Incesto en la ofici...
 
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Incesto en la oficina

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José
(@quique)
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 Era el día de su santo. Por la noche quiso echar un polvo, pero a su parienta le dolía la cabeza. No quiso discutir con ella y salió a dar un paseo.

En su calle había abierto un pub que aún no pisara. Según le habían contado, allí paraba fauna de todas clases, desde camellos a policías, pasando por putas, gente de pasta y matados. Entró en el pub solo por curiosidad.

Los veinte euros que le cobraron en la barra por una ginebra con tónica le hizo pensar que aquello no era un pub, sino un puticlub encubierto, la música, el ambiente, las luces, y los precios de las bebidas, así se lo indicaban.

Aquel sitio estaba petado. Se sentó en un reservado que había en una esquina, y que acababa de dejar una pareja y se puso a mirar para otra pareja que bailaba agarrada en la pista de baile, ella era una veinteañera, minifaldera y él un viejo policía de paisano. Bailaban y se morreaban. Era obvio lo que buscaba ella y lo que buscaba él.

Enfrente del reservado donde se había acomodado estaban sentadas a una mesa cuatro muchachas. 

-... Mi fantasía es follar con mi jefe -dijo la joven que estaba sentada de espaldas a él, y que tenía la voz tomada. 

-No sabrías qué hacer con él -le dijo la que Ramón veía de perfil al lado izquierdo de la mesa.

-Lo haría como en el sueño húmedo que he tenido con él.

-¿Qué sueño fue ese?

-Prefiero no compartirlo.

-Yo sí voy a compartir algo que no debía. Mi fantasía es follar con cuatro hombres -les dijo la que Ramón veía de perfil a su derecha.

-¡Qué puta eres! ¿Y qué harías con cuatro hombres? -le dijo la joven que Ramón veía de frente.

 -Un vaginal, un oral y un anal al mismo tiempo.

-Te sobra uno.

-A ese se la machacaba.

Siguieron contando sus fantasías y sus experiencias y hablando de otras cosas. La que tenía de frente, era la sobrina de una prima de su mujer. Era una joven morena, con el cabello marrón y largo. Ramón le guiñó un ojo y le sonrió, la joven le devolvió la sonrisa. 

Tiempo después, las que veía de perfil y la que tenía de espaldas, se levantaron y se fueron. A las otras dos no las reconoció, pero la que había estado de espaldas a él era Amalia, su ahijada. Hacía un mes que la había cogido como secretaria porque se lo había pedido la madre, aunque la había cogido a contra gusto, ya que era una chica fea, delgada como un fideo, con gafas, tímida y meapilas de misa dominical. Ella no lo vio, por ver no veía nada, y si veía algo debía ser borroso, ya que por su manera de caminar se notaba que estaba bien mamada.

Nada más salir del pub, la que se había quedado fue al reservado.

-¿Pagas algo, Ramón? -le preguntó.

-Pide lo que quieras, Sonia -dijo mientras la miraba de abajo a arriba-. No sabía que andabas en este mundillo.

Se sentó a su lado.

-¿En qué mundillo?

-En el de las mujeres alegres.

Sonia se mandó el resto de la bebida de Ramón y luego levantó el vaso hacia el camarero y le pidió dos bebidas levantando dos dedos.

-No soy una puta, soy una chica algo loca con ganas de echar un polvo.

Lo había pillado con el pie cambado y se disculpó.

-Perdona.

-No hay nada que perdonar. ¿Qué me dices del polvo?

-¿Tienes sitio?

-Este es un sitio como otro cualquiera -dijo, al tiempo que cogía el cabello que le caía por delante con las dos manos y lo echaba a su espalda. 

-Nos van a ver -dijo Ramón con tono de preocupación.

Sonia no tenía intención de dejar lo que para ella era una presa.

-Con correr la cortina no hay más, aunque yo preferiría que nos vieran.

-Si nos ven, nos echan.

-Si nos ven, nos miran y más de una y más de uno se hace una paja, este sitio va así. 

-¿Has venido más veces? -le preguntó.

-Sí, este lugar una especie de Tinder para exhibicionistas y mirones -respondió echando un fugaz vistazo a la gente que allí estaba.

-¿Y tú qué eres?

-Ya te lo he dicho, una chica algo loca con ganas de follar.

-Me podría reconocer alguien conocido de mi mujer.

-En ese caso follaremos con la cortina echada.

Llegó el camarero con las bebidas y le clavó ochenta euros, supuso que era por estar en el reservado y no rechistó.

Luego de irse el camarero, Sonia corrió la cortina.

-No me gusta perder el tiempo. ¿Follamos o pillo el gin & tonic y me busco a otro?

-Follamos.

 Le sacó la polla morcillona y le hizo una mamada tan rica que se la puso dura como una roca. Después se quitó las bragas, se subió la falda, se levantó y le puso el coño en la boca. 

-Te toca -dijo echándole las manos a la cabeza y separando las piernas.

Le puso las manos en la cintura y le hizo una comida de coño en consonancia con la mamada que le había hecho ella.

Luego Sonia se sentó, pero lo hizo sobre la polla de Ramón. Con toda la polla dentro de su coño, le echó las manos alrededor del cuello y lo folló mirándolo a los ojos. Al rato, con cara seria, con sus ojos de gata clavados en los de Ramón y con su culo moviéndose a mil por hora, sintió que se iba a correr.

-¡Quiero que nos corramos juntos! -dijo con la voz rota.

-Yo aún la tengo lejos.

Paró de follarlo, se levantó la camiseta y le puso las tetas en la cara.

-Mama -dijo cogiendo con su mano la teta izquierda, una teta grande con una gran areola rosada y un grueso pezón.

Le mamó la teta. 

-Mamas bien -dijo con la polla enterrada en su coño y sin moverse para no correrse.

Poco después le dio la otra teta. Mientras se la mamaba, Ramón sentía como su vagina apretaba y soltaba su polla. 

-Voy a correrme y no quiero hacerlo sin sentir tu leche dentro de mí -dijo entre dulces gemidos.

Le metió la lengua en la boca y Ramón se la chupó.

-Cuando quieras -le dijo después de besarse.

Lo folló de nuevo moviendo el culo a mil por hora y Ramón se corrió. Sintiendo la leche calentita dentro del coño, se corrió ella y le bañó la polla con una tremenda corrida, tan tremenda que la dejó sin fuerzas y sin aliento.

Al recuperarse se quitó de encima, se limpió el coño con un pañuelo y luego se puso las bragas. Tenía una cara de felicidad que a Ramón le encantó ver.

-Me has dado el mejor cumpleaños de mi vida - dijo después de darle un pico-. ¿Quieres mi pañuelo de recuerdo?

-Quiero.

Luego Ramón se fijó en sus pantalones y vio que los tenía hechos una mierda.

-Joder, a ver como arreglo yo esto.

-Sifón.

-¿Qué?

-Que le pidas el sifón al camarero.

Otros putos diez euros, bueno, por lo menos el camarero tuvo la cortesía de prestarle un secador.

Lo que os he contado había ocurrido en sábado. El lunes Ramón llamó a su ahijada por el interfono. Entró en la oficina con su cabello marrón recogido en un moño, vestida con un vestido marrón que le llegaba casi a los tobillos, con sus gafas de pasta negra, sus zapatos negros casi sin tacón y con un bloc y un bolígrafo en su mano derecha.

-Buenas noches, don Ramón -dijo arreglándose el moño-. ¿Usted dirá?

-Siéntate -dijo acomodando su culo en la silla giratoria, echándose hacia atrás y cruzando las manos -. ¿Ya se fueron todos?

-Sí, señor.

Ramón se puso en pie y salió de detrás de la mesa, se puso enfrente de la mesa, arrimó el culo a ella, sacó un cigarrillo, y lo encendió.

-Quita las gafas.

Amalia se sentó en una silla y escribió en el bloc lo que le había dicho.

-Te he dicho que te quites las gafas, no que tomes nota -dijo mientras ella lo miraba con desconfianza.

-Si las quito no voy a ver para escribir.

-No vas a escribir -dijo, luego de echar una calada y de tirar la ceniza en un cenicero-. Quita las gafas, Amalia.

Las quitó y vio que era guapa.

-Ya te ves de otra manera.

-Si usted lo dice...

-Sí, lo digo, suéltate el cabello.

-Me está asustando -dijo con voz temblorosa.

-No tienes por qué asustarte -le dijo con una sonrisa en los labios-. No va a pasar nada que no quieras que pase.

-No deseo soltar el cabello.

Tuvo que usar su arma secreta.

-Ayer noche en el pub estabas más suelta.

-¡¿Escuchó lo que hablamos en el pub?! -dijo poniendo una cara que parecía un poema.

-Estaba en un reservado, justo detrás de ti. ¿Qué hacías tú en un lugar como ese?

-Celebrando el cumpleaños de mi amiga Sonia- dijo tocándose el moño en un indudable acto de nerviosismo-. ¿Oyó lo que dije de usted?

-Oí.

Trató de reparar lo que ya era irreparable.

-Lo que dije fue para quedar bien con mis amigas...

-Los borrachos y los niños no mienten, Amalia.

-¿Qué es lo que busca, padrino? -preguntó.

-Descubrir que hay detrás de esa careta tras la que te escondes.

-Yo no llevo ninguna careta.

-Llevas. Suéltate el pelo.

-Esto me huele mal.

 -Ya te he dicho que no va a pasar nada, que no quieras que pase.

-¿Y si no lo suelto? -preguntó en un pequeño acto de rebeldía.

Tuvo que poner su cara de jefe para que la cosa avanzara.

-No lo quieras averiguar -dijo, dejando caer que no sería nada bueno, aunque la realidad era que nada iba a pasar si no se lo soltaba.

-Me está asustando.

-No era mi intención asustarte.

La amenaza velada surtió su efecto. Soltó el cabello. Amalia no era guapa, era preciosa.

-Ves como llevabas careta -dijo apagando el cigarrillo en un cenicero-. ¿Por qué escondes tu belleza bajo ese disfraz de mojigata?

-No soy bonita.

-No, no eres bonita, eres preciosa. Quita el vestido.

-Si lo quito me va a tomar -dijo con voz temblorosa.

-Solo si tú quieres y a sorbitos pequeños.

-Me está violentando.

-Déjate llevar y quita el vestido.

-Lo voy a quitar, pero solo para que sacie su curiosidad.

Se bajó la cremallera trasera y luego se quitó el vestido. Tenía cuerpo de modelo. 

-Nadie podría imaginar que estuvieras tan buena.

-No estoy buena, estoy muy flaca.

-Quita el sujetador y las bragas.

-No sea cruel, padrino.

-¿Quieres que te los quite yo?

-¡No! No se me acerque.

Se quitó el sujetador y las bragas y a Ramón la polla se le puso dura. No era para menos. Sus tetas medianas y aperadas, tenían sus areolas marrones echadas hacia fuera, sus pezones eran como dedales y su coño tenía una tremenda mata de vello negro.

-¡Qué buena estás! -exclamó al ver aquella maravilla.

Se tapó las tetas con un brazo y una mano y el coño con la otra mano.

-¡¿Puedo vestirme ya?! -preguntó sabiendo la respuesta de antemano.

-No hagas preguntas tontas. Quita las manos de las tetas y del coño y ven aquí.

-¿Qué me vas a hacer?

De don Ramón había pasado al padrino y ahora lo tuteaba.

-Voy a hacer que te corras.

-No quiero correrme. Quiero vestirme, me da vergüenza estar desnuda enfrente de ti.

-Mejor será que me desnude yo para estar a la par.

-No se desnude.

Ramón que era un cincuentón, con el pelo cano, y con un tipo envidiable, le echó la mano a la corbata, la quitó y la echó sobre la mesa.

-Cierra con llave la puerta de la oficina por si regresa alguien.

-No, no que sé lo que vendría después.

Al quitarse los zapatos y los calcetines, el traje gris, la camisa, y los calzoncillos, los ojos de Amalia se clavaron en la polla erecta de Ramón.

-¿Te gusta mi polla? -le pregunto, al tiempo que la cogía con la mano.

Cogió el vestido y se fue hacia la puerta sin responder a la pregunta.

-Yo me voy.

Ramón echó un farol.

-Si te vas, mañana no vuelvas. 

-¿Me estás despidiendo?

-Cierra la puerta y ven a mi lado.

-Si la cierro...

-Si la cierras vamos a hacer de todo, menos dictarte para que tomes nota.

En el momento en que tiró el vestido al piso y cerró la puerta con llave, Ramón supo que tenía carta blanca para hacer lo que quisiera. Volvió a apoyar el culo en la mesa.

-Ven -le dijo tendiéndole su mano derecha.

Amalia ya estaba mojada.

-Voy, pero que conste que a contra gusto -dijo caminando hacia Ramón con su cuerpo escultural.

-¿Vas a hacer todo lo que te diga? -le preguntó al tenerla enfrente de él.

-¿Es una orden? -preguntó ella.

-Es lo que tú quieras.

-Si no es una orden...

Tuvo que echarle una mano para que arrancara.

-Es una orden. 

-¿Qué quieres que haga?

-Todo lo que siempre has deseado hacer con un hombre y que nunca te has atrevido a hacer al estar con él.

-Nunca antes he estado con un hombre.

-Mejor. Quiero ser tu conejillo de indias.

-Tengo vergüenza. 

-¿Quieres que empiece yo?

-Sí no queda más remedio... -dijo con la cabeza gacha.

La levantó y la echó sobre la mesa. Le encogió las piernas y con sus pies sobre la mesa le separó las piernas, le acarició los muslos, le paso dos dedos por los labios mayores, uno por cada labio, luego le acarició el rostro, del rostro pasó a magrearle las tetas. A continuación magreó su teta derecha con una mano, le puso las yemas de tres dedos de la otra sobre el capuchón del clítoris e hizo movimientos circulares sobre él. En nada el coño comenzó a lubricar. Ramón le pasó las yemas de los dedos por la vagina para mojarlas y luego siguió jugando con su clítoris. Amalia comenzó a gemir y a subir y a bajar la pelvis para que los dedos también frotaran su vagina. Al rato le metió el dedo medio y la masturbó haciéndole el "ven aquí" y frotando su clítoris con la palma de la mano. Amalia, con los ojos cerrados, ya estaba entregada, gemía con descaro, movía la pelvis y su mano izquierda magreaba la teta izquierda. Metió dos dedos y siguió haciéndole el "ven aquí! Amalia puso las yemas de tres dedos sobre el capuchón del clítoris y lo acarició como se lo había acariciado Ramón... Le metió tres dedos, sus ojos se abrieron y sus verdes pupilas se escondieron bajo los párpados. Le siguió estimulando el punto G. Poco después sus ojos se cerraron y su ceño se frunció.

-Oh, sí, sigue, sigue, sí, sí, sí, sigue... -dijo entre sensuales gemidos - ¡Me corro, me corro, me corro!

Al acabar de correrse, le lamió el coño para conocer el sabor de sus jugos. Eran algo diferentes a lo que había catado, su sabor era más ácido y eran más espesos. Luego de saborearlos le puso la parte de arriba de la lengua sobré el glande del clítoris y lamió de abajo a arriba rozándolo muy despacito.

-Me vas a hacer correr otra vez. -le dijo un par de minutos más tarde.

Apretó la lengua contra el glande de su clítoris, y aceleró las lamidas, de modo que la mitad de su lengua entrara y saliera del coño y la otra mitad se frotara contra el glande erecto. Esta vez no le anuncio el orgasmo, movió la pelvis a toda mecha de abajo a arriba y de arriba a abajo y le dio en la boca una larga y copiosa corrida, al tiempo que gemía como una demente.

Junto a la pared había un sillón de tres plazas, y hasta allí la llevó en brazos. 

-De pie y con música -dijo Amalia antes de que la echara en el sillón.

-¿Lo qué? -preguntó Ramón totalmente descolocado.

-Que de pie y con música es como follamos en el sueño húmedo que tuve contigo.

La puso en pie.

-¿Qué música sonaba?

No lo recuerdo, pero era lenta.

-¿Y de qué hablamos? -le peguntó mientras iba a poner música en su teléfono móvil.

-No hablábamos, nos besábamos, bailábamos y follábamos.

Fue a You Tube, escribió: "Música lenta" y luego puso "cien canciones románticas inmortales." Volvió junto a Amalia, le echó las manos al culo y comenzó a bailar despacito: "I Want To Know What Love Is.

Amalia, que era un poco más alta que Ramón, sintiendo la polla entre sus labios vaginales, le echó los brazos al cuello, puso la cabeza en su hombro, se apretó contra él y le siguió los pasitos. La polla se movía entre sus labios y estos la iban rociando de jugos. Luego levantó la cabeza y empezaron a darse un beso con lengua que duró hasta que acabó la canción. Al comenzar la siguiente canción, Amalia se separó un poco, cogió la polla, se puso en la punta de los pies, y froto el glande en el ojete y en la entrada de la vagina, Ramón empujó y se la metió hasta las trancas. De nuevo se besaron y bailaron despacito. La polla dentro del coño, latía, el coño hacía otro tanto, y ellos, sintiendo estos latidos se devoraban las lenguas... Al rato el coño de Amalia había lubricado tanto y la polla de Ramón había soltado tanta aguadilla que tenían las piernas mojadas. Estaban pegados como dos lapas, y los únicos movimientos que hacían eran los de los pies... Iban por la sexta canción, cuando Amalia dejó de besarse con Ramón. Sin dejar de bailar lo miró a los ojos. Ramón vio como los ojos se le iban cerrando y como su respiración se aceleraba. Sintió como su pelvis le daba un trallazo, después, entre trallazo y trallazo y entre gemidos y temblores, sintió como el coño le apretaba y le soltaba la polla y como se la bañaba de jugos.

-Si me la hubieras metido en el culo en vez de meterla en el coño, me hubiera corrido dos o tres veces -le dijo después de correrse y de haberlo besado.

-No sabía que en el sueño húmedo te follaba el culo.

-Ahora ya lo sabes.

Le sacó la polla del coño, del que salieron jugos en cantidad, y se la quiso meter en el culo. En el sueño húmedo era una cosa, pero en la realidad aquella posición no era la más adecuada para follarle el culo. Se puso detrás de ella, le frotó la polla en el ojete y se la metió despacito. Ya no iban a bailar, iban a follar. Amalia se inclinó, echó la mano izquierda al sillón, luego metió dos dedos de la mano derecha dentro de la vagina y se masturbó mientras Ramón le daba por el culo, le magreaba las tetas, le lamía la espalda y le daba nalgadas en el culo. 

Dos veces se corrió follándole el culo y una más cuando Ramón se la sacó del culo y le folló el coño, coño que acabó lleno de leche.

Era el comienzo de una larga aventura.

Quique.

 

 

 

 

 

 



   
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