Dolores tenía veinte años, era muy guapa, ni gorda ni flaca, de estatura mediana, morena, de ojos marrones; el cabello lo llevaba casi a rape y había ingresado en el convento obligada por sus padres.
Despertó en su celda, que, como su nombre indica, era pequeña y que tenía una cama individual, un pequeño armario, una silla y una mesa para escribir y un crucifijo en la pared donde estaba la cabecera de la cama.
A las ocho y algo de la mañana se desperezó tocándose las tetas, luego el coño, y cuando ya estaba bien despierta, se quitó el camisón y las bragas. Volvió a acariciar las tetas y a tirar de sus pezones y acto seguido bajó su mano derecha a su coño peludo y se metió un dedo en su vagina, luego dos, al rato tres, después cuatro, a continuación cinco dedos y acabó por meter el puño y darse cera con él hasta que se corrió, tapando la boca con su mano izquierda.
A las ocho y media, luego de asearse y de ponerse el hábito, fue a la capilla a hacer que rezaba en el canto de laudes; después fue a misa y a continuación desayunó en el refectorio.
Lo siguiente que hizo fue trabajar en la cocina con una vieja monja y con otra novicia de diecinueve años que había venido de Guinea Ecuatorial hacía una semana y a la que ese día metió mano cuando fueron a la despensa, cosa que no desagradó a la ecuatoriana.
A la una menos cuarto volvió a los rezos, rezos que ella no rezaba, y a la una se fue al refectorio para comer. Comió en silencio, oyendo la lectura religiosa de otra monja.
Al acabar de comer, tuvo un tiempo de descanso personal y se fue para su celda, donde, echada en su cama, se levantó el hábito, metió dos dedos dentro de la vagina y se dio otra satisfacción personal, que interrumpió la monja ecuatoriana al abrir la puerta de su celda. Miró lo que estaba haciendo. Iba a entrar, pero vio venir a otra monja por el pasillo, cerró la puerta y se fue. A Dolores no la molestó la interrupción; al contrario, le dio algo nuevo en que pensar, y pensando en la ecuatoriana, tuvo el segundo orgasmo del día.
Luego vinieron tiempos de rezos y más rezos, que Dolores utilizó para pensar en temas poco religiosos. Despues vino la lectura espiritual. Cantos de vísperas...
Entre las ocho y las diez y media, cenó, y después estuvo un momento de convivencia con las hermanas, a lo que llamaban recreo. Dolores y Teresa estaban sentadas en una esquina. Le decía la primera a la segunda:
—Eres tan bonita que solo con mirarte ya me excito.
—Tú sí que eres bonita.
—Ven esta noche a mi celda.
—Nos podrían descubrir.
—Es un riesgo que debemos correr.
Teresa se animó.
—La verdad es que me gusta la idea. Nunca le comí el toto a una blanca.
—Yo tampoco se lo he comido a una africana.
Una monja se unió a ellas y ya hablaron de otras cosas.
Luego llegó el rezo de completas, que era el último rezo del día. A eso de las diez y media vino el silencio y el retiro a las celdas, y en silencio se miraron Dolores y Teresa cuando entraron en sus celdas, que estaban una enfrente de la otra.
Casi una hora más tarde, Teresa, que era una muchacha muy alta, delgada, de ojos negros, labios muy gruesos, que tenía el cabello cortado como Dolores y los dientes muy blancos, entró en la celda de Dolores.
Dolores, que ya se había hecho una paja y que la estaba esperando, sonrió.
Teresa la destapó y, como sus ojos ya se estaban acostumbrando a la oscuridad, la vio con las piernas separadas y con las bragas encima de su tobillo. Se desnudó y se subió a la cama.
Dolores no podía hablar, y no habló, pero flexionó las rodillas y se abrió de piernas. Teresa le dio picos y mordisquitos alrededor del coño. Luego se lo lamió con la punta de la lengua, despacito, y a continuación le echó un escupitajo para encharcarlo y lamió; después le abrió el coño con los dedos pulgares, y le lamió un labio vaginal, le lamió el otro, le lamió los dos juntos, y al tenerla bien lubricada, le besó el clítoris.
Con la boca pegada al clítoris, lo lamió con la punta de la lengua. Siguió lamiendo, pero con la lengua plana y desde el ojete al clítoris, y se corrió, pero no ella, se corrió Teresa.
Luego de correrse, le metió dos dedos dentro del coño. Al meterlos y sacarlos, hizo movimientos circulares, al tiempo que lamía de abajo arriba. Al rato, Dolores tapó la boca con la mano derecha y le apretó la boca contra su coño con la izquierda. Teresa lamió a mil por hora y Dolores se corrió en su boca.
Luego de correrse, Dolores se quitó el camisón y, como la cama era muy estrecha, se puso de lado. Teresa también se puso de lado y acabaron Dolores arriba y Teresa debajo de ella.
Dolores le acarició la cara con sus manos y luego besó sus carnosos labios, los besó con dulzura; a continuación, le pasó la lengua entre ellos y después le metió la lengua en la boca. Las lenguas se enroscaron como serpientes y comenzó un morreo largo, muy largo, que paró cuando Dolores pasó a comerle las tetas, unas tetas pequeñas, casi piramidales y duras como piedras. Lamió el pezón y la areola de la teta izquierda y después chupó la teta en su totalidad. Chupando la teta derecha, Teresa se volvió a correr, estremeciéndose y retorciéndose.
Al acabar de correrse, Dolores bajó a su coño encharcado, le enterró la lengua en la vagina, saboreó los jugos y luego se la volvió a enterrar. Teresa se echó las manos a la cabeza y, moviendo la pelvis a todo gas, llegó al punto de no retorno, y en ese punto, volvió a estremecerse y a retorcerse y se corrió en su boca.
Se estaban besando cuando se encendió la luz de la celda. Vieron a la madre superiora en la puerta; se estaba persignando.
Teresa cogió su camisón y sus bragas y se fue a su celda, y de su celda la mandaron de vuelta a Guinea Ecuatorial.
Dolores no fue a ninguna parte; sus padres pagaban por tenerla en el convento.
Quique.





