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La Marranita - CAPÍTULO XII - La araña

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laualma
(@laualma)
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Iniciador del debate   [#2060]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
 
CAPÍTULO XII - La araña
 
Vivimos cinco años como marido y mujer. Padre me decía que nunca en su vida se había sentido tan pleno, tan seguro de todo, tan colmado de sexo, un sexo más completo y absoluto que nada de lo que hubiera hecho o llegado a desear si quiera a lo largo de toda su extensa e intensa existencia sexual. Y, sin embargo y contra todo pronóstico, desde el primer día Padre decidió dejarme libertad total para relacionarme con todos. Tras probarme aquella primera noche, comprendió que el fuego que ardía dentro de mí era imposible de apagar, y que la única manera de poder disfrutar de él con total disponibilidad era ayudando a alimentarlo de manera continua. 
 
Antes de follarme por segunda vez aquella mi primera noche, me llevó a su habitación y rebuscó entre los cajones de su cómoda hasta encontrar una pequeña caja de madera. La abrió, y de ella sacó un pequeño artefacto de láminas metálicas muy finas y flexibles.
 
"¿Sabes qué es esto, Marranita?" Yo nunca había visto uno, pero había oído hablar mil veces de aquellos objetos, y sabía que todas las chicas tenían que metérselo cuando empezaban a ir a las fiestas de Padre.
 
"Una araña, Padre..." Mi rostro irradiaba alegría y amor por él, porque sabía bien que aquello significaba que lo que acabábamos de hacer no había sido ni un error ni un hecho aislado, sino que iba a repetirse aquella misma noche, y todas las que vendrían...
 
"Exacto. Debes llevarla para que atrape la fertilidad de los hombres cuando te la echemos dentro. Anda, sé una buena Marrana y ábrete para tu padre..."
 
Yo temblaba de nervios, de emoción y de placer, y estaba tan caliente que ni siquiera me hizo daño cuando, al abrir yo las piernas y separarme los labios del chocho, Padre me embutió aquel objeto frío y duro hasta el fondo del coño. El problema fue cuando lo tuve dentro... porque sentí como si me acabara de violar un caballo.
 
"Tendrás que pedir a las chicas que te enseñen los cuidados que requiere, así como a sacártelo si algún día te entrego a un hombre para que te preñe..." Padre dijo aquellas últimas palabras mirándome de reojo, como queriendo estar seguro del nulo convencimiento que tenía en lo que acababa de decirme. "Sigue abierta, cerda..." Padre me escupió en el coño, que se me había secado al resultar bruscamente invadido por aquel cuerpo extraño. "Ahora tu papi tiene que empujarte la araña hasta el fondo de tu coño para que quede bien colocada... ¿de acuerdo, Marranita?"
 
Me di cuenta de que la verga de Padre estaba más alta y dura que nunca... aquello que me acababa de hacer, de alguna manera y según sus personales códigos, equivalía a todos los efectos a tomarme por esposa. Y el verdadero polvo de la noche de bodas era el que estaba a punto de darme...
 
"Síííímmmmm..."
 
Solo pude acertar a gemir como una niña, y hasta cuando lo hice ya tenía a Padre completamente dentro de mí, dado que no había esperado lo más mínimo a conocer mi opinión respecto a todo lo que acababa de pasar. No le hacía falta, porque ya la sabía: siempre había tenido claro no ya mi consentimiento total a todo, sino que había vivido desde que era muy niña alimentando el deseo de que me hiciera completamente suya.
 
Su cuerpo empezó a taladrarme como una tuneladora rompiendo la montaña en busca del metal dorado. Mi cuerpo se abrazaba a él buscando la única seguridad que he conocido siempre en este mundo, mientras orgasmaba con violencia desde el minuto cero. Mi garganta se cerró, la cabeza me explotaba, el pecho me ardía y del coño me salían llamas. Era el fin. O el principio. ¿Acaso no han sido siempre lo mismo?
 
Cuando recobré la conciencia, Padre rodaba por el suelo para quedar tumbado a mi costado, resoplando. Me sentía rota, pero en una gloria divina que nunca soñé que pudiera existir en esta tierra. Acababa de ser follado por un dios... me llevé las dos manos a mi sexo, tratando de contener dentro de mí aquellos ríos de lefa con los que me había llenado.
 
"Tranquila, Marranita..." escuché roncar a Padre mientras se arrastraba como una bestia por el suelo guiado por su olfato, "la araña hará su trabajo, no tienes nada que temer..." Los feroces mordiscos de Padre en mis dedos me obligaron a apartar mis manos entre gritos. Gritos que se redoblaron al sentir que aquellas violentas dentelladas se trasladaban a mi clítoris y mis labios vaginales, para terminar convertidos en dementes alaridos cuando él se empotró en mi coño abierto succionando y taladrando con su lengua, bebiendo de mí los ríos de flujo y semen con lo que acabábamos de bendecir nuestra unión eterna.
 
Y aquello no había hecho más que empezar...
 
Gracias a la araña, pronto iba a ir conociendo, uno a uno, a todos los hombres del vecindario. Luego del barrio. Los marineros que llegaban en los barcos que atracaban en el puerto también habían oído hablar de mí. Nunca nadie dijo nada, nunca nadie puso una pega a nuestra forma de vivir, a nuestro matrimonio consumado una y mil veces a plena luz del día y a la vista de nuestro vecindario, en el patio, en las calles y parques de la ciudad, porque todos sabían que nuestra sed era insaciable e imposible de colmar. Y, además, ¿que objeción podían poner, si en el trato para comprar sus silencios estaba incluido su derecho a tomarme y hacerme también suya? 
 
La mañana después de mi cumpleaños, Padre me dijo que a partir de esa misma noche debía instalarme en su dormitorio, porque a partir de entonces cohabitarímos como marido y mujer para siempre. Me confesó que su plan había sido, desde que empecé a demostrar un evidente interés sexual en él, y en todo el que me rodeaba, esperar a mi completo desarrollo y, solo entonces, dejarme embarazada tras arrancarme él mismo el virgo a pollazos. 
 
“Deseaba ese hijo contigo, Marranita, pero ahora me he dado cuenta de que te quiero a ti más que a nada en esta vida, y tienes derecho a conocer y aprender al menos parte de lo que yo he conocido y aprendido. He decidido darte cinco años en los que quiero disfrutarte como no he hecho jamás con nadie, y quiero que tú disfrutes como nadie ha hecho jamás en este mundo. Cuando pasen esos cinco años y alcances el año de tu ciudadanía, tú misma decidirás si quieres seguir así o quieres vivir tu vida de mujer como madre de mis hijos. Si es así, ese día le regalarás a tu padre la araña que llevas dentro, y tu padre te regalará a ti un hijo que llevará nuestra sangre y será nuestro legado de poder para el futuro”. 
 
Yo me corría de placer por el mero hecho de que Padre simplemente me hablara de tener un hijo juntos. Pero él siempre repetía que yo no debía tener prisa, porque los dioses nos habían concedido cinco maravillosos años de ventaja para disfrutar mi cuerpo, y quemábamos así día tras día, juntos o separados, pero siempre unidos. 
 
Las fiestas de Padre en el patio volvían a ser populosas: todos los hombres querían ejercer su derecho a tomarme, a probarse a aquella Gran Cerda de la que todo el mundo hablaba. Mi cuerpo pasaba de mano en mano, y a todos les estaba permitido disfrutarme a su antojo, sin permiso y sin límite y, cuando alguna vez encontraba a uno de ellos que realmente era capaz de complacerme, a ése yo lo devoraba. Entre fiesta y fiesta, me seguí trabajando a mi grupo de chicas. El vigor que me transmitía alimentarme a diario con el semen de Padre se revelaba multiplicado cada vez que las tenía a ellas delante. Solo dos años después de que Padre me hiciera su mujer había conseguido que todas ellas se reconocieran públicamente como mis esclavas, a pesar incluso de que muchas de ellas tenían ya marido e hijos.
 
La que anteriormente fue mi madre vivía repudiada por todos, encerrada en la casa de nuestra vecina, de la que su propio marido renegaba convencido cada vez que le llamaba para meterle entre mis piernas. Porque el señor Nardo había vuelto a ser un devoto y fiel aliado de Padre, y había accedido a todo lo que se le pidió con tal de poder enterrar su polla vieja y gorda al fin en mi coño, aquel paraíso prometido que él había anhelado sin disimulo desde siempre. Nunca me cansé de sentir las vigorosas eyaculaciones del señor Nardo encima y dentro de mi cuerpo. Sabedor de nuestro odio hacia la que fue mi madre, él la mantenía encerrada y esclavizada en su propia casa, y no dejaba tampoco que su mujer se relacionara con nadie más allá de los límites de su enorme palacete, que había ido creciendo a lo largo de los años conforme Nardo se iba haciendo con más y más propiedades en el patio. Nadie en todo el vecindario se dignaba a mencionar siquiera a aquella que decía que me había sacado de entre sus piernas. Porque nadie dudaba que yo era la única mujer de padre, ¡yo era la Marrana del Gran Cabrón!, y nadie habría perdido la oportunidad de arder conmigo en la cama, aunque fuera por cinco segundos, por cometer el error fatal de saludar compasivamente a una vieja de la que ya nadie se acordaba.
 
Los años pasaron así, dulces, mágicos, ardientes. Disfrutaba cada día, cada hora, entregada al sexo como única ocupación. No faltaba quien decía que Padre había convertido nuestro patio en un lupanar gratuito en el que, realmente, yo era la única meretriz que los hombres buscaban. Estúpidos... si hasta aquellos que se atrevían a proferir tales comentarios acababan siendo los más fieles clientes de aquella puta de la que todos hablaban. Mis más fieles clientes…
 
Y sin embargo, los años pasaron rápido. 
 
En realidad, yo esperaba ansiosa ese día, el día de cumplir mi ciudadanía. Cuando llegó el alba, a pesar de que habíamos pasado una noche agotadora e irrefrenable, desperté a Padre como una niña pequeña deseosa de abrir sus regalos, sentada sobre su cuerpo desnudo, pidiéndole que me arrancara él mismo la araña con sus manos. No habíamos vuelto a hablar nunca de aquello durante los cinco años, pero ver la emoción con que se lo pedía una vez llegado el momento le hizo comprender que, efectivamente, su amada hija deseaba con todo su cuerpo llevar en su vientre su fruto de verga. La felicidad total nos invadió de súbito, plena e inmensa en aquel momento, y la violencia del despertar del alba entrando por la ventana de nuestro dormitorio nos iluminó las caras, henchidas de felicidad.
 
Y entonces, estalló el caos.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)
 

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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