Mi cuñada
María, mi tocaya y cuñada, era una joven muy guapa y con un cuerpazo que vivía con su padre. Yo vivía en un piso de alquiler. Nos llevábamos muy bien y raro era el día que no tomábamos un café juntas, en mi piso o en su casa.
Esto que os voy a contar ocurrió hace poco... Pasaban de las tres de la tarde. María puso una cafetera encima de la mesa camilla del salón, donde ya estaban los pocillos, las pastas, el azúcar, las cucharillas y las servilletas. Luego se sentó en el sofá grande, a mi lado, y me preguntó por su hermano, que era soldado profesional.
-¿Cuándo te ha dicho mi hermano que podrá venir?
-No tiene ni idea, dice que las cosas están muy movidas por allí.
Echó dos cafés.
-Ya son muchos meses sin que le den un permiso. ¿No te parece raro?
-Un poco, pero nada puedo hacer al respecto.
Echó azúcar a los cafés.
-Mi hermano se la está jugando. Las ganas de sexo nos hace vulnerables a ciertos impulsos.
-Yo no soy de esas. Sé quitarme las ganas, yo solita.
-Todas nos masturbamos, pero eso no es suficiente, si te pasa lo mismo que me pasó a mí esta mañana...
-¿Qué te pasó? ¡¿Te molestó algún loco?!
-No fue un loco precisamente.
-¿Quién fue?
-Fue una muchacha preciosa.
-Cuenta.
-Te cuento. Estaba yo en la sección de ciencia ficción de la biblioteca y sentí una mano en mi culo. Me giré y la vi sonriendo. Me pareció un ángel travieso.
No pude evitar sonreír.
-Ángel travieso. Bueno, bueno, bueno. ¿Te lo hizo allí mismo?
-Lo intentó, me besó, me metió mano y hasta logró bajarme las bragas y lamer mi coño. Fueron unos momentos de tensión como no había vivido en mi vida.
-¿Te calentaste?
-Mucho, pero aquel no era lugar para follar.
-¿Y si hubierais estado en un sitio discreto le dejarías?
-Deja que acabe de hablar.
Tomé un sorbo de café y después le dije:
-Habla, habla.
-Cuando me libré de ella tuve que ir al baño a refrescarme y de paso...
-A hacerte un dedo. Eso que te pasó a ti a mí no me va a ocurrir...
-Aún no termine de contarte.
-¡¿Es que la cosa continuó?
-Sí, apareció en el aseo de la nada, me besó con lengua y ya no ofrecí resistencia.
-Aquel ya era un sitio discreto.
-Era.
La curiosidad ya me comía por dentro.
-¿Qué te hizo?
María me cogió una mano y me chupó varias veces el dedo meñique.
-¿¡Qué haces!?
-Hacer que te ocurra.
-¿Lo qué?
-Lo mismo que me ocurrió a mí.
-A ti se te fue la el poco sentido que tenías.
Me chupó varias veces el dedo anular, y me empecé a sentir rara.
-Para, María, para que esto no está bien.
Me chupó el dedo corazón, tres veces.
-Para, pesada.
Me chupó el dedo anular, luego me chupó el dedo anular y corazón.
-Estás llevando la cosa demasiado lejos.
Mi cuñada, roja como un pimiento morrón, se levantó el vestido, se apartó las bragas para un lado, me llevó los dedos a su coño, sin que yo ofreciera resistencia, los metió dentro de su húmeda vagina. Con su boca a milímetros de la de la mía, me dijo:
-Bésame y mastúrbame.
Deseaba besarla, pero era mi cuñada, por eso le dije:
-No te voy a besar. Eres la hermana de mi marido.
Como no la besé, María, me besó a mí, me dio un pico, dos, tres..., me echó la mano derecha a una teta y me la magreó, después me levantó el vestido, me abrió las piernas, me apartó las bragas, me puso dos dedos en la entrada de la vagina y me morreó.
Entregando todo el equipo, le dije:
-Si alguien se llega a enterar de esto...
-Las paredes no hablan.
Comencé a masturbar a María y a devolverle los besos. María me metió los dedos dentro del coño y también me masturbó a mí.
Los dedos entraron y salieron de los coños cada vez más aprisa, las lenguas se perdieron una contra la otra y acabamos corriéndose como dos perras.
Al acabar de corrernos, me preguntó María:
-¿Te apetece seguir?
-Creo que sería mejor que volviéramos al café.
-Para el café siempre hay tiempo, María del Carmen.
María se puso en pie y con una sonrisa en los labios, me dijo:
-Déjate querer.
Me cogió por las axilas y me puso en pie. Me bajó la cremallera del vestido. Me lo quitó y luego me besó en la boca, al tiempo que me abría el sujetador, después me lo quitó y vio mis grandes tetas con areolas rosadas y bellos pezones. Las cogió por debajo, las levantó y magreándolas, me dio un tremendo repaso con la lengua en los pezones y en las areolas. Cuando acabó el repaso, ya yo le había abierto los botones de la blusa y quitado la falda. Mi cuñada solo tuvo que quitar el sujetador y las bragas. Quedamos a la par, o sea, solo con los zapatos y las medias puestas, cosas que poco nos duraron encima.
Al tenerme desnuda, me giró y me dio otro tremendo repaso por detrás. Me dio besos, mordisquitos y lamidas en el cuello y en los brazos, besó y lamió mi espalda. Me dio besos, lamidas y mordisquitos en las piernas y en las nalgas, después me lamió y me folló el ojete con la punta de su lengua, me metió dos dedos dentro del coño, y me folló el culo con la lengua, y el coño con dos dedos. Me hizo todo lo que me hacía mi marido. A la cabeza me vino que tenían una relación incestuosa, pero estaba tan cachonda, que en vez de molestarme, me excité a tope. Mi imaginación voló. Cerré los ojos, vi a mi marido comiéndole el coño a su hermana y exploté:
-¡Me corro, María!
Al correrme me fallaron las piernas y caí sentada sobre el sillón. María me puso las manos en las rodillas, me separó las piernas y vio como mi vagina se abría y se cerraba y como echaba jugos.
Dejó que acabara de correrme y después me pasó la lengua por el coño para aprovechar los jugos de la corrida, luego de esto, me enterró la lengua en la vagina, la sacó y apretándola contra el coño la fue subiendo hasta lamer mi clítoris. Repitió el viaje varias veces, cada vez con más intensidad, y pasó lo que tenía que pasar, que al rato me corrí de nuevo:
-¡Me corro en tu boca, María!
Al acabar de correrme tenía más cara de felicidad María que yo. Me preguntó
-¿Qué te ha parecido, cuñada?
-Una barbaridad, no debimos follar.
-Me refería al sexo lésbico.
Me había gustado, pero no quería que lo supiera.
-El sexo lésbico está bien cuando no hay otra cosa a mano, pero a mí se me hace muy empalagoso.
-Pues bien que te has corrido.
-Bien, no. A ver, María, tú eres muy buen comiendo un coño, pero...
No me dejó acabar la frase.
-¿Me vas a decir que lo comes mejor que yo?
-Claro que lo como mejor que tú, pero ya te he dicho que el sexo lésbico se me hace empalagoso.
-¿Cómo te gusta el sexo?
-A mí me gusta la acción. El sexo duro y guarro, o sea, un buen taladro, o dos, dos tadros mejor que uno.
-¿Te gustaría hacer un trío con mi hermano y otro hombre?
-Me encantaría hacerlo, me encantaría correrme mientras me follaban el culo y el coño.
-¿Y qué más te gustaría que te hicieran?
-Que me dieran cachetes a mansalva... Que me bañaran en leche. Me gustaría tener leche por todas partes, leche en mi boca, leche dentro de mi culo, leche dentro de mi coño, leche sobre mis tetas. Me gusta sentirme como una cerda en la cama.
María me dijo:
-A mí también me gustaría sentirme cerda en la cama.
Miré para un reloj que colgaba de una pared de la sala.
-¿Ese reloj anda bien?
-Sí.
-Tengo cinco minutos para ti.
-¿A dónde tienes qué ir?
-A la autoescuela. Ya tengo la práctica pagada. Échate en el sofá que te voy a hacer sentir cerda.
Se echó, me puse entre sus piernas y la besé, con picos, con lengua y acabé mordiéndole la lengua y el labio inferior.
-¡Bruta!
Le di las tetas a mamar y María me las mamó y me mordió los pezones.
-Estamos a la par.
No estábamos a la par, y lo sabía, ya que aún no le había comido las tetas. Si me mordió los pezones era para que se los mordiera yo a ella, y no solo le mordí los pezones, pues después, también le di palmadas en las tetas. María comenzó a gemir.
-Me estás volviendo loca.
-Solo acabo de empezar.
Chupé el dedo pulgar de la mano derecha, se lo metí dentro del culo y lamí su coño. Follándole el culo con el dedo le di varios mordisquitos en el clítoris. María sintió que le venía.
-Hostias que me... ¡Qué me corro!
Se corrió en el sillón, se corrió y se sacudió con violencia.
Mi suegro y Pierre
Esa noche estaba en tanga y sujetador sobre la cama. Recordando el polvo que había echado con mi cuñada. Me entraron ganas de masturbarme, y es lo que iba a hacer, pero me sonó el móvil. Lo cogí y era María.
-Leandro sabe lo que hemos hecho esta tarde.
Leandro era el nombre de su padre. Se me fueron las gana de tocarme y se me pusieron las tetas de corbata.
-¡No me jodas, María! ¿Se lo has dicho?
-No. Resulta que su iPhon 15 se le había caído detrás del asiento del sofá. No sé como, pero se activó el grabador de voz y grabó lo que dijimos mientras follábamos.
-¡¿No lo dejaría aposta?!
-No sé qué decirte. Cuando lo cogió estaba sin batería, pero había ido muy rápido a mirar debajo del asiento por si se le había caído en su sillón.
-¿Y si estaba sin batería cómo has sabido que nos grabó?
-Yendo al servicio pude oír nuestras voces. Ten cuidado con mi padre, es muy cabrón.
-¿Crees que se lo dirá a tu hermano?
-Creo que va a ir a por ti.. Tengo que colgar. Oigo sus pasos en el pasillo.
María colgó y yo quedé preocupada por lo que mi suegro podría hacer.
Una hora y pico más tarde. Me desperté con una mano tapándome la boca. Se encendió la luz. Era mi suegro quien me estaba tapando la boca.
-Así que te gusta comer coños.
Me quitó la mano de la boca y me senté en la cama.
-¡Fuera de mi casa, pervertido!
-No me voy a ir, vengo a follarte como a ti te gusta que te follen.
-Contigo me daría asco.
-Dentro de un rato ya no pensarás así.
Al otro lado de la cama vi a un muchacho guapísimo, alto, delgado, rubio, de ojos azules, sus labios eran carnosos y sus manos eran grandes como palas, era demasiado lindo para ser heterosexual. Seguro que mi suegro y él se entendían.
-¿Y ese maricón que hace aquí?
Me contestó el rubio, que tenía acento francés.
-He venido a participar.
-¿No os llega daros por el culo uno al otro?
Al mirar de nuevo a mi suegro, me echó en la boca parte del contenido de un pequeño frasco, y después me volvió a tapar la boca. No me quedó más remedio que tragar. Cuando me quitó la mano de la boca, le pregunté:
-¿Qué me has dado, desgraciado?
-Algo que hemos inventado Pierre y yo.
Mi suegro era profesor en una facultad de química. Imaginé que lo que me había dado, y que sabía a menta, era para dormirme, pero no era así. Comencé a sentir calor en todo el cuerpo y el coño me empezó a picar como si mi suegro y el rubio me hubieran estado calentando durante horas.
-Ya te debió hacer efecto la pócima.
Lo negué a palo seco.
-No siento nada.
-Sé que mientes, pero no me importa, tú no te muevas de donde estás.
-¡¿Y si me muevo, qué?!
-No quieras descubrirlo.
No quise descubrirlo. Mi suegro, que había venido trajeado, se quitó la chaqueta, el chaleco y la corbata, y luego la camisa. Después de bajarse los pantalones y los calzoncillos y de ver su cuerpo musculado y su gorda polla, sentí aún más calor y comencé a sudar. Cuando miré para el rubio ya estaba en pelotas, tenía un cuerpo como el del David de Miguel Ángel, hasta la polla tenía un aire, vale que era más larga, pero era delgada.
Sudaba como una cerda cuando se metieron los dos en la cama y se echaron a mi lado. El rubio le dijo a mi suegro:
-Tiene un cuerpo maravilloso.
-Sí, Pierre, tiene un cuerpo maravilloso, que vamos a disfrutar esta noche.
Leandro me lamió el cuello sudado. Pierre me besó. Separé un poco los labios para que su lengua entrase en mi boca y acariciase la mía, pero no le devolví el beso, aunque me moría por comérmelo vivo. Luego mi suegro me agarró la teta izquierda, y Pierre la derecha. Magreándolas, lamieron y chuparon los pezones y las areolas. Al rato no pude evitar gemir. Pierre me volvió a besar. Le comí la boca con lujuria. Mi suegro bajó lamiendo mi vientre, enterró su lengua en mi ombligo y después se metió entre mis piernas. Me levanto el culo con las dos manos, yo flexioné las rodillas, me abrí de piernas, apoye los pies en la cana y le puse el coño en bandeja. Lamió de abajo a arriba con la lentitud de un caracol. Al rato no pude esperar más, tenía que correrme. Moví la pelvis de abajo a arriba, de arriba a abajo, hacia los lados y alrededor y en menos de un minuto me corrí. Al correrme, un chorrito de jugos salió disparado, y exclamé:
-¡Ay, dios que me corro!
Mi suegro me enterró la lengua en el coño. Pierre me echó su mano derecha al cuello y me estranguló hasta que acabé de correrme.
Al acabar de correrme, Leandro, se sentó en la cama, me cogió la cabeza, me llevó la boca a su polla erecta, y me dijo:
-Abre la boca.
La abrí, me puse de lado y dejé que me metiera la polla en la boca. Pierre fue a por mi ojete y comenzó a lamerlo y a penetrarlo con la lengua, al tiempo que me aplaudía el culo. No tardó en lamerlo con lujuria. Me gustaba una barbaridad sentir su lengua y sentir sus gemidos de marica, tanto me gustó, que le cogí la polla a mi suegro, le la puse hacia arriba y le lamí y le chupé los huevos.
-Son unos huevos deliciosos.
Sentí como Pierre frotaba la cabeza de su polla en mi ojete y luego como la polla entraba hasta el fondo de mi culo. Me dijo:
-Tienes el culo muy apretado. ¿Es que solo te metes el dedo en él?
No me gustó el comentario.
-El dedo lo mete tu hermana en el culo, flaco.
Si a mí no me había gustado su comentario, a él le gustó menos el mío. Me empezó a follar a lo bestia, me dio sin conocimiento. Quería romperme el culo, pero mi culo, como todos los culos, se dilatan, y lo que me molestó al principio me encantó después. Le mamé con saña la polla a mi suegro, que comenzó a gemir. La lujuria me venció y cuando sentí que me iba a correr, le dije:
-¡Más fuerte, flaco, más fuerte!
Me dio a romper y me corrí como una cerda. Esta vez no pude decir nada, ya que Leandro se estaba corriendo en mi boca.
A acabar de corrernos, mi suegro y yo, Pierre, sacó la polla de mi coño, me puso boca arriba y repartió la leche de su corrida en mis pezones y en mis areolas. Luego mi suegro me levantó las tetas y me dijo:
-Lame.
Me gustaba sentirme como una cerda, así que ni me lo pensé, bajé la cabeza y lamí la leche de mis pezones y de mis areolas. Al acabar de limpiar mis tetas, me preguntó.:
-¿Quieres descansar o seguir?
La pregunta se las traía, si le decía que sí, quedaba por puta, si le decía que no quedaba por subnormal. Miré para las pollas. Seguían empalmados como si no se hubieran corrido. Seguro que también habían tomado algo para tener una erección tan prolongada, así que le respondí:
-Quiero beber algo frío. Me estoy muriendo de sed.
Me hicieron sitio para que saliera de la cama. Desnuda, fui a la cocina, cogí en la nevera un Gatorade, lo bebí y después regresé a la habitación. Lo que vi confirmó mis sospechas, Pierre y Leandro se entendían, si no fuera así, Pierre no le estaría mamando la polla a mi suegro. Pierre, al verme paró de mamar. Le dije:
-Sigue, sigue. Siempre he tenido curiosidad por saber como se lo montaban dos nenas.
Lo de nena no le sentó nada bien a mi suegro, ya que antes de que me metiera en cama, se puso en pie, me echó las manos al culo, me levantó en alto en peso, y me dijo:
-Ahora verás la nena que soy. Ponla, Pierre.
Pierre le agarró la polla y la puso en la entrada de mi coño. Mi suegro me la clavó hasta el fondo. Yo le eché las manos alrededor del cuello. Con mis tetas espachurradas contra su tórax, busqué su boca y comencé a comérsela mientras él me subía y bajaba para que la polla entrara y saliera de mi coño. Pierre había desaparecido de nuestro lado. Lo había hecho para poner en su teléfono móvil una canción francesa, de esas lentas, que a mí me parecían aburridas, aunque esta vez me encantó, y me encantó porque Leandro comenzó a follarme al ritmo de la música. Pierre me lamió y me folló el ojete con su lengua al mismo ritmo. Mis besos acompasaron un baile invisible. Mi coño se encharcó tanto que goteó en el piso de la habitación. Estaba gozando como una loca, pero aún iba a gozar más, gocé más cuando Pierre me metió su polla en el culo. Ya ni besos pude dar. Mi cabeza se echó hacia atrás, y con los ojos cerrados, y gimiendo con ganas, disfruté de cada clavada en el coño y en el culo, de cada roce de mis tetas con el tórax de mi suegro, de cada lamida de cuello..., hasta disfrutaba oyendo mis propios gemidos, y ya no os digo nada como gocé al sentir como me llenaban el culo y el coño de leche.
Sintiendo como me iba acercando al clímax, exclamé:
-¡¡Me voy a correr!!
Me corrí. El gusto que sentí fue inenanarrable. Fue tan tremendo que perdí el conocimiento. Cuando desperté mi suegro y Pierre ya se habían ido. Se habían ido ellos y también se había ido mi calentura.
Quique





