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¿Me dejas estrenar tu culo?

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José
(@quique)
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Iniciador del debate   [#1896]

                                                               I

                                        El polvo entre la verdura

Alba, Beatriz y Carmen eran hijas de Javier, un cuarentón del montón. Alba y Beatriz eran gemelas, de estatura mediana, morenas, de ojos marrones y Carmen, que era hija de Laura, era rubia como su madre, de ojos azules y un poco más alta que sus hermanas. Las tres eran bonitas y tenían un buen polvo, bueno, las cuatro, porque Laura también lo tenía.

Javier estaba en Suiza, venía de vacaciones una vez al año y le había dicho a José que le echara un ojo a su mujer por si alguno de la aldea se le acercaba.

José, que era tratante ganado y curandero, era un treintañero, de estatua mediana y bien parecido y le iba a hacer un marcaje férreo a su cuñada. La vigilaba de día y de noche, de día cuando podía y de noche iba por detrás de su casa y miraba por la ventana, una casa que tenía en la parte trasera una huerta de verdura alta.

Eran la seis y algo de la tarde de un día de semana cuando José se metió en la huerta. Agachado como un indio fue hacia la casa, una casa de una sola planta, pintada de ocre por fuera y por dentro, con tres dormitorios, una sala, y cocina, iba a mirar por las ventanas, pero no llegó a ella, porque Laura había salido de la casa y se había metido en la huerta para hacer sus necesidades entre la verdura. José se encontró de frente con su cuñada. Laura había bajado las bragas y miraba hacia los lados para cerciorarse de que nadie la veía. José quiso dar la vuelta, pero Laura miró hacia abajo y lo vio a cuatro patas. No sé quién se asustó más ni quien sintió más vergüenza, si ella o su cuñado. Subiendo el vestido, le dijo:

-¡¿Qué haces aquí, José?

Le respondió lo que le vino a la cabeza.

-Estaba siguiendo las huellas de un conejo.

Laura no estaba para estupideces.

-Y encontraste el mío, cabrón. 

-Fugazmente.

-Encima cachondeo. Dime la verdad. ¿Qué haces en mi huerta a cuatro patas como los perros?

José vio una planta con tres fresones bravos y se inspiró.

-Estaba hartándome de fresones.

-¿Por qué será que no te creo?

-Será porque no quieres creerme.

-¿Me vigilas, José?

José se sentó sobre la hierba.

-Sí.

-¿Te gusto?

Gustar, le gustaba, así que le dijo la verdad.

-Más que el chocolate.

-¡¿Y tienes los santos cojones de decírmelo a la cara?!

-Me has preguntado y te he respondido.

-Lárgate que me estoy cagando.

-Podías haber dicho meando, no sonaría tan mal.

-¡Pero me estoy cagando, coño!

No mentía porque se bajó el vestido, se agachó y soltó el pastel en estado líquido, un pastel que olía que apestaba. José le dijo:

-Cagas haciendo música.

Laura, a la que estaban comiendo los demonios, siguió pedorreando y  expulsando lo que le sobraba.

-¡Te quieres ir, cabrón!

José, sonriendo, se puso en plan guarro.

-Me quedo para limpiarte el culo cuando acabes.

Laura estaba cada vez más enfadada.

-¡Con la lengua me vas a limpiar el culo!

-Yo había pensado limpiártelo con hojas de verdura.

La mujer ya estaba hasta el coño de su cuñado.

-¿Sabes cuántas escopetas dejó tu hermano en casa?

-Dos.

-Sí, dos, dos y tres cajas de cartuchos, no te va a llegar el monte para correr.

-¿Me estás amenazando?

-No, te estoy diciendo lo que va a pasar si no te vas ahora mismo.

La amenaza recibida le sirvió a José de arma arrojadiza.

-Cuando llegue a casa le voy a escribir a mi hermano sobre este incidente, sobre lo de las escopetas, sobre las pajas que te vi hacer por las noches y sobre tus miradas y sonrisas..., sobre tu coqueteo con el hijo de la tabernera.

Laura ató cabos.

-¿Te mandó él que me vigilaras?

-¿Tú qué crees?

-Creo que lo próximo que vas a hacer es chantajearme para que te deje follar.

-Eso después, antes quiero hacer algo.

-¿Lo qué?

-Limpiarte el culo con hojas de verdura.

A la mujer le costaba trabajo creer lo que acababa de oír.

-¡¿Qué has dicho?! 

-Has oído bien lo que he dicho.

-Eres un enfermo.

-Cada uno tiene sus filias y las mías son los culos.

-¿Eres maricón?

-No, solo me gustan los culos de las mujeres.

-¿Te gusta el olor a mierda?

-¿Y si me gusta, qué?

Laura había terminado de evacuar. Se giró, y  sujetando el vestido, le puso el culo a tiro para que se lo limpiara.

-Limpia, pervertido.

José quitó hojas de unos pies de verdura, le limpió el culo con ellas, y mientras se lo limpiaba le preguntó:

-¿Me dejas que te eche un polvo?

-Eres un puto chantajista.

-No te estoy chantajeado, te estoy preguntando.

-Si es una pregunta, la respuesta es no.

-¿Y qué te coma el coño?

-La respuesta es la misma.

-Te estaba vacilando, te voy a comer el coño y te voy a follar, aléjate del pastel.

-¡Puñetero hijo de perra!

Laura se alejó a gatas y José, también a gatas, fue detrás de ella. A una distancia donde ya no se olía el pastel, José le levantó el vestido y le lamió el coño, Al estar a cuatro patas y tener su nariz junto al ojete, aquello olía a lo que olía y el olor le puso la polla dura. Poco después José sacó la polla empalmada y le metió la cabeza dentro del coño.

-Menos mal, pensé que me la ibas a meter en otro sitio.

Le echó las manos a la cintura, le metió y le sacó el glande la tira de veces, se la clavó hasta las trancas y después le dio a mazo. Al rato le preguntó José:

-¿Dónde la quieres la corrida, en el culo o en la espalda?

-En... Joder, que me corro.

Laura, convulsionándose, se corrió en la polla de su cuñado. 

Al acabar de gozar, José, se echó boca arriba sobre la hierba y le dijo:

-Ahora móntame.

-¡No me jodas, José!

-No te voy a joder, me vas a joder tú a mí.

Laura subió encima de su cuñado, a regañadientes, pero subió.

-Eres un cabrón.

-Lo sé, métela y hazme correr.

Con las manos apoyadas en su pecho, subió el culo, puso la cabeza de la polla en la entrada  del coño, bajó el culo y la metió hasta las trancas.

-Ahora enséñame las tetas.

Laura, de mala gana, se desabotonó la camisa, subió las copas del sujetador, y sus tetas medianas, con areolas oscuras y gruesos pezones, quedaron colgando.

-Tienes unas tetas preciosas, dámelas a mamar y fóllame despacio. Quiero hartarme de ti.

Le dio la teta izquierda a mamar, José, sin cogerla con las mano, lamio los pezones y las areolas y luego se la mamó. Laura lo folló despacio. Luego, cuando le puso en la boca a teta derecha, empezó a follarlo cada más aprisa.

-Vas a hacer que me corra, cuñada. Para de follarme y bésame.

Laura no estaba para besos, bueno, estar, estaba, pero no quería entregase.

-Antes le besaría el sobaco  un churrero,

Su culo subió y bajó  toda mecha.

-¡Córrete, cabrón, córrete!

La que se corrió fue ella, al hacerlo, se echó hacia delante y su boca quedó enfrente de la de de su cuñado. José le metió la lengua en la boca y Laura se la chupó fuertemente mientras se corría.

Cuando acabó de correrse, José la sacó, se  se corrió entre sus piernas y después le limpió la leche con hojas de verdura.

-¿Quieres que te haga una visita esta noche y rematamos la faena?

Laura seguía de mala hostia.

-¿Para qué preguntas si vas a hacer lo que te salga de los cojones?

-No, esta vez lo digo de verdad, si  no quieres que vaya no iré.

-¿Es qué querías ser mi amante?

-Sí.

-Tú no tienes vergüenza.

-No, pero...  ¿Qué me respondes?

-Que no tienes vergüenza.

Volvió a meter la cabeza entre las piernas de su cuñada y le lamió el coño corrido, luego el clítoris, y después le preguntó:

-¿Quieres correrte otra vez, Laura?

Bajó la cabeza y le respondió:

-Sí.

Siguió lamiendo su clítoris, lo lamió de abajo a arriba, hacia los lados y alrededor, lento, a medio gas, aprisa y a toda hostia cuando lamía hacia los lados. Laura le acariciaba la cabeza con su mano izquierda y mordía el canto de la mano derecha para no gemir en alto. Al rato arqueó su cuerpo y se corrió como una perra, mientras se corría, José le enterró a lengua en el coño, lengua que solo quito para lamer el coño al acabar de correrse.

Había acabado de limpiarle el coño con la lengua cuando oyeron la voz de Carmen.

-¿Dónde andas mamá?

                                                         II

                                   Las tres hermanas se comen vivas

Esa noche José fue a rematar la faena. Vio encendida la luz de la habitación de las gemelas. Echó una ojeada y vio a Alba, a Beatriz y a Carmen sentadas en la cama una frente a las otras. Tenían sus largos cabellos recogidos en trenzas y estaban totalmente desnudas. Alba y Beatriz estaba muy coloradas. Alba giró una botella de brandy Terry, que estaba cerrada y que todavía tenía sus cordones, y esta señaló a Carmen. La muchacha, que era delgada, tenía las tetas  medianas, con areolas color carne y pezones pequeños, puso la botella sobre la mesilla de noche y les dijo:

-¡Por fin me toca! 

Beatriz le preguntó:

-¿Qué quieres que te hagamos?

-Quiero que me hagáis de todo.

Aquel juego no era así, pero José se alegró de que sus sobrinas lo modificaran, unas sobrinas que se la habían puesto dura y que le habían hecho olvidar a que había ido allí. 

Junto a la ventana había un manzano, se puso detrás de él y empezó a mirar.

Beatriz y Alba comenzaron a besar a Carmen en el cuello y a acariciarle una teta cada una, luego Alba le giró la cara y le lamió los labios, Carmen sacó la lengua y se besaron dulcemente, después fue Beatriz la que le giró la cara y se besaron con lengua mientras Alba le besaba el cuello.

Luego, con una teta en la mano cada una, le lamieron los pezones y la mamaron las tetas. Lo hacían todo con lentitud, con suma dulzura, mirándose entre ellas y sonriendo.

José, detrás del manzano se machacaba la polla.

 Luego de comerle las tetas bien comidas, la echaron hacia atrás sobre a cama, hicieron que flexionara las rodillas, le separaron las piernas, pusieron sus cabezas entre ellas, le abrieron el coño con un dedo cada una y vieron que estaba cubierto de jugos. Alba dijo:

-Los quiero para mí.

Beatriz le dijo a ella.

-Golosa.

Alba lamió los labios del pequeño y peludo coño de Carmen, y después, le metió la lengua pringada de jugos en la boca a su hermana, lengua que Beatriz recibió consumo agrado. Beatriz se puso perra.

-Quiero correrme otra vez.

Carmen le dijo:

-Dije que me hicierais de todo.

Beatriz, que tenía tetas pequeñas con areolas rosadas y pequeños pezones (lo mismo que su hermana Alba) le puso el  coño sobre la teta derecha y comenzó a frotarlo contra ella, al tiempo que magreaba sus propias tetas. Alba, abriendo el coño de Carmen con dos dedos, le lamió los labios y el clítoris.

Al rato, Carmen, moviendo su pelvis de abajo a arriba, sintió que se iba a correr, tapó la boca con su mano derecha para que su madre no oyera sus gemidos, ya que dormía en la habitación de al lado. Beatriz, viendo su cara de pre orgasmo, separó el coño de la teta, teta que quedó encharcada de jugos, y se lo puso en la boca. Carmen, le echó las manos a la cintura, sacó la lengua y se la aplasto contra la vagina, al tiempo que se corría en la boca de Alba, entre fuertes convulsiones. Beatriz se corrió en su boca y José se corrió en su mano. 

Al acabar de gozar las hermanas, Alba salió de entre las piernas de Carmen y se fue a abrir la ventana porque allí olía a chumino que tiraba para atrás, al abrirla vio la cabeza su tío asomar detrás del manzano y luego esconderse, José también la vio a ella y cuando cerró la ventana se fue sin hacer lo que tenía pensado hacer, no fuese que lo pillaran con Laura.

                                      ,                                      III

                                                      Miedo a acabar con el coño roto

José iba cruzando la aldea de vuelta del monte sentado sobre su caballo Alazán, un caballo marrón, que tenía la frente, la crin y el rabo de color blanco. La gente lo miraba y les parecía un personaje del viejo Oeste, a lo que ayudaba que llevara un sombrero marrón de ala ancha.

Al llegar a la caballeriza le quitó el ronzal y las riendas, lo metió en su cuadra y después se fue a casa a merendar.

Al entrar a la cocina se encontró con sus tres sobrinas. Tenían el cabello recogido en coletas, vestían con faldas marrones las gemelas y azul, Carmen, faldas que les daban por encima de las rodillas, blusas blancas, calzaban zapatos negros con calcetines blancos y estaban sentadas a la mesa dando cuenta de lonchas de jamón que habían sacado de la pata, de queso, de chorizos de una jarra de vino tinto, que habían cogido en la bodega. A José no le gustó que estuvieran gorroneando.

-¡¿Quién coño os dio permiso para comer en mi casa?!

Le respondió Carmen.

-¿Quién te dio a ti permiso para espiarnos cuando estábamos follando?

Carmen le había confirmado lo que sospechaba.

-Yo...

Alba, con una loncha de jamón en la mano, le dijo:

-Tú te vas a sentar a la mesa y nos vas a contar que te traes con nuestra madre.

José se apresuró a responderle:

-Nada, con vuestra madre no me traigo nada.

Beatriz, después de beber un vaso de vino, le dijo:

-No se atraviesa una huerta de verdura a esa hora de la noche si no es para ver a alguien, y a nosotras no nos ibas a ver, aunque nos vieras.

José iba a mentir de nuevo.

-Se me había soltado el perro de la cadena y...

Carmen lo interrumpió.

-Y mientes peor que yo, queremos la verdad.

Les volvió a mentir.

-No hay nada entre vuestra madre y yo, la verdad es que fui a pillar fresones, os vi a lo lejos y me acerqué para veros bien.

Alba se creyó la trola.

-Tienes que pagar por lo que has visto.

José, de chantajista pasaba a ser chantajeado.

-¿Qué es lo que queréis?

-Ver lo que hiciste mientras nos veías follar, pero antes ven, ven y come y bebe con nosotras.

Se quitó el sombrero, lo dejó sobre la encimera y se sentó entre Carmen y Alba, que le pusieron sus manos izquierda y derecha sobre las piernas y luego subieron hasta la polla y la acariciaron por turnos. Mientras José tomaba algo de cada cosa que había sobre la mesa, les preguntó:

-¿Solo queréis ver como me hago una paja?

Le respondió Beatriz.

-No, queremos saber más cosas.

-No tengo condones, así que si venís a follar, vosotras veréis.

Carmen le preguntó:

-¿Podrías con las tres si quisiéramos follar contigo?

José se hizo el gallito.

-Y con tres más que me echasen.

La polla se había puesto dura y Carmen no quiso esperar más.

-Ponte en pie.

Se puso en pie y ellas hicieron lo mismo.

Carmen le quitó la camisa, Alba le quitó los zapatos y los calcetines y Beatriz le bajó los pantalones.

Beatriz, viendo la polla apuntar hacia delante, dijo:

-Yo me borro, esa cosa me partiría el coño en dos.

A Alba también le pareció demasiado grande, aunque la polla no llegaba a los quince centímetros ni era excesivamente gruesa.

-Yo también me borro, no quiero acabar caminando escarranchada.

Carmen no se echó para atrás.

-Yo he venido a follar y voy a follar, aunque se me salten las lágrimas con el dolor.

José le preguntó:

-¿Tan apretado tienes el coño?

-Las tres lo tenemos apretado, los dedos no dan para más.

-Entiendo.

-Empieza a hacer la paja que queremos saber como se hace.

José empuñó la polla y comenzó a menearla, Carmen, viendo como la mano iba de delante hacia atrás y de atrás hacia delante, y como el glande desaparecía bajo la piel y luego volvía a aparecer, se puso en cuclillas y dijo:

-Así que la hacéis de esta manera.

Alba y Beatriz también se pusieron en cuclillas para ver la polla de cerca. Alba dijo:

-Es fácil hacerle una paja a un hombre.

Carmen quiso saber otra cosa.

-¿Cómo se hace una mamada, tío?

No se iba a ahorrar detalles.

-Se lame la cabeza, el cuerpo, se lamen y se chupan los huevos, se chupa la cabeza, y cuando la leche sale, se mama. ¿Vamos para mi habitación y aprendéis a hacer una mamada a tres bandas?

-Para aprender cosas hemos venido.

En pelotas se fue hasta la habitación, allí se echó boca arriba y con la polla mirando a techo, les dijo:

-Repartiros el churro.

Carmen, a su izquierda, le dio una lamida al glande, Alba, a su derecha, tímidamente lamió un lado de la polla, y Beatriz, entre sus piernas, le lamió los huevos. 

-Lo estáis haciendo muy bien.

Al rato parecía que habían estado haciendo aquello toda la vida. Carmen chupaba de maravilla, Beatriz gozaba lamiendo y chupando los huevos y Alba había dejado de lamer y se la meneaba. José, viendo que estaban las tres cachondas perdidas, le dijo:

-¿Por qué no os desnudáis y me dais el coño a comer?

Carmen le dijo a sus hermanas:

-¡Maricona la última!

Se desnudaron a mil por hora. Ganó Alba y la maricona fue Beatriz.

Alba, dándole la espalda a su tío, le puso el coño en la boca. José le echó las manos y le iba a lamer el coño, pero le cayó en la lengua una plasta de jugos que era como una cagada de paloma, los tragó, y luego le lamió el coño, Beatriz le magreó y le comió las tetas y Carmen le comió la boca.

Tardó en correrse lo que tarda en derretirse un helado en una plancha caliente.

Luego le dio el coño Beatriz. Sus hermas le comieron el coño y la boca, Beatriz, que tardó un poco más que su hermana en correrse.

Después lo montó Carmen, pero no le puso el coño en la boca, se lo puso sobre la polla. Alba, a su lado, le dijo:

-¡Te vas a destrozar el coño!

Beatriz, detrás de ella, era de la misma opinión que su hermana,

-Te romperás el coño, fijo que te lo romperás.

Carmen estaba decidida a saber lo que se sentía  al follar por primera vez con un hombre.

-Que sea lo que tenga que ser, pero yo me estreno.

La muchacha se lo tomó con calma, metió la puntita de la polla, luego un poco más, y más, y más, hasta que entró el glande. Alba y Beatriz estaban esperando a que su hermana se quejara, pero luego de meter y de sacar el glande varias veces lo que sintieron fue como empezaba a gemir. Después vieron como la polla le iba entrando poco a poco, como llegaba hasta el fondo, y como su hermana echaba la cabeza hacia atrás y se magreaba las tetas. Luego, viendo como su hermana follaba a su tío, comenzaron a hacerse un dedo.

Carmen folló a su tío, despacito al principio y poco a poco fue acelerando sus movimientos de culo... Tardó un mundo de tiempo en correrse, pero cuando se corrió, sus convulsiones y sus gemidos eran de loca de atar. 

Alba y Beatriz se dieron dedo con ganas y se corrieron ellas también.

Cuando José se quitó de encima a su sobrina, le preguntó a las otras:

-¿Alguna quiere subir?

Negaron con la cabeza. Les pudo más el miedo que las ganas.

-En ese caso, acabar la mamada.

Volvieron cada una a su sitio, y poco después José se corrió en la boca de Carmen. La muchacha, al sentir la leche en su lengua, quitó la polla de la boca. Alba, viendo la leche que salía de su boca y la que bajaba por su polla, le dijo  Beatriz:

-Yo la pruebo.

-Yo también.

Lamieron la leche y pusieron mala cara. Beatriz dijo:

-Sabe a... ¿A que sabe, Alba?

-Ni idea, pero no sabe bien.

Carmen tenía la respuesta.

-Sabe a leche de hombre.

José apuntilló.

-Y hay mujeres a las que les gusta tragarla.

Al acabar de hablar le dijo Carmen a sus hermanas.

-Tenemos que irnos que mamá ya debió volver del río de lavar la ropa.

Se vistieron y se fueron.

                                                                  IV

                                                 ¿Me dejas que te la  meta en el culo?

Las luces de las habitaciones de la casa de Laura estaban todas apagadas. José encontró abierta la ventana de su cuñada y entró por ella. Él no veía nada, pero Laura lo estaba viendo a él, se levantó de la cama, cerró la ventana, cerró las contras, corrió las cortinas y luego encendió la lámpara que tenía sobre la mesilla de noche del lado derecho de la cama, lámpara a la que había puesto un calcetín rojo en la bombilla. 

Aquella habitación parecía la habitación de un puti club, pero a José le pareció estar en la gloria al ver a su cuñada vestida con un picardías blanco. Se acercó a ella y le dijo al oído:

-Estás para comerte.

Le reprochó que no la visitara la noche anterior.

-¿Y ayer noche no estaba ara comerme?

Le mintió con descaro.

-Me sentí indispuesto.

Desabotonando su camisa, le dijo:

-Esta noche me resarciré.

-Habla en bajo que te pueden oír tus hijas.

-No están en casa, duermen en casa de sus abuelos.

Cuando lo tenía desnudo, se puso en cuclillas, agarró la polla morcillona, la metió en la boca y se la chupó hasta que se la puso dura como una roca, luego se enderezó y lo besó con lengua. José le quitó el picardías y la echó sobre la cama. Se echó a su lado y le magreó las tetas con su mano izquierda, al tiempo  que se besaban con lengua, luego le besó el cuello. Laura echó su cabeza hacia atrás para facilitarle la labor. Del cuello bajó a las tetas y lamió y chupó todo lo que debía lamer y chupar, al tiempo que le frotaba el coño con cuatro dedos. Laura comenzó a gemir, a comerle la boca con lujuria a su cuñado y a mover la pelvis de abajo a arriba y de arriba abajo en busca del orgasmo. Al sentir que se iba a correr, le dijo:

-Cómeme ahora el coño.

José dejó de comerle las tetas y de jugar con su coño, bajó, le levantó el culo con las dos manos, lamió desde al ojete hasta el clítoris a toda mecha y en nada Laura se corrió como era costumbre en ella, arqueándose, aunque esta vez, entre gemidos, dijo:

-¡Me corro en tu boca!

Luego de tragarse la corrida, le miró para el ojete y le dijo:

-¿Me dejas estrenar tu culo?

-Dicen que duele mucho y que encima la mujer no se corre.

Le quitó las manos del culo.

-Eso depende.

-No quiero saber de qué depende. Olvídate del culo y céntrate en mi coño.

Le volvió a levantar el culo, se la clavó de una fuerte estocada y luego le dio a mazo. Le dio para reventarle el coño, pero en vez de reventarlo, el coño se fue engrasando cada vez más .

-Me voy a volver a correr.

Dejo de darle y con toda la polla dentro y las manos debajo su culo, le dijo:

-Sácala tú.

Laura, apoyada en sus codos, metió y sacó la polla, pero no llegaba al orgasmo.

-¡Fóllame, cabrón, fóllame!

Le volvió a dar a mazo y Laura se volvió a correr, aunque esta vez no se arqueó, simplemente se convulsionó, gimió y dijo en bajito:

-Me estoy corriendo.

Luego de correrse, le preguntó a José.

-¿De qué dependía que no me doliera al metérmela en el culo?

-De una crema que es mano de santo y que casualmente traigo en el bolsillo del pantalón.

-¿Casualmente? Tú venías con toda la idea de metérmela en el culo.

José no se anduvo con más rodeos.

-Venía y vengo.

Laura quería experimentar.

-¿Y me correré?

José fue de sobrado.

-Te correrás y yo me correré dentro de tu culo.

-A ver si es verdad que me corro.

José fue a por la crema, y al regresar le dijo:

-Tienes que ponerte a veinte uñas.

Se puso a cuatro patas y José, luego de sacarle la tapa al tubo de la crema, le metió el pitorro dentro del culo y le echó una poca. Después hizo círculos con la yema del dedo medio de su mano derecha sobre el ojete y a continuación se lo metió en el culo y se lo folló con él.

-¿Te va, Laura?

-De momento sí.

Echó crema en los dedos medios de cada mano, le acarició el ojete con ellos y después los metió dentro del culo y se lo folló y tiró hacia los lados para ir haciendo hueco.

-¿Te sigue gustado?

-Sí, es más, si me toco, ya me corro.

-Tócate.

Laura metió dos dedos dentro del coño y se dio cera, José también se la dio con los dedos, y se corrió. Al correrse se derrumbó sobre la cama y se convulsionó y gimió una cosa mala. La corrida había sido brutal.

Al acabar de gozar se volvió a poner a cuatro patas. En su culo entraron tres dedos y luego cuatro, y lo curioso es que quería más, y lo más iba a ser la polla.

José le echó más crema dentro del culo, le frotó la polla en el ojete, puso el glande en la entrada, empujó y el glande le entró sin ninguna dificultad.

-¿Te va, Laura?

-Sí, y si me toco me vuelvo a correr.

-Tócate.

Esta vez no se corrió nada más tocarse, se corrió cuando tenía a polla enterrada en el culo.

-¡Córrete conmigo, José, córrete conmigo!

Se corrieron juntos, ella como una loba, y él cómo un perro, un perro que la quiso sujetar para que no se volviera a desplomar sobre la cama, pero se tuvo que desplomar él con ella porque Laura se estiró hacia atrás, al tiempo que perdía el conocimiento con el bestial placer que estaba sintiendo.

Al acabar de correrse ella y de llenarle el culo de leche, él, y viendo que perdiera el sentido, se vistió y se fue.

Al día siguiente volvió Javier de Suiza. Le quería dar una sorpresa a su mujer y a sus hijas y por poco se la lleva él.

Quique.



   
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