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La Marranita - CAPÍTULO II - Padre

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laualma
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La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
CAPÍTULO II - Padre
 
La Revolución triunfó el mismo día que yo alcancé la mayoría de edad que otorga los derechos de ciudadanía, aunque antes de la Revolución para las mujeres eso no supusiera casi ningún cambio real.Esa efeméride quiere decir que, ayer mismo, Ciudad Atenea celebraba el vigésimo segundo cumpleaños de su República de las Mujeres. Recuerdo bien la fecha porque, precisamente, justo cinco años antes del triunfo de la Revolución yo dejé de ser una niña y me convertí en la mujer que soy al perder el virgo: fue el regalo que me hizo Padre el día de mi primer ciclo lunar, solo un año después de que me llegara la fertilidad y empezara a sangrar. Tengo clarísimo que aquellos, sin lugar a la menor duda, fueron los mejores cinco años de mi vida. Y que no volverán.
 
Hasta entonces, y aunque he de admitir que mi infancia fue fácil, el recuerdo que tengo de aquella etapa es triste. Padre nunca pareció querer prestarme interés, y eso siempre era algo que me hacía sentir mal, aunque al menos a mí no me pegaba como hacía con mi madre. Eso me hizo comprender pronto que, aunque yo no estuviera haciéndolo lo suficientemente bien como para complacer a Padre, al menos sí que era capaz de hacerlo mejor que mi madre. O, al menos, sabía no hacer lo que ella siempre hacía mal con él. Porque Padre a mí me ignoraba, pero siempre me trataba con cariño, mientras que entre ellos dos no soy capaz de recordar la más mínima manifestación de afecto. Mi madre siempre hablaba mal a Padre, y también hablaba mal de él cuando no estaba. Yo no entendía lo que ella decía, pero sabía perfectamente que aquello que ella hacía estaba mal. Sin embargo, como no podía soportar que Padre me ignorara siempre, alguna vez llegué a tratar de decirle las mismas cosas feas que le decía mi madre. Lo que pasa es que, como yo no entendía nada, nunca era capaz de hacerlo y Padre me seguía ignorando. Pronto me convencí de que el problema de todo tenía que ser mi madre, porque no era capaz de entender que ella, que sí recibía la atención de Padre, le hablara siempre tan mal. 
 
Aquello me frustraba, no poder ayudar a Padre frente a ella. Aunque, sobra decirlo, Padre no necesitaba ninguna ayuda frente a nadie, y menos aún de una mocosa como yo. Pero, de alguna manera, sentía que él apreciaba mi esfuerzo. Además, casi siempre que yo le contaba las cosas que ella decía cuando él no estaba, Padre subía siempre a buscarla. Como ella siempre acababa gritando cosas más feas todavía, Padre la pegaba, y entonces yo comprendía que había hecho bien en contarle todo, aunque no entendiera bien qué significaba aquello. Pronto aprendí a sentir a mi madre como una amenaza, porque ella me regañaba y me castigaba sin motivo cada dos por tres. Tenía que quedarme encerrada hasta que Padre volvía por la tarde, a veces por la noche, y la obligaba a golpes a liberarme. Sí: Padre me ignoraba, pero siempre me protegía. Él era un hombre muy grande, fuerte, voluminoso. No era un gigante, ni tampoco tenía un cuerpo de héroe musculado, no me entendáis mal. Era un hombre normal, pero era un hombre poderoso, física y mentalmente. Por eso yo lo veía y, aunque siguiera siempre sin entender lo que pasaba en el mundo, entendí desde siempre que Padre obraba con rectitud y sabiduría, a pesar de los continuos e irracionales ataques de mi madre. ¿Cómo no confiar en un hombre que sabía hacerse obedecer por todos, arreglar los problemas, dirigir su hogar, proteger a su familia...? Porque solo un hombre de verdad como él podía ser capaz de proteger a mi familia hasta de mi propia madre. Su forma de comportarse en aquella época me llevó a sentirme inevitablemente unida a él.
 
Además, era divertido y sabía divertirse. A mí me encantaba verlo a escondidas cuando venía con sus amigos a casa, y montaban aquellas fiestas fastuosas en el patio, a las que siempre invitaban a las hermanas mayores de mis amigos de la calle y de la escuela, y a muchas jóvenes del patio, en ocasiones acompañadas de sus padres. A los pequeños no, a los pequeños nunca nos dejaban asistir, pero yo siempre me escondía para mirarlo porque gritaban y se reían al principio, y los hombres en seguida empezaban a acariciar a las chicas y a ellas parecía gustarles tanto, y yo solo deseaba crecer para que Padre me llevara con él y sus amigos me acariciaran a mí y él pudiera estar orgulloso. También había mujeres adultas, claro, aunque casi nunca conocía a ninguna de ellas, aunque con el tiempo fui reconociendo a algunas por el barrio o cuando mi madre me obligaba a ir al mercado a comprar algo que se le había olvidado para la cena. 
 
Por algún motivo, las otras madres del patio no querían participar de aquellas fiestas, y mi madre no era una excepción. 
 
Yo no lo entendía y, además de no entenderlo, me molestaba cada vez más que mi madre fuera siempre tan aburrida y tan agresiva con Padre. Siempre admiraba la paciencia de él con ella. Y eso que en las fiestas siempre era el favorito de todas las mujeres, y habría podido cambiarla por cualquiera mejor. Yo creo que todas, igual que me pasaba a mí, admiraban su tamaño, su presencia, su poder. Su fuerza física y mental. Si es que todavía me entra la risa cuando recuerdo a mi madre insultándole y tratando de amenazarle. Pobre zorra. Padre era capaz de tumbarla de un solo revés con su descomunal mano, sin necesidad de esforzarse o enojarse. Nadie amenazaba a Padre: a Padre se le admiraba. 
 
Recuerdo bien que, en las fiestas, las hermanas más jóvenes de mis amigos se volvían locas por estar con él, y él las llenaba de atenciones. Las buscaba, las hacía reír, las acariciaba el pelo y el cuerpo. Me impresionó entender la confianza que tenía con ellas alguna vez que le vi jugando a desvestirlas. Luego las alimentaba así, desnudas, hasta que se las pasaba a sus amigos para que ellos también las besaran y la acariciaran y él pudiera dedicar su atención a otra de las chicas, siempre en un ambiente de risas y fiestas. Yo no entendía por qué cuando veía aquello me sentía enfadada y feliz al mismo tiempo y, aunque me entraba siempre un calor horrible que me daba ganas de desnudarme a mí también, sentía como escalofríos por todo el cuerpo y no podía parar de temblar. Cuando yo era más pequeña, siempre me enfadaba cuando Padre me sacaba de mi dormitorio y se encerraba en él con alguna de esas jóvenes, o con varias. Pero, en realidad, pronto descubrí que aquellos momentos eran los mejores porque, cuando Padre salía de mi habitación, siempre riendo y contento, eran casi los únicos instantes en que reparaba por un momento en mí, y a veces hasta me miraba, o incluso me daba un beso en los labios y me decía algo sobre lo rápido que estaba creciendo. Y entonces me dejaba corretear sin más por las fiestas entre sus amigos y aquellas jóvenes y mujeres. Y a mí se me pasaba el enfado y solo deseaba crecer rápido para poder ser pronto como ellas y poder hacer reír yo también a Padre.
 
El recuerdo que tengo de los últimos años de mi infancia es que los pasé prácticamente enteros en la calle. Solo cuando ya se hacía de noche y creía que Padre podía haber vuelto a casa, me decidía por fin a regresar. La realidad era que, cuando no había fiesta en el patio, en casa me aburría como una oveja y, además, no soportaba estar a solas con mi madre. Si alguna vez llegaba demasiado pronto y Padre no estaba todavía, mi madre se ponía llorosa e insoportable conmigo, pasando del llanto al grito sin motivo, abrazándome y haciéndome tener que soportar su aliento a vino y sus incomprensibles promesas de protegerme. ¿De qué tenía que protegerme? Nunca fue capaz de aclarármelo, con su hablar pastoso y su voz cada vez más aguardentosa. ¿De qué podía protegerme, al fin y al cabo? Yo tenía claro que si había alguien en el mundo era capaz de darme verdadera protección, ése era Padre. Pronto acabaría por asumir también que mi madre era la amenaza que más me hacía necesitar su protección. Y, cuando por fin él llegaba y veía a mi madre así de borracha y agesiva, se sacaba sin hablar el cinturón para quitármela de encima. A mí me daban ganas de pedirle que la castigara más fuerte, para ver si así ella aprendía y dejaba de incomodar a Padre y me dejaba a mí hacer mis cosas en paz también, aunque luego a veces me acababa dando pena. Porque seguramente en aquella época yo todavía pensaba que no era más que una pobre borracha.
 
 
(lau.alma @yahoo.com)

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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