El pazo de Eugenio era del siglo XVIII, estaba hecho con piedra del país, como todos los pazos. En el interior tenía una gran cocina, diez habitaciones con baños, una sala, tres salones y garaje para seis coches. En el exterior tenía fuentes, estanques, piscina, jardines, campos con árboles frutales. Inmensos viñedos y una ermita. Era un pequeño paraíso.
Eugenio era un exempresario, cuarentón, moreno, alto, fuerte y más que potable, que se había quedado ciego en un accidente automovilístico. Se había casado en segundas nupcias con Olaya, una mujer asturiana que había sido su asistente personal, que tenía una hija llamada Prudencia, una joven de diecinueve años que había traído con ella hacía una semana.
Olaya era ahora la dueña de un gimnasio al que le había puesto su nombre. Eugenio se pasaba el día en su pazo gallego en compañía de Prudencia.
Aquella sala del pazo tenía el techo muy alto; era de madera de roble y de él colgaba una lámpara de araña. En las paredes había cuatro cuadros largos de aproximadamente un metro y medio de altura con escenas bucólicas que se encontraban en las esquinas. A la izquierda tenía cuatro sillas antiguas y una mesa de roble con un florero encima y en una pared tenía un gran ventanal con sus cortinas rojas recogidas. A la derecha tenía un piano y en la esquina estaba el mueble bar. En el centro había dos tresillos de madera y seis sillas, todas ellas tapizadas con motivos dorados.
En un tresillo estaba sentada Prudencia, una joven mulata, de estatura mediana, con ojos y cabello negro, que llevaba recogido en dos trenzas.
Enfrente de ella, con gafas negras, a pecho descubierto, sentado en el otro tresillo, y separados por una antigua mesa camilla, estaba Eugenio leyendo con los dedos un libro escrito en braille. Prudencia le preguntó:
-¿Me permite hablar con usted?
Eugenio dejó de leer y dirigió su mirada hacia donde había venido la voz.
-Claro que sí, princesa.
-¿Cómo hace para sobrellevar tan bien la ceguera?
-Hay que adaptarse cuando no hay más remedio, pese a que la procesión va por dentro.
Prudencia, que llevaba puesta una falda corta de color marrón y una blusa blanca, cruzó sus bellas piernas.
-No comprendo eso de que no hay más remedio.
-Es fácil de comprender. Hace solo cuatro años lo tenía todo: una exitosa empresa, salud, dinero y amor; luego la empresa empezó a ir mal, mi mujer se echó un amante y yo sufrí el accidente. ¿Ahora entiendes lo de que no hay más remedio?
-¿Su mujer era una zorra?
-Y yo un cabrón que merecía que me metieran los cuernos.
-¿Le fue infiel?
-Sí.
-¿Y para qué hacía eso?
-Para sentirme importante.
-¿Puedo hacerle otra pregunta?
-Ya te he dicho que puedes preguntar todo lo que quieras.
-¿Cómo pudo subsistir cuando la empresa pasaba malos momentos?
-Tenía una póliza de seguro muy potente.
-¿Puedo cambiar el tema?
-Cambia, cielo.
-¿De dónde conoce usted a mi madre?
-Nos encontramos al dar vuelta a una esquina; se disculpó al ver que yo era invidente. Nos tomamos unos cafés en un bar, y hasta hoy.
-¿Le agradó su voz?
-Sí, y luego me gustaron su cara y su cuerpo.
-¿Cómo consiguió gustarle su cara y su cuerpo sin verle?
-Ya había desarrollado el sentido del tacto, del oído y del olfato.
-Conoció su rostro y su cuerpo al tacto y supo cómo era.
-Exacto.
-Y sin tocar, no sabe cómo es otra persona.
-No, pero la imagino.
-¿Cómo se figura que soy yo?
-De piel clara, mides un metro setenta y cinco, y pesas unos sesenta kilos; lo de la piel clara lo imagino porque tu madre la tiene y lo de los sesenta kilos por tu voz.
-Se equivocó con lo de la piel clara, en un par de centímetros y en tres kilos, pero lo cierto es que se acercó más de lo que yo creía.
-¿Tienes la cara morena?
-Soy mulata; mi padre es brasileño.
-Dicen que las mulatas son muy bellas.
-¿Quiere saber cómo soy?
-Sí, me gustaría saberlo.
Se arrodilló ante él.
- Pues aquí me tiene.
Le tocó el pelo, bajó acariciando las coletas, puso las manos con dulzura sobre las sienes y después las yemas recorrieron su frente, la línea de sus ojos, su nariz, sus gruesos labios, su mentón y su cuello.
-Eres preciosa.
-Gracias.
Prudencia se levantó algo excitada y volvió a su sitio.
-¿Alguna otra pregunta, cielo?
-Una. ¿Quiere a mi madre?
-Sí.
-¿Cómo se puede amar y pasar por un momento difícil?
-Tenías que estar en mis zapatos para saberlo.
-Mejor que nunca esté; me voy a mirar cómo va la comida, si no tiene usted más que preguntar.
-No, no tengo.
Prudencia se fue a la cocina y abrió la puerta del horno de la cocina para ver cómo iba el pato a la naranja; luego de ver cómo iba y de cerrar la puerta, le vino a la cabeza el reconocimiento facial. Cerró los ojos e imaginó aquellas grandes manos descendiendo a sus pequeñas tetas, recorriendo sus caderas, sus muslos, y luego una de ellas metiéndose dentro de sus bragas. Abrió los ojos y se dijo:
-Esta noche tiene que caer una paja, una, por lo menos.
No esperó a que oscureciera. Habían comido en la sala y en la sala se pusieron a tomar la siesta. Eugenio se había recostado en la silla y respiraba a fondo.
Prudencia, que no podía dejar de imaginar situaciones picantes, abrió los ojos y vio que Eugenio tenía una erección que se marcaba en el pantalón del chándal que llevaba puesto y tuvo una conversación consigo misma.
-No seas mala. Esas cosas no se hacen. Aunque tocarte delante de él debe tener un morbo que te cagas. ¿Y si despierta y te siente? No se va a despertar, y si despierta, acabas la paja en tu habitación.
Se desabotonó la blusa, bajó las copas del sujetador y, mirando para la erección de su padrastro, comenzó a jugar con los pezones y con sus oscuras areolas. Cerró los ojos e imaginó que eran las manos de Eugenio las que la tocaban. Luego se puso en pie y se quitó la falda y las bragas, se volvió a sentar y se abrió de piernas. Un coño rodeado de vello negro quedó al aire. Se acarició el clítoris con un dedo, al tiempo que iba jugando con sus tetas y que miraba el empalme, un empalme en el que la polla parecía tener vida propia porque se movía debajo del pantalón del chándal. Al cabo de un rato, acariciando con dos dedos su clítoris y apretando una teta, se corrió como una perra, se corrió mordiéndose el labio inferior para no hacer ruido.
Luego se pasó un dedo por el coño, miró para los jugos y lo chupó.
Al acabar de correrse, se levantó, se puso la falda y las bragas, volvió a colocar el sujetador en su sitio, abotonó la blusa y siguió tomando la siesta.
Después de la siesta, Eugenio le dijo a su hijastra:
-¿Sabes dónde está la bodega?
-¿La bodega de quién?
-La nuestra.
-No.
¿Quieres que te la muestre para cuando tengas que ir por vino?
-Sí.
-Anda, ponte un jersey y tráeme uno para mí.
-Afuera hace unos cuarenta grados.
-Tú haz como te digo.
Lo hizo, y luego de abrigarse, Eugenio cogió el bastón y, de la mano de Pudencia, llegó al garaje del pazo donde descansaba un viejo Mercedes. Abrió una puerta lateral y la muchacha vio dos pasamanos y unas escaleras que llevaban a la bodega subterránea. Eugenio tocó los pasamanos de aluminio con él, y luego le echó la mano a uno de ellos. Prudencia le contestó:
-Usted no puede bajar por ahí, se mataría.
-Tranquila, conozco el sitio como la palma de la mano; agárrame el bastón.
Eugenio se apoyó en las barandillas y bajó los escalones. Detrás de él bajó Prudencia.
La bodega subterránea era enorme, tenía una prensa y un alambique, seis cubas por un lado, estanterías de botellas por los otros, una prensa en una esquina, barriles vacíos y una vitrina con copas y vasos y seis asientos hechos con troncos de roble y una mesa del mismo material, y hasta tenía una vieja cama donde dormía el que hacía el vino y el coñac.
Al llegar abajo, le dio el bastón y miró para los barriles de vino.
-¿Están los barriles llenos de vino?
–No, están todos vacíos, excepto uno que está lleno de coñac. Aquí todo se embotella.
Las botellas de vino y de coñac estaban en distintos estantes enfrente de los toneles.
-Sé dónde está todo; vámonos de aquí, que hace un frío que pela.
Eugenio se sentó en un tronco que había junto a la cama y le dijo:
-Toma una botella de vino blanco de 1903; está a la izquierda, en la parte superior, y solo debían quedar seis botellas.
La cogió y se la dio.
-¿Qué es lo que quiere hacer con ella?
-Tráeme el sacacorchos que está dentro de la vitrina.
Fue, regresó y se lo dio.
-¿Quiere saber si está avinagrado?
-Los vinos de una bodega como esta no se avinagran, cogen solera.
Prudencia no entendía de vinos.
-Sí. a la sombra. Lo veo muy raro. ¿Está usted bien?
-Después de beberlo, me voy a sentir mejor.
-¿¡Está loco!? Luego no podrá subir las escaleras.
-Hace falta más de una botella de vino para que yo me emborrache.
Le quitó la botella de la mano, le puso el tapón y le dijo:
-Si se quiere tomar el vino, se lo toma en casa.
Eugenio le cogió la mano derecha, la arrojó sobre la cama y se abalanzó sobre ella.
-No te he traído aquí por el vino, te he traído aquí para follarte.
Prudencia quiso quitárselo de encima, pero era mucho peso para ella.
-Si me viola, lo denuncio.
Buscando con los labios la boca de Prudencia, le dijo:
-Es tu culpa.
Pudencia lo miró con cara de asombro.
-¡¿Pero qué he hecho?!
-Una paja delante de mí.
La muchacha no se lo negó.
-¡¿Es que ve?!
-No, pero como ya te dije, tengo muy desarrollado el sentido del oído.
Se quitó las gafas negras y las puso a un lado. Prudencia se creyó perdida y trató de engañarlo.
-En casa, en casa le dejo, que aquí hace un frío que pela.
-Mientes muy mal.
Eugenio la apartó de encima, se acostó a su lado, la besó y le magreó las tetas. Se sentó, y a continuación sus manos le recorrieron la cintura, sus caderas y el trasero, el exterior y el interior de sus muslos y luego trató de quitarle la ropa interior. Prudencia le echó las manos a la goma de las bragas y se rebotó.
-¡Para metérmela tendrá que matarme primero!
-No voy a metértela, te voy a comer el coño.
Le echó las bragas hacia un lado, y luego le olisqueó el coño a fondo, llenando los pulmones con aquella esencia de sexo femenino.
-El olor de tu coño es pecaminoso.
La muchacha le suplicó.
-No me haga esto, por favor.
-Es comida de coño o follada, elige.
Prucencia quitó las manos de la goma de las bragas. Eugenio introdujo la punta de la lengua entre los labios vaginales y la movió arriba y abajo. Después se concentró y continuó lamiendo de abajo arriba; luego sacó y metió la lengua en su vagina, continuó lamiendo su clítoris y finalmente apretó su lengua contra su coño y lamió de abajo arriba cada vez más rápido hasta que la muchacha le golpeó la boca con su pelvis y se corrió en su lengua.
Y cuando acabó de correrse, dijo:
-Tu corrida es deliciosa.
Después sacó la polla empalmada. Prudencia se asustó al verla.
-¡Me dijo que no me iba a penetrar!
-Solo te la voy a frotar en el coño.
Le bajó las bragas sin que Prudencia protestase, le frotó la polla en el coño corrido, empujó y la polla no le entró.
-¡Dijo que no iba a metérmela!
- No me dijiste que eras virgen.
-¿No hubieras querido forzarme si se lo hubiera dicho?
Su respuesta fue clavarle de un trallazo la polla en el coño. Prudencia sintió como si se le rasgara el coño.
-¡Bestiaaa!
A medida que la polla fue entrando, fueron aumentando sus gritos de dolor y su llanto. Eugenio era masoquista, ya que con su llanto y sus gritos se le ponía más dura.
Con la polla entrada en el fondo del coño, la besó, y al besarla notó en sus labios el sabor salado de sus lágrimas. Con la polla enterrada en el coño, la puso encima de él. Prudencia quiso quitarse de encima y huir de allí, pero al moverse sintió dolor en la vagina y se quedó quieta.
-¡Me ha reventado el coño, es usted un sádico!
-Vete moviendo poco a poco, si quieres que te duela menos.
-Yo lo único que quiero es sacarla.
-Ese coche que te gusta, el Ford Capri. Si me besas y me haces el amor, te lo compro del color que quieras y te pago el seguro.
- Métase el coche por donde le quepa.
- Elige, o es el coche, o le cuento a tu madre lo de la paja, o te follo yo a lo bestia.
Prudencia estaba dolida, pero no por eso dejaba de pensar.
El Cpri daría mucho de qué hablar.
-El mes que viene es tu cumpleaños. Me estás cuidando, nadie va a ver cosas raras.
La elección era sencilla.
-Elijo el Fod Capri, pero tiene que saber que no sé follar. .
-Mejor
Prudencia, besando a Eugenio, empezó a menear el culo muy despacito. Sacaba un centímetro de polla y la volvía a meter, luego dos, luego tres, luego cuatro o cinco, luego siete, luego la metía y la sacaba toda mecha.
Ya no le dolía, ahora le escocía, le escocía y le gustaba, y también le gustaban los besos de Eugenio, unos besos que al principio le daban asco.
-¿Te gusta?
No le mintió.
-Ahora sí.
-¿Te vas a correr?
-No lo creo.
-Yo sí me voy a correr. Si me la chupas y te tragas la leche, te doy mil euros para gasolina.
Prudencia sacó la polla del coño, la agarró, la metió en la boca, le chupó el glande, y Eugenio, en nada, se corrió en su boca. La muchacha se tragó hasta la última gota de leche.
Cuando terminó de gozar, le preguntó:
-¿Quieres correrte otra vez en mi boca?
Prudencia bajó la cabeza y le contestó:
-Sí.
-Vente y ponme el coño en la boca.
-Me da vergüenza.
La atrajo hacia él y la sentó en su pecho.
-Pónmelo, tonta.
Le puso el coño en la boca. Eugenio lo lamió, al tiempo que le metía las manos por debajo del jersey y de la blusa, le bajaba las copas del sujetador y le magreaba las tetas. Luego paró de lamer y le dijo:
-Frota el coño contra mi lengua y juega con mi polla.
Prudencia no se había visto en otra igual. Tenía la polla de un hombre en su mano y su lengua en el coño. Ya estaba mala y al frotarse se puso peor.
-¿Por qué no la metes ahora?
La muchacha ya se tiró al monte.
-Antes me voy a correr.
Frotó el coño contra la lengua a toda mecha y se corrió en la boca de su pasadstro entre gemidos y convulsiones.
Al acabar de correrse, le sacó el coño de la boca, se sentó encima de la polla, despacito se la fue metiendo hasta el fondo y luego, con las manos apoyadas en su pecho, fue subiendo y bajando el culo, muy lentamente al principio, lentamente después, un poquito más rápido, más rápido y toda hostia cuando sintió que se iba a correr. Al correrse, se detuvo, y corriéndose, con los ojos cerrados y temblando, balbuceó:
-Me co, co, co, co, ¡me corro!
Eugenio se corrió dentro de su coño.
Al acabar, componiendo la ropa, le dijo:
-Espero que no me haya dejado preñada y que cumpla con lo que ha dicho.
-Has cumplido y yo cumpliré, y no te he dejado encinta, soy estéril.
-Me quita un peso del corazón.
-Dame las gafas y la botella de vino, por favor.
Cogió las gafas negras y se las dio; luego pilló la botella, le quitó el corcho y le echó un trago.
-Está rico.
-A ver si vas a ser tú la que no pueda subir las escaleras.
II
Prudencia sabía que su padrastro no intentaría forzarla de nuevo porque en el pazo no podría pillarla. Ella quería volver a follar con él, pero no quería ofrecerse, así que iría acercándose de una manera sutil.
Un día estaba desnuda en la piscina en una hamaca. Su cuerpo brillaba bajo el sol. Tenía en su mano izquierda una ginebra con tónica con mucho hielo. Eusebio estaba a un par de metros de Pudencia, echado en otra hamaca con un ron con cola y mucho hielo en su mano derecha, bebidas que había hecho ella. Le preguntó:
-¿Por qué no hay servicio?
-Porque nunca se sabe quién mete uno en casa; lo mismo es una buena persona que una infiltrada del seguro.
-¿Pero no me había dicho que ya le habían pagado la indemnización?
-Sí, pero los seguros nunca dan el dinero por perdido, siempre creen que les han tomado el pelo.
-Si no tiene nada que ocultar...
-Eso no impide que pueda tener en casa a un intruso o a una intrusa.
-No confía en nadie.
-Desconfía y darás con la verdad.
-¿Y de mí desconfía?
-No.
-Lo podría estar robando.
-Estarías robándote a ti misma. Cuéntame cosas de ti.
-¿Qué es lo que quiere saber?
-¿Has dejado novio en Asturias?
Prudencia bebió otro trago de ginebra con tónica y luego respondió:
-No, nunca he tenido novio.
- ¿Alguna vez has ido a los carnavales de Brasil?
-¿Por qué me lo pregunta?
-Porque me habías dicho que tu padre es brasileño.
-No conozco a mi padre, y jamás he estado en Brasil. ¿Usted ha estado?
Ahora fue Eugenio el que le echó otro trago a su ron con cola.
-Sí, hace diez años.
-Suerte la suya; yo no he pisado ese país más que en mis pensamientos.
-¿Quieres pisarlo?
-Sí... ¿Me va a hacer otra proposición indecente?
-Solo si quieres que te la haga.
-No quiero aque me la haga, pero tengo curiosidad por saber de qué se trata.
-Te pago un mes de vacaciones en Brasil por un polvo en el que pueda gozar de tu culo.
Prudencia acabó la ginebra con tónica.
-Me rompió el coño por un coche y me quiere romper el culo por un viaje.
-¿Te parece poco premio el viaje?
Prudencia ya tenía ganas de volver a jugar con su padrastro y, si encima le pagaba unas vacaciones en Brasil, mejor que mejor. Lo del trasero lo consideró daños colaterales, así que le dijo:
-Me parece que me va a doler mucho, pero voy a ir de vacaciones a Brasil.
Prudencia se puso en pie, pilló la crema Nivea de caja azul, fue junto a su padrastro y le dijo:
-Póngase en pie y deme crema mientras se hace a la idea de cómo es mi cuerpo.
Eugenio se puso en pie. Prudencia le cogió la mano derecha y le enterró tres dedos en la crema. El hombre frotó las manos y luego le dio crema en la cara, en los hombros y en el cuello. Bajó por el pecho, se encontró con las tetas y se llevó un sorpresón.
-¡Coño!
Prudencia, luego de reírse, le dijo:
-El coño está más abajo.
Eugenio le dio un magreo de tetas que le dejó los pezones duros como el granito.
-Tienes las tetas más duras que he tocado.
-El culo también lo tengo duro.
Prudencia se giró y le dio la espalda. Eugenio le dijo:
-Más crema.
La muchacha le volvió a enterrar los dedos en la crema. Eugenio, luego de frotarse las manos, le dio crema en la espalda hasta llegar a su culo, un culo redondito y duro como le había dicho.
-Tienes un culo que dan ganas de comerlo.
-No se quede con las ganas.
Le separó las nalgas y le lamió y le folló el ojete, al tiempo que le daba crema, en la cintura primero y en las piernas después.
Poco más tarde, Prudencia se giró, le echó una mano a la nuca y le llevó la boca al coño.
-Mire qué jugoso está.
Eugenio le enterró la lengua en el coño, y después lamió de abajo a arriba y apretando la lengua contra el coño. Luego le metió el dedo pulgar en el culo y se lo folló.
-¿Te gusta?
-Sí, me gusta mucho.
Al rato, con la lengua entrándole y saliéndole del coño y el dedo entrándole y saliéndole del culo, le dijo:
-¿La quiere?
-Sí.
¿La quiere ya?
-Sí.
Moviendo la pelvis, sacó la lengua del coño, la frotó contra el clítoris y le dio en la boca una corrida brutal.
Al acabar de correrse Prudencia, Eugenio se puso en pie y la besó.
-Te quiero follar a cuatro patas. Quiero que seas mi perra.
-¿Tendré que ladrar?
-No, vas a aullar cuando te la meta en el culo.
-No me meta miedo, que yo enseguida me rajo.
-Era una broma.
-Pero doler me va a doler.
-Eso no lo dudes. ¿Te pones a cuatro patas o no te pones?
-Me pongo.
Se puso a cuatro patas. Eugenio se quitó el bañador, se arrodilló detrás de ella y, con las manos en su cintura, se la frotó en el coño y luego se la fue clavando, despacito; después metió y sacó cada vez más aprisa e hizo paraditas para no correrse. En la última paradita le agarró las tetas; le ametralló el coño y, al sentir cómo se corría, le fumigó el coño con leche.
Al sacarle la polla del coño, Prudenciale preguntó:
-¿Por qué no me la metió en el culo?
-Porque esta fue la primera parte del polvo. Ahora vete a buscar otro ron con cola, pero antes acércame a mi hamaca.
Prudencia lo acercó a la hamaca. Luego se puso las chanclas de dedo, cogió los vasos de tubo y se fue. No había peligro de que la vieran porque al pazo lo rodeaba una muralla de más de cuatro metros de altura. Regresó con otros vasos de tubo y le dio el suyo a Eugenio.
-Aquí tiene.
-Gracias, preciosa.
Yendo con la ginebra con tónica a su hamaca, le dijo:
-¿Sabe una cosa?
-Como no me la digas...
-Al principio me sentí mal después de darle el cuerpo, pero ahora me gusta ser su puta.
-No eres mi puta, eres mi amante.
Eugenio cogió el bastón, se quitó las gafas negras y se puso en pie.
-¿Adónde va?
-A la piscina.
Eugenia se levantó y lo cogió de la mano.
-Suelte el bastón; yo lo llevo a la agarradera de la piscina.
Lo llevó. Eugenio, ayudado de la agarradera, descendió las escaleras de la piscina y luego se arrimó a la pared, donde el agua le daba por el ombligo.
-Vente, cielo.
Prudencia se metió en la piscina y luego se puso enfrente de su padrastro.
-¿Va a ser aquí donde me rompa el culo?
-Sí, pero antes bésame y ponme la polla bien dura,
Prudencia le echó una mano a la nuca, le agarró la pollá, le metió la lengua en la boca y lo comió a besos. Como no movía la mano, Eugenio se la cogió y le enseñó cómo se meneaba.
-¿Los hombres hacéis así las pajas?
-Sí.
Prudencia, entre paja y morreo, se fue poniendo cada vez más perra, tan perra se puso que metió la cabeza debajo del agua y le chupó la polla. Lo hizo unos segundos, pero le debió de gustar, ya que volvió a bajar cuatro veces más. A quien le gustaba, y mucho, era a Eugenio, que cuando dejó de bajar y lo volvió a besar, le echó las manos al culo, la levantó y se la clavó en el coño. Prudencia le rodeó el cuello con los brazos y volvió a comerle la boca.
Eugenio la folló subiendo y bajando su culo, sin prisa, pero sin pausa... Tiempo después, cuando Prudencia se iba a correr, la sacó y se la puso en el ojete.
¿Preparada?
-No,
-¿Lista?
-Muy lista no soy; si no, no estaría haciendo esto.
-¡Ya!
A Prudencia se le encogió el culo, pero al ver que no se la había metido, se relajó; fue entonces cuando le clavó el glande en el culo.
-¡Falsoooooo!
Siguió metiendo y la polla acabó en el fondo de su culo. Luego le dio suave.
Prudencia ahogaba sus gemidos de dolor con la boca en su cuello, pero sin saber cómo ni por qué, empezaron a temblarle las piernas.
-Me corro.
Al acabar de correrse, se la sacó del culo, se la metió en el coño, le dio a mazo y en nada se corrió dentro de su coño.
Luego de gozar, tomando y descansando, le dijo Prudencia a Eugenio.
Desde luego, si no llega a ser estéril...
-Pero lo soy.
-Es de suponer que si le fue infiel a su mujer con otras mujeres y no quedaron embarazadas...
-Bueno, con ellas usaba condón.
Prudencia, ya tenía la mosca detrás de la ordeja.
-¿Su ex tiene hijos?
-No, pero tu madre te tuvo a ti y no queda preñada.
-Ayayayay.
-¿Qué?
-Que mi madre quedó mal después de tenerme a mí y no puede tener hijos,
-No me había dicho nada de eso.
-¿Se lo preguntó?
-No.
-Como haya quedado embarazada, no sé qué será de mí.
-Si quedaste embarazada, vendo todo lo que tengo y me voy contigo a las Bahamas, si quieres ser mi mujer.
Mes y medio después, Prudencia y Eugenio volaban rumbo a las Bahamas. Habían comido y Prudencia acababa de terminar un yogur. Eugenio se quitó sus gafas negras, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y limpió un poco de yogur que le había quedado en la comisura de los labios. Prudencia miró a Eugenio a los ojos y le dijo:
-Gracias... ¡Qué cabrón!
Quique.
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