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Primos y amantes, de excursión.

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pern
 pern
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Iniciador del debate   [#2085]

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                                  Salía con mi prima, al principio todo era muy inocente. Con sus diez y ocho años era muy joven y a la vez muy madura. Pero cada vez que nos besamos saltaban chispas. Nos conocíamos de todas la vida pero una noche en los billares encontramos unas conexión especial. Su amiga y mi amigo nunca llegaron a nada, pero nosotros terminamos liados. 

 

 

                                 Rubia natural del color de un campo de trigo antes de ser segado, con una melena que le llegaba a su precioso culo firme y duro. Sus ojos azules son como el cielo de una mañana de verano. 

 

 

                                 La carita dulce, la nariz respingona, labios sensuales, los pechos grandes con la rosada areola enorme, el vientre plano y las caderas anchas que me hipnotizan tal y como las mueve. Los muslos duros que estaba deseando tener alrededor de mi cuerpo. 

 

 

                                  Hasta entonces sólo nos habíamos besado, cada vez con más ansia, más lascivos. El ser primos le daba un morbo especial a esos besos. Había conseguido amasar y agarrar sus podersosos pechos. Y cada vez que conseguía apoyar las palmas de las manos en sus nalgas desearía no volver a quitarlas de allí nunca. Pero nos ocultábamos de nuestros padres.

 

 

                                  El sábado siguiente a su décimo octavo cumpleaños decidimos pasar el día fuera. Quería darle una experiencia, un buen regalo de mi parte. No teníamos mucho dinero pero yo podía disponer del coche de mis padres. Decidimos visitar otra ciudad cercana llena de monumentos y museos para celebrarlo. 

 

 

                                 Aunque el único monumento en el que pensaba era en el que iba a recoger al portal de mis tíos. Casi temblaba de anticipación. A duras penas podía contener las ganas de tenerla entre mis brazos.

 

 

                                Durante el camino de ida jugaba con la textura de su vaquero con las uñas. Sentada a mi lado en el coche podía alcanzar su muslo. Ella me lo ponía fácil acercando la pierna a la palanca del cambio. Deslizaba mi mano por sus muslos cuando la tenia libre en la recta carretera.

 

 

                              Conseguí dejar el coche en un aparcamiento cercano a la plaza Mayor. Y sin hacerle ni un rozón. Pasamos un día maravilloso, nos besábamos en cada esquina recorriendo las calles de esa ciudad universitaria. Entre monumento y monumento podía agarrar las monumentales nalgas y amasarlas a placer. 

 

 

                               Lamia su cuello delicado mientras la tenía abrazada. O si descansábamos en un banco enseguida se sentaba sobre mis muslos. Nos mirábamos a los ojos mientras tenía agarrado su poderoso pandero. Incluso alguna vez conseguía amasar sus tetas apenas ocultas por su camiseta con mis manos. 

 

 

                           Ella tampoco es manca. Sus besos lascivos buscaban mi lengua. Sus manos acariciaban mi torso. Pegaba su cuerpo voluptuoso al mío haciéndome pensar que ella también me deseaba. Al menos tanto como yo a ella. 

 

 

- Me estás poniendo muy cachondo. Prima.

 

 

- Nos estamos poniendo muy calientes el uno al otro. Cariño. Y me encanta sentirme así con mi querido primo.

 

 

                         El día fue divertido entre caricias y carantoñas. Pero los dos queríamos más. Estábamos deseando volver al coche y no tener público para nuestras atenciones mutuas. 

 

 

                      Todavía no sé cómo salí de la ciudad. Ni siquiera había GPS o autovías en esa época. Era ella la que ahora apoyaba la mano en mi rodilla. Despacio pero sin parar subía por mi muslo. Se acercaba peligrosamente a la ya para entonces una muy dura polla. 

 

 

- Tendremos que parar a hacer un descanso. O me va a dar algo. 

 

 

- Hazlo. Algún camino entre árboles encontraremos.

 

 

                         Me estaba poniendo muy nervioso. Y no era cuestión de darnos un trompazo con un coche que ni siquiera era mío. Así que en la primera salida que vi hacia un pinar tomé un camino forestal. Escondiendo el coche entre los arbustos. 

 

 

                          Me incliné hacia ella nada más soltar el cinturón de seguridad. Me esperaba ansiosa con sus labios de fresa entreabiertos. Su lengua recibió la mía en un juego lascivo. Mi mano fue directa a amasar sus tetazas. 

 

 

- Si primo. Son tuyas. No sabes los dedos que he hecho pensando en estar asi contigo.

 

 

                        Los preliminares con ella siempre eran lascivos, osea lo único que habíamos hecho. Pero esta vez no nos íbamos a quedar solo con eso. Al fin y al cabo tenía una caja de condones sin empezar en la guantera. Menos mal que tuve la precaución de meter un par en el bolsillo del vaquero antes de bajar del coche. 

 

 

                        Deslicé la mano por debajo de la tela de su camiseta. Por fin pude alcanzar sus tetas. El sujetador era fino y podía amasar toda esa carne a placer. Pero quería tocar su piel, sus pezones. Así que lleve una mano a su espalda para soltar el broche. Durante un rato explorando por allí no conseguí nada. 

 

 

- El cierre esta delante, cariño. 

 

 

- ¿En serio?. 

 

 

                               Qué le vamos a hacer. Torpe que era uno, y no es que haya mejorado mucho por supuesto. Por fin las tenia delante de mí, sus dos preciosas tetazas al descubierto. Ella misma terminó de quitarse la camiseta y el sostén. Y lo hizo a toda prisa. 

 

 

- Qué maravilla. Son preciosas. Prima.

 

 

- Pues hazles unos mimitos. Lo están deseando. 

 

 

                     Así que le dediqué un buen rato a acariciarlas, besarlas y chupar de esos gordos pezones que me encantan. Me alucina amasar sus pechos, me tiraría horas haciéndolo. Y en cuanto puedo vuelvo a hacerlo. Ella gemía, le gusta tanto que lo haga como a mí hacerlo. Acariciaba mi cabello apretando mi cara contra sus melones. No quería que me apartara. Pero también llegué a sus axilas y en esa época no se las depilaba. No me importaba su suave vello rubio. Se las lamía y chupaba.

 

 

- Mejor bajamos del coche. Esto es demasiado estrecho. 

 

 

                        Sus jadeos debían estar espantando a cualquier ejemplar de la fauna local que estuviera cerca. Nos bajamos con prisa. En el maletero siempre tenía una manta vieja para las meriendas en el campo o estas otras ocasiones. La extendí sube la hierba al lado del vehículo. 

 

 

                     Ella miraba todo mi pecho desnudo, fuerte y masculino. Me había sacado la camisa al bajar del coche. La noche era muy calurosa. Y nosotros estábamos muy cachondos. Así que no se iba a conformar con lo que habíamos hecho hasta entonces. En un momento me vi con los pantalones por las rodillas. Empezó a acariciarme la polla por encima del pantalón. Notaba lo dura que estaba. Eso sin dejar de lamer mi pecho y chupar mis pezones. 

 

 

- Nena, si sigues haciendo eso me voy a correr. 

 

 

- Pues entonces empieza a hacerlo tú. Cómeme las tetas, primito. Y sigue más abajo que te toca. 

 

 

                   Mientras seguía chupando sus pezones empecé a abrir el vaquero. Salvando su poderosa cadera lo bajaba por los muslos. En aquel entonces los tangas no eran una prenda de uso corriente, ni la depilación por cierto. Aunque la braguita no era muy grande. Deslicé los dedos por el vientre dentro de la prenda. Cierto que tuve que apartar la pelambrera rubia para llegar al clítoris. Si antes había gemido ahora sus jadeos tuvieron que espantar la fauna de kilómetros a la redonda. 

 

 

- Sí nene. Pero no te vas a librar de comerlo. 

 

 

- Y quién dice que quiera. Date la vuelta y apóyate en el coche. Te voy a desnudar entera cariño. 

 

 

- Me quitaría hasta los pendientes. Si no lo haces tú lo haría yo. Pero a tí también te sobra. ropa. 

 

 

                            Sinceramente esperaba que ningún paisano pasara entre esos árboles a esas horas pero estaba tan cachondo que no podría parar. Así que bajé la braguita y le saqué todo lo que le quedaba por los pies. Ella estaba tan ansiosa cómo yo pero no dejé que se moviera. Me arrodillé tras ella y separé sus portentosas nalgas con las manos. 

 

 

                           Impaciente. Se inclinó hacia atrás hasta que clavó el culo en mi cara, o viceversa. El caso es que de inmediato empecé a pasar la legua por tan delicioso manjar. Del clítoris a la espalda no dejé de buscar sus orgasmos, de hacerla jadear y disfrutar. 

 

 

- Eres un cabrón. Sabes que me derrito cuando me comes el culo y el xoxo.

 

 

- Esa es la idea primita. Tienes que correrte antes que yo. Debes estar muy cachonda. 

 

 

- Como una perra. Quiero tu polla, cielo. 

 

 

                             Se giró y me empujó hasta que apoyé el culo en la puerta del vehículo. Ella misma me libró de los vaqueros y el bóxer. Ya estábamos los dos en bolas entre árboles y bajo las estrellas. Nunca habíamos podido hacer un sesenta y nueve. 

 

 

- Si me dejas tumbarme lo haremos los dos a la vez. 

 

 

- Vale, pero solo porque esa lengua hace maravillas en el potorro. 

 

 

                              Aunque tuviéramos que escupir algún pelo de vez en cuando nos estuvimos dando lengua durante un buen rato. Aunque desde luego los dos queríamos más. Se bajó de encima de mí y se arrodilló a mi lado. Sí que lo tenía claro. 

 

 

- Vamos primito hora de que me desvirgues. No puedo estar más cachonda y aunque me encanta el sabor de tu semen hoy no quiero que te corras en mi boca. 

 

 

                           No me quedaba otra que obedecer. Pero en cuanto me vio sacar el condón del bolsillo fue ella la que me lo puso. Se puso de pie con mi cuerpo en medio de sus piernas. En ese momento solo deseaba que se hiciera de día para poder verla entera. Poco a poco fue bajando, doblando las rodillas hasta que los labios de la vulva tocaron mi glande. 

 

 

- Nena, te vas a desvirgar tu sola. 

 

 

- Es que no puedo esperar más. 

 

 

                          Con el último empujón se clavó mi polla hasta los huevos. Nunca he llegado a saber si el grito que soltó en ese momento fue de placer o de dolor. Pero se quedó un rato quieta sintiendo mi polla en su interior. Apoyó las manos en mi pecho y me pellizcó los pezones. Vale, había sido de dolor. No aguantó mucho quieta. Enseguida empezó a mover la cadera. 

 

 

- Primo, me encanta cuando me chupas el clítoris y todo el coño. Pero esto es todavía mejor. 

 

 

- ¿Ya no te duele?.

 

 

- Fue solo un momento. Tranquilo. 

 

 

- Pues tú eres la que manda ahora estás arriba. 

 

 

                         Apoyada en mi pecho empezó a mover la cadera cada vez más deprisa. Por algo le encanta bailar salsa y merengue. Yo tampoco tenía las manos quietas. No dejaba de amasar sus tetazas o intentaba llegar entre sus muslos al clítoris con un dedo. No es que me las dé de aguantar horas con la polla dura pero lo suficiente como para que ella volviera a correrse antes de hacerlo yo sí. 

 

 

- ¡Me corro! Cielo, te quiero. 

 

 

- Mi amor. 

 

 

                       Al fin dejé mi lefada dentro de la parte interior del condón. Se levantó lo justo cómo para tumbarnos juntos sobre la manta. Abrazada a mi pecho y besándonos de nuevo. Llevó la mano a mí polla y tiró del preservativo. Por fuera había algo de sangre, por suerte no mucha, y sus jugos. 

 

 

- Creo que me voy a quedar con eso como recuerdo. 

 

 

- Eres una pervertida. 

 

 

- Y tú un guarro. Mira que desvirgar a tu inocente primita. 

 

 

- Ya estoy viendo lo inocente que eres. Pero que no te lo pille mi tío que nos mata a los dos. 

 

 

- ¿Quién te dice que lo vaya a guardar en casa?.

 

 

- Vale, vale, no me digas más. 

 

 

- Tendríamos que limpiarnos un poco, vestirnos y seguir viaje. 

 

 

                              Lógicamente para eso nos lo íbamos a tomar con calma. El uno a la otra para aprovechar las últimas caricias de la noche. Y así poder darle un besito en el clítoris antes de subir sus bragas. O un cariñoso apretón a mis huevos bien exprimidos con el calzoncillo subiendo por los muslos. 

 

 

- La próxima vez te hago una cubana. 

 

 

                              Me decía mientras yo intentaba con poco éxito y menos ganas acomodar sus mamas dentro del sujetador que de pronto parecía haber encogido. De todas formas conseguimos recomponernos a tiempo de dejarla en su casa antes de correr el riesgo de una bronca de mi tío. 

 

 

 

 

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Larga y próspera vida


   
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