Mi nombre no importa, al menos no en esta historia. Lo que importa es que soy una mujer de cuarenta y dos años, casada con un hombre brillante, respetado y, sobre todo, presente. Un pilar en la estructura estatal, como yo. Formamos una de esas parejas que muchos envidian: influyentes, elegantes, siempre impecables en cada acto, en cada saludo, en cada discurso.
Siempre supe que una mujer como yo genera respeto… y deseo. La ropa me sienta como una armadura. Mis tacos altos, mis trajes a medida, el perfume exacto en el momento justo. Me gusta caminar por los pasillos sabiendo que las miradas me siguen al compás del vaivén de mis caderas. Me gusta decidir cuándo sonreír… y a quién.
Él llegó como llegan los que no saben en qué mundo están entrando. Veinticuatro años, tal vez veinticinco. Pelo oscuro, modales torpes pero atentos. Postulante a una unidad estratégica que depende directamente de mí. Su nombre, Matías.
La primera vez que cruzamos palabras fue en la sala de reuniones, mientras yo corregía un informe y él esperaba con su cuaderno en mano. Lo noté tenso. Me miraba como se mira algo que no se entiende del todo, pero se desea intensamente. Esa mirada... la reconocí enseguida. Me excita saber que alguien se desarma por dentro solo por estar cerca mío.
Lo cité a mi despacho. Era lo correcto, claro. Tenía que explicarle las reglas, su rol, lo que se esperaba de él. Pero también, en el fondo, quería jugar.
—Cerrá la puerta, por favor —le dije sin mirarlo, mientras revisaba unos papeles—. Prefiero que nadie interrumpa.
Sentí cómo su respiración se alteró apenas. El sonido seco de la cerradura me provocó un estremecimiento sutil. Cuando levanté la vista, él ya estaba atrapado. No necesitaba decir nada más.
Ese día no pasó nada... en apariencia. Pero yo ya sabía. Y él también.
Después vinieron los roces. Le corregía algo desde atrás y mi mano tocaba su hombro, mi perfume le rozaba el cuello. Me inclinaba más de la cuenta, y él se quedaba inmóvil, tenso, excitado. Sus ojos evitaban los míos, pero yo lo veía todo: la respiración acelerada, el rubor en el cuello, la forma en que sus manos temblaban apenas.
Una tarde cualquiera, con el edificio casi vacío, le pedí que me acompañara al archivo. Tenía que buscar unos informes viejos. Cerré la puerta detrás de nosotros.
El aire estaba denso. Las luces, débiles. Lo observé un segundo en silencio. Él no dijo nada.
—¿Sabés qué es lo que más me gusta de este lugar? —pregunté, acercándome—. Que hay rincones donde nadie escucha nada… salvo que quiera hacerlo.
Matías tragó saliva. Yo no esperé su respuesta. Acerqué mi boca a su oído.
—No digas nada —le susurré—. Solo obedecé.
Y obedeció.
Lo besé con hambre. Con rabia. Con la urgencia de una mujer que siempre tiene el control, pero que en ese instante elige perderlo un poco, solo lo suficiente como para probar lo prohibido.
Sus manos eran torpes, pero sinceras. Su cuerpo temblaba contra el mío, y eso me excitaba aún más. Lo apoyé contra la estantería. Abrí su camisa. Lo miré a los ojos y me arrodillé.
Después, fingí que nada había pasado. Salimos del archivo con los informes en la mano y el pulso desordenado.
Durante semanas, todo sucedió en los intersticios: en el baño del segundo piso, cuando sabía que mi esposo estaba en una videollamada a pocos metros; en el ascensor, cuando el edificio dormía la siesta burocrática; en mi despacho, detrás de persianas cerradas y puertas con doble traba.
Él no se atrevía a tomar la iniciativa. Me miraba esperando la señal, la orden, el permiso. Y yo… yo me volvía adicta a esa obediencia.
Pero también aparecieron las grietas.
A veces, después del sexo, me miraba como si quisiera decir algo. Como si esperara más. Yo desviaba la mirada, me acomodaba la falda, le decía que se fuera.
Una noche, en casa, mi esposo me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Me abrazó por la espalda. Su cuerpo era cálido, familiar. Pero no sentí nada. Me odié un poco por eso. Y al mismo tiempo, me excité al recordar cómo, esa misma tarde, había tenido a Matías de rodillas en el baño, entre mis piernas, mientras afuera hablaban de políticas públicas.
Intenté alejarme. Dejé de citarlo. Ignoré sus mensajes. Evitaba sus ojos cuando cruzábamos pasillos.
Pero no podía sostenerlo.
El poder, el peligro, el deseo… todo eso era más fuerte que la culpa.
Una tarde lo llamé nuevamente a mi oficina. Cerré la puerta. Me senté con las piernas cruzadas y los labios pintados con precisión quirúrgica.
—Esto se termina —le dije.
Él me miró, confundido. Herido.
—¿Por qué?
—Porque me gusta demasiado.
No dijo nada. Se levantó. Yo creí que lo había entendido. Que había ganado. Que el control, como siempre, era mío.
Lo que no sabía… era que él también había aprendido a jugar.
Y sin embargo, algo en mí estaba inquieto. Esa calma era artificial, la calma que precede a la tempestad. Él no era así. Había algo detrás de su silencio, algo que no podía leer... y eso me incomodaba. Me desesperaba, en realidad.
"Usted me enseñó muchas cosas. Ahora es mi turno."
Apenas terminada la reunión volví a mi despacho, me senté a pensar poniendo paños fríos al asunto, fruncí el ceño. Revisé cámaras, pedí discretamente a los de seguridad… nada. El archivo no tenía registros.
Esa misma tarde lo llamé a mi despacho.
Entró con total calma. Casi… desafiante.
—¿Fuiste vos?
—¿Yo qué?
Me acerqué, firme. Me paré frente a él, a centímetros y tirando el sobre sobre el escritorio dije
—No vuelvas a jugar conmigo, Matías. Sabés lo que está en juego.
Él me sostuvo la mirada. Ya no era el chico nervioso del primer día. Había algo nuevo en él. Algo frío. Algo… mío.
—¿Qué está en juego, exactamente? —preguntó, con una sonrisa apenas dibujada y agregó —. ¿Tu cargo? ¿Tu matrimonio? ¿Tu reputación? Porque por mi lado... bueno, yo recién empiezo.
Me congelé. Era la primera vez que me tuteaba, los roles cambiaban demasiado rápido
Él metió la mano en bolsillo de su saco y sacó su celular. Me lo mostró. Un video. Yo, en el baño. De rodillas. Él jadeando. Mi voz. Mis manos. Todo.
Mi mundo se derrumbó en un segundo.
—No quiero dinero —dijo—. Ni escándalos. Solo quiero seguir viéndote. Quiero llamarte cuando quiera. Quiero usarte cuando lo necesite. Como siempre hiciste conmigo, solo que a partir de ahora, yo decido.
No supe qué decir. Sentí vértigo, rabia, deseo. Él me había leído. Me había anticipado.
Y lo peor… es que una parte de mí, muy en el fondo, estaba excitada. Porque por primera vez… el control no era mío.
Esa noche llegué a casa antes que mi esposo. Me duché, me miré al espejo, me puse el perfume de siempre. Me serví una copa de vino. Me quede descalza para darle paz a mis pies, fuimos a la cama, y le hice el amor como hacía tiempo que no se lo hacía, él no entendió el motivo, nunca lo entendería
Respondí con una sonrisa, me sentí bien envuelta en su calor, luego nos sentamos a desayunar para seguir con nuestros arreglos de vestimentas antes de salir, estábamos por hacerlo, cuando mi celular vibró
Un mensaje. De Matías. Solo unas palabras:
“Hoy tendremos trabajo extra”
Me quedé en silencio. Sonreí. Le dije a mi marido que me diera unos minutos, un cambio a última hora. Me puse los tacos más altos que tenía, los que le gustaba a él. Y entonces salí.






