Rosa, untando una tostada con mantequilla en la cocina de su casa, le dijo a su hijo:
-¿Hoy tampoco vas a clases, Daniel?
Daniel, que era un joven moreno, de ojos negros, alto, flaco y bien parecido, usó su silencio cómo respuesta. Alfredo, el padre de Daniel, que se estaba acabando de tomar un café antes de ir a trabajar, le dijo:
-Si dejas los estudios, te pones a trabajar. En esta casa no se mantiene a vagos.
Daniel seguía en silencio. Rosa le dijo a su marido:
-Dale un tiempo para solucionar lo que tenga que solucionar.
-Se me está acabando la paciencia y...
No dejó que acabara la frase.
-Vete a trabajar, Alfredo, vete a trabajar.
Rosa era una mujer de cuarenta años, de estatura mediana, morena, de ojos oscuros, con buenas tetas, buen culo y mejores piernas, y Alfredo, un hombre de cuarenta y ocho años, de estatura normal..., un hombre del montón.
No sabían lo que le había pasado a su hijo, de ser un joven risueño, cariñoso y buen estudiante, había pasado a ser una persona taciturna. Pensaron que podría ser cosa de faldas, o peor aún, de drogas, pero cómo no les contaba lo que acaecía, las pasaban putas con él.
Al rato de irse el marido. Rosa fue a hablar con su hijo, pero ni la puerta de la habitación le abrió.
Le dieron un tiempo, pero Daniel seguía en su mundo y ya ni por teléfono hablaba con Hugo, que era su mejor amigo. Vivía en su habitación y solamente salía de ella para desayunar, comer y cenar, pues tenía baño y aseo allí dentro. Empezaron a preocuparse por si hacía alguna tontería.
Una mañana, Rosa, vestida con un pantalón de tergal, con una blusa blanca con los dos botones superiores abiertos y calzando unas bailarinas negras, le fue a hacer la cama a su hijo. Daniel salió del baño en pelotas y a su madre se le fue la vista para el cipote que le colgaba entre las piernas.
-¿Qué miras, mamá? ¿Tú también me vas a llamar monstruo?
Rosa estaba roja cómo un tomate maduro, pero ante todo era madre y lo que le había dicho explicaba su actitud.
-Tápate, hijo, tápate. Así que era eso, una chica te dijo que eras un monstruo por tener el miembro grande.
Daniel se sentó en el borde de la cama, puso las manos sobre el cipote y rompió a llorar.
-Soy un monstruo.
-No eres ningún monstruo, tu polla es grande y gorda, es una verga, pero tampoco es una cosa del otro mundo.
-¿Has visto alguna igual?
-Tu ves poco porno. ¿Verdad?
-¿Tú ves mucho?
Rosa no le respondió, fue al cajón de la cómoda, cogió un calzoncillo y se lo dio.
-Deja de llorar y ponte esto.
Al ponerse en pie volvió a ver su cipote y de nuevo se puso roja, le dijo:
-Muchas mujeres darían un ojo de la cara por tener una verga cómo la tuya entre las piernas.
-Mientes, no le cabría.
-A alguna le cabría tu polla y tus huevos.
-¡Qué exagerada!
-No exagero.
-¿A ti te cabría?
-La polla sí, los huevos y la polla, no.
Daniel ya estaba empalmado, se puso en pie, se bajó los calzoncillos y le preguntó:
-¿Estando así de gorda y de grande?
A Rosa aquella situación la tenía descolocada, por un lado, se sentía madre y por la otra se sentía mujer, y como mujer estaba excitada. Mirándole para el cipote, le dijo:
-Sí, hijo, sí, me cabría, pero no te hagas ideas raras que soy tu madre.
Daniel se volvió a sentar.
-Ojalá, no lo fueras.
-Pero lo soy, hijo, lo soy. Dime. ¿Te encuentras mejor?
-Si, madre. Me has quitado un peso de encima, pero ahora me quedó otro que me tendré que quitar cuando te vayas.
-Mejor no me digas que peso es ese. Hago la cama y ya te dejo con tus cosas.
Rosa, para hacer la cama, se tenía que agachar. Con el rabillo del ojo veía cómo su hijo le miraba para el culo y cómo se tocaba el cipote por encima del calzoncillo. Se sentía sucia, pero al mismo tiempo le gustaba sentirse deseada, ya que con su marido follaba de pascuas en viernes. En una de estas el cipote le colgó por la abertura frontal. Daniel lo volvió a guardar. Rosa sintió cómo se le mojaba el coño y miedo le dio que la humedad traspasara las bragas y se marcara en su pantalón de tergal de color amarillo. Luego se puso del otro lado de la cama y al agacharse le dejaba ver el canalillo de sus grandes tetas. Daniel ya no se tocaba, pues al tener a su madre enfrente podría verlo.
Rosa, al acabar de hacer la cama, le dijo:
-Me voy al centro comercial y luego iré al supermercado a hacer la compra. Hoy es un gran día. Cocinaré algo especial.
Nada más salir Rosa de la habitación, Daniel se bajó los calzoncillos y se la peló pensando en su madre.
Rosa llegó al centro comercial. No le salía de la cabeza el cipote de su hijo y su coño se seguía mojando. Cogió una falda, y mientras la miraba sintió una mano tocarle el culo, se giró y vio a una jovencita minifaldera con largas y moldeadas piernas, de ojos azules, con una pequeña melena rubia. La muchacha era más alta que ella y muy bonita.
-¿Qué haces, descarada?
-Cerciorarme de que la humedad en tu pantalón es flujo vaginal -olió la mano-. Lo es. ¿Cómo es que estás tan mojada?
Rosa vio que el dependiente, un chico de unos veinte años años, alto y moreno, no les quitaba el ojo de encima. Echó las manos al coño, vio que la humedad había traspasado las bragas, y exclamo:
-¡Qué situación!
Rosa, que siempre había tenido la fantasía de follar en un sitio público con algún desconocido, iba a hacerlo con una desconocida... Dejo que la minifaldera le sobara el culo, le bajara la cremallera de pantalón y le metiera la mano dentro de las bragas. La muchacha, al encontrarse con la charca de jugos, le dijo:
-Vienes de follar y no te has limpiado, guarrilla.
-Para guarra tú, guarra, golfa y atrevida.
-Sí, lo soy, soy guarra, golfa, atrevida y morbosa. Mira cómo nos vigila el nuevo vendedor. ¿No te excita verte observada en un momento como este?
-Si no me excitara ya te tenía metido una buena bofetada.
La minifaldera le metió dos dedos dentro del coño y la masturbó al tiempo que le sobaba el culo y que le besaba el cuello... Al rato, cogió un pantalón que le pareció de la talla de Rosa y después se metió en el probador. Rosa miró para el dependiente, que se estaba tocando el paquete, y decidió cometer una locura y meterse en el probador con la minifaldera. Al entrar y correr la cortina, la chavala se bajó los pantalones y las bragas, le puso los brazos en los hombros, le dio un beso con lengua y luego le llevó la boca al coño. Rosa, le dijo:
-No voy a comerte el coño.
-¿Entonces a qué has venido?
-A que me lo comas tú a mí.
-Si quieres que te lo coma, come.
Rosa empezó lamiendo el coño tímidamente, pero a medida que se iba humedeciendo se fue excitando y acabó comiéndoselo con lujuria, o sea, lamiendo cómo si no hubiese mañana. La minifaldera logró lo que andaba buscando, correrse en la boca de Rosa.
La muchacha, luego de correrse, le bajó a Rosa el pantalón y las bragas, se puso en cuclillas y le hizo un trabajo genial. Rosa, al correrse, sintió tanto placer que acabó sentada en el piso del probador tirando del aliento. Luego la minifaldera se vistió y se fue. Rosa no vio cómo la minifaldera besaba al dependiente antes de irse, ni oyó cómo le decía: "Toda tuya, hermano. "Lo qué sí vio Rosa fue cómo se abría la cortina del probador, como entraba el dependiente y cómo la volvía a cerrar. No hubo palabras, el muchacho sacó la polla empalmada, la cogió por las axilas para que se levantase. Luego la levantó en alto en peso. Hizo que apoyase la espalda contra la pared del probador, se la clavó hasta el fondo del coño de una estocada y le dio caña a reventar. Rosa, rodeando con sus brazos el cuello del dependiente, le negó su boca, se la negó hasta que le vino el gusto. Al correrse fue ella la que buscó la boca del muchacho.
Cuando la puso en el piso, por el interior de sus muslos comenzaron a bajar los jugos de su corrida, el dependiente se agachó, le lamió esos jugos y el coño, después la besó con lengua. Acto seguido hizo que se agachara y le puso la polla en los labios, Rosa abrió la boca y le hizo una mamada. El dependiente, al correrse, echó una lechada brutal, lechada que Rosa se guardó en la boca y que luego echó en la palma de la mano y que acabo limpiando con un pañuelo.
Rosa se fue del centro comercial sin pagar el pantalón y aliviada.
Rosa había comprado en el supermercado unos langostinos y un conejo para comer, solamente uno porque ese día su marido no venía a comer. Estaba cocinando cuando llegó Daniel, en calzoncillos y marcando paquete. Rosa se quedó mirando para el paquete unos cinco o seis segundo, Daniel se echó un vaso de agua del grifo y la bebió. Cuando ya Rosa no le miraba para el paquete, con una media sonrisa en los labios, le dijo:
-Voy a retomar las clases, mamá.
Rosa se llevó una gran alegría.
-¡No te puedes ni imaginar lo contenta que me has puesto, hijo!
Daniel cambió de tema.
-¿Qué es eso que huele tan bien?
-Conejo.
-Tengo unas ganas locas de comer uno.
-Pues tendrás que conformarte con la mitad.
-Me refería un conejo de mujer.
A Rosa ya le estaba llegando hasta el coño la insolencia de su hijo.
-¿Y sabrías?
-No, pero...
-Ni pero, ni pera. ¡Deja de decir tonterías!
Daniel quedó cortado.
-Era una broma, mamá.
-Pues no me ha hecho ninguna gracia. Vete a vestir.
Pasaron los días y Daniel seguía provocando a su madre, aunque ahora lo hacía sin palabras... Echándose las manos al paquete, chocando con ella a propósito, y muchas cosas más.
Rosa sabía que desde que su hijo volviera a estudiar, las chicas no lo dejaban en paz. La que le llamara monstruo se fuera de la lengua queriendo dejarlo quedar mal y lo había dejado en lo más alto del podio. Por eso no entendía que viniera a por ella sobrándole chicas.
Una noche, Rosa, después de follar con su marido, se levantó de cama, y cubierta con un picardías blanco de seda, con encajes y transparente que le daba por encima del coño, se fue a la cocina a tomar un refresco frío. Allí estaba Daniel, de pie, en calzoncillos, a pecho descubierto, con el culo apoyado en el borde de la encimera y con un vaso de leche en la mano, al ver bajo el picardías las areolas y los pezones de las gordas tetas y el vello negro del coño de su madre, que estaba al descubierto, le dijo:
-¡Qué maravilla! ¡Cómo me gustaría encontrar una mujer tan bella y sensual cómo tú!
Rosa vio que la comía con la mirada.
-No me mires así, hijo.
-No se puede mirar de otra manera a una diosa.
Podría haber puesto una mano delante del coño para que no se lo viese, pero dejó que se lo siguiese mirando cuando le dijo:
-No estás mirando a un diosa, estás mirando a tu madre.
Rosa abrió la nevera y cogió un tetrabrik de jugo de naranja. Daniel le miró para el culo y se empalmó. Rosa se dio la vuelta y bebió a morro del tetrabrik mientras le miraba para el tremendo bulto del calzoncillo. Le cayó zumo por el pecho, los pezones se le pusieron duros y se marcaron en el picardías. Daniel, mirándole para ellos, le dijo:
-¡Qué barbaridad!
-No me mires que me pongo nerviosa.
Daniel se acercó a ella y le dijo:
-Deja que los toque un poquito.
-No, Daniel, no.
-Solo un poquito.
-Te he dicho que no.
La empotró contra la pared, y frotado la verga contra su coño, buscó los labios de su madre con los suyos. Rosa le hizo la cobra.
-Déjame.
-Dame un beso.
Cómo no se lo daba, se arrodilló delante e ella, le echó las manos al culo y le dijo:
-Quiero aprender a comer un coño.
Rosa lo dejo con la lengua en la boca.
-¡Qué me dejes, degenerado!
Al llamarle degenerado le cortó el rollo. Daniel, se dio por vencido, se puso en pie, y le dijo:
-Perdona, madre, pero es que estás tan arrebatadoramente sensual...
Rosa le dijo:
-Me voy, me voy antes de que hagas alguna tontería más.
Al llegar a su habitación, sacudió a su marido y le dijo:
-¿Echamos otro polvo?
Alfredo abrió los ojos y le preguntó:
-¿Qué hora es?
-Es la una y cuarto de la madrugada.
-Es muy tarde, mañana echamos otro polvo.
Media hora mas tarde, Rosa, no lograba dormir. El recuerdo del frotamiento de la verga de Daniel y el aliento de su boca en su coño la ponían mala. Las manos se le fueron a las tetas. En su imaginación esas manos eran la de su marido. Luego bajó una mano y acaricio su clítoris con dos dedos, después de haberlos mojado en el coño. En su imaginación eran la lengua de su marido... Cuándo ya estaba buena de ir metió un dedo dentro del coño, pensó que era la polla de su marido y se masturbó, luego fueron dos, al poco tres y al final metió cuatro. Al masturbarse con cuatro dedos la polla de Alfredo ya era la de Daniel. Luego se quitó los dedos, en su imaginación, los dedos pasaron a ser la lengua de Daniel. Los dedos mojados acariciaron el clítoris y al ratito se corrió cómo una loba en la boca de su hijo.
Un día salía Rosa del baño de su habitación con una tolla en la cabeza y otra cubriendo parte de su cuerpo cuando Daniel entró en la habitación en calzoncillos y sin llamar a la puerta. Al verla, le dijo:
-Perdón, mamá, no sabía que te iba a encontrar así.
Rosa lo había sentido caminar por la habitación mientras se duchaba, así que aquello no era casual. No se anduvo con medas tintas.
-Sí que lo sabías. A ver, Daniel. ¿Por qué esa obsesión conmigo si te sobran chicas de tu misma edad?
-No es obsesión, madre, es que no quiero volver a ser la comidilla del instituto.
-Suelta lo que sea.
-Tengo miedo a hacer el ridículo si me acuesto con una mujer.
-En la cocina no tenías miedo.
-Es que contigo podría soportar cagarla, tú no irías criticándome por ahí.
-Te he dicho que sueltes lo que sea.
-Enséñame a follar.
-No, de eso nada. Yo no te voy a enseñar a follar. Soy tu madre. Mira porno.
-Yo quiero que me enseñes tú.
-Quita esa idea de la cabeza.
-Aunque sea enséñame cómo masturbar a una mujer.
-A ti se te fue la olla, para eso tendría que enseñarte mi coño.
-Ya lo he visto.
Daniel sacó los calzoncillos. Rosa vio su cipote morcillón y le dijo:
-¿Para qué has hecho eso?
-Así estaremos iguales si me enseñas a masturbar a una mujer.
Rosa comenzó a ponerse nerviosa.
-¡Guarda eso!
Se acercó a ella con la polla en la mano.
-¿No te da pena que no pueda usarla? Sé una madre complaciente.
-Tú lo que quieres es que sea tu puta.
-No, lo que quiero es que me ayudes, cómo haría una buena madre.
-Ya soy una buena madre.
Se arrodilló delante de ella y le imploró.
-Ayúdame, por favor.
-Levántate que me estás dando pena.
-No, estaré así hasta qué...
Rosa ya no aplazó más lo inevitable.
-Está bien, pero de lo que voy a hacer ni una palabra a nadie.
-Seré cómo una tumba.
Rosa se sentó en la cana, flexionó las rodillas y se abrió de piernas.
-Siéntate enfrente de mí.
Daniel se sentó enfrente de su madre.
-Si la chica está vestida debes acariciar su cuello -se acarició el cuello con las dos manos - amasar sus tetas -se magreó las tetas- luego frotas el coño bajando y subiendo la mano, -lo hizo-, después con tres dedos presiona la vagina por encima de las bragas y despertarás su clítoris -también lo hizo-. Si está desnuda- se quitó la toalla de encima- debes comerle las tetas bien comidas. Lame los pezones de mis tetas - los lamió repetidas veces-. Presiona tu lengua sobre ellos y mama la areola y el pezón -hizo lo que le había dicho-. Ahora coge las tetas por debajo, magréalas y mama cómo antes hasta que yo te diga -tres o cuatro minutos después, Rosa volvió a darle instrucciones- Ahora toca chumino.
-¿Qué toca, qué?
-Toca coño.
Se quitó la toalla de la cabeza y luego las bragas, abrió el coño con dos dedos, y apretó la capucha del clítoris con otros dos dedos, luego se tocó con un dedo la vagina y le dijo:
-Esta es la vagina y estos los labios vaginales -los señaló.
-Hasta ahí ya llegaba.
Abrió los dedos y el glande redondo del clítoris apareció reluciente.
-Esta cosita gordita es el glande del clítoris. Es el punto débil de toda mujer y protagonista principal de nuestros orgasmos. No se debe atacar directamente, antes hay que presionar la capucha y bajar al coño y meter uno, dos, tres, o cuatro dedos, dependiendo de cómo sea el coño -metió tres dedos-. Sacó los dedos y del coño comenzaron a salir jugos parecidos a la clara de un huevo. Daniel le preguntó:
-¿Te estás corriendo, mama?
-No, hijo, la excitación hace que el coño lubrique.
-Dámelos a probar.
Rosa le llevó los dedos a la boca, Daniel se los chupó.
-¿Te gustan?
-Sí, tienen un sabor diferente a cualquier otra cosa que haya probado. Saben a... No sé a que saben.
-Saben a vicio, o por lo menos a mí es a lo que me saben.
-A eso saben, sí, a vicio.
-Ahora te voy a enseñar las diferentes maneras de tocar un coño. Se puede tocar presionado los dedos sobre la capucha del clítoris y moviéndolos alrededor de izquierda a derecha y de derecha a izquierda -presionó y los movió-. También los puedes mover de arriba a abajo y de abajo a arriba -Los movió-. Ahora toca aprender a usar los dedos... Asegúrate antes de meterlos en la vagina que ésta esté mojada. Empieza metiendo un dedo con la yema hacia arriba -lo metió-, luego pasa a dos -los metió-, y si la mujer necesitas más, mete tres -metió tres-. No metas los dedos como si fueran una polla, eso no nos gusta, tienes que meterlos y recogerlos dentro para tocar la pared superior de la vagina e ir de menos a más.
Rosa dejó de masturbarse, se volvió a poner las bragas y se cubrió con la toalla. A Daniel se le puso cara de tonto.
-¡¿Ya está?!
-Hay más, pero ahora, ponte a mi lado que quiero saber que buen alumno eres.
Daniel no se creía lo que estaba oyendo.
-¡¿Quieres qué te haga una paja?!
-Sí, hazme todo lo que te he dicho.
Daniel le acaricio el cuello con las manos, le amasó las tetas, le frotó el coño de arriba abajo y de abajo a arriba y presionó con tres dedos su vagina. Rosa le cogió las manos e hizo que acariciara con ellas el interior de los muslos y el contorno del coño. Al soltarle las manos le quitó la toalla. Daniel le amasó de nuevo las tetas. Luego le quitó las bragas. Rosa le cogió una mano, le puso dos dedos sobre la capucha del clítoris y los hizo girar alrededor de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Quitó la mano. Daniel la siguió masturbando... Luego le pasó un dedo por la entrada de la vagina. Vio que estaba mojada, se lo metió dentro y le hizo el "ven aquí". Rosa le dijo:
-Roza mi clítoris con la palma de la mano mientras sube y baja.
Lo rozó con la palma. Rosa acompasaba los movimientos del dedo y de la palma con los movimientos de su cuerpo.
-Me estás haciendo disfrutar un montón, hijo. Mete ahora dos dedos.
Se los metió y la masturbó. A Rosa se le escondieron las pupilas y gimió sensualmente. Daniel le preguntó:
-¿Te meto tres dedos, mamá?
-No, hijo, méteme la lengua.
Daniel quedó a cuadros.
-¡¿La lengua?!
-Sí. ¿No querías aprender a comer un coño?
Le metió la lengua dentro de la vagina y se la sacó. Rosa la abrió con dos dedos y le dijo:
-Lame los labios -los lamió varias veces-. Lame de abajo arriba presionado la lengua contra mi coño hasta que yo te diga -lamió como le había dicho-. Ahora lame el clítoris con la puntita de la lengua haciendo círculos sobre el -los hizo-. Chúpalo -Lo chupó- Lame de abajo arriba cómo antes, pero más aprisa -lamió- ¡Mas rápido que ya me corro!
Lamió más rápido y Rosa se corrió.
Después de correrse, le dijo:
-No acabaste de hacerme la paja.
Daniel le metió tres dedos en el coño corrido y la masturbó con ellos. Rosa, con otros tres dedos, frotó el clítoris de derecha a izquierda y de izquierda a derecha y alrededor, luego le cogió la polla con la otra mano. Daniel le dio al culo y folló la mano de su madre cómo si fuera un coño.
Estaban los dos a punto de correrse cuando dijo Rosa, con la voz entrecortada.
-La necesito, pero no debería.
-¿Qué necesitas, madre?
-Tu polla dentro de mi coño.
-No debería necesitarla, estoy a punto de correrme.
Aquellas palabras ya la dejaron frita.
-Métemela.
Daniel razonaba más que su madre.
-¿Y si te dejo preñada, mamá?
-Es ahora o nunca.
Daniel dejó de razonar.
-Entonces es ahora.
Se metió entre las piernas de su madre y le clavó la polla hasta el fondo del coño. Rosa volvió a frotar con tres dedos la capucha del clítoris alrededor de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
-Me voy a correr otra vez, hijo.
Daniel metiendo y sacando oyó los gemidos de su madre y vio cómo se le iban cerrando los ojos, cómo elevó la pelvis y luego, oyó cómo decía entre temblores:
-¡Me corro!
Se corrió cómo una loba.
Al acabar, se puso encima y le dijo:
-Ahora te voy a follar yo a ti. No te muevas. Solo disfruta.
Rosa le cogió la polla pringada de jugos y la volvió a meter dentro del coño. Puso las palmas de las manos sobre la cama y con las tetas colgando comenzó a follarlo, lentamente y mirándolo a los ojos. Poco a poco fue a acelerando sus movimientos. Sus tetas se balaceaban cada vez mas... Aparecieron sus dulces gemidos, y entre gemidos le dijo a su hijo:
-Magréame las tetas.
Se las magreó. Rosa lo folló a todo gas y con tanta intensidad que explotó antes de que se corriera su hijo. Daniel sintió el coño de su madre apretar su cipote y de su meato salió un tremendo chorro de leche al que acompañaron unos cuantos más que se mezclaron con los jugos de la corrida de Rosa.
Al acabar de correrse y de descansar, Rosa, se quitó de encima de su hijo y se puso boca arriba, Daniel le preguntó:
-¿Hay más cosas que deba aprender?
-Claro que sí.
-¿Cómo que?
-Cómo el sexo anal
Daniel no esperaba aquella confesión de su madre.
-¡¿De verdad?!
-Claro que sí.
-¿Te gusta el sexo anal?
-No es que me vuelva loca hacerlo, pero nunca digo que no a una buena enculada.
-¿Y por qué no lo hacemos ahora?
-No me provoques...
-Te provoco.
No tuvo que repetírselo.
-Vete a la nevera y trae dos yogures naturales.
Daniel volvió con dos yogures y se los dio a su madre. Rosa puso uno sobre a mesita de noche y con el otro en la mano le dijo a su hijo:
-Te voy a enseñar cómo preparar un culo para follarlo. Ponte a cuatro patas.
Daniel se puso en posición, Rosa abrió el yogur, cogió un poco con dos dedos y se lo frotó en el perineo y en el ojete. Luego untó un poco en las nalgas y se las masajeó, le dio palmadas en ellas y acarició su espalda con la otra mano. Luego volvió a frotar el dedo medio en el perineo y en el ojete antes de metérselo en el culo y follárselo con el. Cogió más yogur con la otra mano, pringó la verga y los huevos de yogur y después se los masajeó mientras le follaba el culo con el dedo. A ese dedo siguieron dos, con esos dos tiró hacia los lados, metió la mitad de los dedos dentro y los giró alrededor, o sea, hizo hueco, pero ella no tenía una polla gorda para meterle, lo que tenía era la lengua, y fue lo que le metió. Luego de dejarle el culo cómo un bebedero de patos, metiendo y sacando la lengua de él le cogió a polla y lo ordeñó hasta que le quitó la leche.
Al rato era Rosa la que estaba a cuatro patas, la que tenía el coño y el culo llenos de yogur y a la que le entraban y salían los dedos del culo. Mientras se los movía alrededor, le dijo:
-Úntame las tetas de yogur, magréalas y folla mi ojete con tu lengua.
Daniel obedecía cómo un perro fiel, un perro fiel que tenía un empalme brutal. Rosa estaba cumpliendo su mayor fantasía: Aprender a un hombre a follar y hacer con él lo que quisiera. Nunca se hubiera imaginado que ese hombre iba a ser su hijo, pero tampoco se había imaginado que la haría realidad. Perra perdida, le dijo:
-Fóllame el culo, pero despacito que la tienes muy gorda y muy larga.
Daniel tuvo miedo de hacerle daño a su madre, así que le puso la cabeza de la verga en el ojete y le dijo:
-Métela tú, mamá.
-Vale, pero azótame el culo mientras va entrando.
Rosa se metió un dedo dentro del coño y luego empujando con su culo la fue metiendo despacito dentro de él. La metió centímetro a centímetro. Daniel azotando las nalgas con las palmas de sus manos veía como la polla entraba y cada ve se le ponía más dura, tan durase le puso que reventó y le llenó el culo de leche.
-Así cariño, así, llénale a mami el culo de leche.
Pasara una porrada de tiempo cuando Daniel se volvió a correr. Rosa en ningún momento la había sentido cerca. Al acabar de correrse Daniel, y aún con la verga dentro de culo, le dijo ella:
-No hay mejor sexo que el oral.
-Es mejor el anal. ¡Que gustazo!
-Esa es una cosa que nunca debes hacer, llevarle contraria a una mujer estando follando con ella.
-Ni follando, ni sin follar, a una mujer nunca se le lleva la contraria.
-Ni pasar por alto sus indirectas.
Daniel de tonto no tenía un pelo. Le sacó la polla de culo. Hizo que se pusiera boca arriba. Metió la cabeza entre sus piernas,. Metió dos dedos dentro de su vagina, Le hizo el "ven aquí", lamió su coño de abajo arriba y masturbando a su madre, lamiéndole el coño y chupándole el clítoris le quitó una corrida bestial.
Al acabar de correrse, le dijo Daniel:
-Me has hecho un gran favor, si algún día necesitas algo, y está al alcance de mis manos no tienes más que pedirlo.
-Hombre, hay una fantasía que me persigue desde muy joven, pero no esta al alcance de tu mano, estaría al alcance de cuatro manos, además de las mías.
-¿Un trío?
-Sí, con dos hombres.
-¿Te gusta mi amigo Hugo?
A Rosa le pulsó el coño al oír aquel nombre.
-¡¿Ese bombón?! No creo que él se prestara a una cosa así.
-Se prestará, le gustas.
-¿Y tú cómo sabes eso?
-¿Importa cómo lo sé?
-La verdad es que no.
Rosa, vistiendo una falda negra de tubo, una blusa blanca, calzando unos zapatos negros y sentada en un sofá enfrente de su hijo y de Hugo, que estaban sentados en un tresillo delante de ella, decía:
-¿Qué vas a estudiar cuando vayas a la universidad, Hugo?
Hugo, que era un joven moreno, muy alto, con cuerpo de atleta y demasiado guapo para ser heterosexual, le respondió:
-Medicina
-Esa es una buena carrera.
-Sí, lo es.
Daniel se levantó, se puso detrás del sillón de su madre, le echó las manos a las tetas y magreándoselas y le dijo:
-Hugo quiere ser ginecólogo.
Rosa, poniendo cara de niña traviesa, le preguntó:
-¿Quieres hacerme una exploración mamaria, Hugo?
Hugo, que no sabía nada, de lo del trío, les dijo:
-¡Conmigo no juguéis que os violo a los dos!
Daniel, sonrió, y le dijo:
-Contigo vamos a jugar, colega, y sin violaciones. ¿No me decías que mi madre es la causante de tus pajas?
-Ese día estábamos borrachos los dos.
Daniel le fue abriendo los botones de la blusa a su madre.
-¿Es o no es la causante de tus pajas?
Hugo, viendo que la cosa iba en serio, ya no se anduvo con tonterías.
-Es.
-Ven y haz la exploración.
Hugo se levantó y se colocó delante de Rosa, Daniel le quitó a su madre la blusa y el sujetador. Hugo, sin exploración mamaria ni hostias, le echó las manos a las tetas y se las devoró. Daniel le dijo:
-Las coges con ganas.
Hugo paró de mamar para decirle:
-Anda que cuando le coja el coño.
Rosa quería hacer las cosas bien.
-Vamos para mi cama, muchachos.
Fuero detrás de ella mirándole para el culo, un culo que movía de un lado a otro con sus andares de vampiresa. Al llegar a a la habitación, la falda y las bragas le duraron encima un par de segundos, ya que Hugo fue a por ellas cómo un perro en celo. Luego, se agachó, le separó as nalgas y le lamió el ojete, Daniel no quiso ser menos, se agachó y le lamió el coño a su madre. Rosa quiso ser la que cortaba el bacalao.
-En pie, perritos -dejaron de comer coño y culo y se pusieron en pie-. Desnudaos.
Al tenerlos desnudos y empalmados, Rosa se echo de lado en la cama, levantó una pierna y dijo:
-A vuestros puestos, muchachos.
Daniel se metió en cana y le comió el coño, Hugo hizo lo mismo y le comió el culo, al tiempo que le sujetaba la pierna para que no se cansara. Al rato le dijo Rosa a Hugo:
-Métemela en el culo.
Hugo, que tenía un polla normalita, se la clavó en el culo, luego Rosa se echo sobre él, y con el coño abierto y encharcado, le dijo a su hijo.
-Cuando Hugo la quite métela tu, y cuando la metas tú que la saque él.
Así lo hicieron. Rosa comenzó a gemir desde el segundo uno hasta que se corrió como una perra, exclamando:
-¡¡¡Joder, que gusto!!!
Rosa casi se muere de placer. Aún estaba tirando del aliento cuando Daniel y Hugo se corrieron en sus labios en su frente, en su nariz..., en toda su cara. Le dejaron la cara perdida de leche.
Rosa había quedado tan exhausta, que les dijo:
-Me tenéis que perdonar, pero no puedo más. Pido tiempo muerto.
Se lo dieron y luego siguieron follando.
Quique.








