Incesto amañado
 
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Incesto amañado

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José
(@quique)
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                                        Rosalía

Rosalía vivía en Londres. Era una joven, alta, morena, de ojos azules, y fotógrafa de profesión. Estaba en la cama de matrimonio esperando por su marido. Quería darle una sorpresa, y como había quedado en llegar la siete de la tarde, lo esperaba desnuda.

Sintió la llave en la cerradura de la puerta de la casa y se puso en la misma pose de la Maja desnuda de Goya. Sintió unos pasos venir hacia la habitación y en sus labios se dibujó una pícara sonrisa. Al abrirse la puerta de la habitación le dio un vuelco el corazón, porque en la puerta estaba un treintañero fornido de más de un metro ochenta de estatura. No le dio tiempo a taparse ni a chillar. El fortachón, de dos zancadas, llegó a la cama, se sentó en el borde y le tapó la boca con una de las manoplas, luego sacó una navaja jamonera y se la puso en el cuello.   

-Te voy a sacar la mano de la boca, si chillas atente a las consecuencias.

Le sacó la manopla, le miró para las tetas, unas tetas medianas y firmes, vio sus pequeñas areolas rosadas y sus pequeños pezones, luego vio su fina cintura, sus caderas anchas, sus piernas largas y torneadas y su coño, un coño que tenía una tremenda mata de pelo negro, y se olvidó de lo que venía a hacer. Rosalía le dijo:  

-Mi marido va a llegar de un momento a otro y lleva pistola.

-Tu marido está en un motel con su secretaria usando esa pistola y tú deberías estar en la peluquería.

-Mi marido...

Le calló la boca con un beso con lengua, y luego le dijo:

-Tu marido está follando. Magrea las tetas.

Con la punta de la navaja en el cuello, no le quedó más remedio que magrear las tetas.

El ladrón, que era moreno, de ojos verdes y muy atractivo, se puso en pie, sacó su polla morcillona, comenzó a menearla, y le dijo:

-Baja una mano al coño, mira para mi polla y mastúrbate.

Rosalía, mirando para la polla, que era como la de su marido, dándose dedo y magreando las tetas, comenzó a ponerse cachonda. Poco después, el ladrón le puso los huevos en la boca.

-Lámelos y chúpalos.

Lamió y chupó.

-Ahora mama mi polla.

La mamó y su coño comenzó a chapotear cuando los dedos llegaban al fondo.

Al tenerla a punto de caramelo, se desnudó, subió a la cama, se metió entre sus piernas y le lamió el clítoris con la punta de la lengua, se lo lamió de abajo a arriba y despacito. Rosalía no pudo evitar comenzar a gemir. El ladrón quiso hacerla sufrir, y lo hizo parando de lamer cada vez que Rosalía se iba a correr. Tanto la desesperó, que Rosalía acabó cogiéndole la cabeza, apretándola contra su coño y frotando el clítoris contra su lengua. 

Al acabar de correrse, le dijo el ladrón:    

-Ahora ponte a cuatro patas,

Rosalía se puso a cuatro patas. El ladrón se arrodilló detrás de ella y se la frotó en el coño antes de metérsela. Tenía el coño lubricado y la polla entró en él como entraría un cuchillo caliente en la mantequilla. Con toda la polla dentro, le dijo ella al ladrón:

-Si llega mi marido y me ve así, te mata a ti y me mata a mí.

-No vendrá, ya te he dicho que está follando con su secretaria en un motel. Os he estado siguiendo.

-Ya me estoy dejando, no hace falta que me mientas.

-No te miento.

Le echó las manos a las tetas y le dio despacio... En nada se corrió como una perra, luego le volvió a dar, pero ya le dio caña. Tiempo después, al sentir de nuevo sus gemidos pre orgasmo, paró de darle y le dijo:

-Acaba tú.

Rosalía movió el culo a toda mecha, de delante hacia atrás y de atrás hacia delante, hasta que se corrió de nuevo. Corriéndose, sintió cómo el ladrón le llenaba el coño de leche.

-¡Eres bueno, follando ladrón!

Al acabar de correrse, echado boca arriba sobre la cama, le preguntó:

-¿Y tú no sabes hacer más que lo que me has hecho?

-Si no fueras un ladrón y un violador, ibas a saber quién soy yo.

-La navaja está en el piso, ya no te estoy violando, y tampoco te voy a robar. 

-¿Y?

-Y no tienes coño a subir encima de mí y a darlo todo.

-¿Me estás retando?

-Sí.

Rosalía se olvidó de su marido.

-Yo no rechazo un reto.

Subió encima del ladrón y le puso el coño en la boca. Casi toda la leche había salido de su coño, pero le dijo:

-Lame tu corrida.

El ladrón, con las manos en su cintura, primero le lamió el coño y el ojete, y después se los folló con la lengua, ambos se le abrían y se le cerraban. 

-Me estoy poniendo malita otra vez.

-¿Quieres correrte así?

-Sí.

El ladrón le enterró la lengua en el coño y Rosalía se encargó de frotarse a su aire hasta que descargó en su boca. Convulsionándose exclamó:

-¡Qué pedazo de corrida!

Luego de correrse, lo besó y acto seguido le metió la polla entre las tetas y lo masturbó con ella un rato. Después se puso el coño a tiro, el ladrón la cogió por la cintura, se la metió de un zurriagazo y después le dio a mazo. Pasado un tiempo, le decía Rosalía:

-¡voy a correrme otra vez! 

El ladrón, sin parar de machacarle el coño, le dijo:

-Córrete.

A Rosalía se le quebró la voz al correrse.

-Me co, co, co, co, coorroooo.

Se corrió con la cabeza en su cuello, y allí se quedó hasta que volvió a la carga.

-Acabemos la historia.

Rosalía llevaba un tiempo casada, pero nunca se había atrevido a decirle a su marido que se la metiera en el culo. Al ladrón tampoco se lo iba a decir, pero le cogió la polla, la frotó en el ojete y la puso en la entrada. El ladrón le metió el glande. Rosalía, empujando con el culo, la siguió metiendo.

-¡Qué rico!

La metió toda en el culo y con ella en el fondo, le dio las tetas a mamar, tetas que el ladrón devoró. Luego lo folló despacito, frotando su clítoris contra su pelvis y comiéndole la boca. Follándolo, le preguntó:

-¿Tenía coño a subir encima de ti y a darlo todo, o no?

-Tenías. 

Lo folló como quiso y cuanto quiso, bueno, cuanto quiso, no, porque llegó un momento en que el ladrón no pudo más y se corrió dentro de su culo. Al sentir la leche dentro de su culo, frotó más aprisa el clítoris contra la pelvis.

¡Qué rico, qué rico, qué rico! ¡¡Me corro!!

Se corrió y lo hizo a lo grande.

Acabaron, por ese día, pues el ladrón volvió, y cuando lo hizo ya Rosalía había confirmado que su marido le era infiel.

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                                         La cena

Rosalía estaba en un restaurante de lujo, sentada a una mesa con su cuñada Renata, que era oficinista. Tomaban dos martinis secos. Estaban vestidas con trajes de noche negros y esperaban por Bruno, su suegro, que las había citado allí para hablar con ellas.

Le preguntaba Rosalía a su cuñada.

-¿Qué perfume llevas?

-Sauvage de Dior. ¿Te gusta?

-Me encanta, yo llevo un L´art & La Matiere, pero tu perfume lo eclipsa.

-A mí me gusta tu perfume tanto como el mío.

Rosalía cambió de tema. 

-¿Tienes idea de por qué Bruno me ha hecho venir desde Londres para cenar contigo y con él?

Renata, que era una morocha, alta, de cabello negro y largo, ojos color avellana y con todo tan bien puesto como su cuñada, le respondió:

-No tengo ni idea.

Bruno, que era un cuarentón que se dedicaba a negocios poco limpios, llegó al restaurante vestido con un traje marrón de Armani y calzando unos zapatos marrones que brillaban más que el sol, y se sentó a la mesa.

-Me alegra que hayáis acudido a la cita.

Llegó el camarero, pidieron, y mientras esperaba, le preguntó Rosalía:

-¿Por qué nos has citado?

-Después de cenar, lo digo.

Renata le dijo:

-No me bajaría la cena con el suspense.

Rosalía coincidía con su cuñada.

-Ni a mí.

Bruno, de la sonrisa que les había dedicado al llegar, pasó a poner cara de Nerón.

-Cómo queráis... A ti, Rosalía, te invité a esta cena, porque los cuernos que le metes a mi hijo ya llegaban desde Londres hasta Galicia.

Rosalía se hizo la ofendida.

-¡Yo no engaño a tu hijo!

Bruno no estaba para escuchar mentiras.

-¡¿No lo engañas?!

-¡No!

Bruno sacó un papel y leyó:

-Follaste con un ladrón que entró en tu casa, follaste con un desconocido, follaste en la playa, en el mar, en el río, bajo la ducha y en la bañera, follaste en todas las habitaciones de la casa y no con mi hijo. ¿Sigo?

-Sigue, a ver cuántas mentiras más dices.

-Follaste en el cine, follaste en una cabina de teléfonos, follaste en un ascensor, follaste en la oficina de mi hijo, y no con él, follaste con un culturista tatuado hasta las orejas, follaste atada, con los ojos vendados y con la boca amordazada, follaste con otra mujer. Follaste con el marido de tu mejor amiga en la cocina de tu casa mientras su mujer y mi hijo, estaban en la sala de estar.

-¿Sigo?

-Sigue, sigue.

-Follaste en un baño público, follaste con un boby y con tu profesor de inglés, follaste con un hombre mayor, has hecho un trío con dos hombres, otro con dos mujeres, has hecho una orgía, has hecho BDSM y has tenido sexo teledirigido en público, y eso en el último mes.

Rosalía seguía negándolo todo.

-Es todo mentira podrida. ¿Quién te dijo esas barbaridades?

-El ladrón que entró en tu casa era un detective privado.

Rosalía, viéndose pillada, ya no se molestó en negarlo.

-¡Me has estado espiando!

-Es mi hijo.

Rosalía sacó las uñas y contraatacó.

-¡¿No era tu hijo hace tres meses cuando nos visitaste con las anchoas, las aceitunas, el queso, el jamón y el vino?! Tú me iniciaste en la infidelidad y para eso me tuviste que emborrachar. Yo no era así.

 Renata escuchaba y callaba, pero ya sabía por qué las había citado allí. 

Interrumpieron la conversación tres camareros poniendo los primeros platos. Al irse los camareros, le dijo Renata a su cuñada:

-¡¿Ha follado con toda esa tropa?!

-Por su culpa, porque me emborrachó...

-Yo no me emborracho si no quiero, Rosalía, y aunque esté borracha, que ya lo he estado, no me he dejado más que con mi marido, pero eso no quita para que lo de Bruno sea de silla eléctrica.

Rosalía hizo una pequeña aclaración.

-Cuando me folló ya estaba cuerda. Me había emborrachado para que se me soltara la lengua y le contara todo lo que deseaba hacer en la cama y que no me hacía su hijo, es un cabrón.

Bruno había ido a por lana e iba a salir trasquilado, pues Renata le dijo:

-¿Es así como querías pescarme cuando me invitabas a ir a tu casa?

Rosalía le preguntó a su cuñada:

-¡¿Quiso follarte?!

-Desde el primer día que salió de la cárcel no piensa en otra cosa, y mira que le sobran mujeres...

-De eso hace quince días.

-Pues ni un día dejó de intentarlo.

Bruno le dijo a Renata:

-Tú también tienes lo tuyo, a punto has estado de caer con el vecino.

Rosalía le dijo:

-Déjate de estupideces. En caso de que haya estado a punto de caer con su vecino, que lo dudo, sería porque hace tres años que su marido está en la cárcel, porque tu polla no la quiere y porque los dedos no le llegan. ¿Qué es lo que buscas con toda esa información que tienes?

-De ti que dejes de ser tan puta y de ella que no caiga en los brazos de ese hombre.

-Yo dejaré de ser puta cuando tu hijo deje de follar con otras mujeres.

Viendo que no hacía nada bueno de ella, le dijo a la otra:

-¿Y tú, Renata?

-Yo ya no iba a caer... ¿El apretón con el vecino lo supiste por su mujer? 

-Sí, me dijo que os pilló bien arrimados.

-¿Y tú de qué conoces a esa mujer?

-De que tiene dos rosas tatuadas en el culo, una en cada nalga.

-Ya veo cómo lo has sabido.

Cenaron, hablaron de otras cosas y tiempo después. Bruno pagó la cuenta, se fue y las dejó tomando un par de vinos. 

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                               Las dos cuñadas

-¿En qué hotel te hospedas, Rosalía?

-No he buscado hotel, pensé que dormiría en tu piso, siempre lo he hecho.

-Pero es que ahora qué sé...

-Ahora que sabes que follé con otras mujeres, tienes miedo de que te seduzca.

-No me ibas a seducir, pero es que no me sentiría cómoda contigo a mi lado estando a solas en mi piso.

-Vale, veré si el metre me puede encontrar una habitación en un hotel.

-No es eso.

-Decídete. ¿Quieres que vaya a dormir a tu piso o que me vaya a un hotel?

Renata no las tenía todas con ella, pero le dijo:

-Puedes dormir en mi piso.

Rosalía se puso en pie, cogió su cámara fotográfica, que había dejado colgada en el respaldo de la silla, la colocó en bandolera y le dijo:

-¿Nos vamos?

Renata se levantó.

-¿Siempre llevas la cámara contigo?

-Sí, nunca se sabe cuándo se puede sacar una foto inolvidable.

Se fueron y poco después estaban en la sala de estar de la casa de Renata, sentadas en un sillón de cuatro plazas mirando la televisión. Rosalía le dijo:

-Se me ha ocurrido algo que te puede interesar, Renata.

-¿Qué se te ha ocurrido?

-Hacerte unas fotos para que se las mandes a tu marido.

-Ya le mandé selfis.

-No es lo mismo, fotos artísticas, que las selfis.

-Supongo que no.

Rosalía cogió la cámara.

-Anda, ponte el pie.

Se puso de pie y le hizo unas fotos de cuerpo entero.

-Pon cara sensual.

-No sé cómo ponerla.

-De pícara, como si quisieras seducir a la cámara.

La puso y la fotografió.

-Saca la lengua.

Hizo lo que le dijo y la fotografió.

-Ponte insinuante.

-¿Y eso cómo se hace?

-Podrías bajar la cremallera y luego bajar el vestido y enseñar la mitad de las tetas.

-¡Ni lo sueñes! Tú me quieres liar. 

No le mintió.

-No va a suceder nada que no quieras que suceda.

Renata, colorada como una grana, bajó la cremallera del vestido, luego bajó el vestido y le enseñó la mitad de sus tetas. Rosalía la fotografió de medio cuerpo y de cuerpo entero.

-Tienes un cuerpo precioso, eres preciosa y...

-Y no te voy a enseñar nada más.

-Quiero fotografiarte con las tetas al aire y en bragas.

-¿Para qué?

-Para que tu marido se pajee hasta que le duelan las manos.

-Ya no me pides las tetas, me lo pides casi todo.

-Soy una profesional, yo no pido nada, lo pide la cámara.

A Renata aquella sesión de fotos ya la había puesto cachonda, le dijo:

-Una profesional que quiere ver mis tetas.

-Sí, baja el vestido lentamente para sacar varias fotos.

-¿Y si te pones cachonda?

-Ya estoy cachonda.

Renata hizo que se rebotaba.

-¡Y me lo dices en la cara!

-¿Preferías que te mintiera?

-No... Bueno, que todo sea por la felicidad de mi marido.

Se bajó el vestido hasta la cintura. Rosalía le hizo varias fotos a las tetas, unas tetas grandes con areolas rosadas y tremendos pezones. 

-Eres la mujer con el cuerpo más bello que he fotografiado.

-Soy una mujer a la que se le está cayendo la cara de vergüenza.

-No hay nada más sexy que la foto de una mujer vergonzosa. Dáselo todo a la cámara.

Renata dejó caer el vestido al piso y Rosalía la fotografió solo con las bragas negras.

-Quítate las bragas.

-Mi marido ya sabe cómo tengo el coño.

-Pero yo no.

-¡Ni lo vas a ver, descarada!

-No te lo voy a tocar si me lo enseñas. Lo que voy a hacer es unas fotos artísticas de él.

Renata no entendía nada.

-¡¿Cómo qué artísticas?!

-Sí, artísticas. 

-¡¿Se te ha ido la pinza?!

-Hace tiempo que se me fue la pinza... ¿Conoces el cuadro, el origen del mundo?

-Sí, es de Gustave Courbet.

-Pues yo haré con tu coño una obra de arte aún mayor, solo que en vez de un cuadro será en fotografías.

-Tú lo que quieres es comérmelo.

-Sí, y que te corras en mi boca, pero esa ya es otra historia.

-No estaría bien.

-¿Qué te corras en mi boca, o las fotos de tu coño?

-Ninguna de las dos cosas estarían bien, soy una mujer casada.

-Cuéntame algo que no sepa.

Rosalía se acercó a Renata y le quitó las bragas mojadas. Renata no hizo nada por impedírselo.

-No deberíamos hacer esas fotos.

La sentó en el sillón.

-No sigas.

La puso en posición horizontal, hizo que flexionara la pierna izquierda y le separó la otra, dejando el coño en posición para ser fotografiado. Renata, sin hacer nada para evitar lo que se le venía encima, le preguntó:

-¿Y si ven estas fotos otros presos?

-Sabes tan bien como yo que estas fotos nunca llegará a verlas tu marido. 

-¿Qué vas a hacer con ellas?

-Guardarlas para cuando tenga ganas de hacerme un dedo.

-Eres una cochina.

-Lo sé.

Le quitó la tira de fotos desde varios ángulos y distancias. Luego posó la cámara, se acercó a ella y le preguntó:

-¿Quieres que te coma el coño?

Renata ya se entregó a Rosalía.

-Mi mente dice que no, pero mi cuerpo me grita que sí.

Rosalía se desnudó. Su cuerpo era divino. Se arrodilló delante de ella y le lamió el clítoris de abajo a arriba y hacia los lados. Le mamó el coño, se lo folló con la lengua, y volvió a empezar en el clítoris... Lo hacía todo con una lentitud pasmosa. Renata gemía. Tenía los ojos cerrados, las piernas abiertas de par en par y le acariciaba el cabello a su cuñada. Al rato le dijo:

-Me voy a correr, Rosalía.

-Córrete, cariño.

Renata cerró las piernas, y apretó la cabeza de Rosalía con sus muslos, se arqueó y sacudiéndose, se corrió en su boca.

Al terminar de gozar, abrió las piernas. Rosalía, con los labios y la lengua pringados con los jugos de la corrida, la besó con lengua.

-¿Te gusta el sabor de tus jugos?

-Sí.

-¿Al hacerte una paja, te chupas los dedos después de correrte?

-Te los chupas tú?

-Sí.

-Yo también, eso me excita y hago otra paja.

-A mí me pasa lo mismo.

Le agarró las tetas y se las devoró, tiempo después volvió a comerle el coño. Le hizo lo mismo que antes, pero esta vez las lamidas y las mamadas iban a toda pastilla una detrás de la otra. Renata no tardó en decir:

-¡Me corro, me corro, me corro!

Se corrió como una loba.

Al acabar, le dijo Rosalía:

-Ponte a cuatro patas.

-¡¿Me vas a hacer correr otra vez?!

-¿Tú qué crees?

Renata se puso a cuatro patas, Rosalía, arrodillada detrás de ella, le separó las nalgas, hizo círculos con la punta de la lengua en el ojete y luego se lo folló. Sin dejar de follárselo, le metió y le sacó de la vagina el dedo medio de la mano derecha.

-¡Me encanta lo que me estás haciendo!

Al dedo medio siguieron dos dedos, luego tres, y al final entraban y salían del coño cuatro dedos con los nudillos hacia abajo. De repente el coño se cerró de golpe y Renata exclamó:

-¡Me vas a dejar seca!

Mientras gemía y mientras su cuerpo temblaba, de su coño salieron salpicaduras de jugos que ducharon a Rosalía.

Al acabar de correrse, se puso boca arriba y le dijo a su cuñada:

-Quiero que te corras tú también. 

-¿Y a qué esperas?

-Dime qué tengo que hacer.

-Solo saca la lengua cuando ponga mi coño en tu boca, que del resto me encargaré yo.

Frotó a mil por hora el coño contra la lengua, y ni un par de minutos tardó en retorcerse y llenarle la boca de jugos a su cuñada, y cuando digo que se la llenó, es porque se la llenó, ya que Rosalía se había corrido como una fuente.

Sentadas en el sillón con las piernas abiertas, le preguntó Renata a Rosalía:

-¿Folla bien?

-¿Quién?

-Bruno.

-Sí, es un cabrón, pero folla de maravilla.

-Cuéntame cómo te emborrachó, cómo te sonsacó tus debilidades y luego cómo te folló.

-¿Fantaseas con él?

-No, yo solo tengo una fantasía, y no es follar con él.

-¿Y cuál es esa fantasía?

-Es muy fuerte.

-Si quieres que te cuente cómo me emborrachó y cómo luego me folló, tendrás que decirme cuál es esa fantasía.

-Vas a pensar que estoy loca.

-Más loca que yo no puedes estar. 

-Y que llevo una zorra pervertida dentro de mí.

-No sería más grande que la que llevo yo. ¿Cuál es esa fantasía?

-Follar con cuatro hombres.

 -¿Con esa fantasía haces tus pajas?

-Sí.

-Yo la veo normalita del todo. 

-No dirías lo mismo si supieras lo que imagino.

-No es difícil de saber, doble penetración, mamadas, comidas de coño...

-Se ve que ya lo has hecho.

-Sabes que lo he hecho. ¿Y cómo los imaginas?

-Siempre fantaseo con dos morenos y dos rubios, y los cuatro son mudos.

A Rosalía lo de que fueran mudos fue lo único que la había sorprendido de todo lo que le había dicho.

-¡¿Cómo qué mudos?!

-Si, no hablan mientras me follan y los follo.

-Entiendo.

-¿Me vas a contar ahora lo tuyo con Bruno?

-Claro, y te daré detalles, pero antes dámelos tú a mí.

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                                      Bruno

Bruno, en mangas de camisa, vaqueros y tenis, llamó al timbre del piso de su nuera. Renata le abrió la puerta. Llevaba el cabello recogido en dos trenzas, estaba descalza y vestía con unos shorts marrones que dejaban ver parte de sus nalgas, y un top blanco en el que se marcaban los pezones de sus bellas tetas. Al verlo le preguntó:

-¡¿Qué haces aquí?!

-Vengo a comer contigo.

-Te he dicho mil veces que en mi casa no entras hasta que tu hijo salga de la cárcel.

Bruno se apoyó con una mano en el marco de la puerta.

-Ya me parecía muy raro. Esa cabrona me engañó.

-¿Qué cabrona?

-Rosalía.

-No inventes, si quisiera que comieras conmigo, te lo hubiera dicho yo.

-¿Entonces no has comprado aceitunas, anchoas, queso, jamón y vino?

-Sí, compré todo eso y también compré chorizos, pistachos, patatas fritas, chocolate y otras cosas, pero las compré para mí.

-¡Cómo me lio la golfa! ¿Y ahora qué voy a hacer?

-Tú, no sé, pero yo voy a cerrar la puerta porque no estoy presentable.

-Estás más presentable que nunca.

La miró con cara de lujuria.

-¡Ni se te ocurra!

Bruno la apartó, entró en el piso, cerró la puerta, le agarró los pulsos con las manos, la empotró contra la pared del pasillo y arrimando cebolleta a su coño, le dijo:

-Me he tomado dos viagras y tengo que meterla.

Forcejeando para zafarse de él, le dijo:

-¡Métela en un ladrillo!

-Voy a meterla en tu coño.

-¡Suéltame, desgraciado!

La quiso besar en la boca, pero le hizo la cobra. Le lamió el cuello y le lamió las orejas, le cogió una mano para chuparle los dedos y le llegó un olor muy conocido.

-Te huelen los dedos al coño. ¿Qué has estado haciendo?

-Nada que te incumba.

-Te has estado masturbando, cochina.

Le soltó las manos, le levantó la camiseta y le mamó las tetas. Renata le dio golpes con las manos cerradas en los hombros y en la cabeza, pero sin mucha fuerza. Lo que consiguió fue que se agachara, le bajara los shorts y le clavara la lengua en el coño. Con la lengua entrando y saliendo de su coño, dejó de pegarle, y le dijo:

-Esto lo va a saber tu hijo.

-¿Le vas a decir que te corriste al comerte el coño?

-No voy a correrme.

Con las manos en su cintura, le lamió el coño de abajo a arriba con celeridad.

-No vas a conseguir que me corra.

-Serías la primera.

Siguió lamiendo.

-Pierdes el tiempo.

Le envolvió el clítoris con los labios y la lengua y chupó hasta que Renata se corrió como una bendita.

A acabar de correrse, Bruno, se enderezó, sacó la polla empalmada, y le preguntó:

-¿Te corriste bien?

Renata tenía cara de enfadada.

-Vete a la mierda.

-Luego me voy a la mierda.

 Le cogió una mano e hizo que empuñara y que masturbara su polla con la ayuda de su mano.

-Dime que la quieres dentro de tu coño.

-Antes muerta, desgraciado.

-Muerta de placer, te voy a dejar.

La besó y Renata ya no le apartó la boca, pero tampoco la abrió para que la besara con lengua. Le levantó la pierna izquierda, cogiéndola por debajo de las rodillas, se la clavó hasta las trancas, y le preguntó:

-¿Quieres que te folle despacio o rápido?

-No quiero que me folles... ¿Por qué me estás haciendo esto?

-Porque me moría de ganas de estar contigo. Porque uno de mis sueños es mirarte a los ojos y ver tu preciosa carita cuando te corres.

-¿Para qué?

-Para ver cómo se corre un ángel.

-Tú lo que quieres es ver mi sumisión.

-Yo lo que quiero es hacerte feliz.

-Si quieres hacerme feliz, déjame ir.

-Siento cómo tu vagina aprieta y suelta mi polla. Tú no deseas que te deje ir. ¿Lo quieres despacio o rápido?

-Si fuera con tu hijo, lo querría hacer despacio, pero contigo no lo quiero de ninguna manera.

Sin querer, queriendo, le había dicho cómo le gustaba. Bruno le bajó la pierna y comenzó a follar despacito y mirándola a los ojos. Renata, desafiante, no apartaba su mirada de odio de los ojos de su suegro.

-Eres la persona más despreciable que he conocido.

-Y tú, la mujer más sensual que he follado.

-No me estás follando, me estás forzado... Y, y...

Y se corrió. Corriéndose, y con la cabeza en el hombro de su suegro para que no viera su cara, balbuceó:

-No te corras dentro de mi coño.

-Me voy a correr dentro de tu coño, me voy a correr dentro de tu culo.

Al acabar de correrse, la puso contra la pared, se agachó y le trabajó el ojete con la legua. Trabajándoselo, le preguntó:

-¿Te has corrido con sexo anal?

-No voy a correrme contigo.

Se la clavó en el culo, muy despacito. Renata gozó de la clavada desde el segundo uno, pero le volvió a decir:

-Esto también lo va a saber tu hijo.

-¿Le vas a decir a mi hijo que te corriste dándote por el culo?

-Nunca me he corrido con sexo anal y no voy acorrerme ahora.

Bruno, agarrándola por las tetas, la folló al ritmo de sus gemidos. Lento cuando eran casi inapreciables y rápido al final, cuando los gemidos ya eran escandalosos, un final que fue espectacular, pues se corrió sintiendo dentro de su culo la leche de su suegro y el placer fue tan, tan, tan intenso que le fallaron las piernas y Bruno tuvo que sujetarla para que no se derrumbara.

Al acabar, Bruno, con cara de arrepentimiento, le dijo:

-Lo siento, pero estás tan buena y estaba tan obsesionado contigo que no me he podido contener.

Bruno guardó la polla y se dirigió hacia la puerta de salida. Renata le dijo:

-Lo que me has hecho, lo acabarás pagando.

- Lo sé, todo el daño que se hace en esta vida se acaba pagando.

Al irse Bruno, Renata se vistió y después llamó por teléfono a Rosalía.

-Tenías razón, follaba de maravilla. Me corrí tres veces.

Rosalía le respondió:

-Se equivocó de número.

Renata se dio cuenta de que Rosalía no podía hablar, y colgó.

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                                  El cumpleaños

Una semana más tarde era el cumpleaños de Renata, y ya Bruno sabía por Rosalía que la violación no fuera tal, sino que fuera por causa de una manipulación, aunque no había vuelto a follar con Renata.

 Bruno, Rosalía y Renata estaban comiendo en otro restaurante de lujo. La conversación era distendida. Rosalía le preguntaba a Bruno:

-... ¿Y tú lo has hecho con otro hombre?

-Responde tú primero. ¿Follasteis la noche que os llamé la atención?

-Responde tú primero.

Bruno se confesó.

-Sí, follé, pero cuando era más joven.

-¿Le diste, o te dio?

-Nos dimos.

-¿Y se la chupaste?

-Sí, se la chupé y me la chupó.

-Sabes, a mí y a Renata nos pone ver a dos hombres juntos.

-Y a mí me gusta ver a dos mujeres dándose el lote. ¿Follasteis?

-Díselo tú, Renata.

-Sí, follamos.

-¡Lo sabía! ¿Y qué tal?

-Fue genial. 

-¿Quieres ya tu regalo de cumpleaños?

-Si me lo dais...

-Te lo daremos en mi casa.

-¿Entonces, para qué me preguntas si lo quiero ya?

-Para irnos.

Unos quince minutos más tarde, Renata y su suegro estaban en la habitación del segundo, sentadas en el borde de la cama. Rosalía, de pie, le dijo a Renata:

-Pon en el celular esa canción de Queen que tanto te gusta.

Renata puso en el móvil la canción "I want to break free."

Bruno se arrodilló delante de Renata y le quitó las bragas, para lo que la mujer tuvo que levantar el culo  un poquito, luego le separó las piernas y comenzó a lamerle el coño mientras Rosalía comenzaba a hacerle un striptis. Bruno le preguntó:

-¿Te gusta el regalo?

-Es original.

 Rosalía, contoneándose, se quitó la blusa blanca, lentamente, luego, como si estuviera en un rodeo, la agitó sin dejar de contonearse, la camiseta voló hasta la cama. Renata dijo:

-Vais a hacer que me corra como una perra.

Rosalía abrió el botón del pantalón y luego bajó la cremallera lentamente, una vez que la tenía abajo, separó las dos partes del pantalón y le enseño su negro vello púbico, que sobresalía de la tanga blanca. Voló un zapato, voló el otro... Se dio la vuelta para bajar el pantalón, y luego, sin dejar de bailar, se inclinó para que le vieran el coño marcado en la tanga y los pelos saliendo por los lados. Luego se quitó el sujetador blanco, la tanga, se dio la vuelta y le enseñó todo su bello cuerpo.

-¿Qué me harías?

Renata, con el coño encharcado de saliva y de jugos, no pudo responderle a la pregunta:

-¡Me voy a correr, me voy a correr, me voy a correr! ¡¡Me corro!!

Rosalía fue hasta la cama, abrió el cajón de abajo de la mesilla de noche, cogió unas cuerdas, y cuando Renata acabó de correrse, le dijo:

-Échate sobre la cama.

Se echó sobre la cama, cama que tenía la cabecera y los pies con barrotes. Rosalía, atándole la mano derecha a uno de los barrotes, le dijo:

-Este cumpleaños lo vas a recordar el resto de tu vida.

-¿Tan bueno va a ser lo que me espera?

-Ni te puedes imaginar lo bueno que va a ser.

Renata no sabía en qué consistía el regalo, pero supuso que sería un trío. Una vez que la tenía atada de pies y manos, Rosalía, cogió una pañoleta en el armario, le vendó los ojos, y le dijo:

-Así lo sentirás con más intensidad.

Le puso el pezón de su teta derecha entre los labios. Renata se lo quiso lamer, pero Rosalía le apartó la teta. Bruno le metió el glande en la boca, pero se lo quitó a la segunda mamada.

-Estáis juguetones.

Rosalía le preguntó:

-¿Quieres, teta?

-Sí.

Le pasó el pezón entre los labios. Al sacar la lengua se lo volvió a quitar y le volvió a entrar el glande en la boca, glande que solo le dejó mamar tres veces.

Rosalía volvió a la carga:

-¿Quieres teta o polla?

-Quiero las dos cosas.

Le aplastó las tetas contra la cara.

-¿Están buenas?

-Están pesadas.

Subió encima de ella y le puso el culo en la nariz.

-Huele.

Olió.

-Huele profundamente.

Hizo lo que le había dicho, y mientras olía profundamente, bajó el culo y la punta de la nariz, entró en el ojete.

Bruno le preguntó:

-¿Quieres que sea mi polla la que entre en tu culo?

-Quiero.

Ella quería, pero Rosalía, no. Le puso el coño en la boca y dejó que la lengua entrara y saliera de él.

Estaba metiendo y sacando la lengua cuando Bruno se la clavó en el coño encharcado, Rosalía le preguntó:

-¿Quieres que me corra en tu boca?

-Sí.

Rosalía comenzó a frotarlo contra la lengua de su cuñada. Bruno le dio caña, y pasado un tiempo se corrieron, Rosalía se corrió en su boca, y Bruno se corrió en sus tetas.

Al terminar la faena, Rosalía le limpió la leche de las tetas y después salieron de la cama. Renata les preguntó:

-¿Adónde vais? Me habéis dejado con la miel en los labios.

Renata sintió cómo le desataban los pies y las manos. Al estar libre, se sentó en la cama, se quitó la venda y vio a cuatro mocetones. Estaban desnudos. Dos eran morenos, de ojos negros, y dos rubios, de ojos azules. Eran altos, con cuerpos trabajados en el gimnasio y estaban empalmados. Luego vio a su suegro sentado en un sofá y a Rosalía sentada en su regazo, se tapó las tetas con un brazo y el coño con su mano derecha, y les dijo:

-¡No quiero este regalo!

Rosalía le dijo a ella:

-Pensamos que te gustaría.

-Le has contado a Bruno mi fantasía, eres una vendida.

-Sí, lo soy, pero para tu gozo. Ya están pagados y saben lo que quieres. 

Renata estaba enfadada con su cuñada.

-¡Solo te faltó poner un anuncio en el periódico con mi nombre en él!

-Si no los quieres, me los quedo yo.

Renata estaba enfadada con su cuñada, pero no tanto como para que fuera ella la que se llevara su regalo. Volvió a mirar para los cuatro gigolós y sabiendo que ya conocían sus más intimas locuras, y que probablemente, no se iba a ver en otra igual, tiró para delante.

-He cambiado de opinión. El regalo es mío y lo voy a disfrutar yo, pero vosotros dos no me vais a ver la zorra que llevo dentro. Salir de la habitación.

Rosalía y Bruno se fueron a follar a otra habitación.

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                                        Los gigolós

Jimmy, uno de los morenos, la echó hacia atrás y luego le puso la polla en los labios. Renata la empuñó, la metió en la boca y comenzó a mamarla. Harry, el otro moreno, y Charly, uno de los rubios, le lamieron los pezones, le magrearon las tetas y se las mamaron, al tiempo que se masturbaban. Thomas, el otro rubio, se arrodilló entre sus piernas, le echó las manos a las nalgas, la levantó, le clavó la polla hasta el fondo del coño, y en vez de meter y sacar, le levantó y le bajó el cuerpo, movió el culo alrededor y le arrancó los primeros gemidos. Se notaba que era un profesional, ya que buscaba que la que subiera y bajara el cuerpo y moviese el culo alrededor fuera ella, y lo consiguió, porque cuando dejó de hacerlo él comenzó a moverse Renata. Se movió y buscó el orgasmo. No tardó en arquearse y en correrse en la polla del Thomas. 

-¡Me derrito!

 Jimmy hizo que se callara corriéndose en su boca.

El coño de Renata estaba con sus últimas contracciones cuando Thomas se la sacó del coño, se la frotó en el ojete y acto seguido se la metió en el culo, despacito, pero de un tirón y hasta el fondo. Luego le dio a mazo. Poco más tarde, al comenzar a gemir de nuevo, Jimmy bajó y lamió el glande de su clítoris, glande que estaba fuera del capuchón, Charly se la dio a mamar y Harry le magreaba las tetas e iba mamando de una teta a la otra.

Renata estaba en la gloria sexual, y en esa gloria hay leche, leche que salió de a polla de Charly y que ella se tragó poco antes de decir:

-¡Me corro otra vez, me corro otra vez!

No le dieron tregua. La quitaron de la cama, la rodearon, y Renata, arrodillada en el piso de la habitación, fue masturbando las pollas de dos en dos y mamándolas de una en una y de dos en dos, al tiempo que su boca salían babas para aburrir... Luego, Harry, la puso en pie cogiéndola por las axilas, se echó sobre la cama y la puso encima de él. Renata agarró la polla, la metió hasta el fondo del coño y comenzó a follarlo, Jimmy, Charly y Thomas se subieron a la cama. Los dos primeros le pusieron las pollas empalmadas en la boca, pollas que empuñó y que fue mamando y Thomas le lamió la espalda mientras ella follaba a Harry. Los gigolós sabían qué hacer en cada momento. Jimmy y Charly se bajaron de la cama. Thomas bajó lamiendo hasta el coxis. Renata se echó a lo largo de Harry para que Thomas le comiera el culo. Thomas le separó las nalgas con las dos manos y le lamió y le folló el ojete, Renata comenzó a gemir con ganas, Harry, comiéndole la boca, la folló al estilo metralleta y Renata se corrió a chorros.

Al acabar de correrse, Thomas se la metió en el culo, luego se echó hacia atrás y Renata quedó encima de él. Harry tenía la polla bañada en jugo, Charly, que sabía lo que le gustaría ver a Renata, se la mamó. Al tener el coño abierto y expuesto, vieron cómo su vagina se abría y se cerraba con la excitación. Luego, teniendo la polla enterrada en el culo, Charly, le comió el coño, Harry le puso la polla en la boca y Jimmy le frotó la polla por los lados de las tetas, contra los pezones y contra las areolas. Pasado un tiempo, y mientras mamaba. Charly, dejó de comerle el coño y le clavó la polla en él. 

La sesión tocaba a su fin. Solo faltaba una cosa y los cuatro gigolós, que le salían a Bruno a cien euros el minuto, lo sabían. Así que Thomas y Charly llevaron a Renata a un punto de no retorno. Cuando comenzó a correrse, Harry le llenó la boca de leche, Charly le llenó el coño, Thomas le llenó el culo y Jimmy  se corrió en sus tetas.

Renata acabó espatarrada sobre la cama, con la leche saliendo de su coño y de su culo. Con una sonrisa de oreja a oreja, vio cómo los cuatro gigolós se hacían una paja mirando para ella.

La sonrisa acabó desapareciendo bajo una capa de leche, cuando los gigolós se corrieron en sus labios, en su frente, en su mentón... La dejaron perdida de leche.

Renata iba a recordar ese cumpleaños como el más placentero de su vida.

Quique.

 

 

 

 

 

 

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