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La India
Viajaba recorriendo el sur de la India. La zona mas libre de influencias musulmanas o budistas. El Hinduismo es predominante por allí. Un país fascinante y caluroso donde la sensualidad está por todas partes. El hinduismo es la influencia más importante en la zona.
Desde las propias gentes, apenas vestidas, que vivían en la tradición del Kama Sutra y la prostitución sagrada a la arquitectura y el arte. Todo ello es fascinante. Y a veces pornográfico. Donde se glorifica el cuerpo humano, el amor y el sexo en cada una de sus variantes es la sensualidad lo que domina todo.
El disfrute del cuerpo propio y del de los demás sigue hoy tan presente como el día en que se escribió el manual del amor y el sexo. Sientes el deseo de las gentes cuando caminas por las abarrotadas calles, deseo entre ellos y hacia mi.
Mis pechos libres bajo la blusa verde caqui marcando los pezones orgullosos. El ajustado pantalón de lino marca el contorno de mi cadera, mis nalgas prietas y los largos muslos. Unas botas de caña alta era lo que llevaba en los pies. El vientre lo llevaba descubierto pues había atado la camisa bajo mis pechos recorriendo un mercado callejero.
Un montón de olores asaltaban mis sentidos. Puestos con flores, frutas, especias, aromas a incienso, aceites, perfumes y alimentos. Otros con bisutería, artesanía y amuletos. Me compré un pequeño lingam de plata sujeto a una cadena para llevarlo al cuello. Por si no lo sabéis lingam es la palabra que ellos usan para polla.
Un poco mas allá un sari rojo de una tela casi trasparente con ribetes dorados llamó mi atención. Colgado a la puerta de una pequeña tienda era un buen reclamo para compradoras. Pero necesitaba ayuda para ponerme tan complicada y sensual prenda.
La jovencita que atendía el pequeño local se ofrece a ayudarme. Entre las cortinas de un probador improvisado me pide que me desnude del todo en un ingles con un sensual acento. Del todo, hasta librarme del pequeño tanga. Me dice que la prenda se lleva así. Sin nada debajo.
- Me gusta ese sari.
- Le sentará estupendo, señora. Con su cuerpo estará muy sexi con él.
- Pero no sé cómo se pone. Parece muy complicado. Como si se fuera a caer a cada paso, en cualquier momento.
- Para nada, una vez bien colocado es muy cómodo. Las mujeres de aquí lo hemos llevado durante miles de años.
- Eso lo tengo claro. Pero sigo sin saber cómo ponérmelo.
- Para eso estoy aquí. Te ayudaré. Desnúdate.
- ¿Del todo?.
- Depende. Si lo fueras a usar a diario podrías llevar lencería y una camiseta o una combinación debajo. Algo serio y soso.
Me dirigió una bella sonrisa lasciva y continuó su perorata. Como ambas hablábamos un inglés básico nos entendíamos bastante bien. A veces completando la comunicación con gestos.
- Pero si lo llevas a una fiesta o para un admirador es mejor que sea lo único que te pones.
Apartó un poco la tela del suyo, verde oliva y casi tan trasparente como el que me había gustado a mí. El sari apenas cubre su pequeño y delicioso cuerpo. Cuando lo hace a un lado me muestra su pubis casi sin vello. Solo con una tirilla por encima, tan negro como su melena. Para demostrar que no hace falta ropa interior.
- Es la forma tradicional. Así ellas se sentían más libres para hacer sus "necesidades", de todo tipo.
No hizo falta que me dijera nada más. Solté el nudo que sujetaba mi camisa liberando mis pechos. Ella sujetó mis botas y tiro de ellas.
- También deberías ponerte unas sandalias. Esto no pega. Ya te busco yo unas.
Pensaba conseguir una buena venta. Siguió liberándome de mis ligeras prendas. Despacio, sensual, recreándose. Tras deshacerse de mis botas bajó mis pantalones. El tanga pareció gustarle pero desde luego tiró de él hasta sacarlo enrollado por mis pies.
- Tienes un cuerpo precioso. Te va a quedar de maravilla.
Sus dulces manos acarician mi piel. Primero ayudándome a librarme de mi ropa occidental y luego ajustando los pliegues de la suave prenda.
A esas alturas estaba claro que lo hacía completamente a posta. Excitándome aún más si cabe hasta que sus dulces labios se posan en los míos en un leve beso.
- ¿Esto es una costumbre local o lo haces con todos los clientes?.
- Solo con quién me gusta.
Allí nadie le teme al sexo. Y en ese momento me dejé llevar. La belleza exótica de aquella chica me impulsaba solo a sentir y disfrutar. Dejaba que sus dedos suaves y habilidosos recorrieran mi piel expuesta arreglando la tela cuando ya estaba perfecta.
Sus roces eran tiernos y delicados. Yo estaba muy excitada. Así que mis pezones estaban duros como escarpias. Tenía un enorme espejo de metal, parecía plata pulida. El marco estaba muy decorado con lo que parecían escenas del kama sutra. Evidentemente una antigüedad que debería estar en un museo y en cambio allí estaba en una pequeña tienda en un bazar. A saber el precio al que habría llegado en una subasta o una tienda de mi país.
Cuando me vi en el espejo la imagen era completamente impúdica y sensual. Me sentía exótica y libre a la vez. En casa nunca me hubiera atrevido a llevar algo así, hasta ahora. A mi padre le hubiera dado un infarto y luego me habría mirado con cara de salido.
Los pechos se distinguían perfectamente en la liviana tela. Los pezones se marcaban como si no los tapara nada. Los pliegues del sari dejaban mi vientre al descubierto. La cadera y los muslos, baste con decir que si hubiera llevado vello en el pubis cualquiera que hubiera mirado hacia allí lo habría visto.
Fue a cerrar la puerta. La cabrona de la jovencita admiraba su obra desde un par de pasos de distancia con una sonrisa lasciva. Mientras dejaba que yo me mirara en el espejo tranquila.
- Estás perfecta. Cualquier amante te lo arrancaría en segundos.
- ¿Incluida tú?. Ya imaginaba que una prenda como esta es para eso.
- ¿Yo?. Sería la primera en ponerme a la cola.
- No veo ninguna cola, así que ya estás la primera. ¿Me besas?.
Rodeé su cuerpo con los brazos y ella correspondió al abrazo. En el espejo pude ver su durísimo culito insinuado en su casi tan trasparente sari como el mío. Así que lo agarré y estuve amasando sus nalguitas mientras nos besábamos.
Nuestros labios se buscaban ya con prisa. Las dos nos teníamos ganas. Empecé a bajar su sari. Quería descubrir su cuerpo sexi y esa prenda me lo ponía fácil. Es mucho más fácil de quitar que de poner, al menos sin práctica. Sus tetas perfectas podrían haber servido de modelo para las de las estatuas eróticas de sus templos.
- ¿Me las comes?.
Eso era toda una invitación así que me incliné a besarlas, lamerlas y chupar sus pezones oscuros y duros. Empezó a gemir como una gatita lasciva. Al terminar de abrir su sari la suave tela cayó a sus pies, dejándola desnuda del todo. Estaba admirada con su piel morena y perfecta.
- Eres preciosa. Una maravilla.
- Gracias. Pero tú si que estás impresionante.
- Ya no hace falta que me halagues. Has conseguido una buena venta y algo de propina.
Quería más de ese bello cuerpo de piel oscura y exótica y por supuesto muy suave. La fui tumbando sobre una mesa baja que tenía un montón de telas y que parecía muy cómoda. Sin separar la boca de sus pechos y vientre. Fui bajando en busca de la vulva que me estaba ofreciendo separando bien los muslos.
- No creas que hago eso con todas las clientas.
Me había parecido una calentorra desde que entré en la pequeña tienda. Sino con todas estaba segura que al menos con las más agradables a la vista si que les ofrecería este servicio especial. Pero con la lengua entre los labios de su vulva buscando el clítoris no estaba yo para contradecirla. Me eché sus muslos sobre los hombros y me puse a comer ese manjar como si no hubiera un mañana.
- Eso debería hacerlo yo.
Gemía y jadeaba. Así que yo lo estaba haciendo bien. Su coñito destilaba jugos como una fuente.
- No te preocupes. Me encanta hacer que te corras. Eres muy dulce. Luego puedes hacerme disfrutar a mí.
- Pues ya me toca. Ven aquí a mi lado.
Subí sobre el montón de telas sin separar los labios de la seda de su piel. Besaba el vientre, las duras tetitas, las suaves axilas y el cuello. Hasta llegar a sus labios y poder jugar con su lengua. Le di su sabor más íntimo a compartir en su boquita. Ella no dejaba de acariciar todo lo que podía alcanzar de mi cuerpo. Le gustaban mis tetas. Se entretuvo un buen rato pellizcando mis pezones antes de bajar a lamerlos y chuparlos.
No sé si esperaba más clientas. Pero él espectáculo que daríamos a quién entrara en el pequeño recinto era digno de una peli porno.
Ahora le tocaba a ella. Y empezó a lamer toda mi piel sin dejar un centímetro sin repasar. Y eso es algo literal. De la raíz del cabello a las uñas de los pies notaba sus labios, lengua y dedos por todas partes.
La legua en mis pies me hacía ver las estrellas. Lo que sentía cuando me giró boca abajo y empezó a besar mis nalgas y lamer mi ano me derretía. Lo que aprovechó para levantar mi grupa y beber de mis jugos que amenazaban con mojar las telas sobre las que estaba acostada.
Menuda guarrilla estaba hecha, toda una experta en las artes de Safo. Y haciéndose la inocente cuando me ayudaba a calzarme el sari. No me estaba corriendo porque aquello parecía un orgasmo continuo desde el primer momento en que puso sus manos sobre mi cuerpo. Al final tuve que pedir clemencia.
- Para, me vas a matar.
- Es una deliciosa comerte.
Pero tenía más ganas de ella y del placer que nos dábamos.
- ¿Te vienes a mi hotel esta noche? Creo que necesito alguna clase práctica más para ponerme el sari.
- Será todo un placer. Seguro que podemos practicar juntas.
Ni qué decir tiene que me compré ese sari y otro más, además de las sandalias y de algún complemento más de joyería. Y no era por la tienda sino por la belleza que me atendía.
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Larga y próspera vida





