecentando un poco esa vivienda vieja y en desuso. También sirvió para que la visita se recortara y apenas estuvieron un par de días. Nos marcharíamos todos, yo con ellos, a Madrid de vuelta. Tal vez sentí por primera vez, ante la previsión de ese viaje a la capital, con mis tíos, para proseguir mi formación allí, cierta liberación. Era como una huída de lo que no me gustaba, de lo que no quería. Me daba pena dejar a madre. Mucha. Me entristecía por ella, pero sabía que no estar a la sombra de mi padre, ya, de inicio, era toda una proeza y algo bueno.
Aunque había gran diferencia de edad entre nosotros, que eran algo más de diez años, me convertí en una especie de guía para Marta, mi prima, y su novio. Les enseñaba parajes, les subía a riscos donde el paisaje se abría y daba una imagen espectacular, les acompañaba a tomar algo en la única terraza de bar que había en el pueblo. Convivía con ellos esencialmente.
Con la experiencia que tenía del espionaje a mis padres, algo me avisaba de que tenía que estar muy atento a lo que esa pareja pudiera hacer, porque, aunque en público no daban muestras muestras de deseos, en sus miradas, que yo observaba, podía comprobar una complicidad extrema. La casa de los abuelos era muy conocida por mi. A diferencia de la nuestra, por ejemplo, tenía un altillo o buhardilla en la planta superior, totalmente diáfana, con suelo de chamizo, desgastado, que trasparentaba el salón. Podía ser un observatorio idóneo, claro, siempre y cuando se dieran las circunstancias apropiadas, que era lo que yo no sabía. Esa previsión, sin embargo, me hizo pasar más tiempo en esa casa que en la mía. Comía allí, estaba de continuo allí, con la cosa de estar con la familia y de hacer limpieza -que falta hacía- en el altillo, detalle que además madre me agradeció enormemente.
Tras la comida mis tios, Luis y Paqui, solían acostarse un buen rato a la siesta, que las habitaciones eran fresquitas, y se combatía mejor el calor. Ese era el momento ideal y esperado para mis planes, porque los novios se quedaban solos, sentados en el sofá raído del salón, leyendo, decían. Y era verdad que sobre la mesa había un par de libros. Y era verdad que los dos los cogían. Y era verdad que durante algunos minutos leían. Pero también era cierto, porque lo vi, que pasado un tiempo, cuando, supongo, ellos considerasen que los padres de Marta habían cogido el sueño de la siesta, los libros volvían a la mesa, ellos se acercaban, se abrazaban, y se empezaban a besar. Quizás en el único que no repararon nunca fue en mi, que continuaba en el altillo, tumbado todo lo largo que era, buscando un hueco lo suficientemente amplio que me permitiera observa con detalle lo que estaba o iba a pasar en la planta de abajo.
Los novios iniciaban su contacto con besos sutiles, muy suaves parecían, casi caricias de labios. Pero esos besos daban paso a otros más intensos. En alguna ocasión pude ver sus lenguas por fuera de su boca, una con otra. Era cuando más cerca estaban. Cuando Carlos movía sus manos por el cuerpo de mi prima Marta y le tocaba las tetas por encima de la ropa, normalmente un vestido de tela sutil, típico de verano. O le mordía el cuello, lo que le provocaba a ella la emisión de pequeños suspiros y la necesidad de pasar su mano por la nuca de su novio, para acercarle más, para sentirle más próximo, para indicarle que le gustaba lo que le hacía y que no lo dejara.
Eso me excitaba. A mi padres no les podía haber visto, por la oscuridad, pero a ellos, a los novios, los veía con una claridad extraordinaria y no me perdía detalle. De tener la cara en el suelo, y con la postura, solía sentir necesidad de moverme, pero lo hacía pocas veces para no generar el más mínimo ruido que perturbara ese momento en que Marta y Carlos se sentían solos, a salvo, y se iban calentando.
Los abrazos cada vez eran más intensos, los besos más húmedos, y mi cuerpo reaccionaba viendo todo eso. Tumbado, estirado, notaba como mi polla se inflamaba y, de cuando en cuando, yo también me movía, con sutileza, solo para notar el roce de mi miembro contra el piso.
Carlos pasaba su mano por debajo del vestido de Marta, que, cuando notaba el contacto, no podía reprimir un suspiro, parecido al que madre soltaba después de alcanzar el orgasmo.
- Carlos, por Dios, para y estate quieto
No era una protesta, no. Casi que sonaba a ruego. Algo así como “no lo dejes”. El novio hacía caso omiso a lo que Marta le decía bajito y, como una culebra, veía su mano moverse, hacia arriba, por encima del vestido de mi prima, que se acoplaba en el sofá para ponerse casi recta, abriendo sus piernas y facilitando la labor de su chico.
Ella aún no hacía nada, sólo le abrazaba, le besaba con denuedo, con ímpetu. El novio debió de alcanzar su objetivo porque mi prima fue al bulto del brazo que se apreciaba por debajo del vestido y lo paró, lo intentó parar, al menos
- Despacito, cariño, no tan rápido...aún no
Y efectivamente se veía algo moverse por debajo, más lentamente, por mayor calma. Entonces fue cuando Marta si llevó su mano al pantalón de su novio y acariciaba por encima. Subía y bajaba la mano por la tela, cogía el palo que era notorio
- Sácamela, Marta
- Aquí…?
- Por favor, estoy que no puedo…
Obediente, muy obediente, desabotonó la pernera y, con cierta dificultad, extrajo la polla de novio, totalmente empalmada, pero no muy grande ni gorda, descapullada. Marta movía su mano con celeridad, todo lo contrario que le había pedido anteriormente ella a él
- Así, mi vida, asiiiii...hazme una paja…
- Y tú a mi...y tu a miiiii...que estoy muy cachonda
Se masturbaban mutuamente mientras yo también me movia, me rozaba. Me hubiera gustado acompañarles, tocarme también, que yo, como ellos, estaban muy caliente, pero en la postura que estaba era imposible y tampoco quería abandonar esa escena en ningún momento.
La mano de Marta se paró en seco. Miró a los ojos a su novio y le dijo “te quiero”, para después bajar su cabeza hasta su entrepierna, volver a coger la polla, darle un beso en la seta de la verga y metérsela en la boca. Debía estar buena, pensé, por la manera que mi prima tenía de mover la cabeza, por como se sacaba la polla y como la chupaba y la lamía en toda su extensión.
Carlos estaba con su cuerpo totalmente desmadejado, casi tumbado en el sofá, con los ojos cerrados, con sus manos acompañando la cabellera de su novia
- Túmbate, Marta
Y la cogió de los hombros para acompañar su cuerpo y colocarlo a todo lo largo del sofá. Ella protestó algo con un “no podemos aquí, mi amor”, pero, al igual que anteriormente, era más una frase hecha que otra cosa, porque se tumbó, porque ella misma se levantó las faldas del vestido, porque cuando estuvieron en su cintura se echó mano a las bragas y se las quitó, guardándola debajo de uno de los cojines del propio sofá. Porque se abrió de piernas. Porque flexionó las rodillas y esperó que su chico se acoplara en medio y con su lengua recorriera toda su raja, causándola, por la cara que ponía, un placer indescriptible.
Marta se tapaba la boca con la mano, para no chillar, para que no se la oyera, y aún así sus gemidos llegaban hasta mi con enorme nitidez
- Máaasss...máaaasss...cómetelo todo
Carlos, junto a la lengua, había incorporado a la acción dos dedos, que metió en el chocho de mi prima, de lado, sacándolos y metiéndolos de forma repetida, a gran velocidad
- Me estás matando, mi amor…
Y ellos a mí...a mí también me estaban matando, que no podía soportar más tanta excitación, tanta calentura como tenía, tanto nervio y tantísima desesperación
- Fóllame, Carlos, méteme la polla...metémelaaaa
Y su novio, como esperando ese momento, se incorporó rapidamente, se cogió la polla, que no había perdido consistencia, y la apuntó al coño de mi prima. No la metió de golpe, sino que la pasó por la rajita un par de veces, lo que enloquecía, más aún, a la chica que, con desesperación, se abría ella misma los labios del coño, como para dar más amplitud al agujero por donde debía entrar su novio.
Finalmente Carlos dejó el capullo en la entrada, se dejó caer y, en ese momento, sí, dio un golpe de riñones que hundió todo el rabo. Marta no reprimió el sonido de placer, el sentir la polla de su chico en su interior. Se movían los dos, el uno de afuera a dentro, la otra dando giros a sus caderas. Pero era un ritmo unísono, como si estuvieran bailando
- No te corras dentro...ten cuidado
Viendo esa escena pensé que yo sería incapaz de cumplir lo que mi prima pedía, que no la podría sacar, que me correría dentro de ella, aunque la preñara, pero que le echaría toda mi lefa dentro, muy dentro. Notaba mi calzoncillo mojado, de ahí que me moviera y me frotara contra el suelo de manera reiterada. Mientras Carlos aceleraba sus movimientos, ya incontrolados. Y Marta gemía y le pedía más y más y más.
De súbito se salió de ella, dirigió con su mano la polla a los pelitos de su pubis, tan espesos, tan ensortijados, y lanzo un par de andanadas de leche, que no me parecieron a mi muchas, que me hicieron sonreir, porque consideré que yo eyaculaba más abundantemente.
Aunque la polla estaba fuera y descargándose, mi prima llevó su mano al coño y estimulaba su clítoris
- Me corro...me corroooooo...aaaahhhhh...ahhhhhh…
Podían ser los vínculos familiares?… tuve la sensación que la forma de terminar de mi prima y de madre se parecían. No es que fueran iguales, no, pero eran muy similares. Con el roce, por el calentón, por la razón que fuera, yo también me fui sin tocarme. Cuando me incorporé tenía una mancha redonda en mi pantalón. Metí mi mano por dentro y llegué hasta mi polla, ya no tan dura. Empapada. Corrida. Desbordada de leche. Bajé con cuidado y sali a la calle sin hacer ruido. No sabía donde ir. Me quedaría en la calle simplemente a esperar que los efectos del calor hicieran desaparecer la mancha. Con lo que no conté fue con el rodal que quedó, una vez se hubo secado.
Y mis tíos…? Cómo follarían mis tíos…? Serían activos…? O como mis padres lo harían de pascuas a ramos, a oscuras, con egoísmo masculino…? Tenía la sensación absoluta de que no, de que ellos no podían ser así, que tendrían una actividad más normal, más distinta.
Me gustó ser espectador de la follada de mi prima y su novio. Me resultó excitante y me hizo correr sin tocarme. Pero mi cabeza, siempre dando vueltas, se centraba ahora en los adultos, en Luis y en Paqui. Lo mismo la siesta, en ese cuarto tan fresquito de la casa de los abuelos, era buen momento para su intimidad. No tendría oportunidad de comprobarlo, nos iríamos a Madrid, y era complejo, por otro lado, buscar un observatorio idóneo. Complejo, no, imposible de todo punto, salvo que me metiera debajo de la cama y eso no podía ser.
Empecé a hacer mis pequeñas averiguaciones de como era la vivienda donde iba estar, la casa de mis tíos en la capital. Pregunté, de manera indirecta, a Marta, a mi tía Paqui, incluso a mi madre, que la recordaba muy vagamente, de cuando alguna vez estuvo allí, hace demasiado tiempo.
Llegué a la conclusión que el piso era muy grande, con seis habitaciones, nada menos, que tenían servicio, dos mujeres, pero solo una de ellas moraba allí de forma permanente, la otra era externa. Según iba consiguiendo información, desde luego, más dificultades se me planteaban a la hora de poder realizar labores de observación, control y visionado de la intimidad de mis tíos. Aún así no daba nada por descartado, y simplemente decidí no darle muchas más vueltas al asunto hasta no estar allí, hasta no conocer el terreno perfectamente.
Madre me había preparado un par de maletas, con mucha ropa, con de todo, cosas útiles y otras no tanto. La veía seria, triste sería la palabra más adecuada. No me iba al fin del mundo, sólo a Madrid, pero nos alejábamos, dejábamos de estar juntos. A mi padre, como era de esperar, no le noté ningún cambio, como si no le importara mi marcha, como si no significara nada para él. Es más, creo que estaba deseando que se produjera, no tanto porque ya no me tuviera en casa, sino porque eso significaba que su cuñado, el rojo, no estaba cerca.





