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Vaciar todo

¡Quién pillara ese culito!

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José
(@quique)
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Topic starter   [#1373]

Ramón, mi cuñado, que era un cincuentón, me había invitado a probar el vino nuevo en su bodega. Sentados dos banquetas y con dos tazas grandes en las manos, nos estábamos contando anécdotas, y todas sexuales, claro. En un momento dado, me dijo:

-Esa última aventura tuya en Inglaterra no se la cree ni el tonto del pueblo. Si fuera cierta estarías en la cárcel.

-Si me acabó follando ella a mí. ¿Cómo coño iba a denunciarme?

-Pero entraste en su casa a robar... Dime. ¿Si estabas trabajando en un hospital, qué necesidad tenías de robar?

-Me habían despedido, y solamente entré en su casa a robar comida.

-¡A otro perro con ese hueso! Tú te cagarías si tuvieras que entrar en una casa a robar.

-La inglesa vivía sola.

-Oye, Marcela también está sola...

-Estás obsesionado con Marcela.

-No es obsesión, bueno, sí lo es, pero no me negarás que está buena.

-Es tu sobrina.

-Cuanto más sobrina más se le atina... Y si le hacemos una visita nocturna.

Habíamos empezado contando anécdotas y la conversación nos había conducido a un terreno muy escabroso.

-¡¿Quieres que abusemos de ella?!

-Sí, el agujero ya lo tiene hecho, por dos pollas más...

-A ti se te fue la olla.

-No seas falso, sé que te gustaría follarla.

-En esta vida nos gustan muchas cosas, pero hay algunas que no se deben tocar, y menos a la fuerza.

-Si cambias de opinión antes de que vuelvan de vacaciones sus padres y las parientas, avisa.

-No voy a cambiar de opinión. ¿Si tanto te obsesiona por qué no vas tu solo una noche?

-Porque caminar solo por la noche me acojona.

-Pues conmigo, no cuentes.

Seguimos bebiendo, pero ya hablamos de otras cosas.

Al día siguiente, Marta, María, Marcela..., Marcela, que era, morena, alta, delgada, que tenía tetas gordas y un buen culo, vino a mi casa a buscar azúcar. Llegó con un escote de infarto y unos pantalones vaqueros cortados, de los que colgaban unos hilachos y unas sandalias de tacón alto, de esas que se atan con cordones y que hacían sus piernas interminables. Estaba para comerla viva. Entró en la cocina, donde estaba yo sentado a la mesa tomando una cerveza fría, le dije:

-Muy buena.

 
-¿Muy buena, qué!?
 
-Muy buena tarde se ha quedado.
 
Sabía que lo de muy buena lo había dicho por ella, pero se mordió la lengua y me peguntó:
 
-¿Te sobra azúcar, tío José?
 
-Sí, soy un hombre muy salado.
 
-Déjate de bromas, sabes de sobras a qué azúcar me refiero.
 
-¿Para qué lo quieres?
 
-Voy a hacer un bizcochito.
 
Le entré sutilmente.
 
-Vaya, un bizcochito va a hacer otro bizcochito.
 
Se empezó a mosquear.
 
-¡Ay qué coño!
 
-No digas cochinadas que me emociono.
 
-¿Te sobra azúcar o no?
 
-En la alacena de la derecha, arriba de todo, ahí hay tres paquetes.
 
Se puso en la punta de los pies para coger el azúcar y vi parte de sus nalgas. Si no estuviera algo pedo, me callaría la boca, pero como lo estaba, le dije:
 
-Cuando una belleza se viste así de osada, es para que los diablos afilen su espada.
 
Cogió el azúcar, se giró y con cara seria me preguntó:
 
-¡¿Qué has dicho?!
 
Mirando con descaro para sus tetas, le respondí:
 
-¿Yo? Yo no he dicho nada, debió ser el viento.
 
-Ya, ni me estás comiendo las tetas con la vista.
 
-No, no te las estoy comiendo, te las estoy devorando.
 
-¡Y tienes los cojones de decírmelo! Mírame a la cara -la miré-. ¿Tengo cara de puta?
 
-Las putas no son tan bonitas.
 
-¿Entonces por qué me has dicho que me he vestido así para que se hagan una paja después de verme?
 
-La emoción del momento, supongo.
 
-¿Cuántas cervezas has tomado?
 
-Esta es la primera.
 
-No mientas.
 
-No miento, es la primera después de unas cuantas.
 
-Ahora entiendo lo de las tonterías que has dicho.
 
-Tenían un fin.
 
-Ya me había dado cuenta. ¿Nunca te han dicho que no se debe querer comer pan duro si no se tiene dientes?
 
-¿Quién te ha dicho a ti que no tengo dientes?
 
-Tengas dientes o no los tengas, me harían falta dos cómo tú para dejarme satisfecha.
 
-Eso se podría arreglar.
 
-Lo dije sarcásticamente,
 
-Oye, siempre se podría chupar.
 
-¿Lo qué?
 
-El pan duro.
 
-Tú lo que vas a chupar son unas ostias de la tía si le digo que me echaste los tejos.
 
Se dirigió a la puerta meneando las caderas, y le dije:
 
-¡Quién pillara ese culito!
 
-¿Si tanto te gusta mi culo sabes qué podrías hacer, tío?
 
La cosa se ponía interesante.
 
-¿Qué podría hacer, cosita rica?
 
-¡Irte a la mierda!
 
La cosa se había jodido. Se fue, cabreada, dejándome cómo un imbécil y con ganas de venganza.
 
Era la una y algo de la madrugada cuando salí de mi casa. Hacía un bochorno molesto. La luna estaba en cuarto creciente y solo se veía bien cerca de los palos de la luz. En la bombilla de uno de ellos revoloteaban unos cuantos murciélagos. Agazapado en una esquina me encontré con mi cuñado Ramón. Un par de minutos más tarde entrábamos en la huerta de mi hermano. El perro que tenían en ella nos conocía, así que no tuvimos problema para llegar a la parte trasera de la casa. Con una ganzúa abrí la cerradura. Nos pusimos los pasamontañas, y fuimos a la habitación de mi sobrina. Las contras estaban abiertas y la luz de la luna entraba por ellas. La habitación tenía un fuerte olor a coño. Marcela estaba durmiendo boca abajo, desnuda sobre la cama y con las piernas separadas. Tenía la mano izquierda sobre la almohada y la derecha bajaba, por un lado, de su cuerpo. A su izquierda vi un cinturón y una manzana, y al lado de la manzana estaban su sostén y sus bragas. Llevaba en el bolsillo de mi pantalón, una cinta aislante ancha. Corté un trozo de cinta aislante, me senté sobre ella y le sellé la boca. No le di tiempo a reaccionar, le agarré los brazos, la esposé y luego le puse el antifaz para dormir. Pataleaba una cosa mala. Ramón le dio con fuerza en una nalga con la palma de la mano y luego le agarró las piernas. Vio que no nos andábamos con bromas y se quedó quieta. Le di el cordel y le ató las piernas por encima de los tobillos. A continuación, para que supiera lo que queríamos de ella, Ramón, lamió las plantas de sus pies, sus tobillos y sus empeines, luego lamió los nacimientos de los dedos, y más tarde le chupó todos los dedos, desde el dedo gordo hasta el pequeño. Mientras él le trabajaba los pies, yo había subido besando y lamiendo sus muslos. Al llegar a culo le lamí y le mordí sus duras nalgas, se las separé y le lamí el ojete. Marcela parecía estar ausente. Con la cabeza ladeada no movía ni un músculo. Algo asomó debajo de la almohada. Miré y vi que era un vibrador. La curiosidad hizo presa en mí. Abrí el cajón de abajo de la mesita de noche mientras Ramón seguía a lo suyo. Ya no tuve que abrir más cajones porque allí había de todo, consoladores plugs, lubricante, un arnés con polla, un antifaz, esposas, una fusta... ¿A quién le daría con ella? Quise atar cabos y me dije a mi mismo que aquella fusta fuera para el que dejara olvidado el cinturón. ¿O sería para darle él a ella? ¿O el cinturón...? En vez de atar cabos me hice de la picha un lío, y bueno, lo que menos me cuadraba era la manzana. Quitamos los pasamontañas. Marcela comenzó con el "mmmm, mmmmmm..." Quería decir algo y le quité la cinta de a boca, pero no la despegué del todo por si se le daba por gritar. Al poder hablar, dijo:
 
-Te dije que quería hacer un trío, Vicente, pero no que me ataras, me amordazaras..., y menos a estas horas de la madrugada. Me has dado un susto de muerte, pero ya que estáis aquí y estoy atada que sea el invitado quien me ponga las pinzas en los pezones y el que me dé con la fusta.
 
Obviamente, no le podíamos responder, pues si lo hacíamos reconocería nuestras voces, íbamos a hacernos pasar por Vicente, que era su novio, y por su amigo todo el tiempo que pudiésemos. Pillé la fusta y las pinzas en el cajón de la mesita de noche. La puse boca arriba, le puse las pinzas en los pezones y le di golpecitos suaves con la fusta en los lados de las tetas. Después le fui dando golpecitos, ya más fuertes, en los muslos, por fuera y por dentro. A cada golpecito, Ramón, besaba y lamía sobre el lugar donde yo le había dado. Al llegar a su coño rasurado le di en la pelvis. Abrió las piernas todo lo que pudo para que le diera en el coño, y en el coño le di. Ramón besó y lamió su coño, lo lamió la tira de veces y Marcela se corrió gimiendo y convulsionándose. Sus convulsiones eran tan fuertes que rebotaba sobre la cama. Yo ya estaba con la polla dura como una piedra. Me desnudé y me descalcé. Subí a la cama, le levanté las piernas, le clavé la polla, le di caña y al rato llené el coño de leche. Detrás de fue Ramón, pero él, después de ponerse en pelotas y descalzarse, la puso boca abajo y le dio a mazo hasta que Marcela se volvió a correr.
 
Marcela se había dado cuenta de que ni el olor corporal ni ninguna de las dos pollas que le habíamos metido era la de su novio, pues Vicente tenía una tranca importante y nosotros pollas normalitas, Vicente usaba desodorante Axe, yo, Rexona y Ramón no llevaba, pero no dijo nada porque agarró miedo.
 
Ramón la giró, le soltó las piernas, se las separó y lamió el glande de su clítoris con la punta de la lengua. Yo le quité las pinzas y lamí sus pezones, se los apreté y se los estiré, luego, magreando sus tetas, no dejé un poro sin lamer y sin chupar. Le debió llegar la leche a las tetas porque con miedo y todo, y para asegurarse al cien por ciento de que no eran su novio y un extraño, dijo:
 
-Vicente, hazme lo de la manzana.
 
Nos pilló fuera de juego. ¿Qué coño era lo de la manzana? Como seguimos frotando la polla en sus labios, nos dijo:
 
-Me habíais engañado, pero ya sé quienes sois, y esto me lo vais a pagar.
 
El subnormal de mi cuñado, me dijo:
 
-La jodimos, José, sabe quienes somos. 
 
-¡Ahora sí que lo sabe, payaso! Antes no tenía ni puta idea.
 
Marcela se quedó más tranquila al saber quienes éramos.
 
-Ahí le has dado, tío, ahí le has dado. Soltarme si sabéis lo que os conviene.
 
Le quité el antifaz para dormir y las esposas y le pregunté:
 
-¿Vas a denunciarnos?
 
Se sentó sobre la cama, nos miró y me dijo:
 
-Primero dime de quien fue la idea de profanar mi intimidad.
 
Señalé a mi cuñado. Ramón mintió como un condenado.
 
-¡Fue él! Si vas a la policía diles que fue él
 
-Lo suponía. Es tan cobarde que te tuvo que traer a ti también
 
-Es que le tiene miedo la oscuridad de la noche.
 
Mire para mi cuñado de mala ostia y le dije:
 
-¡Serás mal nacido!
 
Mi cuñado, viendo que podría haber bulla, dijo la verdad.
 
-Vale, la idea fue mía.
 
Marcela no lo creyó. Rumiando su venganza, dijo:
 
-No me creo que la idea fuese tuya, pero eso ya no importa. Me habéis puesto cachonda y os voy a follar a los dos.
 
Ramón no se lo podía creer.
 
-¿De verdad que nos vas a follar?
 
-Puedes apostar tu polla a que sí.
 
A mí no me olía bien la cosa, pero me dejé ir. Nos puso las esposas a las espaldas, nos echó boca arriba sobre la cama, después nos ató las piernas por encima de los tobillos y luego nos amordazó. Estábamos el uno al lado del otro. Ramón me miró y sonrió. No le devolví la sonrisa porque seguía con la mosca detrás de la oreja, y con razón. Marcela nos puso boca abajo, pilló la fusta y nos dio con ganas.
 
-¡Trassss, trassss, trassss, trassss...!
 
Yendo de culo a culo, dijo:
 
-Ahora vais a saber el miedo que pasé, hijos de perra.
 
-¡Trassss, trassss, trassss, trassss...!
 
Yo me cagaba en sus muelas. Marcela no entendía lo que le decía, pero se lo imaginaba y  nos dio de nuevo
 
-¡Tasssss, trassss, trassss, trassss...!
 
Marcela sabía dar, ya que dolía, pero no en exceso, lo que hacía que gustara. 
 
Luego de llamarnos de todo, menos bonitos, cogió dos plugs, le echó lubricante, los encendió y nos los metió en el culo. 
 
-Ya veréis como os gusta, maricones.
 
¡Joder si nos gustó sentir aquellos cachivaches vibrando dentro de nuestros culos! Nos gustó tanto que al ponernos boca arriba las polla miraban al techo y latían. Al verlas, dijo:
 
-Sois todos iguales, mucho quejarse, pero os gusta, cabrones.
 
Puso la fusta encima del glande de mi polla, cómo si estuviera apuntado, levantó la mano con la fusta en ella. Cerré los ojos y apreté los dientes esperando el tremendo impacto. Lo que sentí fue su lengua lamiendo el glande y luego su lengua y sus labios chupándolo. Ni diez segundos tarde en correrme en su boca. Con la boca llena de leche fue hasta la polla de Ramón, dejo caer la leche de mi corrida sobre ella y después se sentó sobre la polla y lo folló a toda mecha. Vi sus tetas subir y bajar, oí sus gemidos y me entraron unas ganas locas estar en el lugar de mi cuñado, y más aún cuando se corrieron juntos.
 
Al acabar de gozar, nos dijo:
 
-Os suelto si me prometéis que no habrá represalias.
 
Me quitó la mordaza
 
-No digas tonterías, daría lo que fuera por volver a ser abusado por ti.
 
-La próxima vez me pondré un arnés con polla, a ver si dice lo mismo después de que te rompa el culo.
 
-Para todo hay una primera vez.
 
Le quitó la mordaza a Ramón.
 
-Yo te digo lo mismo que él.
 
Nos quitó las esposas y, Ramón, que había tenido todo el tiempo la manzana y el cinturón al lado de él, le preguntó:
 
-¿De quién es ese cinto?
 
-Mío, el cinto y la manzana van juntos.
 
-¿A dónde?
 
-Esas son cosas íntimas.
 
A mí ya hacía tiempo que me llamaran la atención el cinto y la manzana, por eso tiré de ella.
 
-Más íntimo que lo que acabamos de hacer...
 
-Es un secreto que no sabe nadie.
 
Ramón le dijo:
 
-Te cuento yo un secreto si me cuentas el tuyo.
 
-Si vale la pena, te lo cuento.
 
-Me hago pajas.
 
-¿ Y ese es un secreto? Lo raro es que no las hicieras llevando cinco años viudo.
 
-El secreto es que las hago oliendo tus bragas, y están manchadas con los jugos de tus corridas.
 
-¿Que?! ¿La bragas con que me limpiaba el coño después de correrme y que se llevó mi novio las tienes tú?
 
-Sí.
 
-¿Las seis?
 
-Las seis.
 
-¿Cómo las conseguiste? 
 
-Ese ya es otro secreto.
 
Marcela sumo dos y dos y le salió:
 
-¡La puta que lo parió!
 
-Te toca contar lo de la manzana.
 
-¿Cuánto le pagaste al Judas ese?
 
-Cuenta lo de la manzana.
 
Marcela estaba realmente enfadada.
 
-¡Le voy a morder la cabeza!
 
-¿Cuentas lo de la manzana o no?
 
-Os lo contaré. ¡Los huevos le voy a morder!
 
-Esta visto que no lo vas a contar.
 
-Sí, hombre, si, os lo cuento. La manzana y el cinturón los usé esta noche para masturbarme. Cuando tengo ganas, y tiempo, siempre pongo algo redondo sobre mi ombligo. Lo aprieto con el cinto nivel medio y muy fuerte cuando me acerco al orgasmo.
 
Le pregunté:
 
-¿Quién te aprendió a hacer eso?
 
-Lo discurrí yo sola.
 
-Pero en algo te basarías.
 
-Si, en lo que me hacía un chico luego de sentarme sobre él.
 
-¿Qué te hacía?
 
-Con su polla dentro de mi coño, colocaba sus pulgares en mi ombligo y follándome, venga a hundirlo... Apretaba, aflojaba, apretaba, aflojaba... Y ya cuando me iba a correr, apretaba a tope. Tuve unos orgasmos increíbles.
 
-¿Subes encima de mí?
 
-No, dejaré que me lo haga Ramón, se lo merece por abrirme los ojos.
 
Me quedé con un palmo de narices viendo cómo subía encima de Ramón, como le cogía la polla, cómo la ponía encima de su coño y cómo la polla desaparecía dentro de la vagina al bajar el culo. Luego, Ramón, le puso las yemas de los pulgares en el ombligo, y mientras la follaba, los hundió y apretó y aflojó, apretó y aflojó... Viendo cómo la polla entraba y salía del coño cada vez más mojada de jugos. Mi polla, polla que meneaba sin parar, se fue mojando. No podía seguir así. Me arrodillé al lado de ellos y le puse la polla en los labios a Marcela. Debía estar muy cachonda porque abrió la boca y me la mamó. Poco más tarde, metí el dedo medio de mi mano derecha en la boca para humedecerlo y luego le acaricie el ojete con él. Marcela, mamaba y gemía. Le metí medio dedo en el culo y se lo follé con él. Al rato sus pupilas se escondieron bajo los párpados. y con los ojos en blanco, exclamó:
 
-¡Me voy a correr!
 
Ramón apretó a tope y Marcela, arqueándose, se corrió entre fuertes convulsiones. Ramón se corrió con ella. Yo me quedé con las ganas.
 
Al acabar de correrse se puso boca arriba sobre la cama, cogió la manzana y le metió un bocado. Masticando dejó caer el brazo muerto sobre la cama con la manzana en la mano. Del coño de Marcela salía leche y me entraron ganas de follarla, pero no era el momento. Mientras comía la manzana, Ramón, le preguntó:
 
-¿Te gusta el sexo anal, Marcela?
 
 
-Una mujer solo le da el culo al hombre que ama.
 
-Entonces nunca te han hecho una doble penetración.
 
-No voy a habar más de mi vida sexual.
 
-Las mujeres suelen tener esa fantasía.
 
-Una cosa son las fantasías y otra muy distinta hacerlas realidad.
 
-Eso quiere decir que no sabes lo que es correrte con una doble penetración.
 
-He dicho que no quiero hablar más de mi vida sexual.
 
Acabó de comer la manzana y se sentó en la cama, Ramón se arrodilló detrás de ella, le echo las manos a las tetas, le besó el cuello y luego le dijo:
 
-¿Me das una corrida en la boca.
 
-Ya te la di.
 
-Esta vez quiero que juegues conmigo como juegas con tu novio cuando se la das en la boca. ¿O no se la das?
 
-¡No me hables de ese cabrón! ¿Quieres coño? Pues coño te voy a dar.
 
Ramón se echó boca arriba sobre la cama. Marcela se sentó sobre él, luego se inclinó, cogió la teta derecha con la dos manos, la apretó y se la dio a mamar. Yo miraba cómo un tonto para su culo, ¿Qué coño podía hacer? Pues lo que hice, lamer su ojete y esperar que no se me rebotara. Al sentir mi legua lamer, no se rebotó, lo que hizo fue levantar el culo para facilitarme la labor. Le lamí y follé el ojete con mi lengua mientras ella le daba las tetas a mamar a mi cuñado. Tiempo después vi cómo su coño goteaba y se lo lamí. Sus gemidos aumentaron de intensidad, así que seguí lamiendo desde el coño hasta el ojete. Al rato el ojete comenzó a abrirse y a cerrarse y cuando bajé al coño se me corrió en la boca gimiendo en bajito. La corrida que debía ser para Ramón me la papé yo. Marcela, luego de correrse, se fue deslizando sobre Ramón. Chupó sus tetas, lamio su vientre y después cogió la polla, la metió en la boca y meneándola, se la mamó. Yo seguía lamiendo su coño y su culo y ahora también magreaba sus tetas. Pasado un tiempo, Marcela, dejó de mamar y me dijo:
 
-Coge el lubricante en el cajón de a mesita de noche y lubrica tu polla y mi esfínter.
 
Estaba claro que quería una doble penetración. Cogí el tubo del lubricante, le metí el cuello dentro del culo, apreté y la cuarta parte de él entró en su culo. Mientras Marcela se la mamaba a Ramón, le fui metiendo dedos en el culo, uno, dos..., tres, y luego los moví alrededor antes de follárselo con ello. Ni que decir tiene que durante este proceso gimió sin parar.
Cuando ya no pudo más, se sentó sobre la polla de Ramón y la clavó hasta el fondo del coño, luego se echó a lo largo de él y me puso el culo en posición. Lubrique la polla y la penetré por el culo. Al meterle la polla en el culo, Marcela quitó la polla de Ramón hasta dejarla en la entrada de la vagina, luego, cuando yo la sacaba de su culo, ella metía la de Ramón. No dejaba que coincidieran las dos dentro. Estuvimos metiendo y sacando unos quince minutos, ese fue el tiempo que le llevó para el momento de no retorno, en el que dijo:
 
-¡Ay que me viene!
 
Metió la polla de Ramón dentro del coño, estando la mía enterrada en su culo y dijo: "¡Oooooooh!" Luego, convulsionándose, se corrió. Se corrió con tanta fuerza que perdió el conocimiento. Le llenamos el culo y el coño de leche. Luego nos fuimos, nos fuimos porque necesitaba dormir.
 
Quique.
 
 
 
 
 
-
 
 
 
 
 
 


   
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nyctidromus
(@nyctidromus)
Miembro Erótico Autor
Registrado: hace 5 años
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👍 👍 Que relato más morboso José me puso muy cachondo 

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scripsit nyctidromus

sanguine et pulvis
n****@gmail.com


   
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