Iba de chula y sali...
 
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Iba de chula y salió chuleada

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José
(@quique)
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Registrado: hace 7 años
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Topic starter   [#693]

Marta estudiaba en las Filipenses, un colegio de monjas. Era morena y pecosa, medía un metro cincuenta y cinco, tenía los ojos azules, su cabello negro le llegaba hasta la cintura, no era gorda ni flaca, y era bastante guapa. Su padre cometiera un desfalco y lo metieran en la trena, por eso su madre y ella vinieran a vivir a la casa de sus abuelos, un caserón rodeado de muchas tierras donde apastaban unas veinte vacas. Marta era lo que hoy en día llamarían chica pija.

Una tarde de verano paseaba Marta por el lado del río con Fita, la hija de la criada de sus abuelos. Mi amigo Tito y yo estábamos pescando truchas con caña de bambú, tanza, anzuelo y gusanos. Se pararon a nuestro lado y la repipi le dijo a Fita:

-Sin estudios los hombres acaba así, pescando para comer, pescando y cazando cómo hace millones de años.

La miré, llevaba puesta una falda de tablas de color azul muy larga, una blusa blanca y calzaba sandalias marrones de tiras. Hable con Tito:

-Mal futuro te ve esa.
-¡Que sabrá esa revenida!

Se veía que la quería emprender conmigo, ya que me dijo:

-Y a ti te veo el mismo, guapito de cara.

Me levanté, a medio metro de ella la miré con cara de pocos amigos, y le dije:

-Paso porque creas que soy un inculto porque no me conoces, pero a mí no me llama maricón ni mi abuela, pecosa.
-Dije guapito de cara, pero quien se pica es porque ajos come.
-¡Ay que coño! ¡Me estás tocando los cojones, pecosa!

Se puso brazos en jarra. Me miró con cara de mala hostia, y dijo:

-¡¿Qué me has llamado?!
-Pecosa.

Me echó las manos a los pelos y con los ojos cerrados me tiró de ellos. Le eché las manos a las tetas y tiró con rabia. Le eché una mano al chochito y aún tiró con más rabia. Le metí un beso en todos los morros. Dejó de tirar. Abrió los ojos cómo platos, dejó que mi lengua entrara en su boca y acariciara la suya y segundos después me dio una bofetada que me puso la cara del revés.

-¡Sinvergüenza! Se lo voy a decir a mi madre.

Me reí de ella.

-¡Uy, que miedo! -agité las manos- Mira cómo tiemblo.

Al día siguiente fui a pescar solo al mismo sito. Ya estaba cayendo la noche cuando pesqué una trucha que debía de pesar cuarto kilo.

-Caíste, cabrona -le dije al sacarla del agua.

Estaba tan enfrascado que no la sentí llegar, pero oí su voz a mis espaldas.

-Para cabrón tú.

Era la madre de Marta una mujer de poco más de cuarenta años, morena, de ojos azules, estatura mediana y robusta. Llevaba puesta una blusa blanca, una falda marrón que le daba por encima de las rodillas y una pañoleta y zapatos a juego. Me cogió por los pelos y me dio dos bofetadas, de banda a banda: "Plas, plas".

-Y si le vuelves a tocar a mi hija, te cojo los huevos -me los cogió-, y aprieto -apretó un poquito-, pero aprieto fuerte.

Yo era mas delgado que ella, pero era más fuerte, al quitar las manos de mis huevos la agarré, la eché boca abajo sobre la hierba, le puse un brazo en la espalda, con la trucha le levanté la falda y se la metí dentro de las bragas. La trucha estaba viva y le daba a la cola entre sus nalgas. Le dije:
-¡A mí no me toca nadie la cara y se va de rositas!

Se puso cómo una fiera,

-¡Te mato! ¡¡Cuándo me levante te mato!!

Me senté encima de ella. Le quité la pañoleta y la amordacé, después saqué del bolsillo el rollo de tanza y le até las manos a la espalda. Albina se debía estar cagando en todo lo que se movía, pero yo no le entendía nada. Al tenerla indefensa, le bajé un poco más las bragas y le quité la trucha, que con el calor de su culo ya había pasado a mejor vida. La verdad es que había hecho todo aquello para darle un susto y que nunca más volviera a tocarme, pero al ver su culo me puse malo. Saqué la polla, le bajé las bragas hasta las rodillas, me eché encima de ella y la metí hacia abajo entre sus nalgas, al tener las piernas cerradas y tener que presionar con mi cuerpo sobre el suyo para que no se me escapara no le llegaba a rozar el coño, pero me corrí frotando el glande entre sus nalgas. Sabía que me esperaba el reformatorio, así que si tenía que ir iba a ir lleno de culo, tetas y coño. Le di la vuelta y me senté sobre su estómago. Su mirada era de odio. Mi polla seguía empalmada cómo antes de correrse.

Farfulló no se qué mientras le desabotonaba la blusa. Después le bajé las copas del sujetador y vi sus grandes tetas con areolas rosadas y pezones gorditos. Las cogí con las dos manos, metí la polla en medio de ellas, las apreté y se las follé. Albina cerró los ojos, ya no quería ni verme. No tardé en correrme de nuevo sobre sus tetas. Tenía dieciséis años, casi diecisiete, leche para descarrilar un tren, y vicio, mucho vicio.

Después de correrme me senté sobre sus muslos y lamí la leche de sus pezones y de sus tetas, lamí y mamé. Albina seguía con los ojos cerrados. No quería ver lo guarro que era. Luego le cogí los pies y le abrí las piernas, se las abrí e hice que flexionara las rodillas. No ofreció resistencia. Pensé que me cogiera miedo. Su coño estaba abierto y mojado. Me gustaban así, ya había comido alguno y de mojados estaban deliciosos. El caso fue que le pasé la lengua y su agujero, así lo llamaba yo en aquellos tiempos, el agujero comenzó a abrirse y a cerrarse y a darme sus jugos cremosos, si cremosos, su coño no era como los otros que había comido que echaban algo así cómo babas. Albina tampoco era cómo las otras mujeres que gemían y se retorcían, Albina se corrió y estaba cómo muerta. El que se asustó ahora fui yo. Le di la vuelta, corté la tanza con mi navaja y ella se quitó la mordaza. Su seriedad imponía más que cualquier otra cosa que me pudiera decir, o eso creía, ya que cuando abrió la boca, fue para decir.

-Esta noche duermes caliente en el cuartel de la guardia civil.
-Ya lo sabía, pero valió la pena.

Mirando para mi polla empalmada, me dijo:

-¡Qué valió la pena, atontado!

La amenacé.

-No me llames atontado que te follo el coño y el culo, total el castigo va a ser el mismo.
-¡Atontado!

La volví a amenazar.

-¡Mira que vuelvo a sacar la navaja!

Lo tomó a cachondeo.

-¡Uy, que miedo me das! Eso que tienes en el bolsillo no es una navaja, es un corta uñas, atontado.

Me estaba vacilando bien vacilado.

-¡¿Qué hago contigo?! ¿Te follo... no te follo?

Miró para las bragas, que las tenía tapando sus tobillos, y me preguntó:

-Decídete de una puñetera vez. ¿Me subo las bragas o las quito?

Fue oír sus últimas palabras y mi polla se puso mirando para la luna.

Me bajé los pantalones, me quité las zapatillas, quite la camisa, y al estar en pelotas, me dijo:

-¡Qué bueno estás, cabrón! ¡¡Te voy a dejar seco!!

Al estar desnuda se arrodilló delante de mi y me mamó la polla hasta que me corrí. Es ese momento la sacó de la boca y la frotó en sus tetas, después se levantó y me dijo:

-Mama mis tetas que tienen mucha leche.

Las mamé hasta dejarlas limpias, después me agaché y le lamí el coño mojado.

-La pepitiilla, me dijo, no te olvides de la... -se la chupé-. Lame... chupa... lame... lame... chupa... lame... más aprisa... más... ¡¡Toma!! -dijo echando la pelvis hacia delante y corriéndose en mi boca.

Me tragué sus jugos cremosos y me relamí. Después se puso a cuatro patas.

-Dentro del coño no te corras, pero para correrte dentro del otro sitio tienes mi permiso.

Me acababa de decir que se la podía meter en el culo, no, insinuó que le gustaba por el culo, fuera cómo fuera la cogí por la cintura y con mi lengua le lamí y le follé el culo... Se puso tan cachonda, que se tocó la pepitilla y se follo el coño con dos dedos. Al ver lo que hacía le puse la polla junto los dedos, la cogió la metió hasta el fondo, y me dijo:

-No te muevas.

Sus dedos volaron sobré la pepitilla y se corrió a lo grande, bañando mi polla y estrangulándola con ritmos acompasados. A duras penas pude aguantar. Nada más acabó le metí la cabeza en el culo y me corrí mientras mi polla iba entrando en él.

Al acabar de correrme, miró el reloj de pulsera y se puso en pie con la agilidad de una gata.

-¡Tengo que irme¡ Ya hace más de una hora que salí de casa.

Mientras nos vestíamos, le pregunte:

-¿Volveremos a follar?
-Este desliz no lo volveré a repetir.
-¿Cuándo sale tu marido?
-Dentro de muchos años.
-Su cambias de idea...
-Dije que un desliz cómo este no se volvería repetir, pero yo soy mucho de patinazos, Quique.

Quique.



   
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