Aquella tarde de verano en la que estaba Genaro pescando truchas en el río, se había levantado un fuerte viento que hacía que las copas y las ramas de los chopos, los sauces los laureles, y otros árboles, anduvieran en revolución y dejaran al descubierto a algunos pájaros que se aferraban a las ramas con sus curvados dedos. De repente vio venir una prenda blanca río abajo, al llegar a su altura la cogió con la caña de pescar y vio que eran unas bragas, luego bajó un sujetador blanco y por último un vestido. Le fue fácil deducir que alguna mujer se estaba bañando y que el viento había echado sus ropas al río. Se fue por la vera del río arriba con las ropas en la mano para ver desnuda a esa mujer
Los árboles dificultaban la visión de la que se estuviera bañando, pero al final dio con ella. Era Lucía, su suegra.
Lucía era una mujer morena, de estatura mediana, ojos color avellana, cabello trigueño y con un cuerpo más que apetitoso.
Al verla reculó, aunque solo un instante. Luego volvió a mirar y agarró un empalme brutal. Iba a sacar la polla para hacerse una paja, pero Lucía comenzó a caminar hacia la orilla y él se alejó de allí. Cuando su suegra salió del agua fue hacia ella. La mujer se alarmó al ver que su ropa había desaparecido. Levantó cabeza y al ver venir a su yerno se volvió a meter en el río, pero no había podido evitar que Genaro viera su coño peludo y sus grandes tetas con enormes areolas y gordos pezones. Le dijo:
-El viento tiró tu ropa al río.
Lucía y su yerno se llevaban como la gata y el ratón. Le dijo de mala manera:
-Déjala ahí y vete.
-Está mojada, así no la puedes poner.
La mujer con el agua cubriéndola hasta la cintura y tapando sus gordas tetas con sus manos y sus brazos, le dijo:
-Esas ya no son cosas tuyas, gañán.
-A mí me hablas bien, vieja.
A Lucía no le sentó bien que le llamara vieja.
-¡¿A quién has llamado vieja, picha floja?!
El viento se había ido. Genaro comenzó a extender la ropa sobre la hierba.
-Así que picha floja, eh.
-¡Deja en paz mi ropa, cabrón!
No dejó en paz la ropa de su suegra ni la suya propia, ya que se desnudó y empalmado se metió en el río. Lucía, viéndole la idea, corrió hacia la otra orilla, la persiguió y la garró por la cintura cuando había llegado a ella. Con la parte superior de su cuerpo sobre la hierba y la otra parte en el agua, le cayó encima.
-¡Vicente te va a matar cuando le cuente esto!
-Ese no mata ni a una mosca.
Le clavó la polla en el coño, un coño que, extrañamente, estaba muy lubricado, era como si Lucia se acabara de correr, aunque el estar follándola bajo el agua también había ayudado que la polla hubiera entrado como entra un estilete en la mantequilla.
-Te has hecho una paja en el río, viciosa.
No se lo negó ni se lo confirmó.
-¡Quítala, cabrón, quítala!
Comiéndole una oreja le dio a mazo.
-Te vas a correr cono una perra.
-¡Para, mamón, para!
Al parar el coño de Lucía latía. Al latir se abría y se cerraba, y al cerrarse apretaba su polla.
-Tienes tantas ganas de que te la quite como de que te quiten una muela.
Lucía, gozando como una perra, comenzó a dejarse ir.
-Follar me follarás, pero yo voy a conseguir mi propósito, librarme de ti.
-Por cuenta que te tiene vas a callar como una pared.
-Cuenta va a tener de ti la guardia civil.
-Lo dudo mucho.
Comenzó a gozar de ella despacio, lamiendo sus orejas, besando su cuello y disfrutando de cada clavada. Lucía hacía años que no sentía una polla dura dentro de su coño y al rato no pudo evitar correrse. Al correrse su culo y sus piernas temblaron, pero de su boca no salió ni un gemido, más que nada porque la había tapado con su mano derecha.
Cuando Lucía acabó de correrse, se la quito, la puso boca arriba sobre la hierba, le sujetó las manos y le dijo:
-Si dejas que te eché un polvo como es debido, mañana mismo cojo a tu hija y me voy para la casa de mis padres.
Lucía lo miró de mala manera.
-¿Me estás forzando y tienes los santos cojones de pedirme que me deje?
-Es lo que siempre he soñado.
Lucía no se podía creer lo que acababa de oír.
-¡¿Qué tú, qué?!
-Lo que has oído, y eso no es lo peor.
-¿Qué puede haber peor que eso?
-Que cuando follo a tu hija pienso en ti.
Lucía se escandalizó.
-¡¿Pero a ti que te pasa conmigo?!
-Que estoy obsesionado. Quiero a tu hija, pero tú estás en un plano superior.
Lucía lo puso a prueba.
-En un plano superior, eh... Me dejo si te vas sin mi hija.
-¿Tanto me odias?
-Escoge.
Le soltó las manos y la besó dulcemente
-No has escogido.
-Sí que lo he hecho, te he escogido a ti, pero si no quieres saber más de mí, tienes que colaborar,
-El sacrificio vale la pena.
La volvió a besar. Lucía le metió la lengua en la boca y se fundieron en un beso, lujurioso y largo, muy largo. Luego bajo a las tetas y se las magreó, chupó y mamó hasta ponerle los gruesos pezones duros como piedras. Después bajó al coño, posó su lengua sobre el clítoris y lamió de abajo a arriba, despacio y sin presionar, al principio, luego lamió más aprisa progresivamente, al tiempo que iba presionando la lengua contra el clítoris. A punto de correrse, le dijo Lucía:
-Métela ahora o te quedas sin correrte.
Aquella petición era de locos, pero Genaro no se lo pensó dos veces, dejo de lamer y se la metió hasta las trancas. Lucía necesitó muy pocas clavadas para correrse. Genaro se corrió con ella sintiendo cómo el coño le apretaba la polla y oyendo unos gemidos escandalosos.
Al acabar le dijo Lucía a Genaro:
-Lo de mi hija lo dije para ponerte a prueba. No podría joderle la vida, pero cuanto antes os vayáis mejor.
No le dijo nada por haberse corrido dentro y le extraño, pero e calló.
Genaro volvió a donde estaba pescando, recogió la caña y el cesto de mimbres en el que tenía tres truchas y regresó a casa, donde vivía con Lucía, con Marta, su mujer y con Vicente, su suegro.
Vicente, el suegro de Genaro, era un cuarentón muy quemado, que andaba borracho un día sí y el otro también, pero eso sí, se emborrachaba después de salir de trabajar y al llegar a casa no se metía con nadie.
Esa noche cenaron los cuatro y hablaron de todo un poco, y aunque Lucía y Genaro no se dirigieron la palabra, ni a Vicente ni a Marta les extrañó, lo raro sería que se la dirigieran.
Ya en la cama, Marta y Genaro sintieron a Lucía y a Vicente haciendo algo que hacía meses que no hacían. Marta le dijo a Vicente.
-Sin tiempo no era.
-A ver si hacen un niño y tienes que partir tu herencia.
-No hay problema, a mi madre ya se le fue la regla.
-Ahora lo entiendo.
Genaro se había ido de la lengua.
-¿Qué es lo que entiendes?
Supo arreglarlo.
-El mal humor que tiene conmigo tu madre. La falta de la regla dicen que vuelve a las mujeres hurañas.
-Sí, eso dicen.
El sábado, Vicente y su hija Marta se habían ido a la feria a ver si encontraban una cabra a un buen precio. Genaro y Lucía, con botas de goma y ropas viejas, estaban en el establo. Ella estaba acabando de ordeñar la vaca y él acababa de darle de comer a los cerdos y empezaba a darle de comer los conejos, conejos que estaban en jaulas. Le dijo él:
-Suegra.
-No me dirijas la palabra.
-Era solo para decirte que la realidad fue mejor que cualquiera de los sueños que he tenido contigo.
-No me recuerdes lo que hice por verte lejos.
-No me negarás que lo disfrutaste.
-Eso es lo que más me reconcome.
-Para mí fue algo inolvidable ver como te corrías, pero rizar el rizo sería él no va más.
-¿Rizar el rizo?
-Sí, eso es lo que he dicho.
-No sé por qué pregunto, pero. ¿Qué coño sería rizar el rizo?
-Que me ataras de pies y manos. Que me cabalgaras, que me pusieras el coño en la boca y que me llenaras a boca de jugos al correrte, que después te corrieras en mi polla... Que te corrieras hasta que no pudieras más.
-Eres un enfermo.
-¿Por desearte no soy ningún enfermo?
-Estás casado con mi hija, desgraciado.
-¿Y si no estuviera casado con tu hija seguiría siendo un enfermo?
-Sí, soy una mujer casada, enfermo, y además de enfermo estás loco.
-Ahora también soy un loco.
-Sí, solo un loco puede desearme. Tengo cuarenta y cinco años, las tetas decaídas, el culo fofo y no soy guapa.
-No mientas, hay espejos en la casa y sabes lo buena que estás.
-Si crees que dándome cera vas a conseguir algo vas dado.
Fue a su lado. Lucía se levantó de la pequeña banqueta en la que estaba sentada.
-¡No te atrevas a tocarme!
-Este sitio está muy sucio para hacer algo con una mujer como tú. Venía a por los cubos de leche
-Pues cógelos, llévalos a casa y échalos dentro de la lechera.
-Mañana me voy y no hay nadie en casa más que tú y yo, podríamos..., ya sabes
Lucía se ablandó.
-No tienes porque irte, lo que pasó ya pasó.
-Sigue sin haber nadie en casa, más que tú y yo.
-Olvídame.
-En ese caso nos iremos, no puedo vivir contigo sin poder gozarte después de haberte probado.
-¡¿Pero tan hondo calé dentro de ti?!
-Hasta la médula te me has metido.
Lucía le dio a la cabeza.
-Tienes un problema muy gordo.
Genaro cogió los cubos de leche y yéndose hacia la casa, le dijo:
-Lo sé.
Había pasado más de un cuarto de hora y Genaro estaba cambiándose de ropa y de calzado en su habitación. En la puerta de la habitación apareció su suegra. Llevaba puesto un sujetador negro, unas bragas negras y unas medias negras con unas ligas verdes y tenía dos cintas blancas en su mano derecha. Al verla, exclamó:
-¡Qué belleza!
Lucía y contoneado las caderas, se acercó a su yerno.
-¡Sorpresa!
-Y de las grandes.
Le quitó el calzoncillo le ató las manos a la espalda, después lo empujó hasta echarlo boca arriba sobre a cama, y atándole los pies, le dijo:
-No quiero que te vayas.
Le echó la mano derecha a la polla morcillona, le dio dos besos en el glande y luego otros dos en los huevos.
-¿Me has imaginado haciendo esto?
-Sí.
Lentamente, le lamió y le chupó los huevos. Luego se arrodilló en la cama y masturbándolo y mirándolo para la polla, le dijo:
-Nunca había visto una cosa tan hermosa.
Le lamió y le chupó la polla, polla que ya estaba tiesa.
-¡Qué dura y que rica está!
Se la mamó, al tiempo que le apretaba el pezón izquierdo con los dedos índice y anular. La mamó, la lamió, la meneó y Genaro comenzó a gemir.
-No hagas mucho ruido que los vecinos tienen el oído muy fino.
Lucía se quitó las bragas, lo montó, cogió la polla, la frotó en la entrada del coño y después metió y sacó la cabeza muy lentamente, y la tira de veces.
-¿Te follaba así en tus fantasías?
-Sí, pero también me ponías los pezones en los labios.
Lucia quitó el sujetador y sus grandes tetas se liberaron. Sin dejar de follarlo, le puso el grueso pezón izquierdo entre los labios, pezón que le lamió hasta que Lucía bajó la teta para que se la mamara.
-¿Te gustan mis tetas?
-Sí, da gusto comerlas.
-¿Quieres que te dé la otra?
-Sí.
Le dio la otra teta, lamió el pezón, y cuando se la estaba mamando, Lucia metió la polla hasta el fondo del coño. Lo folló a toda pastilla y cuando sintió que se iba a correr, paró de follarlo, lo miró a los ojos y le dijo:
-¿No querías ver cómo me corro?
-Sí.
Genaro vio como a su suegra se le cerraban los ojos y como le cambiaba la cara con el placer. Sintió sus gemidos y vio como le temblaban las tetas... Vio y sintió lo que tanto había deseado ver y sentir.
Luego de recuperarse del tremendo placer que había sentido, le preguntó:
-¿Qué quieres que te haga ahora?
-Dame el coño a mamar.
-Lo tengo hecho unos zorros.
-Me gustan los coños jugosos.
Se lo puso en la boca.
-¿Te ponía así el coño la boca en tus fantasías?
-Sí, y te frotabas la pepita hasta que me llenabas la boca de jugos.
Lucía se sorprendió.
-¡¿Quieres que me haga una paja teniendo a mano una polla tan deliciosa?!
-Si quieres que sea como en mis fantasías, sí.
Lucía comenzó a frotar el clítoris con dos dedos y Genaro le enterró la lengua en el coño corrido.
-¿Me vas a follar con la lengua?
La sacó para responderle:
-No, me vas a follar tú la lengua con el coño.
Le volvió a enterrar la lengua en el coño y Lucía comenzó a subir y bajar el culo para que la lengua saliera y entrara de él.
-Nunca me había sentido tan guarra, tan puta, tan asquerosamente asquerosa, y lo curioso es que me gusta sentirme así, me produce un morbo tan grande que no voy a tardar en correrme en tu boca.
Volvió a sacar la lengua de su coño.
-Hazla durar, verás como te viene con más fuerza.
-¿Y eso como se hace?
-Cuando sientas que te vas a correr, saca la lengua de tu coño y dame el culo.
Al rato sintió que se iba a correr y le puso el culo en la boca. Genaro le clavó la lengua en el ojete y Lucía le dio en la boca una tremenda corrida mientras gemía y se convulsionaba.
Al acabar de correrse, le dijo:
-Me has engañado, sabías que me iba a correr al meterme la lengua en el culo.
-Era para irte preparando.
-¿Para que?
-Para el sexo anal.
Lucía no quería pasar por eso.
-¡Ay no, a mí por el culo no me das tú ni nadie!
-A tu hija le gusta.
-¡¿Se corre cuando se la metes en el culo?!
-Sí, claro que antes tengo que calentarla bien calentada.
Lucía se quitó de encima de Genaro y se echó al lado de él.
-Me estás mintiendo, tú lo que quieres es que yo misma me desvirgue el culo, y eso tiene que doler una barbaridad.
-Ni quiero que te desvirgues tú misma ni te va a doler, bueno, si es que no se acabó la manteca y el aceite.
-Con las cosas de comer no se juega.
-Pues con saliva y con tus jugos vaginales y con los de mi polla también se puede hacer.
Lucía le pasó la yema del dedo medio de su mano derecha por el glande de la polla y lo sacó mojado y empezó a entrar al trapo.
-Explícame como sería la cosa.
-Suéltame y no hará falta que te explique nada.
-Miedo me da lo que me puedas hacer.
-Si no te gusta, o te duele te la meto en el coño y me olvido del culo.
Lo soltó y Genaro le dijo:
-Ponte a cuatro patas.
Se puso, y él se arrodilló detrás de ella. Le enterró la lengua en el coño, la sacó y luego se la enterró en el culo, después le metió un dedo en el coño, lo sacó pringado de jugos y le folló el culo con él, a continuación fue turnando la lengua y el dedo. Cuando Lucía comenzó a gemir, le preguntó:
-¿Lo estás disfrutando?
-Sabes que si, golfo.
-¿Quieres que te meta dos dedos en el culo?
-Mete los dedos que quieras.
Siguió con las clavadas de lengua en el coño y en el culo. Ahora, en vez de un dedo eran dos los que le follaban el culo, y poco después eran tres.
Cuantas más clavadas y más folladas, más se encharcaba el coño de Lucía y más ganas tenía la mujer de desbordar. Llegaron a ser tan grandes las ganas que le dijo:
-Quiero correrme.
Genaro, que tenía las manos en su cintura, se las echó a las tetas, y magreándolas le lamió el coño. Poco después, al ver Genaro que su suegra se iba a correr, le clavó la polla en el coño, le dio caña y Lucía, entre gemidos, se corrió como una perra.
Al acabar de correrse su suegra, sacó la polla pringada de jugos y le frotó el glande en el ojete, luego empujó y le entró hasta la corona, después lo metió y lo sacó varias veces, antes de preguntarle:
-¿Que sientes, Lucía?
-Ni frío ni calor.
Le clavó el glande entero.
-¿Y ahora?
-Ahora me escuece el culo.
-Ahí va el lubricante que faltaba.
Genaro se corrió dentro del culo de su suegra, y mientras se corría se la fue metiendo hasta el fondo del culo.
Teniendo toda la polla dentro de su culo, Lucía, con los ojos llorosos, le dijo a su yerno:
-¡Y decías que no me iba a doler, cabrón!
-Ya no será la cosa para tanto, quejica, y no levantes la voz, ya sabes, los vecinos tienen el oído muy fino.
A Lucía la comían los demonios.
-Sácala, hostias, sácala.
Comenzó a sacarla y le volvió a doler.
-Despacio, sácala muy despacio.
Se la fue sacando despacito, lo que se dice centímetro a centímetro. Cuando ya le había sacado la mitad, a Lucía le empezó a gustar y a centímetro que sacaba Genaro, medio centímetro que se metía ella echando el culo hacia atrás. Como es obvio, Genaro estaba viendo lo que hacía su suegra, y aún se la sacó más despacito. Al final, antes de que le sacara el glande, le dijo Lucía:
-Vuelve a meterla.
Se la clavó despacio, pero de un tirón, y después le siguió dando. Al rato dijo Lucía:
-Jodeeeer, jodeeeer, jodeeeer, que me corro, que me corro, ¡me corroooo!
-Y yo, suegra, y yo.
Se corrieron juntos temblando uno, sacudiéndose la otra y gimiendo los dos.
Desde ese día, oportunidad que tenían, polvo al canto, eso sí, delante de Marta y de Vicente se llevaban como se llevan la gata y el ratón.
Quique.





