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Colcho - Nero
No hablo del Nero de Matrix... sino de otro Nero. En este caso de Rainiero, aunque todo el mundo le llama por ese diminutivo. Hasta en la visera de su pequeño camión Avia eso es lo que está escrito.
Los que seáis algo mayores y de pueblo recordaréis los camiones que recorrían las comarcas de este nuestro querido país vendiendo colchones de muelles y comprando los de lana.
Para los que no sepáis de que va esto me explicaré un poco mejor. Por entonces las camas tenían colchones rellenos de borra de oveja. Necesitaban mantenimiento. Cada primavera había que vaciar la funda y darle con una vara al montón de lana para airearlo y que no se apolillara. Era un suplicio.
En cuanto los de muelles fueron lo suficientemente baratos por los pueblos iban furgonetas y pequeños camiones cambiando los viejos sobre los que nuestros abuelos habían copupulado por el nuevo modelo.
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Ya era hora de deshacerme de dos viejos colchones rellenos de borra de oveja que tenía arrinconados en un desván de la vieja casa de mis abuelos. Ya hace tiempo que mi madre les había comprado buenos colchones de muelles. Pero esos dos habían quedado olvidados.
Hacía un calor de narices. Agosto en esos pueblos de la meseta y el sol podría derretir las piedras. Estaba pasando el verano con mis abuelos. De vacaciones de la universidad solo pretendía pasar unos días tranquilo.
Durante el curso había estado liado con un compañero en una relación algo tumultuosa. En esa época los homosexuales todavía no eran muy bien vistos. Así que teníamos que escondernos cada vez que queríamos hacermos unos pocos cariños. Pero todo había terminado cuando me fui de retirada a la pequeña aldea.
Era curioso que en los pueblos pequeños donde los críos jugaban con sus colitas en los pajares, viendo a los animales copular y experimentando con su sexualidad, una relación de ese tipo no estaba muy mal vista.
Al cruzar la plaza esa tarde, frente al ayuntamiento, vi que estaba aparcado el pequeño camión Avia del colchonero. Al lado de la cabina intentando buscar un resquicio de sombra estaba Nero fumando un cigarrillo. Vestía un vaquero roto y una camiseta de tirantes que sería blanca al salir de la lavadora. En ese momento lucía unas grandes manchas de sudor.
Admito que ese aire de chuleta me atraía. Además de que el cabrón está bien bueno y es bastante mono de cara. Recorría las carreteras de la comarca en ese vehículo que para entonces ya era bastante venerable comprando lana. Su padre, Nero senior, que lo había hecho hasta unos meses antes se había hecho mayor para eso y se quedaba en la tienda que tenían en la ciudad.
En ese momento yo iba vestido con una vieja camisa casi abierta del todo luciendo el torso y unos pantalones cortos, nada más. Y aún solo con eso estaba pasando un calor terrible.
Recordé los dos colchones que tenía en el desván. En ese momento solo pensaba en deshacerme de ellos y ganar unas pesetillas. No tenía ninguna intención libidinosa. Esa es mi historia y me atengo a ella. Fue entonces cuando me acerqué a él.
En la plaza no había nadie. Todo el pueblo estaría durmiendo la siesta. Así que sería bastante discreto si me acercaba y le proponía el negocio. Y aún no pensaba en el negocio que todos los tíos tenemos entre las piernas.
- Hola, ¿te marchabas ya?.
No sé si fueron ilusiones mías pero creo que me echó un detenido vistazo de arriba abajo.
- Pues depende de lo que necesites.
- No necesitamos ninguno nuevo pero quedan un par de viejos de lana. ¿Te los podrías llevar?.
- Claro, sube y me indicas.
Me subí a la cabina que desde luego en esa época y sin aire acondicionado era como el interior de la fragua del herrero del pueblo. Terminé de abrirme la camisa, tenía una buena excusa. Y creo que cada vez que me inclinaba hacia el parabrisas él miraba mi torso y vientre desnudos.
- ¡Cómo pega el sol!.
- Ni con el ventilador al máximo y las ventanillas abiertas se refresca esto.
- A mí no me molesta el calor.
Dejé caer la frase pensado en que estaba caliente por algo más que por la temperatura. Me terminé de quitar la camisa para secarme algo del sudor.
- A mí tampoco me molesta sobre todo si no te importa que yo también me quite la camiseta.
- Adelante. Estarás más... cómodo.
Estaba pensando que estaría más visible. Por fin nos acercábamos a la casa. Le sugerí que parara un poco más allá en un rincón con un resquicio de sombra y nos bajamos a buscar los colchones. Le indiqué por dónde se subía al desván y le dejé ir delante para contemplar ese culo duro y pefecto marcado en el vaquero.
Al agarrar la funda del primero nuestras manos se juntaron en la tela. Fue algo accidental, pero mantuvimos el contacto un momento más de lo que hubiera sido normal. Lo que me dio esperanzas de que él compartiera mis gustos.
- Si estos colchones hablaran lo que podrían contar.
- Pues ese que tienes en la mano mucho. Mi abuela tuvo ocho hijos y en esa época mi abuelo se los haría ahí.
- ¿Tú no lo has probado?.
- ¿Para dormir o para follar?.
Su sonrisa enigmática prometía mucho.
- Tendría que ver en qué condición están.
- Podemos estirarlos en el camión. Mis abuelos están durmiendo la siesta ahí abajo.
Sin más demora cargamos uno cada uno y los llevamos al vetusto vehículo. Por suerte la caja estaba casi vacía. Y la calle de mis abuelos muy solitaria. Sino habríamos tenido que salir a aparcar el camión en una era.
- No has hecho mucho negocio todavía.
- Hasta ahora no me había surgido una buena oportunidad.
Me puse a desatar el cordel que mantenía uno de los colchones enrollados. El se pegó a mí espalda pero claramente no tenía intención de ayudarme. Por fin pude notar su polla en mis nalgas y su aliento en mi cuello.
- ¿Y esta si lo es?.
- Eres lo mejor que he visto en todo el día.
- Habría que probar los colchones. Para ver si son un buen negocio.
- Estoy de acuerdo. Por lo que he visto hasta ahora prometen.
Moví el culo lado a lado para notar su erección mientras extendía el colchón sobre las tablas de la caja del camión. Sonriendo lascivo me tumbé boca arriba abriendo las piernas para dejarle hueco entre ellas. Me devolvió la sonrisa y vino a tumbarse sobre mi cuerpo. Buscó mi boca con sus labios. Apresé su cuerpo entre mis muslos.
Bajo las telas vaqueras las dos pollas estaban duras como piedras. Esculpidas en mármol no lo hubieran estado más. Tiré de su camiseta sudada con ganas de ver y probar ese torso. Lo incorporé un poco, lo suficiente para poder pasar la lengua por sus pezones, la piel del pecho y llegar a las axilas. Me ponía ese olor y sabor a sudor, a hombre.
Esperaba que a la hora de la siesta no pasara nadie por esa calle casi en las afueras del pueblo. O esa teórica persona vería como se movían las ballestas de la suspensión del vetusto vehículo.
Yo tenía una camisa vieja abierta del todo. Tampoco le costó inclinarse a chupar mis pezones y pasar la húmeda por toda mi piel. Aún así me deshice de la prenda. Sujetó mis muñecas sobre mi cabeza para lamer mis sobacos. Bajaba hacia mi vientre y metía la lengua en el ombligo.
Y lo hacía lento, haciendo que deseara más, mucho más. Llegó a la cintura del short y abrió los botones uno a uno. Como si no importara la presión que mi rabo hacía en la tela. Porque debajo no llevaba nada, nada más que mi falo y mis huevos que no deseaban más que ser acariciados y lamidos. No pude controlar un gemido, que en ese miento temí que hubiera escuchado mi abuela, cuando su lengua se deslizó por mi glande.
Aquello estaba siendo la tortura más placentera que nunca hubiera sufrido. Sabía que me iba a follar y no teníamos nada más que nuestras salivas para lubricar. Pero no sería pronto a juzgar por cómo terminó de sacarme el pantalón corto. Por cómo miraba mis genitales con una increíble cara de vicio y por cómo se inclinaba hacía ellos con hambre de rabo.
Me dejé hacer. Permití a su lengua recorrer el tronco. Vi mi glande entrar en su boca golosa. Sentí cuando empezó a chupar mis huevos como caramelos. Cuando separó más mis muslos y bajaba lamiendo mi perineo buscando el culo sudado tenía que moder mi mano para que mis gemidos no se oyeran fuera del camión.
Apenas podía controlarme cuando levanto mis piernas hasta que las rodillas tocaron mi pecho. Entonces clavó la lengua en el ano. Lo hizo sin dejar de acariciar mi polla con una mano. Si no me oyeron entonces fue porque estaban muy dormidos. Dejaba caer saliva en el agujero, justo al dónde más se nota. Dulce, empezó dilatándome con un dedo o dos. Sentía tanto placer que no estaba para matemáticas.
- Sácate el pantalón. Necesito ver y tocar tu polla.
- Ya mismo.
Con el vaquero arrastró el slip y al fin pude ver esa herramienta que tanto deseaba. Era perfecta cómo el resto de su cuerpo, larga y recta, las venas se marcaban llenas de sangre. El glande morado e hinchado cabeceaba cómo buscando un agujero donde meterse. Los huevos colgaban en un escroto arrugado. Todo rodeado de espeso vello. Por entonces nadie se depilaba. Pero si a él no le había importado mi pelo a mí me encantaba el suyo.
- ¿Me la comes?.
- Al menos habrá que ponerle saliva.
Arrodillado junto a mi cabeza me la dejó al alcance de mi boca. Tenía ganas de chupar esos testículos, de lamer el glande y todo el tronco. Pero también pase una mano entre sus muslos para jugar con el culo y meter un dedo en el ano sin que protestara. Parece que tampoco ese trasero era virgen.
No había parado de estirar el brazo y de ponerme sus babas No dejaba de meterme dedos a la espera de su verga. A la que en ese momento le estaba poniendo toda la saliva que me quedaba en la boca.
- Clávamela ya. Te quiero dentro.
Es fuerte. Se puso entre mis muslos y apoyó mi culo en los suyos. El glande en mi entrada. El toldo de la caja era imposible que ahogara nuestros jadeos. Al menos los que soltamos cuando empezó a entrar en mí. No tenía prisa y se fue abriendo camino en mi recto como un cuchillo en mantequilla.
Agarró mi polla y pajeándome comenzó a mover la cadera. Cada empujón más dentro de mi culo. La otra mano tenía que sujetar mi cintura para que el sudor de nuestras pieles no hiciera que se saliera. Conseguí rodearlo con las piernas para hacer más presión. Aún así la postura no era del todo cómoda. Hasta que no volvió a levantar mis piernas hasta el pecho no logró entrar del todo.
Fue entonces cuando pudo acelerar el ritmo, clavarme hasta el fondo. Con el sudor de su pecho cayendo sobre mi cuerpo. Con el mío saliendo de cada poro de mi piel. Con el calor de agosto poniendo el camión como un horno dónde se consumaba nuestra pasión.
Ya casi sin tocar mi polla me llego un orgasmo arrasador, que llenó mi vientre con mi propio semen. Me corrí antes que él. Aún tardó unos momentos más en llenarme de lefa. Mientras su reblandecida polla salía despacio de mi culo se derrumbó sobre mi cuerpo buscando mi boca. Buscaba nuevos besos, mi lengua jugando con la suya. Pero mi semen entre nuestros vientres le llamaba.
Volvió a repetir el recorrido que había hecho antes lamiendo mi torso. Y recogiendo mi lefa con labios y lengua. Cuando no quedaba ni una gota sobre mi piel volvió a besarme para compartir mi sabor.
Tumbados de frente no dejábamos de besarnos y acariciarnos ya más relajados pero sudando, mucho.
- Tenemos que repetir. Eres lo más morboso que me he echado a la cara.
- Y a otras partes por lo que parece. Pero tienes razón. Además tienes que follarme tú. Cuando vuelva por este pueblo descuida que te buscaré. Pero tendría que ponerme en marcha.
No quería que se fuera. Para mantener en mis retinas un momento más la visión de ese cuerpo pefecto se me ocurrió una última idea.
- ¿Te apetece remojarte un poco antes de irte?.
- ¿Cómo?. No debemos despertar a tus abuelos.
- La manguera del corral. Al menos te puedes quitar un poco el sudor e ir más fresco.
- Pues vamos.
No nos pusimos la poca ropa. Bajamos desnudos del camión y entramos por la trasera del corral. Riendo abrí la llave y apunté a su cuerpo con la goma. El agua resbalaba por su piel dorada haciendola todavía más sensual y lasciva de lo que ya era con la capa de sudor. Recorría su cuerpo con las manos dándome un espectáculo que las mejores películas porno de la actualidad no han conseguido igualar.
Los restos de mi semen seco en su vientre fueron arrastrados por el agua. Lavó su polla que amenazaba con volver a ponerse dura, como la mía. Incluso se giró y apunté el chorro de sus a su ano cuando separó las nalgas con manos. Me había quedado con las ganas de clavar mi lengua allí.
- Estás buenísimo, tío.
- ¿No tienes nada para secarme?.
- Nada aquí. Tendrás que ir con la ropa mojada pero no creo que te constipes.
Yo también me puse el short sobre mi piel húmeda. Salí a despedirlo con un último morreo junto a la puerta de la cabina, donde se leía Nero, el colchonero y un número de teléfono.
Volvió dos veces más por el pueblo aquel verano. Por fin pude lamer yo su culo duro y follarlo cómo me había prometido la primera vez. Pero el calor pasa y tuve que volver a la universidad. Aún guardo el número de teléfono aunque nunca llegué a llamar.
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Larga y próspera vida
ufff buen relato
hay continuacion ?
De este no creo, pero tienes unos cuantos más del mismo tema.
Larga y próspera vida





