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La chica de la curva.
Desde hace años no se hace auto stop. La gente tiene miedo. Nadie para a recoger a un desconocido. Y nadie se monta en un coche que no reconozca, por temor.
Pero en aquella época, más sencilla, más confiada, todavía podías subir en un vehículo ajeno y confiar en que te dejara lo más cerca de tu destino posible.
Mi coche por entonces era un pequeño y ágil ciento veintisiete. Las carreteras de Galicia eran estrechas y casi sin señalizar. Era una tierra de meigas, de duendes y trasgos. Todo eso casi se ha olvidado hoy con la cantidad de tecnología que existe.
Una noche de verano conducía por una estrecha carretera en medio del monte. Árboles a un lado y al otro, no me pregunten por la especie. Siempre fui chica de ciudad. Me acercaba a una curva que en aquella época estaba mal señalizada. Así que no iba muy deprisa.
Unos cientos de metros antes vi en el arcén una persona vestida de blanco. Según me fui acercando distinguí más detalles. No iba muy deprisa, el firme estaba en malas condiciones. Era una chica, una morena con una melena larguísima. El vestido blanco, amplio, suelto, prístino de tirantes dejaba un bonito escote y le llegaba por encima de la rodilla. E iba descalza.
Pude apreciar todos esos detalles pues habia empezado a frenar bastante antes. No iba a dejar a esa monada en medio del campo, sola y a esas horas. Así que al final paré.
- ¡Sube!.
- Gracias. Muy amable.
Al inclinarse hacia la ventanilla del pasajero el escote del fino vestido cayó lo suficiente como para poder ver sus cónicos y duros pechos casi al completo. Desde luego vi sus pezones al estirarme yo para abrir su puerta. Ese coche no tenía cierre centralizado. Claro que era tan pequeño que la puerta del pasajero me quedaba muy cerca.
Y cuando entró y se sentó me dejó ver sus muslos blancos y perfectos. La falda de ese vestido era muy corta. La piel nívea era perfecta.
Claro que yo no iba mucho más tapada en esa calurosa noche. Mi blusa abierta también dejaba un hueco por el que ella espiaba la piel descubierta de mis pechos. Mi falda era aún más corta que la suya. Con el juego de los pedales se había subido hasta mostrar mis bragas. En esa época aún no sabía lo que era un tanga.
Sentada a mi lado pude apreciar los detalles de su belleza, que era mucha. Los ojos azules, raros en una morena, la nariz recta, los labios llenos y sensuales. Tan despistada iba admirándola que tuvo que gritarme.
- ¡Cuidado! ¡La curva!.
Conseguí dominar el coche a pesar de que patinó en la gravilla del arcén. Pero el susto me lo llevé. Paré un poco más adelante en la entrada a una parcela fuera de la carretera. El coche quedó oculto por los arbustos y los árboles.
Pensaréis que siendo este un cuento de fantasmas, de un fantasma, la chica había desaparecido cómo volatilizada. Pero en realidad seguía allí a mi lado. Completamente corpórea en su asiento. Al fin y al cabo también es un relato erótico.
Se me había acumulado la adrenalina. Sentía palpitaciones en el pecho y... bueno, estaba muy excitada. Así que sin pensarlo me giré hacia ella y la besé. Nada de labios fríos, aquello ardía. Parecía que ella estaba tan caliente como yo. Enseguida respondió al beso, abriendo la boca y jugando con mi lengua.
Tampoco había dejado su manita quieta y trepaba por la cara interna de mi muslo buscando las ya nombradas bragas. A pesar del susto o puede que a causa de él y de la adrenalina estaba muy cachonda.
Yo en cambio había puesto la mano en su escote. Buscando esas tetitas duras como piedras. Como no llevaba suje y su vestido era muy abierto y suelto no me costó más que un segundo hacerme con uno de sus pezones y amasar el contorno del seno con la mano. Soltó un gemido dulce al notar mis dedos. El tirante cayó solo de su hombro bajando por el torneado brazo.
- Pasa atrás. Estaremos más cómodas.
No se molestó en bajar del vehículo, no creo que yo la hubiera dejado temiendo que se volatilizara en un misterio igual que había aparecido. Lo hizo pasando entre los asientos de adelante. Era un modelo tan viejo que no se reclinaban. Una suerte para mí. Mientras lo hizo pude apreciar sus muslos níveos y el contorno de sus nalgas en la fina tela. Por cierto aproveché para acariciar su dorso con suavidad y a llegar a su dura nalga. Las finas braguitas de algodón no eran ningún obstáculo para mis caricias.
Su piel era perfecta, muy clara, parecía mármol. De un tirón le bajé la braguita hasta las rodillas mientras estaba atascada entre los asientos. Ante mí tenía dos nalgas perfectas blancas como la leche y los labios mayores de su vulva, donde estaba deseando clavar la lengua. Desde luego ya me había situado justo detrás para no perderme ni un detalle. La larga melena me ocultaba su rostro. Sus bragas quedaron enredadas en la palanca del cambio. Aún las conservo como recuerdo de aquella noche.
Ella desapareció con el xoxo al aire. Pero eso fue después. Mientras la tenía atrapada entre los asientos arrimé la cara a ese perfecto culo y pasé la lengua por suave piel. Al principio por las nalgas pero enseguida busqué su ano y la vulva. Menos mal que no estaba sentada o sus jugos hubieran estropeado el asiento. En cambio pude recogerlos con la lengua y saborearla. Escuché si risa cristalina.
- ¡Eso es trampa!. No puedo defenderme ni devolverte el favor.
- Pues entonces relájate y disfruta.
Sujeté su cadera para evitar que se escapara al asiento de atrás. Al menos hasta conseguir que se corriera. Pasaba del chochito al ano sin descanso más que para dedicarle algunas atenciones al duro clítoris. Sus gemidos llenaban el pequeño habitáculo, pero eso es lo quita yo buscaba.
- Nena estas deliciosa. Te comería durante horas, días.
- Con lo bién que se te da yo me dejaría. No sé las veces que me he corrido.
Volví a enterrar la cara en ese culito perfecto durante un rato más hasta estar segura de que se estaba corriendo solo con mi lengua. Pero yo también quería mi ración. Así que la solté y me incorporé para pasar a su lado en la parte de atrás. Ahora era yo la que estaba atrapada entre los asientos.
- ¡Mi turno!.
Empezó a pasar la sin hueso por mi rostro. Lasciva, babosa y un poco guarra y me encantaba. Hasta que buscó mi lengua donde todavía notaba su sabor. Cruzamos y jugamos con las lenguas sin que yo pudiera moverme. Ella no había parado quieta. Abrió los pocos botones de la blusa que yo llevaba puesta. El suje era tan fino que ponía poco obstáculo a sus manos. Me acariciaba las tetas y pellizcaba mis pezones.
- Termina de pasar que ahora te voy a comer yo.
Al final pude pasar la cadera entre los dos asientos. Pero me dejé la falda en el proceso sobre mi asiento. Una de sus manitas se desplazó de mis pechos por el vientre en una suave caricia hasta dentro de mis bragas. Desde luego en aquel entonces nadie se depilaba. Tuvo que buscar el clítoris entre la pelambrera que adornaba mi pubis. Pero la chica era muy habilidosa. En segundos estaba pasando los dedos por los labios de mi vulva. No tardé en correrme mientras acallaba mis gemidos con sus besos.
- Déjame terminar de desnudarte. Quiero verte entera.
Cuando quise darme cuenta toda mi ropa estaba en los asientos de adelante junto a su vestido. Los cristales se iban empañando con nuestros alientos y jadeos. Su boca recorría mi cuerpo sin descanso. Su lengua por mi piel me quemaba. Acariciaba mi dermis con sus largos cabellos. Por toda mi piel, el sitio era escaso pero ella era como una culebrilla. Buscaba cada recoveco para no separar la húmeda de mis tetas, las axilas, el vientre y por fin mi coño.
No sé si había alguien por allí. Alguien tuvo que oír mis gritos de puro placer. Sabía dónde tocar, qué rincón me daba más placer. Su lengua era la perfección personificada, un instrumento de puro gozo que me daba un orgasmo detrás de otro. Un súcubo salido de entre la foresta dispuesta a extraer de mi potorro cada gota de mis jugos. Y cada una de ellas terminaba en su lengua incansable. No solo usó la sin hueso. Dos dedos en mi interior, más hábiles que cualquier polla de la que hubiera disfrutado antes. Otro más en mi clítoris
Perdí la cuenta del tiempo que llevábamos así. Tuve que pedir una tregua, para entonces ya estaba amaneciendo.
- Para o me vas a matar. No sé cuántas veces me he corrido.
- Tenías que disfrutarlo.
- Pues lo estás consiguiendo. No puedo más.
Estaba agotada. Tanto que debí quedarme adormilada. En el duermevela escuché abrir la puerta del coche. La luz del alba entraba por las ventanillas y su vestido blanco se confundía con la aurora.
Aún confusa conseguí arrancar el pequeño motor y llegar a mi casa. Por más veces que he vuelto a esa curva no ha aparecido. Ni siquiera hay pazos por la zona en los que supieran nada de ella.
A día de hoy solo es un dulce recuerdo y unas bragas blancas sencillas de algodón guardadas en el fondo de un cajón.
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Larga y próspera vida





