Aquella mañana de domingo estaba yo sentado en un banco de piedra que había en mi corral fumando un cigarrillo cuando salió mi sobrina de su casa, se sentó a mi lado y me dijo:
—¿Me acompañas al cine esta noche a ver Las edades de Lulú?
Me hice de rogar.
—Esa película no es para verla una muchacha como tú.
—Hace siete meses que cumplí los dieciocho años y ya soy una mujer hecha y derecha.
Mi sobrina medía un metro setenta y cinco, cuatro centímetros más que yo; tenía los ojos negros, el cabello marrón y largo y era muy guapa.
Llevaba razón al decir que era una mujer hecha y derecha; por eso ir con ella a ver una película de jodienda era tentador, pero peligroso. Le dije:
—Claro que ya eres una mujer, y por serlo, si se entera tu padre o tu madre, o tu novio que te acompañé a ver una película guarra, me capan.
—Es domingo de carnaval, puedes estar seguro de que no me van a reconocer.
Tiré la colilla a la tierra y la pisé.
—Ni que fueras la mujer invisible.
—No lo soy, pero esta noche estaré irreconocible.
—¿Y qué gano yo?
—¿Que no le diga a tu mujer que te has follado a Claudia?
Me agarró fuera de juego.
—¡¿Quién te dijo eso?!
—No se revelan las fuentes, pero esas fuentes aún me dijeron algo más.
—¿Qué más te dijeron?
—Que allí había otro hombre mirando... Haces cosas muy raras, tío.
—Y tú sabes cosas que no debías saber.
Mi sobrina siguió a lo suyo.
—¿Me vas a esperar en la entrada del cine o no?
—Encima querrás que te pague la entrada.
—Qué menos.
—¿Y qué les dirás a tus padres?
—Que voy a ver una película de amor con mis amigas.
—Lo tenías todo atado y bien atado.
—Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen.
Fuimos los primeros en entrar en el cine. Mi sobrina iba disfrazada de doña Rogelia, que era uno de los muñecos de Mari Carmen, y por encima llevaba puesto un abrigo gris. Yo llevaba una barba postiza y unas gafas negras y un mono de trabajo.
Nos sentamos en la última fila, ella en la butaca que estaba al lado de la pared y yo al lado. Se quitó el abrigo y lo puso sobre las rodillas.
Poco más tarde, la sala estaba petada. Allí no se sabía quién era hombre y quién era mujer; todos iban disfrazados. Los dos que estaban a mi lado iban disfrazados de zorros, del zorro espadachín. Los dos sacaron sus capas y las pusieron sobre las rodillas.
Los créditos ya insinuaron de qué iba a ir la película. La cosa se empezó a poner interesante cuando Lulú se quitó las bragas y cuando Pablo, sentado en un sillón, se tocó una pierna para que fuera a su lado, y ella fue, levantó el vestido, le dio la espalda y se sentó en su regazo. Mi sobrina se movió nerviosa en su sillón, me miró, sonrió y me dijo al oído.
—Se va a poner la cosa caliente.
La película siguió... Al comenzar Pablo a afeitarle el coño a Lulú, Bea metió la mano izquierda debajo del abrigo y sentí cómo se bajaba la cremallera del pantalón.
Cuando Lulú se echó en un sillón largo y se puso en posición para ser follada, sentí la frotación de los dedos de mi sobrina en el coño, y cuando Pablo desvirgó a Lulú y la muchacha se quejó, sentí con más claridad el frotamiento. Al dejar de oírlo, oí el de al lado, pues el zorro era zorra y su pareja otra zorrilla que también se la rascaba. La cabeza de mi sobrina se posó en mi hombro y sentí sus dulces gemidos mientras se corría. Los gemidos que no sentí fueron los gemidos de las de mi lado al correrse, pero fue porque se taparon las bocas con las manos.
Al acabar de correrse, sin quitar la mano del coño, me dijo.
—He hecho una cochinada.
Pasado un tiempo, Lulú y Pablo echaron el primer polvo de casados. La mano izquierda de Bea volvió a meterse debajo del abrigo y, tiempo después, en el momento en que Bea montó a su marido, su cabeza se posó en mi hombro. Sentí sus dulces gemidos al correrse y, como si no lo supiera, me dijo:
—Soy muy cochina.
Empecé a ver cómo desaparecían las cabezas de algunos asistentes. No era muy difícil saber qué estaban haciendo. Miré para el acomodador, que estaba de pie al lado de la primera butaca de nuestra fila, y el hombre me pareció un ciego, sordo, mudo.
Bea, al acabar de correrse, me miró, me sonrió y luego quitó la mano de debajo del abrigo. Ni que decir tiene que yo ya tenía un tremendo empalme.
A todo esto, la película continuaba, y cuando Pablo le regaló un consolador a Lulú, Bea volvió a meter la mano debajo del abrigo y, al rato, cuando Pablo se la metió en el culo a Lulú, Bea se volvió a correr, se corrió con la cabeza en mi hombro. De nuevo sentí sus dulces gemidos de mi sobrina con su cabeza sobre mi hombro.
—No puedo parar de hacer cochinadas.
Las que estaban a mi lado seguían frota que frota.
La película no paraba, y unos minutos después, cuando Pablo y Lulú iban a hacer un trío con una fulana, Bea fue a por su siguiente paja, con la rutina de siempre, o sea, metiendo la mano debajo del abrigo, aunque esta vez me dijo al oído:
—Haz una cochinada tú también.
—No me voy a hacer una paja aquí.
—Te la hago yo.
Saqué la polla. Mi sobrina me echó la mano a la polla y comenzó a masturbarme
Mirando cómo Lulú le enseñaba el coño a su marido para que no fuera a trabajar, se masturbó y me masturbó. No le duré nada; con menos de una docena de toques solté un chupinazo de leche que no sé si no llegaría al techo. Luego, parte de la leche bajó por mi polla y se detuvo en su mano. Soltó mi polla, lamió la leche de la mano, se dio dedos a mazo y se corrió con la cabeza apoyada en la pared.
La sala de cine cuando entramos tenía un olor muy fuerte debido a los productos que usaban para limpiar las butacas y la moqueta. Ese olor tan fuerte había desaparecido. Allí olía a coño, a sudor y a semen, allí olía a vicio y esto hacía que los espectadores se fueran desinhibiendo y, al meter paja en la película, comenzaran los morreos, como el que se daban las zorras que estaban a mi lado.
Luego de la paja (de paja de la otra), llegaron unas escenas eróticas en las. Pablo ataba a Lulú, le vendaba los ojos y la amordazaba. Bea, que tenía la cabeza en mi hombro, levantó la cabeza, volvió a meter la mano debajo del abrigo y le echó la mano derecha a mi polla, polla que yo ya la había guardado. La acarició igual, viendo cómo el hermano de Lulú entraba en la habitación y ocupaba el lugar de su marido... Con todo lo que vio después, se volvió a correr como una putita.
Luego de correrse, me dijo al oído:
—¿Nos vamos?
—¿Para casa?
—Sé de un sitio donde podemos echarnos un polvo.
Había perdido la cuenta de las veces que se había corrido y aún quería follar. No iba a ser yo quien le dijera que no.
—Vamos.
Quiso levantarse, le temblaron las canillas y tuvo que volver a sentarse.
Me preocupé por ella.
—¿Estás bien?
—Sí, dame un minuto.
Un par de minutos después salimos del cine. Fue dar la vuelta a la esquina y encontrarme con mi cuñada y con mi hermano, que sabían de qué iba disfrazado yo, pero no su hija. Mi cuñada, que iba sin disfraz, me dijo:
—¿Y tú qué haces con doña Rogelia? Si se entera tu mujer...
—No estoy con ella, la adelantaba por la izquierda.
Dejaron pasar a Bea y luego me dijo mi hermano:
—¿Van unos vinos, Quique?
—Van.
Al día siguiente, por la noche, estaba fumando en el mismo banco en el que habíamos hablado el día anterior. Bea me entró.
—Quiero que uno de estos días me hagas todo lo que le hicieron a Lulú en la película.
La idea me gustó.
—Haría falta otro.
—Ya lo sé.
—¿Has pensado en alguien en particular?
—No, sorpréndeme.
Yo cuidaba de una casa nueva que era de un matrimonio amigo mío que estaba en Alemania. Le había dado las llaves a Bea para que me esperara en el salón. Entré por la puerta de atrás como había entrado ella. Me fui al salón y allí estaba, sentada en un sillón; al verme, sonrió, levantó el vestido y quedó con el coño al aire. Tenía una toalla y una palangana en el piso, toalla y palangana que había dejado yo allí. Me preguntó:
—¿Vienes solo?
—No me fiaba de nadie.
—No va a ser lo mismo, pero lo vamos a pasar muy bien.
Saqué de los bolsillos del pantalón la brocha, el jabón y la caja con la maquinilla de afeitar.
Preparando la cosa, le pregunté:
—¿Eres virgen?
—No, me desvirgué yo sola metiendo los dedos hace tiempo...
—No me refería a los dedos, me refería a una polla.
—Solo la mamé; a mi novio no le dejo follar.
Le enjaboné la espesa mata de vello negro.
—Nunca follé un coño pelado.
—Pues hoy lo vas a follar.
Jugué con los pelos de la brocha en su clítoris. Cerró los ojos y a saber en qué se puso a pensar, ya que no los abrió mientras fui afeitando su coño. Tuve mucho cuidado en las esquinas, pero el resto fue como coser y cantar.
Al acabar, le sequé y le limpié el coño con la toalla.
El coño lo tenía medio abierto; vi sus labios rojos y el glande del clítoris fuera del capuchón. Lamí de abajo arriba entre los labios con la punta de la lengua y arranqué de su garganta el primer gemido. —¿Qué haces, tío?
—Gozarte.
Lamiendo de abajo arriba, fui metiendo la lengua más y más adentro y acabé enterrando la lengua en la vagina, y digo acabé porque su vagina se cerró, mi lengua salió y mi sobrina se corrió como una bendita.
Al acabar de correrse, saqué la polla empalmada, se la puse en los labios y le dije:
—Chúpamela.
—Esto no estaba en la película.
—Esto no es una película.
Abrió la boca, se la metí y me la chupó, mal, pero estaba haciendo algo que no había hecho pocas veces. Me bajó los calzoncillos y los pantalones mientras chupaba, calzoncillos, pantalones y zapatos que me quité pisando un zapato con el otro y luego pisando las prendas. No sabía mamar bien, pero yo me iba a correr igual, así que para no correrme, le saqué la polla de la boca y le dije:
—Ponte en pie.
Se levantó. Le quité el vestido y el sujetador y vi su sensual cuerpo, que tenía unas tetas medianas y duras, con areolas marrones y preciosos pezones. Yo me quité el jersey y la camisa, la cogí de la mano y la quise llevar a una habitación, pero se detuvo antes de llegar a la puerta de la habitación. Me arrimó a la pared, me echó la mano a la polla y me dijo:
—Fóllame de pie.
La giré, la empotré contra la pared, le eché la mano al coño mojado y, metiendo un dedo dentro de su coño, la besé con lengua hasta que comenzó a gemir. Juego le mamé las tetas bien mamadas, y a continuación le levanté la pierna izquierda cogiéndola por debajo de la rodilla. Bea cogió mi polla, la puso en la entrada de su coño y se la metí. Le entró a presión y le molestó desde que entró la cabeza hasta que le llegó al fondo del coño; lo supe porque Bea, comiéndome la boca, clavaba las uñas en mis nalgas.
Poco después, follándola despacio, ya no me clavaba las uñas, sino que empujaba mi culo para que la polla entrara hasta el fondo y cada vez empujaba más rápido y más fuerte. Le seguí el ritmo y luego, la cogí en alto en pesos y le di más rápido.
Agarrada a mi cuello, me quiso decir algo, pero comenzó a temblar y se le fue la voz.
Se corrió con la cabeza en mi hombro. Sin poder evitarlo, me corrí dentro de su coño.
Cuando la puse en el piso, lo dejó perdido, ya que de su coño cayó su corrida y la mía.
Al meternos en la habitación, dio un traspié y casi se cae. Le pregunté:
-¿Estás bien?
-Estoy bien jodida.
Vio sobre la mesilla de noche un vibrador y vendas negras. Mirándolas, se echó sobre la cama y me dijo:
-Lástima que no hayas traído también algo de comer.
Algo he traído, pero lo tenía para después.
-Ahora es después de antes.
No lo pudo explicar mejor.
-Vuelvo enseguida.
Fui a la cocina y regresé con una bandeja de pasteles, una botella de mistela, una tarrina de margarina y un azucarero.
Los ojos le hicieron chiribitas a mi sobrina al ver los pasteles y la mistela. Sentada en la cama, dijo:
—¡Cómo me voy a poner!
Cgió la bandeja, me dio una caña y se puso a comer los otros pasteles. Llevaba comidos siete y bebido a morro la cuarta parte de la botella de mistela cuando me dijo:
—Ya no puedo comer más. ¿Los acabas?
—Luego.
Miró para la margarina y el azucarero.
—¿Y la margarina y el azucarero para qué son?
-Lo sabrás a su debido tiempo.
Cogí las vendas, la até a un barrote de la cabecera de la cama y le vendé los ojos.
—Ya sé lo que vas a hacer, me vas a echar margarina con azúcar en el coño y me lo vas a comer.
—No es una mala idea.
Entraron en la habitación su amiga Claudia y el marido. Venían en pelotas. Ella era morena, delgada y guapota, tenía las tetas pequeñas y era una viciosa de mucho cuidado. A él le gustaba ver cómo follaban a su mujer y luego darle por el culo mientras el invitado de turno le daba por el coño.
Cogí margarina en la tarrina y le unté los pezones y las areolas a Claudia y luego le eché un poco de azúcar del azucarero. Después le di la tarrina a José, subí a la cama y me arrodillé entre las piernas de Bea. José le magreó las tetas con las manos untadas en margarina. Claudia le puso el pezón de la teta derecha entre los labios y comenzó a darse dedo. Mi sobrina lamió el pezón y la areola. Yo le metí un dedo en el culo y se lo follé con él. Bea, disfrutando de los magreos de las lamidas y de la follada de culo, comenzó a gemir. Poco después, José se arrodillaba a su lado, le metía la polla en la boca y Bea se la mamaba. A Claudia le magreaba las tetas sin dejar de masturbarse. Yo le metía dos dedos en el culo, la follaba y los movía alrededor para hacer sitio y meterle tres. De su coño no paraban de salir jugos. Mi sobrina levantaba la pelvis y arqueaba su cuerpo.
Luego, Claudia subió encima de ella, le puso el coño en la boca y frotó el clítoris. Bea lamió el coño mojado; yo le metí tres dedos en el culo y la follé con ellos. Poco más tarde, Claudia se corrió en su boca, yo le lamí el coño a mi sobrina y Bea se corrió en la mía.
Después de correrse, le solté las ataduras del barrote de la cama, me eché a su lado y la puse encima de mí. Claudia la volvió a atar al barrote de la cama; luego me cogió la polla, la puso en la entrada del coño y se la clavé.
-Por la polla sé que eres tú, tío. ¿Pero quién es ella y quién es él?
Claudia agarró la venda que quedaba y la amordazó.
José subió a la cama, y se arrodilló entre mis piernas; le lamió y le folló el ojete. Bea, como yo no le daba, comenzó a follarme.
Le estuvo lamiendo y follando el ojete un buen rato y con mucha delicadeza. La delicadeza se acabó cuando le clavó la polla en el culo. Bea berreó, y luego me pareció entender qué decía:
—¡Duele, duele mucho!
Claudia le engrasó a su marido la polla con mantequilla, pero Bea siguió berreando a medida que la polla entraba en su culo. No calló ni con toda la polla enterrada en el culo ni cuando se la fue sacando y metiendo, a pesar de que Claudia le seguía engrasando la polla a su marido. Paró de darle José y comencé a darle yo; lentamente, Bea dejó de berrear. Le quité la mordaza. Le metí la lengua en la boca y me la chupó.
—Ahora fóllanos tú.
—Lo haré, pero no os mováis.
Mi sobrina levantó y bajó el culo lentamente, y minutos más tarde lo levantó y lo bajó más aprisa, y volvieron los gemidos. Sentí a mi izquierda el ruido de un vibrador, miré y vi a Claudia, de pie; estaba apoyada con la espalda en la pared, su mano derecha la tenía sobre su teta derecha y el vibrador lo tenía sobre el capuchón del clítoris.
Bea también lo oyó y dijo:
—¡Follarme!
Le dimos sin prisa y poco después, sintiendo los gemidos de Claudia al correrse, se corrió ella; eso fue el detonante para que José y yo le llenáramos el culo y el coño de leche.
Luego de corrernos, Claudia y Jose se fueron. La desaté y le quité la venda de los ojos. Al ver que estábamos solos, me preguntó:
—¿Quiénes eran?
—Te lo digo si dejas la casa limpia como una patena.
—Mañana la limpio.
—Mañana te lo digo.
Nunca le dije quiénes la habían follado, y ella nunca más folló conmigo..





