Mi tía Nieves tenía cogida a una vecina por los pelos de la cabeza y por los pelos del coño y tiraba con ganas; María, la vecina, la tenía a ella agarrada por los mismos sitios y también tiraba con ganas. Había hombres, mujeres, niñas, niños, perros y gatos; miraban cómo se revolcaban por la tierra y nadie, ni persona ni animal, hacía nada por detener la pelea; estaban más interesados en saber quién la ganaba.
No voy a decir las cosas que se llamaban porque eran muy fuertes. Como fuerte fue ver a mi tía Nieves soltarle los pelos de la cabeza, coger una piedra grande y levantar la mano para abrirle la cabeza. Le cogí la piedra, se la quité y las separé. Despeinadas, se tiraban patadas y se seguían insultando.
Al final, María se fue cuesta abajo hacia su casa, mi tía y yo nos fuimos cuesta arriba hacia las nuestras y los mirones se fueron de allí. Furiosa, y con cara de loca, me preguntó:
—¿Por qué coño me quitaste la piedra de la mano?
—Porque acabaría en la cárcel como su marido, y puede que se pasara la vida allí si la mata.
—No iba a matarla. —Pero le podía haber dado un mal golpe.
—No, se lo iba a dar bien dado, iba a sangrar como una cerda.
—Tú bien me entiendes. ¿Y por qué empezó la pelea?
—Me llamó asquerosa.
—Algo le diría.
—No le dije nada, solo escupí cerca de sus pies al pasar por mi lado.
—Tiene que olvidarse de lo que dijo en el juicio del tío; estaba bajo juramento y tenía que decir la verdad sobre el alijo de cocaína.
—Yo también se las tengo juradas.
Llegamos a la puerta de su casa, que era una de las mejores del pueblo, y me preguntó:
—¿Quieres pasar a tomar un vino?
—¿Ya no está cabreada conmigo?
—No, me he dado cuenta de que me has salvado de una buena.
—Con esa mala hostia que tiene encima, no creo que me sentara muy bien el vino.
—Ya se me está yendo el enfado.
Entramos en la casa, cerró la puerta y fuimos hasta la cocina; allí me sirvió un vino tinto, se sirvió otro para ella de una jarra de dos litros y me dijo:
—Voy a cambiarme de ropa, que esta tiene mierda por un tubo. Corta un par de platos de jamón.
Se fue y yo me puse a cortar lonchas de un jamón que había colgado junto a la pared; agarré dos platos en el mueble e hice lonchas en abundancia.
Mi tía regresó con un vestido azul, que nunca le había visto puesto y que tenía un escote muy pronunciado. Se sentó a la mesa y me preguntó:
—¿Te gusta mi nuevo vestido?
—Es muy bonito.
Se echó hacia delante y casi le vi los pezones de sus grandes tetas.
—¿No tiene mucho escote al echarme hacia delante?
—El ombligo no se le ve.
Rompió a reír.
—¡Qué cabrón!
Cambié de conversación.
—¿Y el tío cómo lo lleva?
—Mal por estar encerrado, pero al mismo tiempo tiene de todo.
—Con buen comportamiento saldrá antes.
—A ver si es verdad, lo echo mucho de menos, especialmente por las noches.
—La entiendo, yo también echo de menos a mi novia por las noches.
Puso un plato de lonchas delante de ella y se sentó a la mesa. ç
—Me da a mí que también echas de menos a Laura cuando estás con ella.
—Si se refiere a lo que yo pienso, no va mal encaminada.
—Me refiero a lo que tú piensas. Yo era como Laura cuando tenía su edad y hacía lo mismo que hace ella después de estar contigo.
—¿Y qué hace?
—Una paja, o dos.
—Laura no se hace pajas.
—Las hace y no piensa en ti al hacerlas.
—Mire, tía, Laura no se hace pajas y dudo mucho que usted las hiciera cuando tenía su edad.
—Yo las hacía y las hago y no pienso en tu tío, pienso en algún bombón, y pensando en ti también, cayó alguna.
Estaba bebiendo vino mientras decía lo de las pajas, y el vino me salió por la boca y por la nariz. Me levanté y mi tía vio mis pantalones vaqueros manchados de vino tinto. Le dije:
—El escote del vestido, la conversación. ¿Me está seduciendo?
—Te has puesto perdido.
Vino a mi lado con un trapo a limpiarlos y comenzó a limpiarlos sobre mi polla.
—No sé si no sería mejor lavarlos con una esponja.
Mi polla se puso tiesa al momento.
—Se te empina con mucha facilidad.
—Dejé de limpiar.
No me hacía caso.
—A tu pregunta de antes, la respuesta es sí.
—¿Tan necesitada está?
—Necesitada es poco.
Me cogió las manos y me las llevó a las tetas.
—Joder.
—De eso se trata, de joder.
Me senté de nuevo en la silla, haciendo el difícil... Mi tía no iba a parar; se inclinó y, con su boca cerca de la mía, siguió limpiando.
—No me puedo creer que me esté pasando esto.
Me cogió la mano derecha y me la llevó al coño mojado.
—¿No te gustaría que te dejara Laura tocarle el coño?
Quité la mano de su coño y le dije:
—Pare, tía, pare.
Puso el paño encima de la mesa y me acarició la polla por encima del pantalón.
—Tienes una buena verga ahí debajo.
—No siga, tía, no siga.
Me bajó la cremallera del pantalón, me sacó la polla, la miró y pasó la lengua por sus labios.
—El coño me está pidiendo a gritos que se la meta.
—Esto no está bien, tía.
—Aún no, pero lo va a estar.
Su mano fue de arriba abajo por mi polla, su lengua se metió en mi boca, rozó mi lengua, la levantó y luego me comió la boca. Al dejar de besarme, le dije:
—Está confundida; luego le va a pesar.
—Me pesaría si no me corriera, pero tal y como estoy, con meter la punta de tu verga ya me voy a correr.
—No debía hacer esto, tía.
Se arrodilló delante de mí y vi el canalillo de sus grandes tetas, el canalillo y casi todas sus tetas; solo me faltó ver las areolas.
Agarró la polla con su mano derecha, le pasó el dedo pulgar por el meato, del que salía aguadilla, y después su mano bajó y subió por mi polla mientras me mamaba la cabeza. En muy poco tiempo me corrí en su boca.
Luego de tragarse mi leche, se quitó el vestido y la vi en bragas y sujetador durante unos segundos, que fue el tiempo que tardó en quitarlos.
Mi tía tenía de todo: coño peludo,tetas grandes, culo grande, pero no estaba gorda, estaba fibrosa. Era una mujer que andaba en los setenta kilos y no pasaba del metro sesenta y seis.
Cuando se sentó sobre mi polla, desaparecí debajo de ella, ya que yo, que era delgado y poco más alto que ella.
Al meter mi polla en su coño tuve la misma sensación que cuando echaba champú en la mano y me hacía una paja, ya que la polla se había deslizado por el túnel como si estuviera lleno de champú, de aceite o de grasa, aunque estaba lleno de babas.
Tres subidas y bajadas de coño llevaron a mi tía a correrse como un río, y cuando digo correrse como un río es porque me dejó el pantalón perdido de babas.
No tenía mucha experiencia con mujeres, pero no vi normal que nada más acabar de correrse se levantara, me pusiera el coño delante de la boca y me dijera:
—Mete tu lengua dentro de mi coño.
Se la metí y ella la sacó y la metió. Frotó su coño en mi nariz, me giraba la cabeza y frotaba el coño con mi cara, con mis orejas, volvía a la lengua..., yse corrió de nuevo como un río. La corrida terminó en mis pantalones, aunque ya había calado hasta el calzoncillo.
Me había dejado anonadado, pero lo siguiente que me hizo fue dejarme acojonado, pues se giró, me puso su tremendo culo en la cara y dijo:
—Mete y saca la lengua en mi ojete.
A ver, si fuera hoy en día, con mucho gusto le daría un tremendo repaso, pero si ves por primera vez un culo que te parece una cesta y que si se le escapa un pedo sería como si te metieran en una cámara de gas... Y además comer culos, los comían los maricones. Como no se lo lamía, me preguntó:
—¿A qué esperas?
—Es que es algo asqueroso.
—Tú verás, pero si no me lo comes, no vuelves a meter.
No me quedaba más remedio, así que metí y saqué la lengua en su ojete y se lo lamí cuando me mandó.
Cuando se hartó de que le comiera el culo, se volvió a sentar sobre mí, pero lo hizo poniendo la polla sobre su ojete y fue bajando el culo. Entraba muy apretada y me estaba gustando más que en el coño. A mi tía parecía que también le gustaba, ya que no paraba de gemir.
Me di cuenta de que tenía algo de maricón en el momento en que mi tía se corría sobre mi pantalón y yo me corría dentro de su culo.
Cuando mi tía dejó de follarme y se fijó en mi pantalón, me dijo:
—Hay que lavar ese pantalón.
—¿Y si viene alguien y me ve en pelotas?
—No dejaré entrar a nadie en casa, quítalo; no te pueden ver así saliendo de mi casa.
Saqué el pantalón junto a los tenis y vio mis calzoncillos mojados.
—Y el calzoncillo y la camiseta, que también están manchados.
—Tardarían mucho en secar.
—Tengo lavadora y secadora.
Debía de ser la única en el pueblo, porque allí la que no lavaba la ropa en su pilón, la iba a lavar en el río.
—¿Habrá algo que usted no tenga?
—A mi marido.
Tenía curiosidad por saber cómo eran la lavadora y la secadora, pero no podía ir en pelotas con ella por la casa adelante. Ir los dos en pelotas era arriesgarse a ser vistos por alguna ventana, así que fue ella sola.
Mi tía volvió como se había ido, en cueros, y si seguía desnuda, supuse que era porque quería más, y supuse bien.
—Si Laura te dejase follar, ¿qué le harías?
—La comería viva.
—¿Quieres entrenar conmigo?
—No, con usted no entrenaría, con usted jugaría el partido completo.
—Vaya, se te quitó la tontería. Pues a ver cómo juegas, vamos para la habitación que quieras, y mientras me follas, trátame de tú.
Le tomé la palabra, me vine arriba y no esperé a estar follando; le di una palmada en una nalga y le dije:
—Tira para tu habitación.
Se fue meneando las caderas.
Nieves me recibió boca arriba, con las rodillas flexionadas y las piernas abiertas.
—A ver qué sabes hacer.
Mi polla entró en su coño resbaloso. Mi boca se fue a por su boca, y nos besamos con lengua; luego lamí y besé sus pezones y sus areolas al tiempo que magreaba sus tetas. Cuando se las mamé, me preguntó:
—¿Quién te enseñó a comer unas tetas?
No le dije la verdad.
—Nadie, soy autodidacta.
Pensé que no me iba a creer, pero me creyó.
—Pues lo haces muy bien.
Bajé lamiendo su vientre, lamí y chupé su ombligo y después le di una tanda de picos en el clítoris cerrando mis labios sobre él, para luego mezclar los picos con lamidas. Más tarde, los picos y las lamidas se mezclaron con lamidas desde el ojete al clítoris que cogieron velocidad cuando mi tía comenzó a gemir. A punto de correrse, me agarró la cabeza y me dijo:
—¡Más aprisa, más, más, más, maaaaaaaaah!
Se corrió como era costumbre en ella y esta vez me tragué casi todos sus jugos,
Al acabar de sacudirse y de retorcerse, con voz cansada, me dijo:
—Me has dejado alucinando.
Le puse la polla en los labios.
—Hazme alucinar tú a mí, mámamela.
Me la mamó, pero al rato se la quité y la puse boca abajo. Lamí y besé desde el talón derecho por la columna hasta la nuca y bajé desde la nuca al talón izquierdo por el mismo sitio; luego subí hasta el culo, lamiendo y besando. Le separé las nalgas y lamí, besé y le di besos negros.
—Somos dos guarros.
Le clavé la polla en el coño, y con las manos apoyadas en la cama, le di lo que no está en los escritos hasta que se corrió. Corriéndose, se la metí en el culo, le volví a dar a romper y me corrí dentro de su culo.
Al acabar de corrernos, me dijo:
—Quítate de encima.
—¿Se acabó?
—No, voy a quitar tu ropa de la lavadora.
Nieves, antes de ir a sacar mi ropa de la lavadora. Se limpió la leche que le salía del culo con una toalla que cogió en el armario.
Al rato estaba de vuelta. Le pregunté:
—¿Cuánto tardará la ropa en secar?
—El tiempo suficiente para que me vuelva a correr.
Cogió mi polla morcillona, la metió en la boca, lamió el capullo, lo mamó y, cuando se puso duro, lo metió en el coño y me folló. No me dejó magrearle las tetas, ya que cuando se las quise magrear, me dio con sus manos en las mías.
—Se miran, pero no se tocan.
Le eché las manos al culo y me las quitó.
—Me basto yo sola para darle leña al mono.
Quería un muñeco para follar y le di el capricho. Puse mis manos en la nuca y le dije:
—A ver qué leña le das al mono.
Comenzó a darme leña como si quisiera romperme la polla, pero tiempo después, al correrse, lo que casi rompe, al echarse hacia atrás, es la espina dorsal. Vi cómo le temblaban las piernas, las tetas, cómo temblaba todo su cuerpo y sentí cómo su corrida bajaba y anegaba mis huevos.
Al acabar de correrse y sin poder evitarlo, me corrí dentro de su coño. Mi tía me miraba a los ojos sin decir nada. Cuando habló, dijo:
-Me encanta ver la cara de un hombre corriéndose y sentir la leche dentro de mi coño.
-Y a mí me encanta que te encante.
Se quitó de encima y me dijo:
-Tengo hambre.
-¿Luego seguimos?
-Luego no, pero otro día puede que sí.
Hubo más días.
Quique.





