Mi familia de Madrid, es decir, mi tío Luis, mi tía Paqui y mi prima Marta, vivían en la calle Cea Bermúdez, en Chamberí. Como ya me habían ido comentando, como ya sabía, la vivienda era realmente impresionante, grandísima. El viaje fue pesado, con mucho calor, en un coche que aún acumulaba más temperatura. Conducía Luis, acompañado en la parte delantera por mi tía. Detrás, algo apretados, viajábamos Carlos, Marta y yo. Por este orden.
Ya digo que el día era de un sopor impresionante y, aunque la salida la hicimos bien temprano, a los pocos kilómetros recorridos el vehículo era un auténtico horno. Tanto se calentaba, por el calor del día y también por el circular por carreteras imposibles, que tuvimos que hacer unas cuantas paradas, hasta tres, para que mi tio refrescara el radiador del motor
Los novios iban cogidos de la mano. Yo apoyé la cabeza en el cristal de la puerta y cerré los ojos. Debieron pensar que dormía, cosa que no era así, y eso me permitió observar a Carlos, con mucho disimulo, acariciar la parte interior del muslo de Marta. No fue más allá, no podía, dadas las circunstancias, pero eso a mi me resultó excitante. La verdad es que desde el descubrimiento del sexo entre mis padres, cualquier cosa, por insignificante que fuera, me parecía todo excitante. Mis hormonas, alterada porque veía incitación en todas partes.
Al llegar al domicilio de mis tíos nos recibió Cándida, a la que todo el mundo, no sé por qué, llamaban Sita. Cándida era una mujer algo mayor que mi tía Paqui, calculo que debía tener unos 50 años, castellana de Salamanca, cosa que se la notaba enormemente por su correcta y perfecta pronunciación. Me llamó la atención el pecho que tenía, absolutamente redondeado, nada caído, y que, tras el delantal blanco y el uniforme negro, se le notaba perfectamente. De piel muy blanca, debía de ser suave al tacto. Era algo más alta que yo, delgada, pero no tanto. Me la presentaron, pero no lo hicieron como si Sita fuera, que lo era, una empleada en ese hogar, sino como si formara parte de él mismo. Agradable, simpática, cariñosa y tremendamente ordenada, fueron algunos de los calificativos que mi tía Paqui vertió sobre ella.
Sita me llevó por un largo pasillo, a través del cual se abrían las distintas habitaciones y me enseñó cuál era la mía, que estaba entre la de mis tíos y la de Marta. Era un cuarto muy espacioso, sin exagerar como dos veces, o más, el que había sido mío en la casa de mis padres. Estaba listo y dispuesto, que tenía hasta una mesa de estudio, junto a una ventana, con un flexo.
En la casa también trabajaba Chelo, pero no era interna como Sita. Chelo era otra cosa distinta, desde luego, y para empezar, más joven que su compañera. Tendría unos 35 años, gordita, con el pelo muy negro, recogido en una cola de caballo, bajita. Me enteré que tenía una hija algo mayor que yo, fruto de un desliz con un guardia civil de Almansa, que vivía con sus abuelos, los padres de Chelo, en su pueblo.
Desde el primer momento tuve la sensación inefable de que estaría bien en esa casa. Y creo que me alegré bastante por mi suerte, aunque me acordaba de madre, enormemente. Y en algunas noches de nostalgia venían a mi mente esos sonidos guturales, sus jadeos y el ruido de las sábanas cuando se movía a punto de llegar a su final solitario. Eso hacía que, con esos pensamientos, terminara por tocarme en la soledad de ese amplio cuarto. Pero eran las menos de las veces que madre me acompañara en mis pajas, porque las de más era la proyección de imágenes de mi prima Marta con Carlos, su novio. Su magreo, su desesperación, su mamada y la follada que compartieron y de la que fui testigo desde el altillo.
Mi obsesión era mi prima, con la que, en el transcurrir de los días, iba creando una complicidad enorme. Solíamos pasar bastante tiempo juntos, bien en su alcoba o en la mía, conversando, hablando de libros, pero también de proyectos vitales o de la situación del país, cada vez más confusa, donde dos bandos, cada vez más distantes y diferenciados, pugnaban por establecer unos tipos de sociedad antagónicos. Diariamente se sucedían las noticias de atentados, de quemas de iglesias o conventos, de asaltos. Madrid era un hervidero de confusión, pero a mi me parecía que era la ciudad más impresionante del mundo, la mejor para estar y para vivir.
Quise tener la posibilidad de espiar la intimidad de mis tíos y de Marta. Y lo conseguí al cabo de algunas noches. Como estrategicamente mi habitación estaba en medio de la de ellos, cuando me acostaba procuraba no quedarme dormido, para luego levantarme y apoyar mi oído en las paredes colindantes. Era un recorrer la habitación de un lado a otro hasta que el cansancio me vencía y daba por terminado todo. Escucha en la habitación de Marta, que descubrí que solía masturbarse casi a diario, y escucha en la habitación de mis tíos, a los que oí follar la primera vez a los dos días de mi llegada. Comparé ese polvo sorprendido a Luis y Paqui con los de mis padres. Nada que ver. Mis tíos eran más efusivos entre ellos, más cercanos, se amaban mientras follaban -esa podía ser la mejor explicación-. No es que fueran escandalosos, no excesivamente, pero, desde luego, participaban más, se entregaban más, se preocupaban más el uno del otro
- Dámela, no pares...sigue...sigueeeee...dame tu leche
A través del fino tabique me llegaban las palabras de una Paqui excitada, descontrolada, a punto de correrse, y la respuesta de su esposo, que, a diferencia de mi padre, se preocupaba por el placer de su mujer
- Córrete mi vida...córreteee… tómala toda
Me excitaba. Me ponía muy cachondo todo eso. En alguna ocasión la follada de mis tíos era coincidente con la paja de Marta. Entonces ahí me surgía el dilema, la duda. A quién atender?. En qué pared quedarme?. A quién escuchar?. Si eso pasaba solía optar por la pareja, por la simple razón que sus movimientos, sus diálogos, me eran más perceptibles que los de mi prima, por lo tanto, me calentaban más y colaboraban a mi propia corrida.
A principios de Septiembre, Carlos, el novio de Marta, al haber aprobado las oposiciones, meses antes, al Cuerpo Diplomático, se marchó, como agregado, a la Embajada de Canadá. Era algo que se sabía de tiempo que pasaría, pero su novia, mi prima, como que no era muy consciente de ello. Esa despedida, al menos temporal, causó en ella un impacto importante. Lloros, horas en su cuarto, tristeza...que sus padres, mis tíos, intentaban cortar de alguna manera, pero que era imposible.
Coincidió que también a mi me volvieron las fiebres dichosas y estuve algunos días en la cama. Mi estado no era, ni mucho menos, tan preocupante como la vez anterior, pero estuve jodidamente encamado. La compañía de Marta, aún en su estado, me ayudaba. Esa complicidad que habíamos adquirido, por el tiempo que pasábamos juntos, incluso se hizo mayor, más plena. Casi todas las tardes las pasaba conmigo, sentada en la cama, a mi lado. A ella creo que eso también le vino bien, para obviar, en cierta forma, su soledad, para olvidarse, por momentos, de la ausencia de su amado.
A veces jugábamos en la cama a las cartas, al cinquillo, otras hacíamos peleas, que ella sabía de mis muchas cosquillas y me tocaba por todo el cuerpo, con inocencia, para provocarme una risa loca. Ver a Marta con sus vestidos vaporosos, de verano, poder, sin querer, o no tanto, sus pechos, esos juegos, a mi me trempaban, que ya no tenía febrícula y mi cuerpo adolescente, y tan salido, reaccionaba de una manera aleatoria y desproporcionada.
El cántaro iba a la fuente, así que tenía que romperse, era ley. Y uno de esos días de juegos, con la polla empalmada, por encima de la sábana, Marta notó mi dureza. Se quedó quieta, parada de repente. Le cambió la cara. Su rostro serio. Pensé por un momento que estaba enfadada, pero quizás lo que estuviera fuera sorprendida, que no se esperaría probablemente que su primo, con sus tocamientos tan simples, tuviera una erección
- Paco…
Yo me asusté. Ese Paco, dicho así, me sonó a reproche, que no lo era tanto, más bien sorpresa. Hizo intento de levantarse e irse, pero la cogí del brazo, como diciéndole “no te vayas”. Volvió a sentarse en la cama, ya sin tocarme. Me miraba. Fijamente. Yo intenté aguantarle esa mirada, pero es que no podía, me sentía avergonzado, mucho, pero también caliente, excesivamente.
- Por qué…?
Pero era incapaz de contestar a su pregunta. No podía. Es más, sentí un nudo en la garganta que no podía deshacer. Me daban ganas hasta de llorar, no sé si de impotencia, de rabia, por haberme pillado en mi excitación, no lo sabía… Marta se dio perfecta cuenta de todo eso, claramente. Me acarició la cara, la mejilla, de manera repetida, con calma
- mi niño…
Metió su mano por debajo de la sábana, previamente su mano había acariciado mi pecho, incluso quitando algunos botones de la chaquetilla del pijama que tela que llevaba puesto. Me parecía que la respiración de mi prima se alteraba, o lo mismo era mi sensación en ese estado de descontrol que me traía. Su mano fue bajando. Se posó en mi polla por encima del pantalón. Recordaba cuando hizo ese mismo gesto en el sofá de la casa de mis abuelos a su novio, cuando él la pidió que se la sacara, que le masturbara, pero yo no me atrevía a tanto.
- no pasa nada, Paco, nada…
Su mano se introdujo, salvó el pantalón y el calzoncillo, cogió mi polla, la agarró con la fuerza justa, y empezó a moverla muy despacio
- La tienes muy dura
Era orgullo lo que salía de su boca en esa frase. Se acercó a mi y me dio un beso en los labios. Juntó sus labios con los míos. Abandonó su tarea y se levantó. Yo pensé que ahí se acababa todo, que no iba a más, pero Marta se fue a la puerta, que estaba abierta, la cerró, y se vino despacio otra vez hasta la cama. Se volvió a sentar, volvió a meter su mano por debajo de la sábana, volvió a tomar la polla, volvió a menearla
- Necesitas tranquilizarte
Joder que si lo necesitaba...y no sabía ella cuánto. Según iba moviendo su mano, sin prisa, intenté llevar las mías a sus tetas, introducirlas por dentro de su vestido. Me miró y sonrió
- Déjame ahora a mi...no te preocupes de nada…
La mano se movía ya más deprisa. No pude evitar cerrar los ojos y gemir. Era tanto el gusto que me daba mi prima.
Con la mano libre echó hacia atrás la sábana. Abrí los ojos y vi mi polla sujeta por su mano, y como se movía. De nuevo las miradas cruzadas. De nuevo su sonrisa. Fue cuando bajó su cabeza, cuando sacó su lengua y cuando lamió mi capullo, como si de un caramelo se tratara. Fue cuando mi gemido se hizo sonoro. Me daban tremendas ganas de empujar su cabeza, de jugar con su pelo, como había observado que le hacía su novio, pero no me atreví. Marta se metió el rabo en la boca, pero antes de hacerlo, sin moverse de su posición me dijo “déjate ir, no te reprimas, disfruta...”.
La mamada se hizo intensa, la mano se movía por el tallo, la lengua jugaba, se movía, era como un torbellino. Sentía el calor de su boca. Notaba como yo mismo me tensaba de placer, como sabía que iba a terminar si seguía de esa manera. Se lo dije: “Marta, me voy a correr...”
Mi prima se sacó la polla de la boca y aceleró el ritmo de su mano, lo hizo constante e intenso, hasta que exploté, hasta que la primera andanada de leche salió disparada, cubriéndole la mano de líquido blanco y espeso. En ese momento fue cuando se la volvió a meter en su boca y absorbió los distintos disparos que salían. Me moría de gusto. Me volvía la fiebre, pero de otra manera.
- Tienes una leche muy rica… lo sabías?
Lo que tenía en su mano, el resultado de la primera descarga, se lo llevó también a la boca y con su lengua recogió parte
- Me gustaría besarte, Marta
Otra sonrisa. Y acercó su boca a la mía, pero esta vez abierta lo suficiente como para que nuestras lenguas se encontraran, para compartir la lefa que aún tenía. No fue un beso largo ni excesivamente lujurioso. Fue un muerdo de complicidad absoluta. Y, sí, era verdad, mi leche estaba rica...





