Fermín, un gallego cincuentón, moreno, de estatura mediana, inmobiliario de profesión, fue a ver una finca para tasar su valor. Llegó a orillas de un río de cuyo nombre no quiero acordarme y divisó el puente medieval que daba entrada al Bosque Encantado, luego, mientras pájaros de diversas clases trinaban a su alrededor. atravesó un viejo lavadero. Siguió el curso del río hasta que llegó a la grandiosa puerta de la finca que iba a ver. Observó que la Naturaleza se había hecho dueña y señora de este lugar resistiéndose a ser devorado por el bosque. Al divisar el castillo, un castillo que parecía medieval, pero que había sido construido a mediados del siglo XX, le dio la sensación de haber atravesado una puerta mágica que lo había transportado a un irreal cuento de hadas. En el exterior pudo ver lo que en su tiempo fuera un campo de croquet. El castillo tenía su foso y en su día había tenido su puente levadizo. Para entrar había que pasar sobre un listón de piedra, listón que Fermín atravesó con cuidado. Al estar dentro vio que las paredes estaban cubiertas de musgo y de enredaderas por las que los bichos campaban a sus anchas. Luego vio un tétrico jardín, jardín que en tiempos había sido de ensueño y en el que había flores de diversas clases y aves exóticas. El musgo recubría los bancos que según decían habían sido hechos con antiguos sarcófagos. Siguiendo un sendero vio el acueducto que llevaba agua al castillo y que regaba las huertas y que aún estaba en buen estado de conservación. Siguiendo el curso del río se encontró con tres molinos de agua que en su día habían tenido gran actividad, pero que ahora se hallaban en estado ruinoso. Regresó al castillo, por el lado oeste del jardín, bajo castaños centenarios, abedules y abetos. Pasó por debajo del Arco de la hija del conde. El cuerpo se le estremeció. Lo achacó a la humedad que allí había. De vuelta en el castillo, resbaló en el musgo, se golpeó la cabeza contra el piso y el bosque encantado hizo el resto
En una esquina del suntuoso salón del castillo, y sobre una tarima, una orquesta tocaba música clásica. Fermín bailaba con Camila, su sobrina, bajo la atenta mirada de su hija Fabiola, de Ester, su mujer, y de más de treinta invitados. Ambas sabían que Fermín se la trajinaría esa noche, y es que se trajinaba todo lo que se movía, desde las criadas y aldeanas hasta su propia hermana, pasando por las hijas de sus primos y primas. Era el conde de Soto Mayor y hacía lo que le salía de los cojones.
Al acabar el baile los vieron marchar, Camila, giró la cabeza y le sonrió a su tía y a su prima Fabiola, cómo diciendo que esa noche el conde le pertenecía.
Salieron del castillo y se fueron al jardín. Tucanes, loros, cacatúas, quetzales, secretarios y otras aves exóticas vieron desde los árboles y desde la hierba cómo se sentaban en un banco hecho con un sarcófago, cómo Fermín besaba a su sobrina y cómo apoyaba los brazos en el respaldo de un banco y escucharon cómo le decía:
-Sácame la polla y hazme una mamada.
La muchacha, una rubia, guapa, bajita y menuda, le sacó la polla. El conde la tenía más blanda que un flan, pero más larga y más gorda que una polla normal estando empalmada. Comenzó a pelársela y a mamársela... En nada la polla se puso dura, pero quedó del mismo tamaño y grosor.
-Quita las bragas y siéntate encima de mí.
Camila se quitó las bragas, se sentó encima de la polla de su tío, la metió toda dentro y besándolo y dándole al culo lo folló a su aire. Estaban en lo mejor cuando sintieron los pasos de un animal y un gruñido. La muchacha le preguntó:
-¡¿Qué ha producido ese ruido?!
-Algún ciervo en celo, digo yo
Se pusieron a escuchar, sintieron más pasos y después otro gruñido.
Camila estaba cagada de miedo, y el conde por ahí andaba.
-¡Eso no es un ciervo, señor conde, eso es un lobo!
Corriendo regresaron al baile. Todos los volvieron a mirar, todos menos Fabiola, que se fuera del salón poco después de ver salir a su padre y a su prima.
El conde ya no volvió a bailar. La fiesta, que debía durar hasta altas horas de la madrugada, se acabó a las doce de la noche. A esa hora volvió Camila a casa. Iba sola atravesando el Bosque Encantado. Volvió a sentir los pasos de un animal y un gruñido. Echó a correr, pero la gigantesca loba que salió de detrás de unos matorrales corría más que ella.
A la una de la madrugada, Fabiola se despertó desnuda y ensangrentada cerca de los molinos de agua, se lavó y volvió al castillo. Su madre, que padecía insomnio, la vio llegar desde la ventana de su habitación, la esperó, se encontró con ella en medio del pasillo y le preguntó:
-¡¿Qué te pasó, hija?
-No lo sé, madre, no lo sé.
Lo que le había pasado se fraguara un mes atrás. Fermín se había trajinado a una muchacha que era hija de la meiga del pueblo, y que a su vez era descendiente de un chamán. La mujer no se lo había tomado bien y decidió vengarse. Lo hizo una tarde que Fabiola estaba recogiendo flores en el jardín. Transformada en Fermín, se le acercó y le dijo:
-Me han vendido algo para ti, cariño.
-¿Qué es, papá? ¿Es una joya?
-La joya eres tú, es otra cosa.
-Dime ya que es.
-El elixir del amor eterno. Cuando lo tomes serás amada eternamente.
Fabiola, que era una joven delgada, de estatura mediana, de ojos negros, cabello negro y largo, con un buen cuerpo y guapa. se puso a brincar cómo la hija consentida que era.
-Dámelo, dámelo.
-Tienes que darme algo a cambio.
.-¿Qué quieres?
-Un beso con lengua.
La muchacha se escandalizó.
-¡Papá!
-¿Lo quieres o no lo quieres?
-Lo quiero, pero no por un beso de esos que nunca me han dado.
El conde sacó del bolsillo de la chaqueta un frasquito, se lo enseñó, y le dijo:
-La felicidad por un beso con lengua.
-No sé, dejar que mi padre me dé un beso con lengua... ¿Y sí después del beso quiere más?
-No voy a querer más que un beso.
-¿Lo promete por su honor?
-Lo prometo por mi honor.
Fabiola se dejó dar un beso con lengua. En la saliva de la meiga iba la maldición. Al acabar de besarla le dio el elixir.
-Toma, bebe.
Fabiola. después de tomar el elixir, sintió en el coño un calor cómo nunca había sentido. Le echó la mano a la entrepierna a su padre y se encontró con su polla empalmada. Le metió la lengua en la boca al tiempo que le sacaba la polla. La meiga le puso una mano sobre la cabeza, hizo que se arrodillara y le folló la boca sin compasión. La muchacha casi vomita un par de veces debido a que la polla le había llegado a la campanilla. Después de esto la llevó tras unos matorrales, le bajó las bragas, le echó las manos a la cintura y le lamió el coño encharcado de jugos. Luego le dio la vuelta y le comió el culo. Fabiola apoyada con las dos manos en un roble, no paraba de gemir. La meiga, le dijo:
-Separa las piernas.
Separó las piernas. Le echó las manos a las tetas y luego le clavó la polla en su estrecho coño. La muchacha sintió un tremendo placer al tener la polla dentro. La meiga le dio a romper y le lleno el coño de leche sin darle tiempo a Fabiola correrse. Luego le dijo:
-Desnúdate y mastúrbate que quiero ver cómo se toca mi hija cuando está en su habitación por las noches.
Fabiola se quedó en pelotas. Con la espada apoyada en el roble y las piernas juntas comenzó a masturbare con dos dedos de una mano y a magrearse las tetas con la otra mientras miraba cómo su padre se la pelaba mirando para ella. Cuando estaba a punto de correrse, la meiga se arrodilló delante de ella, le abrió as piernas, le lamió el coño y la muchacha se corrió en su boca, luego se puso en pie. Al separar los labios de los de Fabiola ya lo hizo como mujer, la muchacha, alucinada, le preguntó:
-¡¿Qué está pasando aquí?!
-Nada que debas recordar.
Le puso una mano sobre la cabeza y Fabiola deslizó su espalda por el roble hasta quedar sentada sobre la hierba Cuando despertó y se vio desnuda se apresuró a vestirse. Volvió al castillo desconcertada por no saber que diablos le había pasado.
Pasaron los días. El conde había intentado follar con dos campesinas, pero cuando estaba en lo mejor sentía los gruñidos y luego las campesinas aparecían cómo aparecían, cómo había aparecido su sobrina..., de aquella manera.
El conde dejó de follar una temporada. Ni con su esposa lo hacía por miedo a que también desapareciera, y menos con su hija, a la que sabía enamorada de él, pues desde hacía un tiempo, cuando la condesa no estaba delante, hacía lo que jamás había hecho antes... Cómo sentarse en sus rodillas, acariciarle el cabello, besarlo en las mejillas, pillando a veces las comisuras de los labios...
Una noche Fabiola decidió dar el paso final e ir a por su padre. Entró en su habitación en camisón y con dos cintas en una mano. Fermín estaba durmiendo, desnudo y boca abajo. Lo destapó y con una cinta le ató las manos a la espalda y con otra le ató los pies. Se quitó el camisón, desnuda, se metió en la cama al lado de él y le echó una mano a la polla. Fermín se despertó. Pensando que era su esposa, le dijo:
-Vete, Ester.
Quiso darse la vuelta, pero Fabiola le puso una mano en la espalda y no lo dejó.
-Soy yo, papá.
Fermín se llevó la sorpresa más grande de su vida.
-¡¿Estás loca, Fabiola?!
Besando su cuello y lamiendo sus orejas, le dijo:
-No, lo que estoy es enamorada de ti.
Fermín era un cabrón, pero no quería que le pasara nada a su hija.
-¡Vete de aquí!
-No me voy a ir.
-No seas cabezona y vete de aquí.
Fabiola era cabezona y no le hizo caso. Humedeció un dedo e hizo lo que le hubiese hecho la meiga, acariciarle el ojete con él.
-¿Te gusta?
No le respondió a la pregunta.
-Por tu bien, suéltame y vete.
-Cuando no dices nada es porque te gusta.
Le folló el culo, lamió y besó su espina dorsal, le mordió las nalgas, empuñó su polla y comenzó a ordeñarlo.
-Para, para.
Fabiola lo tenía atado e iba a hacer con su padre lo que le saliera del coño.
-No voy a parar hasta que te corras.
Fermín le mintió.
-No me voy a correr, me estás haciendo daño.
Aquellas palabras trastocaron los planes de Fabiola. Lo puso boca arriba y quiso besarlo. Fermín le hizo la cobra y le dijo:
-No lo hagas, vendrá el bicho.
-Mamá debe estar durmiendo, y si no lo está, cerré la puerta con llave.
-Ella no es el bicho. Viene cuando estoy en lo mejor.
-Tú lo que estás es un poco loco.
Le agarró la cara con la mano y lo besó con lengua, al tiempo que le meneaba la polla. Se empalmó al momento. Fabiola no esperó más, se sentó encima de su padre y se metió la polla dentro del coño con una bajada de culo.
Le dio las tetas a mamar, y no se las mamó, lo besó y no le devolvió los besos, le puso el coño en la boca y no sacó la lengua... Cuanto más la rechazaba, más se excitaba, y se lo dijo.
-Cada vez me pongo más perra, papá.
-Ni te puedes imaginar las consecuencias de lo que esto te puede acarrear, hija.
-Sí que lo sé. Si quedo preñada, quedé.
-El bicho, hija, el bicho.
-El bicho lo tengo dentro de mi coño y calla la boca que me desconcentras.
Tiempo más tarde, dándole caña, le dijo:
-Voy a bañarte con mi néctar, papá.
-No lo hagas -sintió cómo le bañaba la polla con una tremenda corrida-. ¡Noooo!
Fermín lo único parecido a rugidos que sintió fueron los gemidos de su hija.
Cuando Fabiola acabó de correrse se quitó de encima y lo desató.
-Soy toda tuya si es que quieres gozar de mí.
Fermín, al no haber oído gruñidos, se echó el alma a la espalda.
Besó los labios de su hija.
-Son tiernos cómo un suspiro.
Le echó las manos a las tetas, unas tetas medianas con areolas marrones y grandes pezones.
-Tienen tacto de terciopelo.
Besó y lamió los pezones.
-Son encantadores.
Besó su clítoris.
-Tiene la atracción de un imán.
Le enterró la lengua en el coño.
-Sabe a pecado.
Fabiola le echó una mano a la nuca, le llevó la boca al coño y le dijo:
-Deja de hablar y comienza a actuar.
Fermín le echó las manos a las nalgas y se las levantó, le pasó la lengua desde el periné al ojete, hizo círculos alrededor de él. Volvió a lamer y luego le metió y le saco la punta de la lengua del ojete. Así estuvo un rato. Del coño comenzaron a salir jugos que bajaban por el periné y luego mojaban el ojete. Fermín, echado boca arriba a lo largo de la cama, los lamía mientras le daba el repaso al culo. Fabiola, entre gemidos, le dijo:
-Me voy a correr, papá.
Fermín se arrodilló delante de ella, le volvió a levantar las nalgas, le clavó la polla en el culo y la folló con dulzura. Pasado un tiempo, Fabiola explotó.
-¡Me corro, papá!
Al correrse su cuerpo y sus piernas comenzaron a temblar. De su coño salieron jugos en cascada que engrasaron la polla, polla que al volver a follarle el culo entró y salió igual de apretada, pero produciéndole más placer a Fermín, tanto fue el placer que se corrió dentro del culo.
Al acabar de correrse le siguió follando el culo hasta que Fabiola comenzó a gemir de nuevo. Sus gemidos pedían cambiar de agujero y Fermín iba a cambiar. Se la quitó del culo, la limpió con una sábana y después se la clavó en el coño y le dio con ganas atrasadas... Dos veces se había corrido Fabiola cuando Fermín se la sacó del coño y se corrió en sus tetas.
Empezaba a despuntar el día cuando Fermín despertó. Se tocó la cabeza, recordó el sueño y dijo:
-Bueno, la caída fue jodida, pero por lo menos gocé cómo un cabrón. Pena no haber follado con alguna más...
Sintió los pasos de un animal y un gruñido. Se puso en pie y salió de allí dando con los pies en el culo.
Quique.






