La tía que quería q...
 
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La tía que quería quedar preñada de su sobrino

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José
(@quique)
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                                                               El viaje

A Cristóbal lo había mandado su madre para la casa de su tía en la aldea donde ella había nacido para protegerlo, porque aunque ya hacía tiempo tenía pelos en el pecho y pasaba del metro ochenta, Arturo, un pandillero de su barrio, alto como él y fuerte, lo tenía de ojo y le daba una paliza por cualquier cosa, incluso por el mero hecho de bajar la cabeza al pasar por su lado, pero más que nada era porque Cristóbal era un guaperas y las chavalas, a pesar de ser un flojo, se lo rifaban.

La aldea a la que iba tenía poco más de cien habitantes y en ella vivía su tía Jacinta, que era una mujer de un metro setenta y cinco de estatura, robusta y hermosa.

El autobús lo dejó a algo más de tres kilómetros de su destino. Maleta en mano, se salió de la carretera y se dispuso a recorrer el camino de tierra que llevaba a la aldea. 

La maleta pesaba lo suyo y, luego de caminar unos seiscientos metros, se sentó en una gran piedra que había al lado derecho del camino. Encendió un Ducados y, fumando, vio salir de un camino estrecho un carro cargado con heno, tojos, helechos y otras hierbas. El carro iba tirado por dos bueyes y acompañado por un hombre cojo, con boina negra y vestido con ropas muy usadas y de unos cuarenta años, y por su hija, una joven morena, de estatura mediana, con su largo cabello negro recogido en una coleta, guapa de cara y vestida con unas ropas que debían haber pertenecido a su abuela. Al llegar a su lado, el hombre detuvo a los bueyes y le dijo a Cristóbal:

-Quedé sin tabaco. ¿Me das un pitillo, extraviado?

Quitó la cajetilla y le dio un cigarrillo.

-No estoy extraviado, a no ser que el conductor del autobús me engañara y este camino no lleve a Cercedo.

El hombre le quitó la boquilla al cigarrillo y la tiró al camino, sacó el mechero del bolsillo y lo encendió.

-Va a Cercedo. ¿Y tú qué vas a pintar allí?

-Voy a la casa de mi tía Jacinta.

-Jacinta, solo hay una, y es una bruja.

-Se ve que no le cae bien.

-No se ve, se nota que no me cae bien.

-Mi madre no me dijo nada de eso.

-A tu madre también le había que echar de comer aparte.

No le gustó que hablara de su madre como si fuera ganado.

-A ver si el raro va a ser usted.

-Yo no hago potingues para anular la voluntad de la gente, ni me fui de la aldea porque no me gustaba doblar la espalda.

-Se ve que no.

-¿Quieres echar la maleta en el carro?

-Sí, gracias por la ayuda.

-No hay de qué. -habló ahora con su hija- Mete la maleta entre la carga, María.

La muchacha cogió la maleta como si fuera una pluma y la metió entre la carga. Cristóbal le dijo:

-Así que tú y yo somos primos.

María sonrió y le dijo:

-Eso parece. 

Siguieron hablando hasta llegar a la puerta de la casa de Jacinta. El carretero le dijo:

-Esa es la casa de la bruja; suerte.

Luego de coger la maleta, iba a llamar a la puerta de la casa, pero Jacinta abrió antes de que llamara, y sonriendo le dijo:

-Pasa.

El recibimiento fue cálido; le dio dos besos en las mejillas y, luego de cerrar la puerta, lo llevó a la que iba a ser su habitación y le dijo:

-Deja ahí la maleta y ven a merendar.

Al rato, sentado a la mesa de la cocina, donde había pan de mollete, queso, chorizo, jamón y una jarra de vino tinto de dos litros. Cristóbal vio cómo su tía cortaba lonchas de un jamón que estaba colgado en la pared y las iba echando en un plato.

-¿Eusebio te diría que soy una bruja?

-¿Quién es Eusebio?

-El que te trajo la maleta.

Cristóbal empezó a creer que sí, que su tía era una bruja.

-Sabe que me trajo la maleta y lo que me dijo...

-Sé que te trajo la maleta porque vi por la ventana cómo la sacaba María del carro, y lo de bruja, me lo llamó más de cien veces.

-¿Y por qué le llama bruja?

-Porque se le curó mal la pierna que rompió y se quedó cojo.

-¿Y qué culpa tiene usted de eso?

-Yo soy la curandera de la aldea.

-¿Por qué no fue al médico?

-Eso fue lo que le dije, que las rupturas no son cosa mía, pero es terco como una mula, aunque eso nos viene de familia.

-¿Es que son familia?

-¡¿No te lo dijo?!

-No. ¿Qué parentesco tienen?

-Es mi hermano mayor.

-O sea, que es mi tío, y María es mi prima.

-Obvio.

-Es raro que no me lo hubiera dicho.

-Cambiemos de tema. Me dijo tu madre en la carta que a hostias no sabes defenderte.

-Y le dijo bien.

-De tú, trátame de tú, que me estás haciendo sentir una vieja.

-No era esa mi intención.

Jacinta cambió de tema de nuevo.

-Enseña bola.

-¿¡Qué?!

Jacinta, que llevaba puesto un vestido marrón, largo y de manga corta, flexionó su brazo derecho y enseñó bíceps.

-Que enseñes bola.

Cristóbal enseñó la bolsa de su brazo derecho y Jacinta vio que dejaba mucho que desear.

-En el alpendre hay un sitio donde te puedes colgar...

-Esa ha sido una broma macabra.

-Colgarte de las manos para aumentar tu masa muscular. Entre eso, una carrera matinal, levantamiento de carro y un vigorizante que te daría yo; en tres meses te pondrías como un toro.

-Seguiría sin saber pelear.

-Hay en la aldea un hombre que se ganaba la vida haciendo de saco para buenos boxeadores.

-Aprender para ser saco, como que no, más que nada porque de los dieciocho años a los diecinueve ya he hecho de saco demasiadas veces.

Jacinta se mandó el vino de una taza de barro de medio litro de una sentada, y luego le dijo: 

-Macario lo tuvo que dejar porque un día se cabreó y tumbó al que le estaba dando. Puede hacer de ti un buen fajador.

-Me temo que eso va a hacerle daño.

-Tendrías que aprender a pelear primero.

-Me refería al vino.

-¿Hacerme daño el vino a mí? No digas tonterías. Podría beber cinco litros de vino tinto y casi no lo notaría mi cuerpo. 

-Si tú lo dices...

-Sí, lo digo. ¿Y tú qué dices de lo que he pensado para ti?

-¿Que cuándo empiezo?

Mañana, antes de que cante el gallo, sales a correr. Luego te enseño la viga y el carro, que levantarás cogiéndolo por los largueros. No te pases los primeros días; vete progresivamente y sin llegar a cansarte.

-¿Mi madre sabe algo de esto?

-No, es cosa mía. No me gusta que le aticen a nadie de mi familia.

-¿Ni a tu hermano Eusebio?

-Ni a él,

-Tía.

-Dime.

-¿Y el resto del día qué haré?

-Si quieres trabajar, te va a sobrar en qué,

                                                   El vigorizante                 

A la mañana siguiente, Jacinta fue a despertar a su sobrino para que fuera a correr. Cristóbal estaba boca arriba sobre la cama, en calzoncillos y con un empalme brutal. Jacinta quedó mirando para la pirámide que hacía la polla en el calzoncillo. Sintió curiosidad por saber cómo era aquella polla, así que le levantó lentamente el calzoncillo y dejó la fiera en libertad. Viéndola, sintió como su coño le mojaba las bragas; lo volvió a tapar y se fue a su habitación. 

No llegó a la cama; luego de cerrar la puerta y con la espalda apoyada en ella, metió la mano derecha dentro de las bragas y se dio dedo pensando que la polla de su sobrino entraba en su coño... y pensando otras cosas calientes. 

Se corrió en el momento que cantó el gallo más madrugador de la aldea. Luego fue a despertar a su sobrino, pero ya estaba despierto y vestido con un pantalón de deporte azul y una camiseta blanca.

-Empieza el entrenamiento, tía.

-Luego voy a hablar con Macario para que te aprenda a pelear.

-No he traído dinero.

-No te cobrará, es amigo mío.

Cristóbal corrió por el monte poco más de un kilómetro. Se colgó en la viga ocho veces, levantó el carro seis veces y luego desayunó. 

Jacinta se había ido a regar los tomates, las lechugas y los pimientos, a echarles de comer a los conejos, a los cerdos, a las gallinas y a ordeñar la vaca. Más adelante le ayudaría él) Ordeñando la vaca, se acordó de la polla de Cristóbal y, sentada en la banqueta, se hizo otro dedo.

Por la tarde, Cristóbal conoció a Macario, que era un cuarentón, alto, moreno, fuerte y risueño, que tenía unos guantes de boxeo colgados del cuello y otros puestos. Tras las presentaciones, le dijo Macario:

-Aparte de la viga, el levantamiento de carro y de correr, debes hacer flexiones en el piso, tocar con las manos las puntas de los pies... Y más cosas que te iré diciendo. Ponte estos guantes.

Se puso los guantes, le enseñó a ponerse en guardia y cómo cubrirse cuando le pegaba en sus guantes. Nueve veces le puso la guardia en orden luego de que Cristóbal golpeara sus guantes; a la décima le dio un guantazo que dio con sus huesos en el piso.

-Algunos solo aprendéis a cubriros a golpes.

 Luego de la lección, lo puso a darle puñetazos a un saco de serrín que tenía colgado del techo de un alpendre y luego a una pelota que estaba sujeta al techo y al piso con dos gomas de atar paquetes en su moto.

Esa noche Cristóbal, antes de irse para la cama, se tomó el vigorizante que le había hecho su tía y se despidió de ella.

-Hasta mañana, tía...

-Hasta mañana.

Media hora más tarde, Jacinta entraba en camisón en la habitación de su sobrino, segura de que no se iba a despertar porque el vigorizante que le había dado era, en realidad, vigorizante, afrodisíaco y un potente somnífero.

Vio el tremendo empalme que tenía. Se metió en la cama, le quitó el calzoncillo, liberó el bicho y se quitó el camisón. Sus tetas eran medianas, con areolas muy oscuras y pezones preciosos, y su coño tenía una tremenda mata de pelo negro. Agarró la polla y se la mamó con ganas atrasadas, con una lujuria desmedida; se la mamó con muchas más ganas de las que se la había mamado al único novio que había tenido y que al final se había ido de la aldea con una mujer casada, pero no quería volver a saborear la leche de una corrida. Quería otra cosa. 

-Me vas a dar tu leche, y no en la boca.

Cuando el cuerpo y el rostro de su sobrino le anunciaron que se iba a correr, dejó de mamar, lo montó y metió el glande en el coño.

-¡Qué gorda la tienes!

Fue metiendo la polla en el coño y, antes de llegar al fondo, Cristóbal le llenó el coño de leche.

-Así, dame tu leche, dámela.

Mientras se corría, le frotó los pezones en los labios, y luego lo siguió follando. 

Poco después decía:

-Me voy a correr en tu polla, me voy a correr en tu polla. ¡Me corro en tu polla!

 Mientras su cuerpo temblaba, jugos blancos y espesos como la leche condensada bajaron por los lados de la polla.

Al acabar de correrse, subió el culo lentamente, lo bajó también lentamente..., lo volvió a subir y a bajar unas treinta veces, cada vez más aprisa y, cuando le vino, exclamó:  

-¡Qué corridaaaaaa!

El coño de Jacinta le acabó de blanquear la polla.

Cristóbal seguía durmiendo. Jacinta, con la polla enterrada en el coño, le dijo:

-Vas a darme tu leche otra vez, quieras o no quieras.

Volvió a follarlo como antes, despacito, y luego fue follándolo cada vez más aprisa para que se corriera y le diera la leche, pero después de un tiempo la que se volvió a correr y le dio la leche fue ella.

-¡Joder, joder, joder, joooooder!

Al acabar de convulsionarse, le dijo:

-Voy a quedar seca y tú...

Sintió cómo Cristóbal se corría dentro de ella.

-Así, cariño, así, llena de leche el coño de la tía.

Cuando se incorporó, dejó su coño encima del glande y de la vagina; comenzó a salir leche por un tubo, que bajó por la polla y acabó anegando sus huevos.

Luego puso el camisón, fue a la cocina, regresó con un paño mojado y otro seco. Lo lavó, lo secó, le volvió a poner los calzoncillos y le dijo:

-Mañana más.

                                                        María

A la mañana siguiente, Cristóbal siguió con su entrenamiento, y aún lo aumentó, pues por la tarde también se fue a correr.

Iba por el monte corriendo cuando lo vio su prima María, que estaba apastando las ovejas. Se puso en pie y, asustada, le preguntó:

-¡¿Qué pasa?! ¡¿Quién te persigue?!

Cristóbal se detuvo a su lado y le dijo:

.Nadie; si corro, es para acabar en forma.

-¿En forma? Lo que vas a acabar es reventado.

-Sí, eso también. Me dijo mi tía que eres mi prima.

-Sí, soy tu prima, siéntate y hablemos; estoy aburrida.

-Si quieres hablar, hablaremos; luego seguiré corriendo.

Se sentaron sobre la hierba. María estaba sentada con la espalda apoyada en un pino y llevaba la misma ropa del día anterior.

-¿Son muy guapas las chicas de la ciudad?

-Hay de todo.

-¿Tienen vestidos bonitos?

-Eso sí, les gusta lucir bien.

-¿Tenías novia?

-He tenido doce novias.

-Eres muy guapo, pero bájate de la parra.

-Si eso significa que no me crees, estás equivocada.

-Y si lo que me has dicho tú es verdad, sería cuando eras un niño, y jugando a las casitas.

-Fue entre los diecisiete y los diecinueve años, y jugábamos, pero no a las casitas.

-¿Y a qué jugabais?

-No quieras saberlo.

-Sí, quiero saberlo.

-No te lo voy a decir.

-Ya tengo veinte años; si les hacíais cochinadas, me lo puedes decir.

-Puedo, pero sé que no debo. ¿Tienes novio?

-Por mi novio no te preocupes, ni tengo ni he tenido. 

-¿Has pensado en usar otra ropa?

-Mi padre no me la compra, dice que me llega de ropa nueva con la ropa de los domingos, pero estábamos hablando de otra cosa. No te salgas del tema. ¿Qué cochinadas les hacías?

-A ver, María...

No lo dejó acabar la frase.

-¿A ver? No te voy a enseñar nada.

-Quería decir que tú y yo...

-Querías decir lo que querías decir.

 -Quería decir que tú y yo nos conocemos desde hace horas, y esas cosas son muy fuertes para decirle un hombre a una mujer, aun teniendo mucha confianza.

-Ya no me chupo el dedo; bueno, sí lo chupo, y más de uno, pero cuando hago algo que tú ni te puedes imaginar.

-No lo imagino, lo sé. 

¿Qué sabes?

¿Qué te estás insinuando, María?

La muchacha se hizo la víctima.

-¿Con estas ropas? No digas tonterías, suéltalo de una vez. ¿Qué sabes?

-Que todas os chupáis los dedos, unas antes, otras durante y otras después de haceros una paja.

-Todas no sé, lo que sí sé es que tú sabes cosas que no deberías saber.

Cada uno sabe lo que sabe.

-Ahora aún tengo más ganas de saber qué cochinadas les hacías. 

-¿Te das cuenta de que estamos hablando de sexo como si fuéramos pareja y somos primos?

-Te dije que ya tengo veinte años. Si estoy hablando contigo de algo que no debía, debe ser por algo. ¿Qué les hacías?

-¿Estás segura de que quieres saberlo?

María estaba perdiendo la paciencia.

-¡Sí, coño!

-Pues allá va. A las que se dejaban, les comía la boca, les comía las tetas, les comia el culo, les comía el coño y luego las follaba.

María se quedó con cara de tonta.

-¡¿Son tan guarras las chicas de la ciudad?!

-Son chicas sin complejos, algunas, claro.

-Y yo que pensaba que eran tan finas que no cagaban.

A Cristóbal le dio la risa.

-Tienes unas cosas...

Cristóbal hizo ademán de levantarse.

¿A dónde vas?

-A correr.

-Tómate otro vino, Secundino.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que te quedes un poco más.

-¿Qué más quieres saber?

-Muchas cosas, pero no me atrevo a preguntar; si tuviera puesta la ropa de los domingos, te las preguntaría.

-La ropa no hace a una mujer; de hecho, desnuda es como más hermosa está.

-Eso que has dicho es muy bonito y muy atrevido.

-Pregunta tú algo atrevido.

Lo soltó como si le estuviera dando los buenos días.

-¿Jodemos?

La respuesta de Cristóbal fue plantarle un beso en los labios y luego comerle la boca. María le bajó la cremallera del pantalón, lo echó hacia atrás y le sacó la polla empalmada. Se puso en pie y se quitó las bragas para follar a su primo, pero cuando se agachó, la tumbó sobre la hierba y le levantó el vestido. Le lamió el coño y la lengua se le cubrió de jugos; luego le lamió el coño y el clítoris una veintena de veces y María, convulsionándose, se corrió. Fue una corrida larga, muy larga.

Al acabar de gozar, le dijo:

-Lo que me ha hecho fue algo muy guarro, pero nunca me había corrido tan bien.

Cristóbal le bajó la cremallera del vestido, le subió las copas del sujetador y le dio un buen repaso con la lengua a sus tetas, unas tetas pequeñas con areolas claras y pequeños pezones. Luego la puso boca abajo.

-Ponte a cuatro patas.

Se puso a cuatro patas. Le dio una tremenda lamida y follada de ojete y luego le lamió desde el coño al culo como si estuviera fregándolo con la lengua. Al rato, le dijo María:

¡Ay, que me voy a correr otra vez!

Se corrió de nuevo y lo hizo temblando y gimiendo.

María, luego de correrse, y con el coño chorreando, le dijo:

-Métemela.

Le clavó la polla en el coño. La polla entró sin ninguna dificultad. Le dio cera desde el segundo uno, y tiempo después, le dijo:

-No te corras, Cristóbal, no te corras que me voy a correr yo.

Le sigo dando caña y menos de un minuto después explotó.

-¡Me corro!

Le siguió machacando el coño, pero esta vez no le dio tiempo a María a correrse. La sacó; María se giró y Cristóbal se la metió en la boca. La muchacha se la  mamó hasta que se corrió en su boca.

Al acabar de darle la leche, le dijo:

-No es la primera vez que mamas una polla. ¿Me equivoco?

-No, se la chupo a mi novio.

-Me habías dicho...

-Ya sé lo que te dije, pero me gustas mucho.

Cristóbal fue tajante.

-Ahí te quedas, no eres de fiar.

Cristóbal no quería problemas. Nunca más se acercó a su prima.

                                                             La noche mágica

Esa noche, mientras cenaban un pollo asado, Cristóbal le preguntó a su tía:

-¿Quién es el novio de María?

-¿De tu prima?

-Sí, de tu sobrina.

-¿Por qué me preguntas eso?

-Porque me dijo que tenía novio.

-Para decirte eso, tuviste que preguntárselo.

Le contó lo de que estaba aburrida y que habían estado hablando.

-... Lo que no me dijo era quién era su novio.

-Su novio es Abundio, y es el mozo más bruto de la aldea. Bruto e inocente. 

-Si es bruto, no puede ser inocente.

-Sí que es bruto e inocente; si no fuera inocente, María ya no sería virgen.

Para mí que María aún es virgen.

-No, virgen no era.

A Cristóbal se le había escapado.

-¡¿Has follado con tu prima?!

-No, quise decir que virgen no parece.

Jacinta tiró en el plato el muslo que tenía en la mano.

-Quisiste decir lo que has dicho. Si se entera mi hermano, te mata. Aquí no dan palizas por esas cosas, aquí cogen la escopeta de cartuchos y revienta a quien sea.

Cristóbal ya no se escondió.

-No creo que se lo diga.

-¡Así que sí! Ahora me cuentas qué pasó, cómo pasó y por qué pasó.

-Si te lo contase, te faltaría al respeto.

-Si no me lo cuentas, sí me faltarías al respeto.

-Es que estamos comiendo y la historia no se presta.

Jacinta se puso firme.

-¡Deja de buscar excusas!

 Le contó todo con pelos y señales. Jacinta acabó con las bragas mojadas.

-Un cerdo a tu lado es un animal de los más limpios.

-Yo no era así; las mujeres me enseñaron a ser un depredador.

-Pues sí que tenían que ser guarras para enseñarte a comer un culo y un coño.

-Que a ti no te gusten esas cosas, no quiere decir que las demás sean unas guarras por gustarle.

-No sé si me gustarían o no, pero son cosas asquerosas.

-¿Quieres saber si te gustan? Estamos solos...

Jacinta lo miró fijamente a los ojos.

-¿Qué has dicho, calamidad?

Cristóbal se disculpó.

-Perdona, por un momento me olvidé de con quién estaba hablando.

Jacinta no dejó que se enfriara.

-Pues no lo vuelvas a olvidar, aunque hasta cierto punto te entiendo, estamos solos, los dos estamos excitados...

-¿Tú también estás excitada?

-No, quise decir que estás excitado.

Cristóbal sabía que estaba excitada, por eso fue a por ella.

-Nadie se enteraría, tía. ¿Lo hacemos?

-No, no puedo hacerlo contigo; es más, te debería mandar de vuelta con tu madre, por decirme lo que has dicho y por haberle hecho a tu prima lo que le hiciste.

Jacinta bebió por la jarra de porcelana un tremendo trago de vino tinto. Luego limpió la boca y las manos con una servilleta y se puso en pie.

-¿Te vas para la cama?

-Sí, no puedo seguir esta conversación. Recoge la mesa cuando termines.

Cristóbal hizo lo que le dijo y, luego de lavarse las manos y la boca, se fue a su habitación. A los cinco minutos de estar en ella, se envalentonó; y en pelota picada fue a la habitación de su tía y en la oscuridad se metió en la cama.

-Tenía que venir, tía.

-Y yo sabía que vendrías. Debería echarte, pero, como bien has dicho, estamos solos y nadie se va a enterar.

Jacinta encendió la luz, se destapó y Cristóbal vio su cuerpo desnudo. Se echó encima de su tía. Le clavó la polla hasta el fondo del coño y allí la dejó. Se besaron con lengua, lo hicieron con dulzura, chupando y saboreando sus lenguas, y durante un buen rato. Luego Cristóbal, magreando sus tetas, besó sus pezones y sus areolas y luego le mamó las tetas. Jacinta comenzó a gemir y a moverse debajo de su sobrino. Poco después, Cristóbal apoyó las manos en la cama y, besándola, le dio caña de la buena. Jacinta estaba tan caliente que ni tres minutos tardó en correrse y blanquearle la polla a su sobrino.

Al acabar, con cara de felicidad, le dijo:

-Follas de maravilla

-De maravilla, no, pero no follo mal.

Bajó al pozo y la lengua arrastró jugos blancos y espesos hasta el clítoris erecto; lo lamió despacito, luego volvió a los labios y lamió de abajo arriba. Jacinta estaba en la gloria.

-¡Qué gusto!

Le enterró la lengua en el coño.

-¡Oooooo!

Se la metió y se la sacó más de veinte veces; luego volvió a lamerle el coño del abajo arriba. A continuación, le chupó el clítoris y Jacinta se corrió, retorciéndose de placer y gimiendo una cosa mala.

Al acabar de gozar, le dijo:

-Ponte a cuatro patas.

Se puso a cuatro patas. Cristóbal vio cómo salía la corrida blanca y pastosa de su coño y se lo limpió con la lengua; luego le separó las gordas nalgas y le taladró el ojete con la lengua.

-¡Me encantan las guarrerías!

Le metió tres dedos dentro del coño y la masturbó sin dejar de taladrarle el ojete con la lengua.

Al rro, corriéndose, dijo:

¡Qué puta sooooooy!

Luego de correrse, Cristóbal se la clavó en el coño y le dio despacito. Viendo cómo la polla salía llena de jugos, le dijo:

-Tienes el coño más sexi que he visto.

-Eso se lo dices a todas.

-No, solo a ti, y si te lo digo es porque ninguna echaba hugos blancos y espesos...

-Me alegra que lo veas bonito. Ahora dame duro.

Le dio duro y poco despuñes Jacinta sintió que se iba a correr, pero ella quería la leche dentro de su coño y su sobrino se la iba a dar en cualquier lugar menos en el coño.

-Deja que te folle yo.

Cristóbal se puso boca arriba. Jacinta lo montó. Él vio unos reguerones de jugos bajando por sus muslos. Le echó las manos a la cintura, la acercó a él y se los lamió.

-Date la vuelta y mamármela mientras te la como.

 Jacinta se giró, le puso el coño en la boca y comenzó a mamarle la polla.

La novedad, y la maestría con que manejaba la lengua Cristóbal, hicieron que Jacinta descargara en la boca de su sobrino en muy poco tiempo.

-¡Tomaaaa, golosooo!

Al recuperar la calma, y estando los dos boca arriba, le dijo Cristóbal:

-Soy un goloso y a ti te encanta que lo sea.

-No me vayas de sobrado, que te cepillo.

-Eso me gustaría verlo.

Lo montó y le metió una follada que, al correrse, lo dejó con los ojos en blanco y con las piernas temblando. ¿Que cómo lo folló? A coñazo limpio. Con las tetas volando sin rumbo y queriendo romperle la polla con la virulencia de los embates.

-No me pongas esa carita, no me pongas esa carita que vas a hacer que me corra.

Viendo su cara de placer, se derrumbó sobre él y sus corridas se juntaron.

Luego de gozar, se besaron, y Cristóbal, con la polla dentro del coño, le dijo:

-Has podido quedar preñada, tía.

-Ojalá.

-¿Quieres quedar preñada?

-Sí.

Le dio un pico.

-¿Quieres que me vuelva a correr dentro?

-Sí, y si te corres dos veces, mejor que una.

La puso boca abajo y le taladró el coño buscando correrse él. ¡Y vaya si corrió! Se corrió tres veces dentro de su coño antes de que Jacinta comenzara a sacudirse y le bañara la polla con una inmensa corrida.

Meses después, Jacinta tenía barriguita (la disimulaba con ropas holgadas) y Cristóbal un cuerpo casi de culturista. 

Yéndose de la aldea, maleta en mano, fue a despedirse de Macario.

-Me voy. Vengo a darle las gracias por todo lo que me ha enseñado.

-¿Tú no te vas sin hacer antes unos guantes?

-Baja usted mucho la guardia. No quiero hacerle daño.

-¿Hacerme daño tú a mí, no me hagas reír?

Comenzaron a hacer unos guantes, y en el primer ataque de Macario, Cristóbal le metió un, un dos, tres, cuatro, cinco, seis en la cara. Luego, hígado y mentón, con rapidez, pero sin fuerza. Macario bajó los brazos y se quitó los guantes.

-Voy viejo para esto. Así que te vas.

-Sí, me voy, y me voy temprano porque hasta la carretera queda un buen trayecto y no quiero perder el autobús.

-No vas a ir andando. 

-Aquí no hay taxis.

-Porque tú lo digas.

Macario le ató un remolque a su Montesa. Cristóbal metió la maleta en el remolque y lo llevó a la carretera.

Al día siguiente fue al bar donde paraban sus amigos y amigas y allí se encontró con Arturo, el pandillero, que nada más verlo, lo encaró y le dijo:

-De fideo a bola de grasa. En fin, ahora tienes más donde llevarlas.

Cristóbal sonrió, dio un paso atrás, lamió un dedo y le mojó la nariz.

-Mejor que tengas un motivo para intentar darme.

El pandillero se puso furioso. 

—¿¡Intentarlo!?

Arturo le mandó un viaje que, si lo pilla, lo deja en el sitio, pero Cristóbal se lo esquivó; luego le metió un viaje en el riñón y un gancho al mentón y Arturo cayó al piso como si fuera un muñeco.

Se habían acabado los abusos del pandillero.

A los diez días llegó Jacinta a ese bar. Cristóbal estaba apoyado en la barra con una cerveza delante. Jacinta se puso a su lado y le dijo:

-Ya estoy aquí.

Jacinta había vendido todo lo que tenía en la aldea para instalarse en la ciudad. Hoy en día regenta un herbolario y su hijo una farmacia.

Cristóbal, que ahora es camionero, se casó con una asturiana y de vez en cuando visita a su tía.

Quique.

 



   
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