I
Mi prima Raquel había venido desde Bilbao para la fiesta del pueblo. Al llegar a casa de mis padres, se encontró conmigo y con mi hermano Juancho. Juancho era muy tímido y ni se acercó a ella. Yo le di un abrazo, cuatro besos en las mejillas y le dije:
—Aún eres más bonita que de niña.
—Y tú te has vuelto una mujer preciosa. ¿Y la tía?
—Trabajando en la huerta con su nuevo marido.
—¿Qué tal os lleváis con él?
—Él no se mete en nuestra vida y nosotros no nos metemos en la suya. Ven conmigo a poner tus cosas en mi habitación.
Raquel y yo teníamos los ojos negros, el cabello marrón y largo y ninguna de las dos usaba maquillaje. Éramos morenas, de la misma edad y casi de la misma estatura (un metro cincuenta y dos ella y un metro cincuenta y uno yo); lo que no teníamos iguales eran las tetas: ella las tenía grandes y yo las tenía medianas.
La casa de mis padres era de planta baja; solo tenía tres dormitorios, una cocina, un aseo y un comedor. Yo dormía en una habitación; mi hermano Juancho en la habitación de al lado y mis padres en la habitación del otro lado del pasillo de la casa, al final, enfrente de la cocina. Yo iba a dormir con Raquel.
Era septiembre, pasábamos el veranillo de San Miguel. Había sido un día muy caluroso y en la noche refrescó, pero poco.
Raquel se quitó la ropa, se quedó en bragas y no se puso la enagua antes de meterse en la cama. Yo me puse la enagua y me eché en el otro lado de la cama.
La luna estaba llena. En la ventana no había cortinas y en la habitación se veía casi como si fuera de día. Sentí una incomodidad como nunca antes había sentido al estar al lado de otra mujer.
Raquel, con sus manos detrás de la nuca y las piernas separadas, me dijo en bajito.
—¿Tienes novio, Eva?
—Mis padres no me dejan.
—A mí a los diecinueve años tampoco me dejaban, pero busqué uno a escondidas.
—Yo hasta los veintiuno no pienso tenerlo; no quiero jaleos con mi madre.
—Ya te deben doler los dedos de tanto darle.
Pensé que me hablaba del trabajo.
—No me duelen, estoy acostumbrada a hacer de todo.
—Cuando se rasca tanto, se acaban teniendo sueños húmedos. ¿Tú tienes muchos sueños húmedos, Eva?
—No, yo nunca me he meado en cama, pero tranquila, que dicen que le pasa a mucha gente, aunque espero que no tengas uno de esos sueños esta noche.
A Raquel le entró la risa floja.
—Un sueño húmedo es correrse en la cama mientras sueñas.
Interpreté lo que me había dicho a mi manera.
—A veces, en sueños, echo a correr porque me quieren pegar y no me van las piernas, pero no me meo de miedo.
—¿Saber lo que es correrse, Eva?
—Claro. ¿Quieres que me corra?
—Te estoy hablando de tener un orgasmo.
—Ahí ya no llego, yo de música nada de nada, ni la flauta toco.
—Veo que no sabes qué es masturbarse.
—Suena a ponerse colorada.
—Lo que te pondrías es morada. ¿Quieres ver cómo me masturbo yo?
—Si te vas a poner morada, no.
—No me puedo creer que seas tan ingenua.
—Eso sé lo que es y yo de tonta no tengo nada.
Mi prima se quitó las bragas, echó las manos a las tetas cubiertas de gotas de sudor y comenzó a amasarlas. Viendo lo que hacía, le pregunté:
—¿¡Qué haces!?
—Para masturbarme, yo empiezo por tocarme las tetas. ¿Tú no te las tocas?
Aquello era nuevo para mí, pero me gustaba porque mi coño se estaba mojando.
—Claro que me las toco cuando me lavo.
Estaba tan sudada que la enagua se me había pegado al cuerpo y mis pezones se marcaban en él.
Mi prima me pasó las yemas de dos dedos por los pezones.
—¿Y ahora qué haces?
—¿Te las tocas así?
—No, y tú no debías tocármelas.
—Te estoy enseñando a masturbarte.
—No quiero aprender a hacer cochinadas.
Raquel me agarró los pezones con dos dedos de cada mano y empezó a girarlos.
—¿Estás segura?
Me estaba gustando mucho y quise saber cómo seguía la cosa, por eso le respondí.
—No.
—¿No te sobra la enagua?
Me sobraba y me la quité.
—¿Harás lo que haga yo?
—Sí.
—¿Hay algún chico que te guste?
—Sí.
—Cierra los ojos, tócate las tetas e imagina que es él quien te las está tocando.
—La puerta está entreabierta.
—Me gusta estar en peligro de ser vista.
—Si nos ve Roque, lo que veremos es su cinturón.
—Eres una cagada.
No me gustó el comentario.
—Yo no soy ninguna cagada.
—Cagada.
—¿Cagada yo? Ahora verás.
Eché las manos a las tetas y comencé a amasarlas como las amasaba mi prima.
—Así me gusta. Yo voy a pensar que me folla mi vecino.
—¿Tu vecino es tu novio?
—No, es el padre de mi novio.
Escandalizada con la idea de que mi prima fuera así de puta, le dije:
—¡Que te la meta un viejo es una cochinada muy grande!
Raquel seguía jugando con sus pezones y con sus tetas.
—O sea, que follar sabes lo que es.
—Claro, he visto a perros montar a perras, a carneros montar a ovejas, hasta a burros montar a burras.
Raquel dejó su mano izquierda sobre la teta derecha y bajó la mano derecha al coño.
—¿Y ahora qué haces?
—Ahora voy a masturbarme.
—Creí que ya lo estábamos haciendo.
—Creíste mal; quita las bragas y haz lo que haga yo si quieres sentir un placer como nunca antes has sentido.
—No creo que sea un placer mayor que el que siento al comer chocolate.
—Puedes apostar tu culo a que sí lo es.
Bajé las bragas, eché la mano al coño y lo froté como lo estaba frotando mi prima. Sentí un gusto aún más fuerte que cuando mi prima había jugado con mis pezones. El gusto fue aumentando a medida que se me iba encharcando el coño de jugos.
Raquel, a punto de correrse, se arrodilló sobre la cama con las piernas abiertas sobre mi cabeza y el coño sobre mi boca.
—Saca la lengua.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero correme en tu boca.
Saqué la lengua. Metió y sacó dos dedos en el coño un tiempo y el resultado fue que de su coño salió un reguero de jugo cremoso que lentamente se fue haciendo río y que acabó cayendo en mi lengua. La probé y me gustó; luego, al ver cómo se retorcía mi prima, froté mi coño a todo trapo y tuve mi primer orgasmo. El placer me dejó muda, el placer y los jugos cremosos que seguían cayendo en mi boca.
Al acabar de gozar, tenía el coño empapado en jugos, el cuerpo empapado en sudor y sentía una felicidad infinita. Cogí dos revistas de Pulgarcito en el cajón de la mesilla de noche, le di una a mi prima y nos abanicamos la cara y el cuerpo.
—Fue algo maravilloso.
—Pues que te follen aún es mejor.
—¿De verdad?
—Sí, y que te laman el coño y que te hagan correr también es mejor que masturbarse.
—Eso suena a cochinada muy, muy, pero que muy gorda.
—El sexo, si no tiene cochinadas, no es un buen sexo.
Yo ya había perdido la vergüenza, así que le pregunté.
—¿Tu novio te lame el coño?
—No, me lo lame una amiga; me lame el coño y el culo después de comerme la boca y las tetas.
Sonriendo, le di un empujón y le dije:
—Mentirosa.
—No te miento, yo también le hago todo eso a ella.
Me pasó un dedo por la raja del coño, lo sacó lleno de jugos y lo chupó.
—¿Quieres que te lama el coño?
Se me estremeció el cuerpo y la verdad es que me gustaría saber qué se sentía, pero le dije:
—No.
Me miró a los labios.
—No me mires así, que no te voy a dejar que me lamas el coño.
Me dio un pico.
—¿Y que te coma la boca?
—Tampoco.
Me rozó los pezones con la yema de un dedo y me dio otro pico.
—¿Y las tetas?
Le aparté la mano.
—Estate quieta.
Me dio el tercer pico y luego me metió la lengua en la boca. Me pareció algo asqueroso.
—¿Qué acabas de hacer?
—Darte un beso con lengua.
—¿¡Así dais los besos en Bilbao?!
—Al ir a follar, sí.
Vi la cabeza de mi hermano en la puerta y sentí lo que era el morbo por primera vez.
—No vamos a follar.
Raquel tiró la revista y me volvió a besar con lengua.
—Relájate y lo disfrutarás mucho más.
Me besó durante más de cinco minutos. Luego me manoseó las tetas, besó, lamió y chupó los pezones y las areolas.
—¿Te gusta lo que te hago?
—Sí, me gusta mucho.
Volví a ver a mi hermano; esta vez se había asomado un poco más y pude ver cómo se pelaba la polla.
—¿Quieres que te coma el coño o que te masturbe?
Ya no fui yo, fue la guarra lujuriosa que llevaba dentro la que le respondió:
—Cómemelo.
Raquel se metió entre mis piernas y me lamió el coño de abajo a arriba con firmeza. Aquella sensación era maravillosa. Tardé menos de un minuto en explotar. Al correrme en su boca, volví a sacudirme sobre la cama.
—Goza, bonita, goza.
Al terminar de sacudirme, y sudando como una cerda, le dije a mi prima:
—Ahora querrás que te eche un polvo yo a ti.
Raquel, tan sudada como yo, cogió la revista y, dándose aire, me dijo:
—Voy a estar aquí diez días; tiempo habrá para que me devuelvas el favor.
—Tienes razón, esta noche hace mucho calor.
—Hay una cosa que te quiero preguntar.
—Pregunta,
— ¿Tu hermano tiene novia?
No pude evitar reírme.
—Mi hermano aún es virgen; le tiene pánico a las mujeres.
—No se nota.
—¿Por qué no se nota?
—Porque nos ha estado espiando.
Como si no lo supiera, le dije:
—¡No me digas!
—Sí te digo.
—¿Por qué lo haría?
—Para hacerse una paja, seguro que en el piso junto a la puerta hay leche.
Abanicándome, le pregunté:
—¿Tú has visto salir leche de una polla?
—No solo la he visto, también me la he tragado.
—¿A qué sabe?
Vi cómo mi prima se volvía a tocar y, abanicándome, también me toqué.
—Sabe mal, al principio, pero es como la cerveza: sabe mal al principio y luego te acaba gustando.
—¿Chupaste muchas pollas?
—Dos. ¿Le chuparías la polla a tu hermano?
—No, pero...
—Pero, ¿qué?
—Pero me gustaría ver cómo se la chupas tú.
—Solo se la chuparía si también se la chupas tú.
Yo ya estaba a punto.
—Me va a venir el gusto.
Raquel metió la cabeza entre mis piernas, me lamió el coño y luego me chupó la pepita.
—¿¡Qué me haces?!
—Te chupo el clítoris.
—¡Chupa, chupa, chupa!
Siguió chupando y me volví a correr en su boca.
Luego me puso el coño en la boca y me dijo:
—Saca la lengua y métela dentro de mi coño.
La saqué, frotó el coño contra mi lengua y al ratito, me tragué su corrida.
II
Juancho iba andando por un camino; detrás de él iba la cerda de mis padres, una cerda de más de ciento sesenta kilos. Detrás de la cerda íbamos Raquel y yo. Me dijo mi prima:
—La cerda se comporta como si fuera un perro.
—Sí, y es más dócil.
—¿Lleváis a la bicha todos los días al robledal?
—Se llama Matilde, y la llevaremos al robledal mientras haya bellotas.
Llegamos al robledal; la cerda fue a lo suyo, y nosotros nos sentamos en la hierba.
Al llegar, todos los pájaros habían dejado de trinar, pero nada más sentarnos volvieron con sus serenatas.
Juancho, que era moreno, de ojos castaños, cabello del mismo color, y que era unos diez centímetros más alto que nosotras, sentado a mi lado, encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás. Raquel le dijo:
—Desde que llegué no abres la boca más que para respirar; cuando éramos niños, no te callabas ni debajo del agua. ¿Qué te pasa conmigo?
—Nada.
—¿Tienes alguna tara?
—No.
—Pues pareces tonto.
—Tú y mi hermana también me parecíais tontas y sois unas viciosas de cuidado.
—¿Por qué dices eso?
—Porque anoche echasteis un buen polvo.
A Raquel le sorprendió la sinceridad de mi hermano.
—Vaya, había un mirón escondido en ti. ¿Le quitamos las ganas de volver a mirar a Eva?
—Dime cómo.
—Humillándolo.
—¿Cómo?
—Salándole la polla.
Juancho se incorporó, pero ya era tarde. Mi prima y yo nos habíamos echado encima de él. Raquel le bajó la bragueta, le sacó la polla y se la frotó con hierba que había arrancado con su mano derecha.
—A ver si así aprendes a no insultar.
La polla se le puso tiesa. Era una polla de unos catorce centímetros de largo por dpce o trece de circunferencia, a mí me pareció enorme.
—¡Vaya ciruelo tiene!
—Tiene un buen puto, tiene.
Juancho estaba más rojo que la cabeza de su polla. Le dije a Raquel:
—Chúàsela.
—Empieza tú.
—Es mi hermano...
—Si no se la mamamos juntas, no lo hago.
—Pues yo a mi hermano no se la chupo.
Juancho quería acción.
—Ella es tu prima y dejaste que te chupara el coño.
—¡¿Me estás pidiendo que te la chupe?!
—Debe ser una gozada que se la mamen a uno dos mujeres.
—Si a ti nunca te la mamó nadie.
—Por eso, por eso.
A Raquel se le estaba acabando la paciencia.
—¿Se la mamamos o no, Eva? Si no se la mamamos, me voy.
Aun sabiendo que no debía meterme en aquel lío, me metí.
—Te voy a ayudar, pero poco.
Raquel empuñó la polla por debajo de la coronilla, la movió de abajo arriba, le lamió el glande, después se lo chupó y a continuación me lo ofreció.
Con cara de grima, lamí el glande y luego lo chupé mientras la mano de Raquel bajaba y subía por el tronco. Al rato, Juancho soltó un chorro de leche que me dio en el paladar. Saqué la polla de la boca y vi cómo salía leche de lo que ahora sé que es el meato, y luego, mientras paladeaba la leche que había caído en su boca, vi cómo bajaba por la polla y cómo se paraba en la mano de Raquel, que seguía empuñándola. Raquel me preguntó:
—¿A qué te supo la leche?
—A suero, pero excita una barbaridad ver cómo sale de la polla.
Limpiando en la hierba la leche de su mano, me preguntó:
—¿Lo follamos?
—Fóllalo tú, yo miro.
—O lo follamos las dos o no lo folla ninguna.
—Es que su ciruelo me reventaría el coño, y además yo no puedo follar con él, es mi hermano.
Juancho no quería que le jodiera el polvo.
—¡Y vuelve la burra al trigo! Me la acabas de mamar, Eva. ¿Qué diferencia hay?
—Qué mamar, te la mamé un poquito, y follar, no creo que me follaras un poquito; además, me ibas a romper el coño, por no decir que podría quedar preñada.
Juancho sacó del bolsillo derecho del pantalón una cajita, al verla, le pregunté:
—¿Y eso qué tiene dentro?
—Condones.
—¿Y qué dones son esos?
—Los de no dejarte preñada.
—Y voy yo y te creo.
Mi prima me dijo:
—¿Puedes creerlo? Es cierto lo que te ha dicho.
Entonces recordé que mi hermano esa mañana se había levantado muy temprano.
—¡¿A por eso fuiste a las ocho de la mañana al mercado?!
—Os oí hablar y pensé que los podría necesitar.
Raquel seguía en sus trece.
—Y los vas a necesitar, si tu hermana cambia de opinión.
Juancho se incorporó, abrió la cajita y, mientras se ponía un condón, le dijo a Raquel:
—Si no cambia de opinión, la hacemos cambiar.
—¿Qué sugieres?
Se echó encima de mí y me sujetó las manos.
—Darle un empujón.
Me imaginé lo que venía a continuación.
—¡No te atrevas a hacerme daño!
—Quítale las bragas, Raquel.
Raquel me quitó las bragas y luego me separó las piernas. Juancho me metió la punta de la polla y grité:
—¡Bestia!
Raquel dejó mis piernas, me tapó la boca con su mano derecha y me dijo:
—Te acabará gustando.
Ya me estaba gustando, pues la polla me había entrado muy apretada en el coño, pero sin romper nada, y se deslizaba dentro de él haciendo hueco. Juancho me la había metido despacito y luego también me folló despacito. Al rato, Raquel me dijo:
—Enseguida te comenzará a gustar un poquito, luego te gustará más y más...
Llegaba tarde. Ya no me podía gustar más, puesto que comencé a correrme entre fuertes espasmos, y lo hice al sentir cómo mi hermano se corría dentro de mí.
Raquel me quitó la mano de la boca y me besó con lengua.
Al acabar de correrme y luego de quitarme mi hermano la polla del coño, le dije:
—Eres un cabrón. Nunca imaginé que serías tú quien me desvirgara, y menos que la atravesada de la prima te ayudara a hacerlo.
Mi hermano se calló, pero Raquel me dijo:
—El fin justifica los medios.
Raquel se levantó la camiseta para quitarla; Juancho le dijo:
—No te despelotes, que aquí hay hormigas y te pueden picar.
Raquel se quitó la blusa.
—Más de lo que me pica el coño no me van a picar las hormigas.
Juancho se quitó el condón y lço tiró a un lado.
—Que no se diga que las hormigas me asustan.
Se desnudó. Puso su ropa y la de la prima de modo que parecía una alfombra. Raquel se echó sobre ella y le dijo a mi hermano:
—Empieza comiéndome la boca y besando, y lamiendo y chupando donde te diga.
Juancho fue a por ella como si fuera un pastelito, y le comió la boca. Raquel me miró y me dijo:
—¿Por qué no le ayudas?
Enfurruñada, le dije:
—Después de lo que me has hecho, yo a ti no te toco ni con un palo.
—Lo que he hecho es abrirte los ojos.
—El coño es lo que se me abrió.
—Venga, bonita, no seas mala, tengo ganas de volver a saborear tu boquita de fresa.
Juancho quería que siguiera la acción.
—Si no quiere, que se vaya. Tendrá miedo a no estar a la altura de la situación.
Me piqué, además de ingenua, en aquellos tiempos era tonta.
—¿¡Miedo yo?! A ver quién no está a la altura de la situación.
Mi lengua y la de Juancho entraron en la boca de Raquel, por separado y juntas. Al entrar juntas, se rozaban y nos acabábamos morreando. Besamos, lamimos y chupamos su cuello y sus orejas. Después Raquel nos señaló las tetas, unas tetas grandes que caían hacia los lados y que tenían grandes areolas oscuras y gruesos pezones.
—Me gusta que las lamidas y los magreos sean suaves y las mamadas poco profundas.
Le dimos un repaso que la dejamos ardiendo, y la dejamos ardiendo porque estábamos a la competencia para ver quién lo hacía mejor, y porque juntábamos las tetas, y al lamer los pezones y areolas se rozaban nuestras lenguas de nuevo. Raquel volvió a ver cómo nos morreábamos, flexionó las rodillas, se abrió de piernas y nos preguntó:
—¿Quién me la quiere comer?
Le debía una.
—Yo, que este no sabe.
Me arrodillé entre sus piernas. Raquel le dijo a mi hermano:
—Tú dame la polla a mamar, Juancho.
Con la polla en la boca y la lengua en su coño, echó las manos a las tetas y comenzó a magrearlas.
Le lamí el coño como me lo había lamido mi prima a mí, de abajo arriba y con firmeza. Le chupé el clítoris... Raquel sacó la polla de la boca y me dijo:
—Mete y saca la lengua de mi coño como si fuera una polla y cada vez que la saques, lame mi pepita antes de volver a meterla.
Hice lo que le había dicho, y poco después, Raquel dijo:
—¡Me corro!
Se corrió y sentí cómo sus jugos cremosos salían por los lados de mi lengua. Le saqué la lengua del coño y lo lamí para aprovecharlos; mientras, Juancho le llenaba la boca de leche, leche que se tragó.
Al acabar de correrse, se puso a cuatro patas y dijo:
—Cómeme el culo, Juancho.
Salté como una gata.
—¡Que te lo coma tu novio!
—¿¡Por qué has dicho eso, Eva!?
—Por tratar a mi hermano como si fuera un cerdo.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—Porque no le preguntaste si querría comerte el culo, se lo ordenaste.
—Yo solo quería que me lo humedeciera para que luego me la metiera en el culo. ¿Quieres que te lo coma yo a ti?
—No.
Juancho se echó boca arriba con la polla morcillona y, meneándola, le dijo:
—Yo como lo que me deis.
Raquel me miró y luego me preguntó:
—¿Le damos para que nos dé?
—No debía, pero qué coño, estamos en fiestas.
Raquel se sentó en su cara, le pasó el ojete por la nariz para que oliera su culo, luego separó las nalgas y se lo puso en la boca.
—Lame y folla mi ojete.
Mientras Juancho lamía y follaba su ojete, yo le mamé y le meneé la polla. Estaba tan cachonda que subí encima de él, metí la polla dentro de mi vagina, le eché las manos a las tetas a mi prima y, amasándolas, metí la polla sin condón. Aquello era otro nivel. Empecé a follarlo, y no creo que llegara a meter y a sacar la polla ocho veces, cuando me vino el gusto, un gusto tan grande que me dejó sin habla, y con el que por poco dejo sin tetas a mi prima, pues se las apreté con una fuerza brutal.
Al terminar de gozar, me quité de encima y me senté en la hierba. Vi cómo Raquel ponía su culo sobre la cabeza de la polla, polla que estaba engrasada con mi corrida. Le entró en el culo como entraría un supositorio, o sea, suavemente. Mi hermano tembló y gimió. Se estaba corriendo. Mi prima le dijo: —Lléname el culo de leche, así quedará bien engrasado.
Raquel dejó que se corriera y después lo siguió follando. Yo, viendo aquello, me puse perra de nuevo. Me quité la ropa para no desentonar más, y luego, encarando a mi prima, le puse el coño en la baca a mi hermano. Raquel me dijo:
—Ahí te quería ver.
Me echó las manos a las tetas y me las amasó, al tiempo que follaba a mi hermano con su culo. Juancho me estaba comiendo el coño y de paso me lamía y follaba el culo. Le dije a mi prima:
—Somos unas guarras.
—No te digo yo que no.
Pasado un tiempo, Raquel dejó de follar a mi hermano. Me miró. Vi cómo se le cerraban los ojos de golpe y cómo se sacudía su cuerpo. Al abrir los ojos, los tenía en blanco y estaba babeando. Con la lengua de mi hermano dentro de mi culo, me corrí en su cara y él le volvió a llenar el culo de leche a Raquel.
Luego de gozar, oímos una traca de bombas y después el sonido de unas gaitas; les dije:
—Hora de volver para casa.
Mi hermano me dijo:
—A ver si Matilde quiere volver.
La cerda no quería volver a casa, pero al ver que nos íbamos, siguió a Juancho.
III
En la verbena bailé con quien me llamó a bailar, pero quien me puso cachonda fue Manolo el Pedrolo, un muchacho de mi edad que le gustaba a todas porque era alto, delgado, guapo y de pelo rizado. Me puso cachonda porque la canción que tocaba la orquesta era lenta, y como bailamos el apretado, sentí su polla empalmada en mi ombligo.
Mi padrastro estaba bailando el mismo baile con mi prima y a mi madre no le hacía ninguna gracia, ya que tenía una cara de mula que tiraba para atrás. Esto hizo que mi padrastro, al acabar de bailar, se fuera a tomar algo a la taberna.
En el siguiente baile, mi prima bailó con mi hermano, y yo, sin decir nada a nadie, me fui a casa a hacer lo que me había enseñado mi prima. Lo quise hacer en la cocina por si llegaba alguien, poder subirme las bragas. Al pasar por delante de la habitación de mis padres, sentí algo así como un frotamiento, como la puerta estaba entornada, miré y vi a mi padrastro echado sobre la cama; tenía la polla en la mano y se estaba haciendo una paja. Una mano se me fue a una teta y la otra al coño, por encima del vestido. Sin hacer ruido me fui a la cocina. Tenía que acabar rápido. Me bajé las bragas hasta los tobillos, me subí el vestido, me abrí de piernas y comencé a tocarme el coño y las tetas. A mi mente vino el Pedrolo y luego mi padrastro dándole una paliza a su pepinpo. A mi lado, junto al fregadero, y en la bandeja de secar, vi el rodillo de amasar, uno de esos rodillos que tenían dos extremos largos y delgados, que era por donde se cogía para amasar. Lo cogí y lamí uno de los extremos. No me dio tiempo a más. Vi a Roque. Venía hacia mí, vestido y con el cinturón en la mano. Su cara era de verdugo.
—¿Quién te enseñó a hacer eso?
Le respondí:
—¡A ti qué te importa! Y baja eso, que no me asustas.
Levantó el cinto y echó la mano al bulto del pantalón.
—¡Escoge, el de arriba o el de abajo!
No me acobardó.
—No te pases, Roque.
Me miró con cara de pocos amigos.
—¡Escoge!
Con las bragas en mis tobillos y el rodillo en la mano, lo reté.
—¡Tócame si tienes cojones!
Me giró, me puso una mano en la espalda, me levantó el vestido y me dio en las dos nalgas al mismo tiempo.
—¡Zaaaaaas, zaaaaaas, zaaaaas, zaaaaaas!
—¿Más cinturón o polla?
El cinturón me dejó las nalgas en carne viva y los ojos llorosos, pero no sé qué me pasó, que con el dolor que sentí casi me corro. Le dije:
—Prefiero el cinturón, cabrón.
—¡Zasssss, zaaaaas, zaaasaas, zaaaas!
—¡Me estás haciendo mucho daño, desgraciado!
-¡Zaaaaas, zaaaas!
Meé por mí y luego me corrí como una cerda.
—¿Te estás corriendo, guarra?
Le mentí.
—No, pero no me des más. Tú ganas.
—Arrodíllate y bájame los pantalones y el calzoncillo.
Me puse de rodillas, le bajé los pantalones y los calzoncillos y su polla tiesa quedó enfrente de mi boca. Era una polla más gruesa y más larga que la de mi hermano.
—¿Qué quieres que haga?
—Lame la cabeza de la polla, lámela por los lados y después chúpala.
Lamí la cabeza de su polla y la lamí por los lados.
—Lame y chupa los huevos.
Lamí y chupé sus huevos y luego se la chupé metiéndola en la boca hasta donde podía meterla. .
Al rato me cogió por las axilas y me puso en pie.
—Levanta el vestido.
Levanté el vestido. Roque se puso en cuclillas y lamió mi coño.
—¡Qué cosita más rica!
Su lengua jugó con mi coño, entrando y saliendo, lamiendo y chupando, al tiempo que uno de sus dedos entraba y salía de mi culo, y en muy poco tiempo acabé dándole una larga corrida en la boca.
Aún me temblaban las piernas cuando me puso mirando al fregadero, me levantó el vestido y, sujetándolo para que no se bajara, me lamió las nalgas, doloridas, me lamió la raja del culo y después me dio tal ración de lengua en el ojete que me hizo gemir de gusto.
Cuando dejó de lamer, pensé que me la iba a meter en el culo para castigarme, y pensé bien.
La polla entró en mi culo tan apretada, que parecía que me lo iba a romper. Me dolía mucho y volvía a llorar. Roque siguió metiendo hasta llegar al fondo. El dolor me excitaba tanto que casi me vuelvo a correr. Odiaba aquel polvo y al mismo tiempo me gustaba... Le fui cogiendo más y más gusto a la cosa, y cuando me frotó la pepita con tres dedos, me corrí como una perra.
Mi padre quiso gozar más de mi. Me desnudó y se desnudó. Luego me besó con lengua, lamió y besó mis pezones y mis areolas. Le dio un tremendo repaso a mis tetas. Después me puso encima de la mesa, me tiró hacia atrás y, echando sus manos a mis tetas, me la clavó en el coño. Me dio lento, rápido, lento... Cuando vio que me iba a correr, la sacó, me la mamó y me corrí en su boca. Luego la volvió a meter, me volvió a follar como antes y, como antes, al ver que me iba a correr, me volvió a comer el coño y me corrí en su boca.
Al acabar de correrme, me puso en pie, me besó y luego me echó las manos a los hombros. Pensé que quería que se la volviera a chupar, pero esta vez estaba equivocada. Se echó sobre el frío piso de la cocina y me arrastró con él. Luego agarró la polla, me la puso en la entrada del coño.
—Métela, fóllame, y cuando te vayas a correr, ponme el coño en la boca.
—Eres un cochino.
—Y me gusta serlo.
Podía dejarlo compuesto y sin coño, coger mi ropa e irme de allí, ya que no me estaba sujetando, pero me gustaba que me comiera el coño, así que bajé el culo, enterré la polla en él y comencé a moverme lentamente para que la polla entrara y saliera de mi coño. Roque tiró de mí y, al tener cerca de su boca mis tetas, me las mamó. Moví el culo más a prisa, más, más y más, y cuando sentí que me venía el gusto, le puse el coño en la boca. Sentí su lengua entrar en mi coño y comencé a mear por mí, o lo que es lo mismo, le llené la boca de orina, la boca, la cara, el cuello y el piso de la cocina. No me quitó la lengua del coño y acabé dándole una tremenda corrida en la boca.
Luego me puso a cuatro patas, me agarró las tetas. Me la clavó de un trallazo, y después me folló a toda hostia. En menos de un minuto me volví a correr. Corriéndome, mi coño bañó su polla; polla que mantuvo dentro hasta que mi coño dejó de contraerse. En ese momento la sacó y me preguntó:
—¿Dónde quieres mi leche?
Aunque no debía, le dije;
—En la boca.
Me la metió en la boca cubierta de jugos, se la mamé y en nada me llenó la boca de leche.
Luego de tragarme la leche, le dije:
—Si se entera mi madre de lo que hemos hecho, nos mata.
Comenzamos a vestirnos.
—¿Se lo vas a decir tú?
—No.
—¿Querrás repetir?
—No, y no me vuelvas a buscar.
No me volvió a buscar, pero lo busqué yo a él, a él y a mi hermano, luego de que Raquel regresara a Bilbao.
Quique.
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