Mi padre folla el c...
 
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Vaciar todo

Mi padre folla el chocho como pocos y el culo como nadie

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José
(@quique)
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Topic starter   [#2009]

Este es un relato basado en una historia real que he escrito por encargo con los datos y situaciones que me proporcionó la protagonista.

Mi nombre es Penélope, soy una mujer casada de 26 años, soy rubia y tengo un parecido asombroso con Uma Thurman cuando tenía mi edad, aunque yo soy catalana y un poco más alta que ella; mido un metro ochenta y seis. 

Pedro, mi padre, es moreno, tiene cincuenta años y es once centímetros más bajo que yo. Siempre hemos sido uña y carne; yo para él soy su ojito derecho y él para mí es un superpadre, y desde que mi madre se fue con otra mujer, aún estamos más unidos, si cabe.

Miguel, mi marido, es algo más bajo que yo, rubio, de ojos claros, muy guapo, trabaja como viajante de comercio y está más tiempo fuera de casa que en ella.

Merceditas, la hija de mi vecina, es siete años menor que yo, es morena, de estatura mediana, muy flaca, con pocas tetas y poco culo; es como una muñequita.

Hacía unos cinco minutos que mi padre se había ido a trabajar cuando Merceditas llamó a la puerta; abrí y, al verla con una taza en la mano, le pregunté con una sonrisa en los labios:

—¿Te has quedado sin azúcar?

—Sin azúcar y sin café, venía a ver si me invitabas a uno.

 —¡¿Y traes la taza?! 

—Me sabe mejor en mi taza.

En la cafetera ya estaba hecho el café. Luego de haberme dado la taza y de haberse sentado a la mesa, y de haber echado dos cafés y de haberme sentado enfrente de ella a la mesa. Me entró de nuevo.

—¿Sigue en pie lo de ayer?

—Te dejé pasar, ¿no?

Me miró de arriba abajo; fue como si me estuviera desnudando con la mirada.

—He pensado tanto, tanto pensé en ti, que ya me duelen los dedos de tanto pensar. 

Su brazo derecho comenzó a moverse.

—¡Qué desagradable eres! 

—Ahí te equivocas, soy muy agradable y tengo una lengua mágica. 

—Lengua se ve que tienes, y mucha cara también.

—¿Sabes lo que estoy haciendo? 

—Lo que me dijiste que ibas a hacer. 

—¿Te gusta ser deseada? 

—Sí, pero por mi marido.

Se puso en pie, se quitó la bata. 

—Mastúrbate conmigo. 

—Te dije que ibas a pinchar en hueso, y has pinchado. A mí no me excita ver a otra mujer tocándose el chocho, pero quiero ver si eres capaz de hacer lo que me dijiste.

—Quita la bata y déjame verte en bragas y sujetador.

—No llevo nada por debajo.

Déjame verte desnuda.

—Eso no entraba en la apuesta.

Sus dedos se movían a toda mecha dentro del coño y quité la bata para darle el empujón final.

Merceditas cogió la taza de café y, mirándose mis grandes tetas y mi chocho peludo, se dio dedo a mil por hora y se corrió. Temblando, puso la taza bajo el coño y vi cómo caían en ella tres plastas de leche cremosa.

Al acabar de correrse, mirándome, se tomó el café cremoso. Luego vino a mi lado, me echó una mano al chocho, la sacó mojada de jugos y me dijo: 

—Una apuesta es una apuesta.

Me incliné para que me pudiera comer la boca. Me encantaron sus besos con lengua; luego las tetas ya le quedaban a su altura, y la verdad es que me las comió como nadie me las había comido, recorriendo con sus labios y con su lengua cada milímetro de ellas, al tiempo que me las magreaba con arte, o sea, sin apretones; lo hizo todo con una delicadeza exquisita.

En el chocho ya no le di tiempo a hacerme nada, nada más que lamerlo, lamer el clítoris y ya me corrí en su boca.

A estas alturas de la partida ya habréis imaginado que la apuesta había sido que, si conseguía excitarme, le dejaría que me follara; lo que no sabéis es que yo también tendría que follarla a ella.

La cogí por las axilas y la senté en la encimera. No me había visto en otra igual, pero empezó a gustarme la cosa al llenarle su pequeña boca con mi lengua; luego metí sus pequeñas tetas enteras en mi boca, unas tetas con pequeñas areolas color carne y pequeños pezones; metí primero la derecha y después la izquierda. La estaba devorando literalmente. Sus gemidos me estaban poniendo perra de nuevo, y yo de perra no respondo. Su pequeño coño, totalmente depilado, fue lo siguiente que entró en mi boca. Le enterré la lengua en su estrecha vagina y mamé el coño en su totalidad. Se echó hacia atrás y, con las manos en mi cabeza, movió su pelvis buscando el orgasmo. Tardó en encontrarlo y, cuando lo encontró, me llenó la boca de jugos cremosos. Sin querer, me tragué una migaja de crema; sabía a ostra. A mí me encantan las ostras y acabé tomándome hasta la última gota.

Con unas tremendas ganas de correrme, di por pagada la apuesta. Luego de irse Merceditas, me hice un dedo, y aún me hago alguno pensando en ella. Os preguntaréis por qué no seguí si me moría por qué me comiera el chocho, pues es muy simple, fue porque me gustó tanto hacerlo con ella que tuve miedo de acabar siguiendo los pasos de mi madre.

                                                      II        

Mi nombre es Penélope, soy una mujer casada de 26 años, soy rubia y tengo un parecido asombroso con Uma Thurman cuando tenía mi edad, aunque yo soy catalana y un poco más alta que ella; mido un metro ochenta y seis. 

Pedro, mi padre, es moreno, tiene cincuenta años y es once centímetros más bajo que yo. Siempre hemos sido uña y carne; yo para él soy su ojito derecho y él para mí es un superpadre, y desde que mi madre se fue con otra mujer, aún estamos más unidos, si cabe.

Miguel, mi marido, es viajante de comercio y está más tiempo fuera de casa que en ella.

 A los ocho meses de haberse ido mi madre, mi padre no se había relacionado con ninguna mujer, y me chocaba porque es un hombre atractivo y con la vida solucionada, ya que lleva treinta años en un taller de reparación de coches, primero como mecánico y luego como dueño del taller. 

El mes pasado, un domingo por la tarde-noche, nos estábamos tomando un par de copas, sentados en dos sofás, uno enfrente del otro, y le dije: 

—Ayer estuvo aquí Mercedes y me preguntó por ti. 

—¿A qué vino? 

—A por ti, pero con la excusa de que se había quedado sin sal. 

Imaginaciones tuyas, Mercedes, solo hace tres meses que se quedó viuda. 

—No son imaginaciones mías, me preguntó si estás con alguien, y habiendo sido tu novia... 

—Y me dejó por el difunto. Le podías haber dicho que ni estoy con alguien ni estaré. 

—Ahí quería llegar. ¿Por qué no le das una alegría al cuerpo de vez en cuando? 

—Mi cuerpo no está para esas alegrías.

Mi padre se había acabado el brandy y se iba a levantar. Pillé la botella y le eché otra copa.

—El cuerpo siempre quiere esas alegrías, papá. 

—El tuyo sí, porque eres joven; el mío no.

No le creí a mi padre lo de su cuerpo y quise llegar al fondo del asunto. 

—A ti te pasa algo y no te vas a ir de aquí sin decirme qué es. ¿Qué te pasa?

Habló como queriendo quitarse de encima la incomodidad de mi pregunta. 

—Me pasa que ya no me atraen las mujeres. 

—Eso no se lo creería ni el tonto de un pueblo. ¿Qué es lo que te pasa?

Se acabó la copa de brandy y le eché otra.

—¡Qué pesada eres! No te lo puedo decir.

Al fin había dicho algo con sentido. 

—Estás hablando conmigo, con tu Pe. Quita esa carga de encima. 

—No puedo decírtelo, hija, no puedo.

Se encerraba en sí mismo y no había manera.

 —¿Odias a las mujeres porque mamá se fue con una? 

—Sí, es por eso.

Dijo tan pronto que sí, que supe que me estaba mintiendo. 

—Si no me dices la verdad, no te vuelvo a hablar en mi vida. 

—Prefiero que no me hables a decirte lo que me pasa. 

—¡¿Tan grave es?! 

—Sí, es lo peor que le puede pasar a un hombre, después de la muerte. 

Solo podía ser una cosa.

—La disfunción eréctil no es un problema tan grave. 

—Yo no he dicho que fuera eso. 

—Pero lo es. Hoy en día hay pastillas para la erección; solo tienes que ir al urólogo.

Por fin se abrió, aunque bajó la cabeza para decirme: 

—Ya fui al urólogo y al psicólogo y lo mío no tiene cura. 

—Me niego a creer que un hombre de cincuenta años se quedara impotente de la noche a la mañana. 

—Pues puedes creerlo, aunque no fue de la noche a la mañana. 

—Ya que te has abierto, cuenta qué te sucedió. 

—Te lo contaré. Todo empezó el día que tuve un gatillazo con tu madre; se rio de mí y ya no volví a ser el mismo. El miedo a no cumplir me hizo ir de gatillazo en gatillazo; luego tu madre me dejó y ahí ya se acabó todo. 

—¿Has probado a ver porno? 

—Lo he probado todo, y nada. 

—Sé de un caso... Mejor no te lo cuento. 

—Para eso no haber dicho nada. 

—Está bien, te lo diré. Lo que te pasa a ti le pasó al padre de una amiga mía y ella se la volvió a poner dura.

Mi padre no se creía lo que acababa de oír. 

—¿¡Tienes una amiga que lo hace con su padre?! 

—No, no folla con su padre, pero era impotente, se la puso dura y me dijo cómo lo había hecho. 

—Eso es difícil de creer, por no decir imposible. 

—Tú eres de los que necesita ver para creer. 

—Sí. 

—Sabes que por tu bien haría cualquier cosa, pero esta es muy guarra. 

—Entonces no digas que harías cualquier cosa.

Mi padre estaba dispuesto a todo por volver a sentirse hombre, pero a mí me daba un poco de reparo.

—Si no tuviera el chocho sin depilar, te la pondría dura... 

—Te contradices, me acabas de decir que tu amiga no tuvo que follar con su padre. 

—No me contradigo; para hacerte lo que le hizo mi amiga a su padre, tendría que ponerme un biquini y me saldrían los pelos por los lados y por arriba. 

—Eso sería muy sexy. 

—¿Tú crees? 

—Claro que lo creo. 

—Voy a acabar con tu cruz.

—Si eso fuera cierto...

 —Vete para el baño y desnúdate, que enseguida voy yo.

Mi padre se fue para el baño, yo fui a mi habitación y no me puse un biquini, me puse un sujetador blanco minúsculo, que dejaba ver casi la totalidad de mis grandes tetas y una tanga de hilo a juego para que viese por los lados y por arriba mi hermosa mata de vello negro. Me miré al espejo de la cómoda y hasta me gusté para mí misma. Llegué al baño. Mi padre me miró y me dijo: 

—Nunca había visto a una mujer tan sexy.

Me vería sexy, pero su polla, colgando, no dio señales de vida. Mismo parecía una tripa. 

—Métete en la bañera, papá.

Se metió. Yo cogí la alcachofa de la ducha y lo regué bien. Luego cogí el gel, eché un poco en una mano y otro poco en su pecho y lo enjaboné desde el cuello hasta los pies, pasando por los cojones y la polla, que seguía dormida a pesar de que mi padre había visto mis tetas colgando. 

—Date la vuelta.

Se dio la vuelta y le enjaboné la espalda, las nalgas y las piernas; luego subí, pasé el canto de mi mano derecha por la raja de su culo y luego le follé el ojete con un dedo, con dos y, por último, con tres. A continuación, agarré la alcachofa de la ducha y le quité la espuma con los finos chorros de agua. Después volví a echar gel en una mano y la froté con la otra y, acto seguido, le lamí y le follé el ojete con la punta de la lengua. Cuando le metí la mano entre las piernas, su polla era más larga y estaba morcillona. Al rato estaba dura. Mi trabajo me había costado, pero lo había conseguido. Mi padre me dijo: 

—Has obrado el milagro.

Volví a coger la alcachofa y limpié a mi padre; luego tiré de la polla hacia atrás y, con media docena de manadas, descargó en mi boca.

Al acabar de correrse, eché la leche en la pileta. Cuando me giré, mi padre estaba fuera del baño y seguía con la polla tiesa. Me dijo:

—Déjame ver tus tetas. 

—No. 

—Solo diez segundos.

Estaba tan contento que, por no cambiar su humor, le iba a dar el capricho.

—¿Seguro que solo van a ser diez segundos? 

—Seguro.

Saqué las tetas del diminuto sujetador. Mi padre miró para mis areolas oscuras y mis gruesos pezones como nadie antes las había mirado. Sus ojos se fueron acercando a ellos lentamente, y con los ojos se fue acercando la boca. Sabía que me iba a mamar una teta, aunque no sabía cuál. Fue la izquierda. Lo empujé. 

—De mamar no habíamos hablado.

Me mamó la otra teta y lo volví a empujar. 

—No seas malo.

Mi padre ya iba lanzado. 

—Enséñame el coño. 

—Sí, hombre, para que me lo mames como me mamaste las tetas. 

—Solo mirarlo diez segundos.

—Ya sé cómo es tu mirar y tus diez segundos.

 —Cinco segundos, por favor.

A ver, sabía que si le enseñaba el coño acabaríamos follando, y eso no estaría bien, pero por el otro lado yo ya estaba perra y me dejé ir. Me senté en el borde de la bañera y le dije: 

—Vale, pero solo cinco segundos.

Levanté el culo, quité la tanga y me abrí de piernas. Mi padre se arrodilló, me miró para el chocho y me dijo: 

—Ábrelo para verlo bien.

Lo abrí con dos dedos y sentí cómo goteaba. Mi padre lo vio gotear, vio lo perdido de jugos que estaba y fue acercando los ojos y la boca a él. Yo cerré los ojos esperando la lamida de su lengua y cuando lo lamió, casi me corro; si no me corrí, fue porque solo lo lamió tres veces. Luego me dijo: 

—Deja que te la meta un poquito. 

—Ni lo sueñes.

 
—Solo la puntita. 

—Si fuera la puntita, te dejaba, pero después de la puntita vas a querer meterla hasta los cojones.

Mi padre se echó sobre las frías baldosas del cuarto de baño, y con su polla mirando al techo me dijo: 

—Mete tú la puntita.

Me puse a horcadas sobre él. Empuñé la polla y metí la punta. No pude parar. Bajé el culo y la clavé hasta el fondo del chocho. Para mi sorpresa, comencé a correrme. Arqueé el cuerpo y descargué con la cabeza echada hacia atrás. Fue una corrida brutal en la que el placer era tal que casi me seco, ya que mi chocho descargó de tal manera que le dejé los cojones encharcados.

Al acabar de correrme, me quité de encima, quise dar zanjado el asunto, pero mi padre me empotró contra la puerta del baño, me la clavó en el chocho y me dio con una brutalidad tal que a los nueve o diez minutos, cuando me llenó el chocho de leche, yo, que era de un orgasmo, dos, máximo, me había corrido cuatro veces.

Cuando dejó de follarme y me di la vuelta, mis piernas se pusieron a bailar el charlestón y mi culo probó la frialdad de las baldosas.

                                                     II

Al día siguiente, mi padre estaba exultante. Se fue de casa a las ocho y media de la mañana silbando y volvió del garaje silbando a las diez de la noche silbando. Yo estaba en la cama, en mi habitación, tapada con una sábana y desnuda, cuando se fue, y en mi habitación estaba cuando lo sentí llegar, solo que por la mañana estaba sin duchar y ahora estaba en cama, recién duchada, por encima de la ropa, desnuda y con idea de hacerme un dedo, pero al oírlo, cambié de opinión e iba a ponerme algo para ir a saludarlo. No me dio tiempo a ponerme nada. Entró por la puerta de mi habitación sin llamar, y con una amplia sonrisa en los labios, me dijo: 

—Llevo todo el día pensando en ti. Así, así desnuda, te vi en mi fantasía cuando me hice la paja.

No podía dejar que me follara; si le dejaba, se iba a convertir en una rutina que acabaría con mi matrimonio, y aunque no lo parezca, yo quiero a mi marido. Así que, al ver cómo se quitaba los zapatos, le dije:

—No quiero follar contigo. Hice lo que hice para ayudarte. Ahora ya puedes follar con quien quieras; no me pagues con una violación; si lo haces, matarás al héroe que había hecho de ti. 

—Mátalo, mátalo y deja que nazca el amante.

 —No quiero tener un amante. 

Mis palabras le resbalaron. Se metió en la cama, se echó encima de mí, me cogió por las muñecas y su boca buscó mi boca. Me revolví debajo de él y cerré la boca para que no me pudiera meter la lengua. Como no logró su propósito, lamió el pezón y la areola de la teta izquierda y me la mamó mientras yo me despaché a gusto, llamándole de todo menos guapo. Él solo decía: 

—Una vez más, solo una vez más.

Ni que decir tiene que de la teta izquierda pasó a la derecha y, si en la izquierda lamió y mamó un rato largo, en las derechas llevó tanto tiempo lamiendo, chupando y mamando que se me acabaron los insultos. Luego me tiró los pulsos hacia abajo mientras bajaba besando y lamiendo; se detuvo en mi ombligo y me dio en él una buena ración de besos y de lamidas. Cuando llego a mi chocho, ya lo tenía empapado. Lamió de abajo arriba y luego vino con la lengua llena de jugos a besarme. 

—Ni se te ocurra.

Se le ocurrió: Me metió la lengua en la boca y pringó mi lengua de jugos, jugos que le escupí en la cara. Salió de la cama sudando como un cerdo. Se desnudó y vi el tremendo empalme que tenía. Le dije:

 —Si vuelves a mi cama, te araño.

Volvió, se arrodilló entre mis piernas, me echó las manos al culo, me levantó, me clavó la polla hasta el fondo del chocho y luego me dio sin medida. Ya no le llamé nada. Me estaba dando tan duro que no me salían las palabras. Lo que me salió del alma fue el latigazo que le di en el vientre al subir la pelvis en el momento en que empecé a correrme.

Dejó que acabara de correrme y me puso a cuatro patas. Ya no me resistí; bastante tenía con respirar. Mi padre me echó las manos a las tetas y las apretó, al tiempo que metía los pezones entre dos dedos de cada mano y me ametrallaba el coño. No tardé en volver a correrme, pero esta vez chillé de placer; tanto chillé que tuvo que quitar una mano de las tetas y me tapó la boca. 

Luego de correrme, me tiró del cabello y me volvió a dar a romper. Con mi boca a su alcance, me besó y me chupó la lengua, pues se la había metido en la boca. 

Ya no hice más el paripé. 

—Has despertado a una viciosa que no sabía que tenía dentro de mí. Cuanto más me corro, más ganas tengo de correrme. 

—Me alegra oír eso. ¿Qué quieres que te haga ahora? 

—¿Harías cualquier cosa que te pidiese? 

—Sí. 

—Quiero sentir un orgasmo como nunca he sentido. 

—Un orgasmo así, la mujer solo lo consigue con el fisting. 

—Dame un orgasmo de esos. 

—Se necesita lubricante... 

—Cógelo en el cajón de abajo de la mesilla.

En ese cajón, además del lubricante, tenía un satisfyer, un consolador y un vibrador. Mi padre los vio y me dijo: 

—Estás servida. 

—Son regalos de tu hijo.

Estando yo boca arriba, me fue dando un masaje exterior en el chocho con los dedos bien lubricados. Luego fue metiendo dedo a dedo, hasta meter cuatro; después, con los dedos juntos, formando lo que llaman el pico de pato, o sea, con los dedos rectos y juntos y con el pulgar hacia dentro, fue haciendo movimientos circulares y empujando despacito. Con estos movimientos sentía como olas de placer que recorrían mi cuerpo. Mi vagina se fue dilatando y acabó entrando el puño. Me sentí llena, muy llena. Lo siguió metiendo y sentí un dolor como si me estuviera rasgando las entrañas, pero al mismo tiempo sentía un tremendo placer; era como si me estuviera estimulando el punto G, el punto A, el punto C, y todos esos puntos que dicen que existen y que yo nunca me había encontrado. Poco después ya no me dolía; quizá fue porque movía el puño muy despacito. Cuando sentí la avalancha, no me vino con un hormigueo en los pies, sino que era como si me estuvieran ardiendo; luego se convirtió en un tsunami de placer que me dejó ciega y sacudiéndome como si me estuvieran electrocutando.

Cuando recobré el conocimiento, ya no tenía el puño en el coño y mi padre estaba a mi lado, en pelotas, fumando un cigarrillo. Su polla estaba flácida y mis tetas tenían restos de su leche. 

—Despertaste, bella durmiente. 

—Desperté, y con ganas.

Le agarré la polla, la metí en la boca. Aquel pedazo de carne, venoso, con una cabeza hecha a medida de mi chocho, me estaba viciando. Necesitaba ver salir de ella la leche. La sacudí y la mamé mirando a mi padre a los ojos, le lamí y le chupé los cojones, le lamí el periné y el ojete, pero cuando vi en sus ojos que se iba a correr, cambié de idea. Lo monté y lo follé para que me llenara el chocho de leche, y no tardó ni un minuto en llenármelo.

Luego de correrse, me quitó de encima, metió su cabeza entre mis piernas, me abrió el chocho con dos dedos y, mientras salía su leche de mi vagina, me levantó el culo y me dio una generosa ración de lengua en el ojete y en el chocho. Le dije: 

—Eres único.

Aderezó las lamidas de coño y de culo con clavadas y lamidas de clítoris y acabé corriéndome en su boca, y diciéndole: 

—¡Ahora traga lo mío!

Se tragó mis jugos y luego siguió lamiendo con la idea de darme otro orgasmo. Cuando estaba a punto, quise que me hiciera lo que no le había dejado hacer por ningún hombre.

 —Métemela en el culo, papá.

Me puse a cuatro patas. Él cogió el lubricante, me echó un poco en el ojete, me metió y me sacó un dedo en el culo, y ya me corrí como una cerda.

Luego de correrme, hizo con mi ano lo mismo que había hecho con mi vagina, solo que luego de meterme cuatro dedos, en vez del puño, me metió la polla, una polla que me hizo sentir llena otra vez, aunque de otra manera, ya que no me dolía, solo sentía una pequeña molestia, que se acrecentaba a medida que su polla se acercaba al fondo de mi culo. 

Mi padre sabía lo que hacía, ya que me folló el culo muy despacito, y echando lubricante en la polla cuando salía. 

—Me está gustando.

Empezó a darme más aprisa. Me gustaba, pero así no me iba a correr, o eso creía yo, ya que mi padre, follándome el culo, hizo volar tres dedos lubricados sobre mi clítoris y me corrí como una perra. 

—¡Me vuelves loca!

Al acabar de correrme, sacó la polla, me puso boca arriba, me la clavó en el coño, luego puso su mano derecha en mi bajo vientre justo encima del hueso púbico y presionó. Sentí una mayor fricción y mucho más placer. Desde el segundo uno supe que no iba a tardar en correrme, pero no creí que fuera tan rápido, ya que no aguanté ni tres minutos, aunque creo que aceleró mi orgasmo sentir la leche de mi padre dentro de mi coño.

Me sonó el móvil. Miré y era mi marido.

 —Hola, Miguel. ¿Dónde estás? 

—En una hora estoy en casa. 

—Pero tú no estabas...

—Luego te explico. 

Mi marido había sido despedido. La relación sexual con mi padre se debía haber acabado esa noche, se debía.

Quique.


El relato fue modificado hace 5 horas 3 veces por José

   
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