—Menudo subnormal.
Almudena cerró WhatsApp después de bloquear al hombre que acababa de mandarle una foto de su polla. Parecía que esta vez la cosa iba a cuajar; el tipo decía tener experiencia en sesiones reales, parecía ser maduro mentalmente y la había hecho creer que su interés principal era el spanking. Nada más lejos. En el fondo solo quería echar un polvo, como casi todos a los que había conocido en los últimos dos años.
—Joder, encima se pone a llover.
La joven de veintiseis años se abrochó la sudadera de mala gana, se puso la capucha y salió corriendo del portal. La casa de su profesora de canto quedaba a menos de diez minutos de la suya, lo suficiente para llegar empapada.
—Llegas tarde, Almudena.
—Lo sé, perdona —dijo con una media sonrisa—. Me he calado por completo cuando venía para acá.
—Está bien. Toma, sécate un poco. —Estefanía le acercó una toalla y la joven se secó la cara salpicada de gotas de lluvia—. Empecemos cuanto antes.
Almudena colgó la sudadera mojada en la percha, dejando ver una camiseta blanca y ajustada de algodón. El calor de la chimenea contrastaba con el frío húmedo de fuera. Comenzó el ensayo.
—No, no, no y no. ¿Qué te pasa hoy? Tu voz no fluye como otras veces, no suena natural.
—Ya, perdona, Estefanía. Lo volvemos a intentar.
Almudena no estaba fina. No daba las notas correspondientes. Seguía pensando en aquel capullo y en la decepción que le había provocado. Intentaba disimular, pero estaba enfadada y la frustración se filtraba a través de su voz.
—Mal, muy mal. Mira, si no te vas a tomar la clase en serio, mejor lo dejamos para otro día.
—¿Pero qué narices quieres de mí? Dame un respiro, ¿vale?
—¿Perdona?
—Hago conciertos por toda España, el año pasado vendí casi treinta mil discos y voy a dar mi primera gira internacional dentro de un mes. Tan mal no lo haré, ¿no te parece? —dijo la joven mientras desenroscaba el tapón de una botella de agua mineral.
—Perdone usted, Beyoncé. Estarás teniendo mucho éxito, pero si quieres llegar lejos de verdad y mantenerte, tienes que trabajar más y mejor que nadie. En esta industria hoy estás arriba y mañana estás en el barro absoluto, así que ya puedes ponerte las pilas.
—Deja de sermonearme y vamos a seguir, que para eso te pago un dineral.
—No te voy a permitir que me hables así. Te doblo en edad y en experiencia. Soy la mejor profesora de canto que puedes contratar en esta ciudad y, si quieres seguir trabajando conmigo, te exijo compromiso y dedicación. Si no estás dispuesta a darme eso, ya puedes marcharte.
—Y tanto que me doblas la edad…
—Te estás comportando como una mocosa insolente. No tengo por qué aguantar esto. Coge tus cosas y lárgate. No voy a seguir perdiendo el tiempo contigo.
La joven cantante se mantuvo en silencio, sosteniendo la mirada de su profesora. Deseaba gritarla, insultarla, proyectar todo su enfado contra ella y desahogarse, pero tenía razón. No encontraría nunca a una profesora tan buena como ella. Además, en el fondo la tenía cariño y la respetaba.
—Vale, perdona. No estoy a lo que tengo que estar. Me esforzaré más. ¿Podemos seguir?
—No, ya está bien. No vamos a continuar. No voy a trabajar con alguien que no valora lo que hago.
Estefanía fue hacia la puerta de la calle y la abrió, invitándola a salir con un leve gesto de cabeza. Una ligera ráfaga de aire frío sacudió la llama de la chimenea.
—No puedes hablar en serio —dijo la joven, acercándose a Estefanía mientras hacía un esfuerzo titánico para tragarse su orgullo—. Llevamos trabajando juntas dos años y, en parte, he llegado hasta donde estoy gracias a ti. No puedes dejarme tirada porque haya tenido un berrinche, por favor…
Los fríos ojos azules de la profesora se posaron sobre los de la chica.
—Esta última clase no voy a cobrártela. Buenas tardes —le dijo con indiferencia.
—Venga, por favor, no me hagas esto. —Almudena agarró del antebrazo a su profesora e hizo ademán de ponerse de rodillas. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas—. Haré cualquier cosa que me pidas, pero arreglemos esto… por favor.
—Está bien. Te daré otra oportunidad, pero tendrás que pagar el precio de lo que ha sucedido hoy aquí. No puedo permitir que me hables como lo has hecho y volver a darte clases como si nada. Eres una mujer hecha y derecha, así que espero que te comportes como tal.
—Lo entiendo. Te pagaré un plus por las molestias y por el tiempo de más que va a durar la clase.
—No. No estoy hablando de dinero, hablo de respeto. ¿Estás dispuesta a redimirte de tu error a mi manera?
—Estoy dispuesta a lo que sea con tal de que sigas dándome clases.
—Muy bien, pues que así sea.
La profesora cerró de nuevo la puerta y cogió a Almudena de la mano. Recorrieron todo el salón hasta llegar al sofá de estilo victoriano. La joven cantante no tenía la menor idea de lo que estaba pasando y se mantenía en silencio. Estefanía la miró a los ojos con gesto severo, la agarró por la muñeca y, de un fuerte tirón, la tumbó sobre sus rodillas.
Almudena se quedó de piedra y con los ojos abiertos como platos. Jamás habría imaginado que su ansiada primera azotaina la recibiría de manos de su profesora de canto. Tanto buscar a la persona adecuada para hacer realidad su fantasía y resulta que iba a vivirla ahora mismo, de repente, cuando menos lo esperaba.
—Escucha bien, querida. En estos dos años te he enseñado lo mejor que he podido, te he tratado casi como a una hija, pero hoy te has comportado como una niña mimada y desagradecida. Cualquier otra alumna hubiera pagado su desfachatez con la inmediata expulsión de mi casa y, por lo tanto, la privación de mis enseñanzas. Contigo voy a hacer una única excepción porque, desde que te vi, supe que tenías algo especial. Eso sí, te advierto de que vas a pagar un precio muy alto por ello. Prepárate.
Almudena no podía articular palabra. Sentía un nudo en el estómago a la par que un agradable calor en el pecho. Estaba completamente ruborizada y tan feliz que casi tuvo que reprimir un grito de júbilo.
La mano de su profesora descansaba posada sobre su trasero, separada de su piel por la fina tela de los leggins, hasta que dejó de sentirla y adivinó que se alzaba en el aire para estrellarse de forma inminente contra sus trabajados glúteos…
¡PLAS!
Nunca olvidará ese azote, el primero de toda su vida. Picaba más de lo que esperaba. A continuación llegaron más, uno detrás de otro, alternando primero una nalga y después otra, rítmicamente. El culo empezaba a calentarse y ese calor se extendió rápidamente por el resto de su cuerpo.
Se suponía que tenía que resistirse, quejarse o pedirle que parase, pero tenía miedo de que eso hiciera que se detuviese. Su profesora seguía administrándole el castigo con decisión. Lo único que se escuchaba en la sala era el sonido de la mano de Estefanía impactando contra el duro trasero de Almudena y los delicados gemidos de esta, más fruto del placer que del dolor. Sintió que empezaba a humedecerse.
—Levántate, niña —Almudena vaciló por un momento. «No puede ser que haya terminado ya», pensó— Bájate los leggins.
Al escuchar esas palabras, un breve espasmo sacudió su vagina e inmediatamente una pequeña mancha se extendió a través de la fina tela que cubría su sexo.
Almudena se moría de vergüenza y de excitación a partes iguales.
—¿A qué esperas? —dijo su profesora.
Mordiéndose el labio inferior, la joven se bajó los leggins hasta las rodillas y, sin necesidad de que Estefanía se lo pidiese, volvió a tumbarse sobre sus rodillas.
—Así que no llevas ropa interior. Vaya, vaya. No sabía que fueras esa clase de chica.
Almudena no dijo nada, simplemente se tapó la cara avergonzada y deseó con todas sus fuerzas que empezase a azotarla de nuevo.
Estefanía acarició el trasero sonrosado de su alumna. Sabía perfectamente que estaba disfrutando del castigo. Las largas uñas de la profesora trazaron sutiles círculos sobre la piel hipersensible y sonrojada por los azotes recién recibidos.
Almudena se estremeció sobre los muslos de la mujer justo antes de recibir el primer azote de la nueva tanda.
—¡Uhm! —gimió la chica.
La respuesta de la profesora fue otro golpe aún más fuerte. Almudena se mordió el dorso de la mano para no gritar. Los azotes eran más espaciados entre uno y otro que los de la primera tanda, pero mucho más fuertes. Los dedos de Estefanía quedaban marcados, blanquecinos, en el culo desnudo y cada vez más rojo de la joven cantante. La profesora agarraba con fuerza el cachete que acababa de golpear, lo que dejaba al descubierto la entrepierna empapada de Almudena. Estefanía sonrió al ver el jugoso espectáculo.
¡PLAS!, ¡PLAS!, ¡PLAS!, ¡PLAS!
De forma abrupta y sin que Almudena lo esperase, una rápida y violenta tanda empezó a caer sobre su indefenso culo. La chica se retorcía y gemía. Movía las caderas frenéticamente de un lado a otro mientras la mano despiadada seguía castigándola. Ahora sí dolía. Sentía como le quemaba el culo, pero aún así rezaba porque no parase. Por fin estaba viviendo lo que había soñado desde que era una niña.
Estefanía agarró de la cintura a Almudena para evitar que se moviese, pero solo lo consiguió en parte. La chica estaba fuera de sí, gimiendo y sacudiendo su cuerpo con violencia mientras su tutora la azotaba sin piedad. El trasero le ardía, al igual que su entrepierna, de la que brotaba un lento torrente de flujo con cada contracción vaginal, cada vez más frecuentes e intensas. Sentía que se iba a correr e intentó llevarse la mano hasta su sexo para masturbarse mientras la castigaban, pero Estefanía se dio cuenta y la agarró por la muñeca, sujetándole la mano a la espalda.
—Ah, no. Eso sí que no, jovencita. No permitiré que disfrutes de esto. —Y pasó su pierna derecha sobre las de Almudena para inmovilizarla casi por completo.
¡PLAS!, ¡PLAS!, ¡PLAS!, ¡PLAS!
Una última y furiosa tanda de azotes atormentó el ya de por sí magullado culo de la joven, que rompió a llorar angustiada, más por la frustración de no poder desahogar su deseo que por el dolor en sí.
—Ahora estamos en paz. Ya puedes marcharte. Mañana continuaremos con la clase.
Estefanía la liberó de su agarre y Almudena se levantó como un resorte. Mirándola enfurecida, con los ojos hinchados de tanto llorar y las lágrimas aún corriéndole por las mejillas, quiso gritar e insultar a su profesora, pero solo le salió una especie de bufido seguido de un grito ahogado de rabia. La joven se subió a toda prisa los leggins mientras corría atropelladamente hacia la puerta.
—Mañana te quiero aquí a las siete en punto. No llegues tarde —dijo la maestra.
—¡Te odio! —Almudena cogió la sudadera y salió dando un portazo.
—Sí, seguro que me odias… —dijo para sí misma Estefanía mientras miraba la mancha todavía húmeda que había dejado la entrepierna de la chica en su falda.
Ya no llovía. Almudena echó a correr por la calle encharcada; se le calaron los calcetines. Llegó a casa sin aliento, en parte por la carrera, en parte por lo que acababa de suceder. Se desnudó a toda prisa, se metió en la cama y, bajo el calor del edredón, se masturbó varias veces seguidas hasta que se quedó dormida, agotada, y soñando con la que acababa de ser su primera azotaina.
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