Ángel, un cincuentón, le había metido los cuernos a Aura, su esposa, cuando estaba embarazada de ocho meses, y Aura, al enterarse, lo había echado de su casa.
Aura tenía un hijo que se llamaba Pedro y que había tenido a los diecinueve años. No era muy alto, medía un metro setenta y poco, era moreno, delgado, de ojos azules y bien parecido.
La mujer estaba sacando leche con el sacaleches cuando llegó Pedro a la sala de estar con una borrachera de las gordas. Aura dejó de quitarse la leche.
—Te estabas ordeñando como las vacas.
—Vienes fino.
—Fino filipino, pero aún veo. Te estabas ordeñando como una vaca, mamá.
A Aura no le hizo gracia la apreciación.
—Estoy maciza, pero no tanto como para compararme con una vaca.
Pedro se sentó a su lado en el sillón de cuatro plazas.
—No, las vacas tienen una ubre y cuatro pezones; las mujeres tienen dos ubres y dos pezones. ¡Qué mal repartido está el mundo!
—Las mujeres no tenemos ubres, tenemos senos.
—Tetas.
—Pechos.
—Tetas...
—Vale, tetas, pero no son ubres.
Pedro se tapó la cara con las palmas de las manos.
—Puta.
Aura lo miró con cara de sorpresa.
—¿¡Le has llamado puta a tu madre?!
—No, se lo he llamado a Rosa; la muy puta me dejó por un senegalés.
Pedro había cambiado de conversación y su madre se olvidó de lo que estaban hablando.
—Pues parecía muy enamorada de ti.
—Parecía.
—Míralo por el lado bueno, podía ser tu mujer en vez de ser tu novia.
—No hay lado bueno. Si fuera mi mujer, tampoco podría partirle la cara al cabrón que me la quitó; el hijo de África va armado y es peligroso.
—¿Es un delincuente?
—A mí me robó la novia.
—Eso no es un delito. ¿Con qué va armado?
—Esos llevan armas de 25 centímetros de largo y 14 de diámetro, o más largas y más gruesas.
—¿Qué clases de armas son esas?
—Se llaman vergas y si te meten con una en la cara, te dejan KO, y si te meten en el culo, te dejan bizco para la vida.
A Aura se le escapó una sonrisa.
—Anda, vete a dormirla, que mañana verás las cosas de otra manera.
Pedro cogió un mes de vacaciones en el trabajo y dejó de salir de casa. Se pasaba parte del día mirando la televisión y parte de la noche masturbándose, ya que en su nariz llevaba para cama el olor a la leche de las tetas de Aura, y esto lo motivaba para darle tremendas palizas a la polla pensando en su madre.
La habitación de Aura estaba al lado de la suya; lo oía, pero no se imaginaba qué estaba pensando en ella.
Una mañana, Pedro llegó a la cocina y vio en la encimera el biberón del bebé de Aura con un poco de leche en el fondo; le quitó la tetina. Lo olió y después bebió la leche. Aura, en bata de casa, llegó a la cocina y lo pilló con la leche en la boca y el biberón en la mano.
—¿Qué haces con el biberón de tu hermano?
Pedro quería que lo tragara la cocina.
—Es que...
—Es que eres un impresentable.
—Solo quise conocer el sabor de la leche de una mujer.
—De una mujer, no, has querido conocer el sabor de la leche de tu madre. ¿Qué te pasa conmigo, Pedro?
Pedro le echó cojones a la cosa.
—Me pasa que estoy obsesionado con tus tetas.
A Aura la pilló fuera de juego.
—¡¿Qué?!
—Qué deseo mamar tus tetas, mamá.
Le cayó una tremenda hostia con la mano abierta.
—¡Repite eso si tienes cojones!
No lo repitió, le dijo otra cosa:
—Me estoy matando a pajas por tu culpa; el olor a leche me vuelve loco.
Le cayó otra hostia aún más grande.
—Con tus bofetadas no impedirás que sueñe con tu boca, que sueñe con tus tetas, que sueñe con tu coño, que sueñe que te corres en mi boca, que...
Le cayó una tercera hostia.
—¡¡Que te calles, sinvergüenza!! ¡Y vete a dar una ducha fría!
Pedro se puso en pie y fue hacia su madre, que, reculando hacia la pared, le dijo:
—¿Qué vas a hacer?
—Pegándome me has excitado.
—¿¡No te atreverás?!
Le quitó el cinturón de la bata de casa, la puso cara a la pared y le ató las manos. Aura le dijo:
—¡Me estás asustando! Para esta locura.
Pedro sacó un pañuelo del bolsillo y se lo metió en la boca. Le bajó la bata, tirando por ella de los hombros. Con una mano en su culo, la sujetó contra la pared y con la otra se quitó el cordón de un tenis y luego le ató las piernas a la altura de los tobillos; después le dio la vuelta y vio sus grandes tetas con areolas rosadas y gruesos pezones junto al vientre mojado de leche de haber tenido las tetas contra la pared. Lamiéndole el vientre. Le dijo:
—¿Vas tú sola, pasito a pasito, hasta la cama de tu habitación, o te arrastro yo por los pelos?
Aura se dio cuenta de que era mejor ir ella a que su hijo comenzara a usar la violencia, así que echó a andar, de aquella manera. No se molestó en protestar, por dos razones: una, porque no la entendería y la otra, porque aquello ya no tenía marcha atrás.
Al llegar a la habitación, se echó sobre la cama y cerró los ojos. No quería ver a su hijo abusando de ella. No vio cómo se desnudaba, solo sintió cómo se echaba a su lado, cómo le echaba las manos a las tetas, cómo las iba apretando y cómo se las iba mamando.
Le comió las tetas con lujuria; era como si estuviera hambriento. La leche le salía por la comisura de los labios y bajaba por las tetas. Suerte que tenía mucha; si no, la dejaría seca.
Luego de hartarse de leche, bajó a su coño. Mordió sus bragas blancas e hizo un pequeño corte, luego tiró y acabó rompiéndolas, aunque las tuvo que echar hacia arriba porque no fue capaz de romper la goma. Como tenía las piernas cerradas, le puso una mano sobre el monte de Venus, echó los pelos hacia atrás, con lo que atrajo el clítoris y luego lamió el glande con la punta de la lengua. Aura no quería correrse con su hijo, pero era mujer, y a una mujer cuando la llevan al límite, echa por fuera, y Aura echó por dentro y por fuera. No gimió, pero su cuerpo se convulsionó y Pedro supo que se estaba corriendo.
Al acabar de disfrutar, la puso boca abajo y le lamió sus prietas y duras nalgas; luego le lamió la raja del culo, la puso a cuatro patas y vio su coño empapado. Le lamió el coño y el ojete; le follo ambos con la lengua. Luego se la clavó en el culo, despacito y hasta el fondo, le dio al tran-tran y, al rato, las nalgas de Aura comenzaron a temblar. Pedro le dijo:
—Tu cuerpo tenía ganas acumuladas.
Se la sacó del culo, la limpió con una sábana, le echó las manos a las tetas, se la clavó en el coño y le dio duro. Cuanto más le daba, más se le mojaban las manos de leche y la polla de jugos, pero la polla aún se le mojó más cuando Aura se la bañó con una espectacular corrida.
Pedro, al acabar de correrse, se la sacó y se corrió en la entrada de su culo.
Luego de correrse, la desató, cogió su ropa y salió de la habitación escopeteado.
Pedro, luego del abuso, solo salió de su habitación para comer, cuando su madre fue al pediatra y a cenar, cuando Aura se fue para la cama. Estaba cenando cuando llegó Aura a la cocina.
—Tenemos que hablar, hijo.
Pedro parecía arrepentido.
—Lo siento, no debí abusar de ti.
—Pero abusaste, y como madre estoy preocupada por lo que has hecho conmigo...
—Fue producto del deseo.
—Un hijo no desea a su madre, ni hace que su madre lo desee a él.
Pedro no creía lo que acababa de oír.
—¿Es que tú...?
—Yo soy una mujer con necesidades.
Pedro tenía la mosca detrás de la oreja.
—Que se quiere vengar, a saber qué traes en los bolsillos de la bata.
Aura le quitó el cinturón a su bata roja y luego la dejó caer al piso.
—Vengo desarmada.
Pedro vio a su madre desnuda y creyó lo que le había dicho.
—¿Desarmada? ¡Vienes armada y bien armada!
Aura fue a su lado y le dijo:
—Mueve la silla, que me quiero quitar las ganas que tengo de ti.
Movió la silla hacia afuera. Aura fue a su lado, le puso la teta derecha en la boca, apretó la teta con su mano derecha y la leche cayó en su boca. Luego se la mamó y bebió su leche hasta que Aura le retiró esa teta y le puso la otra.
—¿Sabe mejor mi leche sin tomarla por la fuerza?
Pedro asintió con la cabeza.
Aura dejó que se hartara de leche y luego le dijo:
—Saca la polla y muéstrame cómo la meneas.
Pedro sacó la polla tiesa y comenzó a menearla. Aura lo miraba, vio cómo subía y bajaba la piel del glande y vio cómo le salía la aguadilla. Se puso tan cachonda que se arrodilló delante de su hijo, metió la polla en la boca y se la mamó con aún más lujuria de la que él le había mandado las tetas, y digo esto porque mamado gemía como si se estuviera corriendo. Quien se corrió fue Pedro. Aura se tragó su leche y luego se relamió como una gatita.
Después de tragar, puso el ojete sobre la polla y, bajando el culo, la enterró hasta el fondo, y lo besó con lengua.
—¿Es como lo imaginabas?
—Es mucho mejor.
Volvió a devorarle las tetas. Aura le dio caña. Poco después se corrió y Pedro se corrió con ella.
Al acabar de correrse, Aura se quitó la polla del culo y le dijo:
-Me voy a quitar las ganas de ti poquito a poco.
Aura recogió la bata y luego se fue a su habitación y se metió desnuda en la cama. Pedro, desnudo, entró en la habitación, se metió entre sus piernas y fue como loco hacia su coño con la lengua fuera.
—Te estaba esperando.
Aura flexionó las rodillas, se abrió de piernas y le puso el coño en bandeja.
Pedro le metió dos dedos de la mano derecha en la vagina, le puso la mano derecha en la pelvis y empujó hacia atrás. El glande salió del clítoris y se lo fue lamiendo con la punta de la lengua y despacito, al tiempo que con los dos dedos le hacía el "ven aquí".
—Estás encharcada.
—Cuando me estimulan el punto G...
—¿Qué?
—Que tengas cuidado, que me voy a correr y te puedo dejar tuerto.
—Ya no será la cosa para tanto.
—¡Me corro!
Al correrse de su coño, salió un potente chorro de jugos que fue a parar a la frente de Pedro.
Viendo cómo se convulsionaba al correrse, dijo:
—Esto sí que es correrse; lo demás son cuentos chinos.
Al acabar de gozar Aura, arrodillado entre sus piernas, la cogió por la cintura, le levantó las nalgas y le dio duro. Al rato le dijo Aura:
—No te corras dentro.
—Tranquila, sé lo que me hago.
Siguió dándole duro. Las tetas de Aura se movían alrededor, hacia arriba y hacia abajo, y soltaban gotas de leche. Aura, con los ojos cerrados, gemía sin parar.
—¡Me voy a correr otra vez!
—Córrete.
Le arreó aún más fuerte. Su pelvis dio un fuerte latigazo contra el cuerpo de Pedro. La polla salió de coño, pero no salió sola; con ella salió un potente chorro de jugos que, al haber arqueado el cuerpo, fue a parar al torso peludo de Pedro.
Luego de correrse Aura, Pedro le echó las manos a las nalgas, las levantó y le enterró la lengua dentro del coño, luego la sacó y le lamió el clítoris; después subió y mamó las gordas tetas. Con la boca llena de leche bajó al coño y le enterró la lengua en la vagina. Parte de la leche entró en el coño y parte cayó sobre la cama. Le folló el coño unas treinta veces. Después fue a por su clítoris y con la lengua y los labios le hizo una especie de mamada al glande que hizo que Aura gimiera como una loca. Poco más de un minuto tardó en correrse.
Esta vez el chorro de jugos fue a parar a la cara y al pecho de Pedro, ya que su pelvis pegó otro latigazo y su cuerpo se volvió a arquear.
Después de acabar y con el cuerpo mojado de leche, le dijo:
—Vete acabando, que tu hermano no va a tardar en despertar.
—Ponte a cuatro patas.
Se puso a cuatro patas, le echó las manos a las tetas, le dio a mazo y se acabó corriendo en la entrada de su culo.
Siguieron follando hasta que el niño cumplió los dos años.
Quique.
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