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Mi nuera era una lagarta

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José
(@quique)
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Iniciador del debate   [#2113]

 Cuando se llega a cierta edad, uno echa de menos aquellos coñitos pequeños, babosos, que cuando le pasabas la lengua después de calentar bien a la chica de turno, te quedaba la lengua pastosa, y que cuanto más lamía, más jugos echaba el cochito hasta que la chica se corría y derramaba en tu boca, unas más y otras menos, pero todas parecían morirse de placer.

Ahora sabemos que esos dulces tiempos pasaron y de cuando nos hacemos una paja recordándolos, aunque haya pequeñas excepciones y en el que lo maduro vuelve a encontrarse con lo verde.

Recuerdo que caían chuzos de punta cuando mi mujer volvió a casa del mercado. Venía como una sopa, pues aunque había llevado paraguas, con el viento que había no le había servido de nada; con ella venía mi nuera Uxía, aunque ella venía casi seca porque la había cogido mi mujer en la puerta de la casa de la madre.

Yo estaba en el salón, calentito y mirando la televisión. Al verla pingando, y con dos bolsas en las manos, le espeté: 

—Te dije que no fueras a comprar con este tiempo, que te ibas a empapar, pero no haces caso. 

—¡Hay que comer, cabrón! Debías haber ido tú. Voy a la cocina a dejar las bolsas y luego iré a la habitación a cambiarse. Uxía tiene que hablar contigo.

Uxía medía casi un metro ochenta, era morena, tenía un corte de pelo a lo Uma Thurman en Pulp Fiction, sus ojos eran negros, sus labios carnosos, y su cuerpo no se sabía cómo era porque siempre llevaba ropas holgadas. En aquel momento llevaba puesto un pantalón gris, un jersey azul grueso como una manta, unas botas y una gabardina que se quitó al sentarse en el sillón que estaba al frente del mío. 

—Tú dirás, Uxía. 

—Quería pedirle un favor. 

— ¿De qué se trata? 

—Quiero ir a Madrid a tener un vis-a-vis con su hijo. 

—¿Y quieres que te lleve al aeropuerto de Santiago?

Oí la voz de mi mujer que venía desde la cocina. 

—Le tiene miedo a los aviones, quiere que la lleves y la traigas en tu coche.

Me molestaba que siempre se metiera en mis conversaciones. 

—¡Quieres dejar que hable ella!

Mi nuera siguió hablando. 

—Podría ir en taxi, pero nunca me fié de los taxistas, y en autobús o tren es un trasteo.

Como me iba a obligar mi mujer a llevarla, no quise quedar mal. 

—¿Y cuándo quieres que te lleve? 

—El vis a vis es el jueves a las seis de la tarde. 

Hice cuentas.

—Hoy es martes, el viaje, yendo sin prisas, es de siete horas. Podemos salir mañana a la mañana a las nueve, así tendremos dos para comer.

Oí de nuevo la voz de mi mujer; esta vez venía de nuestra habitación. 

—¡No piensas más que en comer!

Uxía sonrió y yo le dije: 

—Mañana te recojo a las nueve en la casa de tu madre y esperemos que no llueva. 

—Hablando de llover, me voy, que ha escampado. 

—¿Te llevo? 

—No, en cinco minutos estoy en mi casa.

A las nueve de la mañana llegué con mi Ford Explorer a la casa de mi hermana. No llovía y Uxía me estaba esperando en la puerta. Aparqué, se quitó el abrigo, entró en el coche, lo echó en el asiento de atrás, cerró la puerta, me miró, sonrió y me dijo: 

—Buenos días, tío. 

—Buenos días, a ver si no llueve mucho, porque llover va a llover.

Nos pusimos en camino y hablamos de todo un poco. Al salir de la A52 y meternos en la A6, salió el tema de su marido. 

—Que lo detuvieran en el banquete de nuestra boda fue lo que más me dolió. 

—Cuando se anda con lo que se anda, se acaba mal; si no se encontraba con la justicia, tarde o temprano se iba a encontrar con los colombianos o con los marroquíes; esos quieren cobrar aunque se pierdan los cargamentos. 

—¿Y con qué iban a cobrar si la justicia se lo quitó todo? 

—Con lo más preciado que tiene un ser humano. 

—Va a ser que sí, que fue mejor que se topara con la justicia. 

—No lo dudes. 

—No lo dudo, pero he quedado más pobre que las ratas. 

—Ni tanto. 

—¿Ni tanto? Míreme, tengo que andar pidiendo favores hasta para ir a ver a mi marido. 

—A mí no me debes nada. 

—Debo, y se lo voy a pagar.

Me echó la mano a la bragueta y tanteó la polla. —¿Qué haces, Uxía?

Me bajó la cremallera, me sacó el moribundo y empezó a acariciarlo.

 —Voy a pagarle el favor.

Su mano era tan suave que el moribundo comenzó a revivir. 

—Aún nos vamos a dar un piñazo. 

—Me gusta el riesgo. 

—Haber cogido un avión. 

—A lo mejor no le tengo miedo a los aviones, a lo mejor quería hacer esto desde que me meto los dedos. 

—A lo mejor es mejor que paremos y cojamos un motel por una hora. 

—Mejor lo cogemos a la vuelta. 

—Me has puesto la polla tiesa.  

—Cuénteme algo que no sepa.

—¿Qué te voy a contar que tú no sepas?

Se inclinó, metió la polla en la boca y me hizo una mamada tan rica, que cuando me corrí, di un bandazo, que casi me la pego con un tractor que esperaba para cruzar la carretera.

Uxía se tragó toda la leche para que no se me manchara el pantalón, y luego me dijo: 

—¡Qué calentón tengo! 

—Quita los pantalones.

No se lo pensó dos veces. Comenzó a bajarse los pantalones. 

—¿Va a conducir con una mano?

Al tener los pantalones sacados, paré el coche a un lado de la carretera, le eché el asiento hacia atrás, me metí entre sus largas y moldeadas piernas, puse mis manos sobre sus rodillas, le abrí bien las piernas y luego lamí su coño. Me quedó la lengua pastosa. Saboreé sus jugos ácidos, y lamí, lamí, lamí y lamí. Ella se mojaba, se mojaba, se mojaba y gemía sin parar. De repente, su pelvis dio un latigazo y comenzó a correrse. Corriéndose, le enterré la lengua en el coño. Su vagina la iba a echar fuera al cerrarse; yo se la iba a meter dentro durante toda la corrida.

Al acabar de correrse, le seguí metiendo y sacando la lengua. 

Más de cien folladas de lengua después se corrió en mi boca y de nuevo echó mi lengua fuera al cerrarse su coño y la recibió al abrirse. 

Las contracciones duraron algo más que la primera corrida.

No me bastó; envolví con mi lengua y mis labios su clítoris, clítoris que tenía el glande erecto, y chupé y lamí hasta que se volvió a correr. Esta vez se retorció de placer, además de gemir como una posesa.

Al acabar de gozar, le lamí los jugos del coño y los volví a saborear. Cuando me separé de ella, me dijo: 

—A la vuelta, si paras en un motel, podrían ser dos horas en vez de una.

 En Soto del Real comimos en el 66; luego ella se fue al vis a vis con su marido y yo me quedé esperándola.

Regresó casi dos horas después, más seria que una monja confesando un pecado. 

—¿Te pasó algo malo? 

—Ya te contaré, vámonos.

Nos fuimos del 66 y poco después emprendíamos el camino de vuelta. No dijo ni una sola palabra en los primeros diez o quince minutos y yo respeté su silencio. Al final dijo: 

—Sí lo sé, no vengo. 

—¿Te trataron mal los guardias? 

—No, los guardias estuvieron correctos; quien no estuvo correcto fue Antonio. 

—¿Qué hizo? 

—Que no hizo. 

— ¿Qué no te hizo? 

—Correrse fuera, puede que me haya dejado preñada y no tengo donde caerme muerta, y encima no me corrí. 

—¿No siguió follándote después de correrte? 

—No. 

—Seguro que fue por el estrés; no es lo mismo hacerlo en tu cama que en la cama de un penal. 

—O porque me lleva veinte años.

Empezó a llover con ganas y ayudó para cambiar de conversación. Le dije: 

—Aguantó todo el día y mira cuándo se pone a diluviar. 

—Para a un lado de la carretera hasta que escampe. 

—Sería muy peligroso, hay muy poca visibilidad... 

—Pues a ver si encuentras un motel de carretera.

Un par de kilómetros más adelante vimos las luces de lo que parecía un puticlub y, cerca de él, un rótulo muy grande de un motel. Los dos tenían aparcamiento, y como es obvio, aparcamos frente al motel.

Pagué un dineral por una noche. Subimos a la habitación. La habitación era amplia y lujosa, tenía mesa, dos sillas y dos sofás, pero eso no era importante; lo importante era que tenía una cama amplia y mueble bar con toda clase de bebida y que servían la cena en la habitación.

Uxía se quitó el abrigo, descolgó el teléfono, llamó a recepción, le dijo que tenían de cenar, el recepcionista le leyó la carta con el menú, ella ordenó la cena y me dijo: 

—Me voy a bañar, que huelo a cárcel.

Unos veinte minutos más tarde salió del baño, cubierta solo con una toalla. Era un verdadero bombón. Le dije: 

—¿Eres consciente de lo buena que estás?

Sonrió pícaramente. 

—Soy consciente de que hay música, y de que ya han traído la cena.

Efectivamente, sonaba música romántica y junto a la mesa había un carrito con el pato asado a la naranja con patatas, el vino, el postre, una cafetera de cristal..., con todo lo que había pedido.

Cenamos y hablamos de nuestras vidas, evitando el tema del sexo. Luego de tomar el café, se echó una copa de Johnnie Walker, se quitó la toalla, se echó sobre la cama y me dijo: 

—¿Me vas a dar sexo oral? 

—Todo el que quieras. 

—No me digas eso, que te tengo una hora sacando agua del pozo. 

—Te he dicho todo el que quieras. 

—¿Por eso no has bebido alcohol al cenar, por si te emborrachabas y después no dabas la talla?

No había bebido porque me había tomado una viagra y no era compatible con el alcohol, pero le dije: 

—Por eso mismo. 

—Desnúdate.

Me desnudé y luego le dije: 

—Ponte en pie que quiero ver el tipazo que tienes.

Salió de la cama y, con la copa en la mano izquierda, a la altura de la teta, me dijo: 

—¿Qué te parezco? 

Parecía un sueño erótico. Su cuello era largo, sus tetas firmes, su coño peludo, su cintura fina, sus caderas anchas y no tenía un gramo de pintura encima. 

—Date la vuelta.

Se dio la vuelta. Su culo firme y redondo parecía una gran manzana. 

Se volvió a poner de frente. 

—¿Qué dices? 

—Que eres la mujer más sensual que he visto. —Tú, desnudo, no estás mal. —Para mi edad, claro.

 —Claro.

Le di un morreo espectacular, más de una veintena de besos con lengua en cada pezón y más de una veintena de lamidas en las areolas y más de una treintena de mamadas en las tetas. Luego me puse en cuclillas, le eché las manos a la cintura y con la punta de la lengua le lamí el clítoris, despacito, primero y a medio gas después. Luego mojé en la boca el dedo medio de mi mano derecha y se lo fui metiendo en el culo a medida que aceleraba las lamidas. 

Uxía posó la copa sobre la mesilla de noche, me echó las manos a la cabeza moviendo la pelvis y, con la voz entrecortada, me dijo: 

—Me voy a correr.

Le follé el culo con el dedo, lamí a mil por hora y se corrió en mi boca. 

—¡Qué corrida!

Al acabar de correrse, se dejó caer sobre la cama y luego puso la cabeza sobre la almohada. Yo me eché a su lado.

Cogió la copa de whisky, la acabó y luego la dejó donde estaba. Después se echó encima de mí, me agarró las manos, me estiró los brazos hacia arriba y me dio tres picos antes de meter su lengua en mi boca y retar a la mía a un combate de esgrima, era una maestra y lo disfruté. Luego su lengua jugó con mis mamilas mientras su coño mojado aplastaba mi polla empalmada y se deslizaba sobre ella. Después me mordió una oreja y a continuación me preguntó: 

—¿Quieres mi coño en tu boca? 

—Dámelo.

Me puso el coño en la boca y yo le enterré la lengua en la vagina. Echó las manos a la cabecera de la cama y comenzó a mover el culo de detrás hacia delante y de delante hacia atrás con lentitud para disfrutar de cada roce. Luego subió y bajó el culo para follar el coño con la lengua, después me cogió las manos y me las llevó a sus tetas, unas tetas con areolas color carne y gruesos pezones que apreté con mis dedos mientras se las magreaba. 

Volvió a mover el culo de detrás hacia delante y de delante hacia atrás. 

—Saca la lengua.

Le puse la lengua plana entre los labios vaginales y comenzó a moverse más aprisa. Apreté la lengua contra su coño, ella apretó el coño contra mi lengua, se frotó a todo trapo, comenzó a gemir y, gimiendo, me dio una tremenda corrida en la boca. 

—¡Me derrito!

Luego de gozar, se echó a mi lado. Le dije: 

—Ponte boca abajo.

Se puso boca abajo, le separé las piernas, me metí entre ellas, le separé las nalgas y le lamí el ojete.

Uxía se puso a cuatro patas. Lamí desde el coño encharcado hasta el ojete, unas veinte veces, después, al lamer, metí y saqué la lengua de la vagina quince o dieciséis veces, y luego otras tantas en el ojete. 

Uxía estaba gozando y no escamoteaba gemidos. 

No pude evitarlo, le agarré las tetas, le clavé la polla en el coño y le di a mazo. No tardó en decir: 

—¡Me voy a correr, me voy a correr!

Quité la polla, la puse boca arriba, le levanté sus redondas y duras nalgas con las dos manos, le lamí el coño con lujuria y, frotando su coño contra mi lengua, se volvió a correr en mi boca, diciendo: 

—¡Me muero!

Se murió unos segundos, unos segundos en que guardó silencio mientras se retorcía de placer. Luego volvieron los gemidos. 

Seguí lamiendo, despacito. Uxía puso sus manos detrás de la cabeza y giró su cara hacia la derecha. Viendo que se había puesto cómoda, le abrí el coño con cuatro dedos (dos de cada mano) y le lamí los labios vaginales cantidad de veces; luego le follé la vagina con la punta de la lengua y después le lamí el clítoris con la puntita. 

Uxía, apoyándose con los pies en la cama, levantó el culo; era obvio lo que quería. Con la puntita de la lengua hice círculos en su ojete y  a continuación se la metí y se la saqué. Volvieron los gemidos. 

Lamiendo su coño, su clítoris y follándole los dos agujeros con la lengua, la llevé a otro orgasmo brutal. 

—¡Qué bueno eres, tío, qué bueno eres!

La dejé descansar un par de minutos. Después la puse de lado, ella puso una pierna sobre la mía y le di a romper... Poco más tarde se volvió a correr como una perra. 

—¡Me vas a secar! 

Casi me corro dentro de ella.

—¡Ostias, que me corro!

Al quitarle la polla, me dijo: 

—Córrete dentro de mi culo.

Le tomé la palabra, se la metí despacito dentro del culo y, cuando iba por la mitad, se lo llené de leche.

Al quitársela, se limpo el culo y me dijo:

—Nunca me habían follado como me has follado tú.

Le pregunté: 

—¿No quieres seguir follando? 

—No, quiero que te quedes con ganas de mí y, como paró de llover, podemos volver a  casa, así nadie desconfiará y tendremos más libertad para seguir siendo amantes.

Una semana después salió mi hijo Antonio de la cárcel. El juez que lo había condenado decretó su salida de prisión por un defecto de forma o algo así, pero el defecto de forma o algo así era que los colombianos lo habían untado con una pasta millonaria.

A Uxía la veo todos los días, y alguna insinuación me ha hecho, pero el que tiene culo tiene miedo.

Quique.

 


   
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