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Un amor que se escurre...

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dulces-placeres
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UN AMOR QUE SE ESCURRE...

No sé en qué momento empecé a perderla. Quizás desde el primer día ya la tenía sólo a préstamo, como esas cosas hermosas que Dios te deja tocar apenas un rato para que aprendas que lo eterno no siempre es lo que dura.

Me llamo Darío. Tengo 35 años y todavía canto en el coro de la iglesia del pueblo, como cada domingo desde que tengo memoria. Siempre fui el buen pibe, el que ayuda a los viejos a cruzar la calle, el que nunca se olvida del cumpleaños de nadie. Ese que escucha más de lo que habla.
Ella se llamaba Victoria. Y digo se llamaba no porque esté muerta —aunque algo de ella sí murió con su ausencia—, sino porque dejó de ser lo que era. Como si una parte de su alma hubiera quedado atrapada en el pasado, junto con la mía.

La conocí cuando tenía veinte. Llegué al pueblo por un trabajo temporal en la panadería de don Tino. Victoria tenía apenas quince, y la timidez dibujada en los ojos. Era del interior, bien del interior, de esos lugares donde aún se saluda con sombrero en mano y las mujeres se sonrojan por todo. Siempre con ropas grandes, como si quisiera esconderse del mundo. Pero ni las camisas prestadas ni los pantalones heredados podían disimular ese cuerpo que ya en su juventud desafiaba lo normal. De piel blanca, con un cabello naturalmente oscuro que en esos días se teñía de rubio, como jugando a ser otra, como escapando de sí misma.

Yo me enamoré en silencio. A primera vista. Como un rayo que no avisa.

No fue de un día para el otro. Lo nuestro creció como crecen las cosas que valen la pena: lento, callado, inevitable. Yo la saludaba amablemente cuando pasaba por la vereda de casa, ella bajaba la cabeza como si le diera vergüenza existir. Pero con el tiempo, con paciencia, me fue sonriendo. Primero apenas, después con todo el rostro. A los diecisiete, ya era legalmente mujer. Antes de sus dieciocho nos casamos. Con el consentimiento de sus padres, claro, que me veían como un tipo derecho, respetuoso, incapaz de hacerle daño a una mosca.

Y no se equivocaban. Porque a Victoria la amé. La amé como se ama una promesa de felicidad. La vida se volvió perfecta. Ella cuidaba la casa, cocinaba con ese estilo sencillo que tanto me gustaba, y yo trabajaba y volvía corriendo, siempre con ganas de verla. Cada noche era un premio.
Es que era una mujer como no hay dos. Generosa en todo sentido. En el cuerpo y en el alma. Sus pechos eran redondos, pesados, desafiantes. Tenía unas caderas amplias, una cintura firme y ese culo... ese culo envidiable, alto y tenso, que parecía hecho para volverme loco.

La primera vez fue con nervios. A oscuras, como si el pudor aún no se hubiera enterado de que éramos marido y mujer. Le temblaban las manos y me pedía que no la mirara. Pero con el tiempo, con caricias, con palabras dulces y también con hambre de varón, la fui moldeando. Como si mis besos y mi lengua tallaran su deseo.
Victoria pasó de ser una niña asustada a una perra gritona, hambrienta, sin un no. Me pedía más, me lo suplicaba incluso. Y yo, que siempre creí en Dios, empecé a verla como una diosa pagana, una diosa hecha carne. Mi carne.

Me di cuenta de que estaba siempre de rodillas ante ella. Ella era el centro de mi vida y mi único pecado sería amarla, amarla más que a mí mismo
A veces, cuando la tenía de espaldas, con las piernas abiertas y el cuerpo temblando, pensaba en silencio que era demasiado para mí. Que ese cuerpo perfecto, esa pasión infinita, no podía ser sólo mía. Y me invadía un miedo sordo. Un horror primitivo. La idea de perderla, de que otro la mirara, me revolvía el alma como un animal herido.

Pero entonces, en mis horas más oscuras, ella gemía mi nombre, y todo volvía a estar en su lugar.

Pasaron los años y la vida nos seguía sonriendo. Nuestra casa era cálida, nuestra cama ardía cada noche y cada mañana, y en el aire flotaba ese deseo compartido de dar el siguiente paso: un hijo. Era lo natural, lo esperado, lo que venía a completar ese cuadro perfecto. Hablábamos de nombres, de habitaciones pintadas con tonos suaves, del olor a leche tibia y talco. Ella sonreía cuando yo le acariciaba el vientre y le decía: "acá va a crecer nuestra vida nueva". Y también cuando le miraba las tetas y le decía que no las imaginaba aun mas grandes cuando estuvieran cargadas de leche

Pero un día —uno solo, como una piedrita que desarma una avalancha— todo empezó a cambiar.

Había ido al centro a hacer unas compras. Volvió con un par de bolsas, algunas cosas para la casa, y una tarjeta. Una tarjeta cualquiera, de esas que uno suele tirar sin mirar. Pero esta no. Me la mostró con una mezcla de timidez y entusiasmo, como si no supiera del todo qué sentir. Alguien —un tal Julián, según el nombre impreso— la había interceptado mientras estaba parada frente a una vidriera, mirando ropitas para un bebé que aun no concebíamos, el extraño le había dicho que tenía "un rostro interesante", que la había observado a la distancia, que su figura era de "alto impacto", que estaban armando una campaña de modelaje local, algo sencillo, sin compromisos, solo una oportunidad.

Yo no dije nada al principio. ¿Qué iba a decir? No era más que una tarjeta. Un comentario halagador de un desconocido. Un piropo con forma de propuesta. Me limité a sonreír, a besarle la frente, a fingir que no me ardía el pecho.

Pero en los días que siguieron, Victoria se mostró inquieta. Se miraba más seguido al espejo, se peinaba con más cuidado, revisaba su ropa. Empezó a hablar de la tarjeta como si fuera un boleto dorado a algo que ni ella misma sabía definir. Y entonces lo dijo. Que iba a llamar. Que quería ver de qué se trataba. Que era "solo una entrevista".

Lo dijo con dulzura. Pero fue una puñalada envuelta en terciopelo.

Lo peor no fue la llamada. Ni la entrevista. Lo peor fue lo que vino después: la postergación. Me miró una noche, desnuda en la cama, con esa mirada que siempre me desarmaba, y me dijo que el bebé podía esperar. Que no era el momento. Que quería darse una oportunidad.

Ese "quería darse" fue lo que me mató. Porque ya no éramos "nosotros". Era ella. Su tiempo. Su cuerpo. Su destino.

Y yo, que la había moldeado con mis manos, que la había amado con devoción de creyente, me sentí de golpe un espectador. Y el miedo que antes solo rozaba mi alma, ahora me apretaba el cuello. La transformación no fue brusca. Fue como esas gotas que, sin hacer ruido, terminan por horadar la piedra.
Volvió de una de esas sesiones de fotos con el cabello más corto, apenas hasta los hombros. Ya no era rubia. Volvió a ser morena, nunca la había visto así, no era lo mismo. El color era más oscuro, más intenso, más pulido. Los pequeños rulos naturales que antes ocultaba bajo hebillas y trenzas desprolijas, ahora los dejaba sueltos, con ese aire descuidado que en realidad demandaba horas de arreglo. Estaba hermosa. Pero era otra.
Y con esa nueva imagen, llegó también un nuevo nombre.

Solange.

Así empezó a presentarse en las redes. En los castings. En las entrevistas. Solange. Un nombre que no era suyo, pero que parecía quedarle mejor que su piel. Victoria quedó para mí, para el pasado, para el eco de lo que fuimos.

Al principio creí que era una fase. Que se le pasaría. Pero no.

Todo giraba en torno a ella. A sus sesiones, a sus fotos, a su “imagen”. Empezó a hablar con palabras raras, anglicismos, conceptos que yo no entendía. Me hablaba de visibilidad, de branding personal, de estilo editorial, de tratamientos para la piel, de un tipo de maquillaje que se aplicaba con aerógrafo. Me hablaba como si yo fuera una amiga de confianza, no su marido.

También fue mutando su vestuario, su onda. Dejó de ser la chica timorata y vergonzosa, dejo de ser Victoria. Solange era diferente, caminaba con la frente en alto, erguida, con escotes llamativos, calzas ajustadas o polleras jodidamente cortas. A Solange le gustaba ser centro de miradas, sin importarle el entorno, ni siquiera mi opinión

Y lo peor: ya no hablaba conmigo, ahora hablaba de ella.

Yo, que la amaba como a una extensión de mi alma, sentí que se me escurría de entre los dedos. Redoblé los esfuerzos. Me hice más amable, más atento, más disponible. Cocinaba para ella, la esperaba con flores, con masajes, con sus postres favoritos. Le hablaba de tener el bebé, de retomar ese sueño. Pero no había caso.
Ella tenía la mirada puesta en otro horizonte.

Las campañas se multiplicaron. Las tardes se hacían largas y las noches, eternas. Llegaba con el rostro cargado de productos y los pies doloridos, y aun así se la notaba viva, radiante. Había algo —algo que no era yo— que le daba más energía que cualquier descanso.
Y entonces llegaron los viajes.

Primero fueron a Buenos Aires. Después a Rosario. Luego a otros lugares que ni siquiera me nombraba. Decía: "No es nada, una campaña más. Fotos. Apenas unos días.” Y yo sonreía. Pero por dentro, me iba partiendo en pedazos. Porque sabía que, allá donde fuera, alguien más iba a verla como yo la vi. Y tal vez, con ojos menos asustados y manos más audaces, se animarán a quedársela.

Y yo… yo solo me quedaba con el recuerdo de Victoria.

De esa chica que bajaba la mirada al verme.

De la que, en la oscuridad, me susurraba que era toda mía.

Ahora Solange no le pertenecía a nadie.

Y ese era el verdadero infierno.

Me había jurado no ir. Me lo había prometido mil veces, incluso frente al espejo, como si pudiese convencerme de que era mejor no saber, no ver, no herirme más. Pero algo dentro mío —llamalo amor, llamalo desesperación— me arrastró ese día hasta el club donde hacían la sesión de fotos.

Era una producción importante, según ella. Para una marca nueva, “audaz, disruptiva”, me explicó sin mirarme a los ojos. Me dijo que no iba a gustarme, pero que debía hacerlo. Que era trabajo. Que no era personal. Pero todo en mí gritaba que sí lo era.

El natatorio estaba cerrado al público, pero yo logré pasar con una excusa simple y absurda. Me escondí en una de las gradas altas, entre luces, trípodes y asistentes que iban y venían como en un hormiguero.
Y ahí estaba ella.

Solange.

Mi mujer.

O lo que quedaba de ella.

Tenía puesto un traje de baño enterizo. Enterizo, sí, pero diseñado más para el deseo que para el agua. Una prenda de pasarela, no de pileta, diseñadas para una diosa, no para una mujer. Tan colaless que apenas si cubría algo. Los cortes en los costados revelaban cada curva, cada pliegue. El escote profundo, la espalda desnuda, las piernas largas y aceitosas, ese trasero,… mejor no describir… Y ese caminar… ese maldito caminar que antes era solo para mí.
Los flashes la amaban.

El fotógrafo le pedía más actitud.

Ella reía. Coqueteaba con la cámara. Posaba con los brazos sobre la cabeza, giraba la cadera, arqueaba la espalda.

Era todo fuego, todo provocación

Toda irreal.

Desde donde estaba, la veía como si fuera otra. Como si jamás hubiera dormido en mi cama. Como si jamás hubiera llorado en mi pecho. Como si jamás hubiera sido Victoria.

Y entonces lo supe.

Con una certeza seca, sin dramatismo:

Ella ya no era mía.

Quizá nunca lo fue.

Ella ya no jugaba en mi liga.

Jugaba en otra.

En una que yo ni entendía.

Y lo peor de todo es que se veía feliz ahí.
Me tragué las lágrimas. Me quedé quieto, como un espectador más. Me dolía la mandíbula de apretar los dientes. Me dolía el pecho. Me dolía el alma.
Y mientras ella sonreía para la cámara, yo entendí lo que siempre había temido:

El amor, cuando se escurre, no hace ruido.

Solo deja un hueco.

Me aferré a ella como se aferra uno a un sueño que sabe que se va a despertar.

Lo intenté todo.

Comprensión.

Silencios.

Lágrimas escondidas en la almohada.

Peleas simuladas con la esperanza de que reaccionara.

Ahora las flores quedaban marchitas sobre la mesa.

Las cenas terminaban esperándola sola en la heladera.

Mis masajes eternos a esos pies cansados ya no eran requeridos

Ella seguía llegando cada vez más tarde.

Y cuando llegaba, traía perfumes ajenos, marcas de copas caras en la voz, y esa indiferencia que mata más que un grito.

Yo sabía.
Sabía de los otros.

Al principio eran rumores, miradas que no coincidían. Después, excusas mal armadas, viajes sin sentido. Y al final ya no había nada que ocultar. Ni lo intentaba. Era “normal en el ambiente”, me decía. “Vos no entendés”.

Y no, no entendía.

No entendía cómo esa mujer de piel blanca y cabellos oscuros, que alguna vez fue la tímida Victoria, esa que hacía el amor a oscuras con pudor y ternura, ahora era Solange, la modelo, la estrella, la libre.

No entendía cómo podía dormir a mi lado sabiendo que yo lloraba en silencio cada noche.

No entendía como podía tener limpia la conciencia después de acostarse con cualquiera

No entendía cómo había dejado de quererme.

O quizás… cómo había aprendido a no necesitarme.

Yo seguía buscando entre sus gestos alguna señal, un resquicio, una grieta que me devolviera a la muchachita que conocí a los quince.

Pero ya no quedaba nada.

Ni una palabra dulce.

Ni un suspiro compartido.

Ni siquiera una mentira piadosa.

Y entonces, lo hizo, hizo lo que yo nunca hubiera podido hacer

Un día, sin escándalos, sin lágrimas, sin gritos.
Me miró desde el otro lado de la mesa y me dijo que no podía seguir fingiendo.

Que ya no me amaba.

Que necesitaba otra vida.

Una donde yo no estuviera.

Yo asentí.

No supe qué decir.

No hubo escenas.

Solo un silencio que pesaba como una lápida.

Cuando se fue, dejó el cuarto limpio.

Ni una nota.

Ni una carta.

Ni una excusa.

Solo la ausencia.

Solo ese hueco exacto donde solía estar su perfume.

Su cuerpo.

Su voz.

Y yo me quedé ahí.

Con las manos vacías.

Con la cama inmensa.

Con un nombre en la boca que ya no me pertenecía.

Victoria.

O Solange.

O ese amor que se escurrió…

Como arena entre los dedos.

Si te gustó esta historia puedes escribirme con título UN AMOR QUE SE ESCURRE… a d****@live.com

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