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La Marranita - CAPÍTULO VI - Los cuerpos

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laualma
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Iniciador del debate   [#2048]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
CAPÍTULO VI - Los cuerpos
 
Las cosas empezaron a cambiar de verdad entonces. En parte porque yo ya no solo jugaba con chicos, sino que después de hacer aquello con la hermana de mi amigo también otras chicas empezaron a buscarme, primero en el patio o por los edificios de mi familia y de los vecinos, y luego también directamente en las calles. Aunque cuando jugaba con chicas, no sabía por qué, siempre teníamos que hacerlo más a escondidas, salvo que se tratara de amigas de mi edad, y aún ese caso nuestros juegos ya no sucedían tan a la vista como antes o como, por otra parte, seguía pasando cuando jugaba con los chicos. No quiero decir que lo que hacíamos lo hiciéramos en cualquier sitio ni a la vista de todos, naturalmente buscábamos rincones discretos en el puerto, alrededor del mercado o dentro de los edificios porque, de alguna manera, sabíamos que no era como jugar a la pelota, al Profeta o a matar los ladrones. Pero tampoco era algo para lo que nos tuviéramos que ocultar, especialmente si lo hacíamos en los edificios, donde siempre había un patio trasero, una azotea o algún almacén o trastero abandonado. Si alguien nos veía en medio del juego, normalmente solo nos decía que éramos demasiado críos todavía para aquello, pero no solían ir más allá. Muchas veces ni siquiera nos echaban cuentas, y a nosotros nos bastaba con que nos dejaran jugar a nuestro aire, pero no teníamos más necesidad de ocultarnos que esa, ni nos molestaba que pasara gente o se nos quedara mirando algún hombre mayor durante nuestros juegos.

En cambio, mi amiga adolescente me tuvo que avisar desde nuestros primeros encuentros que no estaba bien visto que las chicas jugáramos juntas en sitios públicos, o delante de otras personas, al menos no ya las chicas de su edad, y en realidad ya casi también de la mía, y que aquellas cosas entre nosotras solo podíamos hacerlas estando discretamente a solas, o bien en fiestas con mayores, como las de los padres en el patio u otras parecidas, en el caso de que ellos nos lo pidieran. Le pregunté entonces si acaso es que eso que hacíamos era malo, como cuando jugaban dos chicos, recordando la paliza que se llevaron aquellos dos a los que el maestro pilló un día en pleno juego en un pasillo de la escuela. Uno de ellos no volvió nunca más por mi escuela, y yo solo volví a verle una vez, tiempo después. Habían pasado varios meses ya, pero él todavía iba en una silla con ruedas empujada por su madre, del correctivo que le debió de dar su padre. El otro chico sí siguió con nosotros en la escuela, pero fue para todos ya siempre el raro, un especimen apestado al que ningún chico quería tocar ni con un palo, por miedo a contagiarse de su enfermedad de invertido, como le llamaban, porque decían que él había dejado de ser un hombre, aunque yo sabía que en realidad no era así, porque una vez me pidió que le comiera el pito para ver si conseguía curar su enfermedad, y aunque conseguí sacarle la leche y todo él me dijo que después de aquello tenía claro que nunca se curaría. Pero, estuviera enfermo o no, yo no tuve duda alguna de que era tan hombre como cualquier chico de la escuela, porque tenía leche y pito, y además bastante gordo. Aunque yo no llevé bien que me dijera que mi comida no le había servido. Después de aquello, las chicas sí hablaban con él a veces, pero yo no. Yo no entendía bien todavía aquellas cosas, pero ya entonces, aún siendo tan pequeña, supe que me disgustaba profundamente que un chico hubiera podido renunciar voluntariamente a ser hombre. No tenía ni idea de cómo se podía renunciar a eso, pero para mí los hombres habían sido siempre superiores a las mujeres y a los chicos en todo: no había más que ver a Padre y a sus amigos cuando se juntaban en sus fiestas. Para mí ser hombre debía ser como un regalo del cielo, ellos son los elegidos para dirigirnos, por lo que la masculinidad tenía que ser un don divino. Aunque yo a Padre y a muchos de los hombres que venían al patio los veía, realmente, como auténticos dioses en sí mismos. En parte a veces quería ser también como ellos, y no entendía por qué mi madre me había hecho niña y no hombre. Aunque luego lo pensaba y entendía que, siendo niña, quizás podría tener la suerte de llegar a jugar algún día con los hombres en las fiestas de Padre. Poder alcanzar eso en algún momento sí que sería un regalo digno de un dios... Pero bajo ningún concepto entedía que un chico pudiera renunciar a su divinidad decidiendo "dejar de ser hombre", se hiciera aquello como se hiciera. Llegué a odiar al invertido de la escuela por ese motivo. De hecho, fue el único chico de la escuela con el que no volví a jugar jamás, ya que me daba un asco tan profundo que hasta me daban hasta arcadas cuando lo tenía cerca. Desde entonces, si hay algo que odio por encima de todo, es a un hombre desviado.

Mi amiga adolescente me aclaró que no, que no tenía que temer nada, que las mujeres somos diferentes y que a nosotras se nos permite probarlo todo, porque precisamente es bueno también que aprendamos a hacer las cosas del "sexo" unas de otras, ya que quizás en algún momento debamos hacérselas a alguno de ellos para complacerle. Me explicó que a los hombres le gusta que las chicas fogosas se entretengan y practiquen, y que de hecho siempre prefieren que estén ya bien calientes para ellos, deseando recibir una buena verga... Me llegó a decir que algunas chicas llegaban a entrenar con animales incluso, para poder estar preparadas cuando llegara su momento, pero que yo no debía de preocuparme porque a mi edad ya era capaz de hacer más cosas que muchas chicas mayores y que yo no iba a tener problemas con nada. No entendí la mitad de las cosas de lo que me dijo, la verdad, pero me quedé con que si hacía cosas de "sexo" con otras chicas no era nada malo de por sí, aunque tenía que aprender a ser discreta y no podía hacerlo tan abiertamente como cuando lo hacía con los chicos, y que debía ser así como muestra de respeto a los hombres. Y como a mí lo de respetar a los hombres era, quizás, la única cosa que Padre sí se había molestado en enseñarme desde muy pequeña, precisamente por eso yo siempre había sido muy obediente y disciplinada en ese sentido, sabiendo que a él le importaba mucho aquello, así que yo lo hacía sí como él decía porque a mí me gustaba complacerle por encima de todo. Crecí, por tanto, con aquel respeto natural hacia los hombres adultos, que en el caso de Padre era un respeto casi reverencial que me esmeraba en hacer evidente delante de todo el mundo (por mucho que él me ignorase), especialmente cuanto más se empeñaba mi madre en hacer precisamente lo contrario...

En no mucho tiempo los cambios en mi cuerpo fueron tan evidentes que ya fue imposible ocultarlos. Las tetas se me notaban mucho hasta en la ropa, sobre todo porque a diferencia de otras chicas yo no había empezado a llevar aún telas recogesenos, de manera que las formas de mis peras en desarrollo eran mucho más evidentes siempre que las de otras chicas más mayores y más desarolladas que yo. Precisamente, un día mi madre dijo en casa que tenía los pechos ya demasiado grandes y que debería empezar a usar recogesenos para niña al menos, que no tenía sentido esperar al año lunar ni al menstruo, pero Padre dijo que no iba a llevar nada de eso porque era demasiado pequeña todavía para aquellas cosas, y que además a él le gustaba verme así. Mi madre se puso a protestar, pero Padre ni se molestó en discutir. Por aquella época yo, como casi todas las crías, soñaba con que me compraran mi primer recogesenos, ya que llevarlo era como haber dado un paso más, y aquél era uno importante, hacia el mudo adulto. Pero después de aquella conversación yo me juré que jamás utilizaría una de aquellas prendas, y que si a Padre le gustaba verme con las tetas al aire, aunque entonces todavía las tuviera tan pequeñas, yo me aseguraría de enseñárselas todo lo que fuera posible, y de hecho me las arreglé para ir con el pecho al aire en casa desde antes incluso de cruzar la puerta de entrada, porque estaba muy orgullosa de que Padre hubiera dicho que le gustaba verme las tetitas. Y, además, así yo aprovechaba para provocar a mi madre también con aquello.

Me di cuenta de que los chicos me empezaron a buscar todavía con más frecuencia a partir de entonces, porque se corrió la voz de que por fin me estaban creciendo y todos querían verme y tocarme las tetas. A mí me gustaba cada vez más sentir eso, aunque reconozco que con ninguno de ellos me mojaba tanto cuando me las tocaban como cuando me lo hacían mi amiga, o las otras chicas. Empecé a tratar de convencer a alguna amiga mía de las de siempre para jugar, para ver qué se sentía con otra de mi edad, porque mi amiga adolescente siempre me decía que yo tenía una rajita riquísima y que a ella casi hasta le gustaría que yo tardara en crecer porque decía que mi coño se sentía especial al estar todavía tan poco desarrollado, y entonces yo quería probar también eso y no solo hacerlo con las conchitas de las mayores, pero casi ninguna de las niñas de mi edad quería tener nada conmigo. En realidad cada vez tenía menos amigas de mi edad en el barrio. Solo las mayores me seguían en los juegos y atendían a mis intereses, que para entonces la verdad era que se centraban única y exclusivamente en seguir probando y conociendo cuerpos de otras personas. Cosa que, por otro lado, me permitió ir compensando con creces aquella pérdida de mis primeras amistades, sabiendo además como sabía que cualquier chico, incluso ya también los de la escuela secundaria, preferiría estar conmigo antes que con cualquiera de ellas. Yo sabía que era por eso que muchas de ella me rehuían y ya entonces me empezaban a llamar puta, aunque entonces yo todavía no sabía lo que significaba aquella palabra, pero sabía que era malo porque era algo que Padre le llamaba a mi madre siempre que ella le daba motivos para enfadarse, cosa que empezaba a pasar casi a diario. El caso es que podría decir que todas mis amigas de siempre hablaban de mis juegos con los chicos de una forma cada vez más despectiva y cargada de odio, y yo sabía por mi amiga adolescente que en realidad aquel odio se lo habían transmitido sus hermanas mayores y sus madres, muchas de las cuales eran tan secas y frígidas que nunca eran invitadas a las fiestas en los patios, igual que pasaba con mi madre, y por eso se morían de envidia por no poder sentir todo ese deseo hacia sus cuerpos que, en cambio, veían y sabían que yo sí despertaba en los hombres. Y a mí me encantaba sentirlo.

Estaba convencida también de que su envidia se iba haciendo todavía mayor conforme se iba extendiendo en el barrio la admiración que causaba saber que yo me movía con soltura con chicos y chicas mucho más mayores que yo, y que era especialmente apreciada y buscada por ellos. Para mí en realidad era un motivo de satisfacción que cada vez más gente supiera lo que hacía y que se hablase cada día más de mis habilidades en los juegos a lo largo de todo el barrio, porque tenía claro que eso a Padre era algo que le parecía bueno y necesario en una mujer, y yo esperaba que todos aquellos rumores sobre mí le acabarían llegando a él algún día y se sentiría orgulloso de mí. Otro motivo para esforzarme en ello para contentar a Padre era que él tenía la mala suerte de que mi madre no era así, y él se merecía que su hija al menos sí fuera capaz de honrarle de aquella manera, como a un verdadero hombre, porque yo sabía que él era alguien importante y respetado y a quien nadie se atrevía a llevar la contraria (realmente nadie se atrevía a hacer algo así jamás, porque Padre podía ponerse muy violento con quien se atreviera a tal cosa, y desde luego que nadie podía con Padre en una pelea, era imbatible y eso era algo que me hacía admirarlo aún más profundamente).

A diferencia de mis amigas de siempre, y de sus madres y hermanas mayores, los padres, que eran también muchas veces los amigos de Padre, sí que se portaban bien conmigo: me conocían, me señalaban cuando me veían y me saludaban y, a veces, cuando me veían pasar por el patio tratando de mezclarme entre sus famosas fiestas tratando de descubrir y aprender cosas nuevas de "sexo", hasta me llamaban para hablarme, y empezaban a decirme lo mayor que me estaba haciendo y lo bien que iba creciendo, y admiraban aquellos cambios en mi cuerpo, sonriéndome mientras me pasaban sus rudas manos por mis crecientes pechos o por mi raja cada vez más peludita. Mi amiga adolescente, que solía estar al tanto de todo lo que sucedía en el patio, me dijo que fue aquello lo que hizo que también muchas de las vecinas empezaran a hablar de mí habitualmente, y al principio no le quise hacer mucho caso, pero un día me di cuenta de que muchas de ellas me negaban ya el saludo, e incluso la entrada a sus casas cuando iba a buscar a alguno de mis amigos de toda la vida, o a alguna de sus hermanas mayores. Con tono incomprensiblemente serio en personas que toda la vida habían sido normales y cariñosas conmigo, me pedían que me volviera a mi casa, y algunas hasta me decían que dejara de andar desnuda por ahí de una vez, afirmando que ya no tenía edad para esas cosas. A mí me costaba entender todo aquello, no conseguía entender por qué unas veces me decían que era demasiado pequeña para aquello y otras que ya no tenía edad para lo otro, cuando en realidad yo seguía haciendo exactamente lo mismo que llevaba haciendo toda la vida sin que nunca hubiera sido un problema para nadie. Y, además, yo no entendía por qué aquellas mujeres tenían que pedirme a mí lo que no nunca le habían pedido a sus hijas, porque lo cierto es que yo no era ni mucho menos la única chica de mi edad que iba desnuda en su casa o por el patio y por los otros edificios de la manzana. Lo que sí pasaba es que yo era la que estaba desarrollando su cuerpo mejor, más pronto y más rápido de todas. Pero aquello era algo bueno de por sí, con lo que tenía claro que el único problema en todo eso no era otro que su envidia.

Todo aquello que yo ya había empezado a observar, aunque sin ser realmente consciente todavía de todo de lo que pasaba, me lo confirmó mi madre cuando un día entró en casa y empezó a pedirme a gritos que me vistiera. Hablaba de las quejas de los vecinos, de las quejas de medio barrio, decía. Estuvimos discutiendo durante casi una hora y al final se volvió loca y me empezó a patear por todo el cuerpo para obligarme a ponerme aquel maldito braguero nuevo, que además ni siquiera tenía dibujitos como a mí me gustaba... por no hablar del recogesenos para niña que había conseguido a saber dónde, y que era demasiado pequeño porque aquella inútil no era capaz de darse cuenta de lo mucho que me habían crecido ya, y que por eso me hacía daño en mis pequeñas tetas. El remate llegó con aquel vestido horrible y larguísimo de tela gruesa del color de la caca del gato, que me asfixiaba de solo mirarlo y me daba calor y me hacía sudar y llenar la tela de rodelones de color marrón oscuro y húmedo en mis axilas y alrededor de los pezones, que me escocían por aquel contacto. Cuando Padre llegó, me encontró así vestida llorando en la galería del patio. Al verme, no me preguntó por qué lloraba sino qué hacía así vestida, y cuando se lo conté me dijo que me quitara inmediatamente toda aquella ropa y la sacara a la basura de la calle, y él mientras se fue a buscar a mi madre después de quitarse también toda su ropa, para entrar en casa llevando únicamente su largo cinturón de cuero en la mano, con la hebilla metálica arrastrando por el suelo. Ese día no hubo discusión, ni preguntas airadas ni malas respuestas; ese día los únicos gritos que se escucharon fueron los de mi madre, junto con los míos animando a Padre a matarla, y jurándole a voz en cuello que algún día terminaría por arrancarle sus tetas de bruja. Los vecinos salieron a la galería a mirar, y yo sentía que las mujeres trataban de ver algo por nuestras ventanas, pero mientras tanto yo lo que veía era cómo, detrás de ellas, sus hombres me miraban fijamente a mí, de nuevo desnuda, y se tocaban provocativamente entre las piernas al hacerlo, sin dejar de sonreírme. Yo les sonreía también, y separaba mis piernas e intentaba sacar pecho para ellos, feliz de poder disfrutar de nuevo de mi desnudez total. De poder exhibirme delante de auqellos hombres de verdad, hechos y derechos, siendo consciente de que, por primera vez desde mi nacimiento, estaba dejando de serles indiferente, de que mi desnudez les atraía y provocaba en la misma medida que avergonzaba a mi madre. Y aquello no era ni más ni menos que lo que yo había querido desde siempre, por lo que me daba exactamente igual lo que pensaran mi madre y todas aquellas horribles mujeres absurdas. A mí solo me importaban aquellas miradas llenas de brillos prometedores en los ojos de Padre y de los otros hombres del patio, porque descubrir que aquellos brilos eran por y para mí, fue como descubrir un auténtico tesoro.

Ignoré decidiamente la escena que se produjo cuando Padre sacó a aquella mujer de la cocina, tirando de ella por el pelo y llevándola a rastras por el suelo. Ignoré los gritos de la mujer cuando Padre la empezó a empujar a golpes hacia su habitación. Ignoré el sonido restallante de los latigazos del cinturón de Padre sobre el cuerpo destrozado, y también los alaridos de mi madre al sentir la enorme hebilla metálica clavándose en su carne. Ignoré el resto de sonidos, berridos, sollozos, y hasta el andar tambaleante de mi madre cuando salió de casa y se arrastró amoratada y llorando hasta la casa de la familia Nardo, nuestros vecinos. La ignoré pero me alegré en lo más íntimo de todo aquello que acababa de ver. Entré a buscar a Padre para agradecerle por haberme entendido y defendido, como hacía siempre que podía, porque sabía lo importante que era saber mostrar respeto a un hombre como él, y más en momentos como aquellos.

Me lo encontré saliendo de su habitación. Imponente, enorme y fuerte como nunca, con la polla medio hinchada, realmente no la tenía más que a medio gas, pero aún así era tan diferente de como estaba acostumbrada a vérsela en casa, donde al tener por único estímulo a mi madre resultaba del todo imposible que se le empalmase, que me sorprendió inevitablemente por su tamaño. No podía haber imaginado que Padre la tuviera así de grande, y eso que ni siquiera la tenía completamente alta. De hecho no podía saber que una polla podía llegar a tener ese tamaño, en realidad. Y me di cuenta entonces de que, a pesar de llevar toda la vida viéndole desnudo a diario, y muy frecuentemente incluso jugando con las chicas de las fiestas del patio, no le había podido ver bien nunca la polla así, alta y dura por completo. Y es que, salvo alguna que pudiera haber vislumbrado apenas de refilón a alguno de los hombres de aquellas fiestas, no conocía ninguna polla empalmada al completo que no fuera la de uno de mis chicos. Y entonces entendí que no había nada que deseara más que poder probar una polla de verdad, grande, gorda, venosa y oscura, hinchada, dura como la piedra, sublime e imponente.

Bueno. En realidad lo que deseaba de verdad era poder probar la polla de Padre.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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